Quijotes desde el balcón

miércoles, 30 de noviembre de 2011

"Con Agallas" ¿Te apuntas?



Me ha gustado este anuncio que acabo de leer de NEO2 y creo que conozco a "un par" de sujetos que cumplen lo requerido... ¿Os apuntáis?

ESCRITORES CON AGALLAS

martes, 22 de noviembre de 2011

Algunas Noches Sueño (Mario López Nieto)







Algunas noches en especial…me gustaba soñar, solía hacerlo cada noche, pero….nunca podía recordarlo al día siguiente, era divertido imaginar lo que quería soñar, aunque finalmente nunca fuese así.
Este juego cada vez más se tornaba en forma de pesadilla, era una enfermiza obsesión la que tenia de crearme mis sueños para el posterior agobio de nunca verlos realizados, era mi pequeña dosis  diaria de fantasía, no podía entender el levantarme con una sonrisa cada mañana sin apenas recordar lo vivido en la noche, en la noche de mis sueños, tan realista y falsa a la vez…

Nunca me sentí tan vivo, me encantaba despertar y tener mil cosas en las que pensar cada mañana, era divertido ver  lo poco  que tenia de cierto todo aquello con lo que soñaba, aunque es cierto, que también hacia bien poco para conseguirlo.

Tardo un tiempo en afectarme,  pero…al final me corrompió por dentro, no solo no  estaba a gusto conmigo mismo, sino que lo que más me atraía del día….era su noche, era ilógico, no podía comprender como esa sensación, que tanto me llenaba, fuera falsa.
Me convertí en una persona taciturna, ya solo vivía por y para la noche, resulta irónico que lo que más feliz me hacia fuese mi tristeza, pero...eso era lo que hacía sentirme vivo, ya que empezaba a querer mas mis sueños que mi realidad, los días no me motivaban, la gente…no me atraía, no quería vivir, solo dormir, dormir una vez más, pasar otra noche...

Llego mi última noche, esta vez fue diferente….no era un sueño normal, no había nada mas, yo, solo…en eso se había convertido mi vida, la que tanto quise en su día…y con la que soñaba magnifica, pero…eso era solo un sueño, mi realidad, era una pesadilla dormida en vida. Nunca más quise dormir…quise vivir mi sueño, tarde, mi imaginación… me convirtió en insomne.

Soñar solo sirve si realmente quieres vivir lo soñado….si no….es una sensación que llena nuestra cama, para que no estemos solos en la noche.
                                                                                                                      
 Mario López Nieto

martes, 15 de noviembre de 2011

Orden Onírico (Elba Galdeano)






Tenía tantos... verdes, azules, grandes, pequeños, cercanos, lejanos, astrales, lúcidos, prohibidos, eróticos, amarillos...

Tuvo que construir un palacio con una inmensa sueñoteca llena de todos ellos
y se dedicó a ordenarlos.

Puso arriba los inalcanzables, justo al lado de las utopías y encargó una escalera para que aunque no los alcanzase, no perdiera la esperanza de poder cogerlos algún día y poder así seguir soñándolos, hizo estanterías de acero para los pesados, y en una de algodón colocó los ligeros, puso los azules junto a los amarillos porque le parecía una bonita combinación, detrás de una esquina puso los eróticos y los más íntimos, para ir a buscarlos a escondidas; junto a un televisor puso los de kurosawa, así podría verlos alguna noche, los premonitorios los dejó a mano, que nunca se sabe cuando se van a necesitar, y los prohibidos los repartió entre todos los demás para ir encontrándoselos de repente, y darse el placer morboso de soñarlos. Los de verano los puso junto a la ventana, recogió los pedazos de los rotos y los dejó en la mesa, porque aún no tenía pegamento, pero algún día tendría que recomponerlos; y todos los hechos realidad los guardó en una caja de memoria porque no quería extraviarlos...
había tantísimos... siguió y siguió ordenando sus sueños...

Los colocó todos poco a poco, eran más de miles, millones, y estaba tan cansada que se quedó dormida y se puso a soñar, sin darse cuenta que al día siguiente tendría que ordenar todos los sueños, que en ese preciso instante, la llevaban volando al mismo sitio donde se encontraba, el palacio de los sueños.


                                                                                                                     Elba Galdeano Baca

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Prohibido No Fumar





Sentía el peso de la persecución en sus piernas mientras el corazón le martilleaba en el pecho, sofocado por la no falta de aire. Sentía el aliento furioso de la turba que lo acosaba con gritos ensordecedores y sentía el yugo de la no prohibición en lo más profundo de su remordimiento.

No había fumado, y lo que es más, no lo había hecho en un lugar público. Y ahora los fumadores lo perseguian para darle su merecido. Se arrepentía, sí, pero ya era demasiado tarde. En este futuro no hay segundas oportunidades, no hay multas, no hay reprimendas. Si incumples la no norma, serás castigado. Y te dolerá.
Ya no quedaban muchos como él, personas que no fumaban, especie en extinción desde la instauración de la no prohibición. No quiso encender aquella pipa que le ofrecieron en el hall de aquel local de moda, lugar al que se acudía para calmar las ansias de la no adicción. Nunca había fumado, se notaba a la legua, y no quiso darle unas chupadas rápidas, excusándose diciendo que tenia que ir al labavo. Y allí, en esa falsa seguridad del urinario, pensó que podría escabullirse sin más y lo hizo: ¡Se largo por la ventana, sin fumar! Total, quien se iba a dar cuenta al fin y al cabo en un lugar lleno de fumadores...
      Pocos minutos despues estaba corriendo. Y lo hacía para salvar su vida. No fumar y matar se habían convertido en sinónimos con el paso del tiempo, generado un sentimiento intolerante hacia los que no fumaban. Las muertes causadas por el tabaco se habían reducido en una quinta parte, en pos de otras más comunes como el linchamiento. El No Fumador corría, con la desesperación tatuada en el rostro, tratando de respirar, pero sus pulmones no funcionaban con la eficacia de los de sus perseguidores. A cada metro que avanzaba perdía terreno. Parecia que retrocedía en lugar de ir hacia adelante...
Cuando al final le atraparon suplicó entre lágrimas y pidió perdón. La turba no escuchaba, no sentía, no perdonaba. El No fumador pereció bajo los golpes y los gritos y su cadaver fué colocado en lo alto de un poste, con el pecho abierto en canal, mostrando unos pulmones, rosados y limpios, de forma bien visible, para escarmiento de los demás no fumadores. Amanecía lentamente en aquel futuro mientras miles de cadáveres se pudrían allí en lo alto de los postes...

sábado, 5 de noviembre de 2011

Siempre Lo Hablamos Todo ¿Recuerdas?




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¡Buf!.. Eso es muy complejo de analizar.. en verdad me estás haciendo 2 preguntas... La primera se remonta a la 2ª Guerra Mundial, el coronel de mi compañía de tierra nos mandó rastrear a fondo los montículos cercanos con el fin de que no hubiera minas o alguna trampa improvisada para alertar a los nazis de nuestra presencia..

 En uno de esos "oteos", me arrastraba yo sigilosamente por el suelo cuando oí un "click" que me dejó helado...


 Y así, ahora todas las noches... mantenemos este tipo de absurdas charlas; tu con tu vaso de cristal y tu tabla  llena de letras y yo desde aquí te siento y te voy contando las cosas que olvidé contarte allí...



                                                                                                            ruyelcid
                                                                          (sacado de una conversación con un amigo por internet,
  el cual se quedó flipado porque él solo había preguntado: "¿Hola, Cómo estás?".

miércoles, 2 de noviembre de 2011

El lobo gris



Relato de Enrique Hinojosa
El lobo gris siempre aparece con una rosa entre los dientes. Te tienta y no te deja respirar. Logra que te pierdas, te saca de tu mundo y te adentra en el suyo. Una vez en su territorio, se acerca y te entrega la flor. Es imposible negarse a aceptarla. Te posee. Las espinas pronto hacen brotar la sangre de tus dedos, y eso despierta su instinto y hace que sus ojos brillen bajo la Luna.  

Sus ojos te aconsejan: Corre, tienes una oportunidad ¡No mires atrás!. Sabes que tus dedos sangrantes te delatan, pero agradeces el favor y huyes corriendo. El lobo gris te da ventaja, te hace pensar que puedes escapar, y por un momento parece que te alejas. Le pierdes de vista, y te confías.  

No necesita verte: Él puede escuchar tus apresurados latidos cobardes y eso le es suficiente. El lobo gris trota tras tus pasos atolondrados, seguro de su éxito.

En tu carrera, intentas sopesar tus opciones: esconderse sería inútil. Enfrentarse, totalmente infructuoso. ¡Correr! -piensas, ...y corres. Corres y te alejas, pero tu corazón se acelera, y el lobo gris te escucha cada vez más cerca. Ese es el momento en el que olvidas a tus dioses, ahora sólo confías en tu habilidad para escapar. Te ves cobarde. Y corres. A lo lejos escuchas ulular a una lechuza blanca, pero sabes que no te busca a ti, sabes que tu problema sigue tus pasos. Sigues corriendo.

Cuando estás agotado, con el sudor mezclándose con la sangre ya reseca de tus manos en un ungüento de textura incierta, te detienes y miras hacia atrás. Entre las sombras, a lo lejos, ves la silueta estática de tu cazador, observándote. Él no está cansado, pero crees que ya no te persigue. Crees que has vencido, que has sido más listo, crees que podrás seguir con tu vida vacía y tus sinfonías inacabadas. Ahora eres tú quien le habla con los ojos, y una mirada tuya le dice que has vencido y que vuelves a casa. El lobo gris parece entenderte y ves cómo se da la vuelta y se aleja lentamente. Cuando te giras para salir de allí, un golpe devastador te destroza y te deja tumbado, con los ojos muy abiertos. Sólo puedes escuchar tu respiración entrecortada. Sólo puedes ver el cielo negro y la Luna blanca abierta a tu mente, diciéndote algo que no llegas a comprender. Una loba gris se interpone entre la Luna y tus ojos, ahora ensangrentados. Sabes que ella te golpeó, y ahora puedes escuchar su sinestésica mirada diciéndote: No debiste mirar atrás.

La loba gris lleva una rosa entre los dientes. La aceptas; ahora sabes que has perdido, ahora sabes que el lobo gris no caza solo. Ahora ya lo sabes todo, y nada te es útil. El sosiego te invade, y el miedo desaparece. Te arrodillas junto a (un océano sin barcos que son) los ojos de la loba gris; y le ofreces tu mano. Te roza con su lengua y todo termina. Ya sabes que cuanto más dulce la lengua, más afilado el diente. Comienza tu viaje, un sueño a ninguna parte.

En algún lugar, en ese mismo instante, nace un niño, confuso... no sabe que el lobo no caza solo.

El álamo blanco

Relato de Sandra Quero
El agua templada mojando la piel, el vapor en el cuarto de baño y el pijama limpio; ahora envuelta en el edredón Aisha  se revolcaba entre las sábanas, tratando de dormir, debatiéndose entre las sensaciones cálidas tan recientes y pensamientos del color del cemento.

Cierra los ojos tratando de dormirse; todas las posiciones son incómodas, no consigue relajarse. Ahora todo se vuelve negro.

La atmósfera cambia extrañamente y parece que han pasado varias horas y la presencia de una fuerza imperiosa: la obligación de la culpa, le hace levantarse de la cama sin plantearse esperar unos minutos.
 
Sale del dormitorio y al acercarse a la cocina una luz la inunda directamente en las pupilas; no entiende bien lo que está sucediendo, pero trata de centrar la visión en el fregadero, para limpiar los platos sucios que ha dejado su compañera de piso al marcharse.

Se frota los ojos, pero sigue deslumbrada, se pone los guantes de fregar y busca a tientas el estropajo que estaba escondido entre los cacharros… Abre el grifo y el agua corre como cualquier día, pero ella no puede verla; se esfuerza por limpiar a tientas. Entonces empieza a ver algo, comienza a ver el estropajo en sus manos. Intenta concentrar la vista al máximo porque lo que era verde ahora le parece ser negro, lo sostiene en la mano derecha y se empieza a dar cuenta de que está manchado con algo.

De repente la luz que se había metido en su mirada al despertar desaparece y contrasta brutalmente con la oscuridad de lo que está viendo en el fregadero. Apenas le da tiempo a asimilarlo y entonces una bocanada de bilis le llena la garganta. Todo está inundado de vísceras, cabezas, colas y escamas de pescados; las escamas llenan todos los platos y toma conciencia entonces de que más que limpiar, ha estado restregando toda esa inmundicia mientras ella creía que limpiaba.

En silencio se arranca los guantes tratando de no mancharse las manos de esa repugnancia, ahora la rodea la pestilencia más absoluta y como absorta se echa contra la pared tratando de buscar una explicación.
 
Un fuerte crujido resuena en el interior de la casa, entonces se pregunta dónde estará Sherin, su compañera, necesita hablar con ella urgentemente y explicarle lo que acaba de pasar…empieza a caminar lentamente hacia el patio, es de ahí de donde provenía en ruido y sabe que las respuestas están en el aire. Sus pasos son decididos y en ese momento está convencida de que todo es un aviso, algo terrible ha pasado y ahora va a descubrirse.

Cuando sale al patio es de noche y la luz de la luna blanca ilumina un álamo blanco que se derrama entre pelusas indeseadas por todo su alrededor. Entonces la ve. Sherin está sentada en el suelo, apoyada en la cadera con las piernas estiradas, está desnuda y su cuerpo color ébano refleja la luz. Aisha la mira fijamente a los ojos y le pregunta:  

- ¿Qué haces aquí?
- Shhh…Él está aquí abajo, encerrado -dice Sherín mientras introduce la mano por una trampilla entreabierta en el suelo.
 
Aisha comprende que el ruido de antes vino cuando esa compuerta se abrió.
 
Sherín sacaba puñados de cabellos; pelos rubios de una persona blanca enredados, y los apilaba a su izquierda, Aisha se queda quieta y callada ante esa visión. 

Sherín se levanta lentamente, se atusa el cabello trenzado y enciende una cerilla. Contempla la llama que recién empieza a vivir y la arroja sobre los cabellos del suelo para que ardan y se consuma hasta que al final sean cenizas.

Vuelve a clavar la vista en Aisha y le dice tranquilamente:
 
- No me quedó otro remedio, tuve que encerrarlo ahí por mancillar la memoria de las que sufren.
 
En ese momento Aisha es golpeada en la cabeza. Cuando abre los ojos está en la cama, y el golpe que ha sentido es producido por el teléfono móvil que vibra en la mesita de noche.
 
Una pesadilla puede estar ahí cada noche.
 
Cada noche que una pesadilla está ahí algunos cambios van a venir a por ti.

Tarde de misterios

De izquierda a derecha, Enrique Hinojosa, Alfredo Luque, Nono Vázquez, Paco Otero Caricato, Raúl Góngora, Sandra Quero, Marino Aguilera, Mario López y Rafa Vera
La muerte, en sus más variadas versiones, el terror, el misterio, la historia y una nueva forma de entender las prohibiciones se dieron cita en la que por ahora es la última reunión pública del colectivo Entre Aldonzas y Alonsos en el Bar Musical Casablanca. A su modo y manera, nuestra gente ha vuelto a celebrar de manera singular el día de Todos los Santos y Fieles Difuntos y, de paso, congregar a una cada vez más habitual parroquia de seguidores dispuestos a pasar una tarde, como alguno se ha apresurado a destacar en las redes sociales, de auténtico miedo. En la búsqueda de la originalidad, en esta ocasión el actor Paco Otero Caricato puso la nota de humor previa con un simpático y ácido performance para destensionar el ambiente e introducir el acto. Después, un rosario de relatos; unos literarios, otros históricos, alguno rehabilitado, pero todos, absolutamente, todos, llenos de alusiones a la festividad del Día de los Difuntos. En el slide, un resumen fotográfico del encuentro, y en el blogroll todo el material que se puso en común, que irá llegando poco a poco para ser disfrutado tranquilamente. De nuevo, gracias.

martes, 1 de noviembre de 2011

Un encuentro casual


Mi hija no pudo estar contigo ayer...
Grego no era amigo de fiestas. De hecho, cada vez que recibía una llamada o un sms de alguno de sus amigos, se echaba a temblar, porque casi siempre se trataba de una invitación o, más bien para él, una coacción para asistir a una de aquellas bacanales de alcohol y decibelios. Por lo tanto, cuando notó la vibración de su teléfono en el coche casi no quiso ni mirar… aunque se detuvo en un aparcamiento y lo hizo. Un escueto sms decía: mañana, party en la casona, lleva algo.

Su amigo Jesús firmaba la cita, en la que Grego volvió a ver un compromiso innecesario, amén de insignificante a nivel social, porque en especial las fiestas de la casona eran célebres. Lo eran porque la casona era la finca de los padres de Jesús, apartada del mundanal ruido y allí las reuniones presumían de alargarse en el tiempo de manera más que significativa. Lo eran además porque siempre acababan en borrachera general, estampida a los dormitorios y, en la mayoría de los casos, bravuconadas de machos en celo en edad de impresionar.
Y allí estaba Grego, parado frente al ordenador, mirando como las pistas de mp3 se iban cargando automáticamente y sonaban de manera atronadora, mientras a su lado volaban las copas, las chicas, la ropa interior y algún que otro pescozón, recordándole que aquello era una fiesta. Tocaron al timbre y Jesús le gritó a Grego: 

-    Abre, anda, seguro que es alguien rezagado.
 
Grego abrió y en la puerta había una chica de su edad, aparentemente despistada y con cara de haber pasado un mal rato reciente. Grego balbuceó un hola apenas perceptible e invitó a entrar a la desconocida. Le indicó el armario de las bebidas y justo cuando iba a llamar la atención a su amigo Jesús, ella le interrumpió.
 
-    Verás, me llamo Lucía y no estoy invitada a la fiesta; ni sabía que había una fiesta. Iba camino de la ciudad y el coche se me ha quedado parado, el móvil sin batería… ¿Me harías el favor de llamar a la asistencia?
 
Grego le respondió:
 
-    Con una condición. Llamamos y que se lleven el coche, pero te quedas en la fiesta. Por ahora eres la única persona que me gusta en ella. Yo te acercaré después a casa. Te lo prometo.
 
La chica asintió con una sonrisa y Grego le acercó su teléfono móvil. Ella habló a través de él, dando la referencia exacta del lugar en el que estaba el coche: punto kilométrico 78,800 de la carretera general.
 
-    Me toca cumplir mi parte -dijo Lucía-. ¿Qué tenéis para beber?
 
El muchacho se transformó en otro a partir de ese momento. Bebía y reía sin parar, y su invitada sólo tenía ojos para él. Nadie reparaba en ellos. Grego asistía como hipnotizado a las explicaciones de Lucía sobre sus estudios, sus amores y cómo tenía que hacer verdaderos malabares para engañar a sus padres cuando quería ir a alguna fiesta como aquella. Pero de repente detuvo su relato y dijo a Grego:
 
-    Es la hora. Tengo que irme.
 
Grego entendió que debía ir despacio y aunque aquella chica le gustaba era necesario acompañarla a casa. Al salir de la casona, Lucía se estremeció por el frío de la madrugada y Grego se despojó de su americana para echarla sobre sus hombros. Lucía le indicó el lugar, él condujo hasta allí, se detuvo en la puerta y la joven se despidió con un beso que Grego notó frío en sus labios.
 
-    ¿Cuándo puedo volver a recogerla…? -interrogó Grego mientras Lucía corría a su portal.  Ella se giró como no sabiendo a qué se refería-. La chaqueta.
-    Ven cuando quieras; la dejaré a la vista... es el 3ºA.

 
En la confianza de haber triunfado, Grego se arregló bien la tarde siguiente y se mostró dispuesto a recuperar su americana y, quizá, algo más. Se fue de nuevo a la casa de su amiga y picó en el portero automático. Una voz le indicó que se había equivocado, así que siguió tocando uno por uno en los botones hasta que una voz le respondió que sí, que aquel era el piso de Lucía, y le invitó a subir.
 
Una mujer de unos cincuenta años le esperaba en la puerta, con cara de asombro, con una mirada y en silencio le invitó a entrar y entabló con él un diálogo seco.
 
-    ¿Por qué vienes ahora en busca de Lucía?
-    Ayer estuvo conmigo, le presté una chaqueta y venía a que me la devolviera y hablar con ella.
-    No está bien hacer este tipo de bromas. Mi hija no pudo estar contigo ayer.
-    Yo mismo la dejé en la puerta, a las 4 de la madrugada. El coche lo trajo la grúa y…
-    Mi hija Lucía murió hace cinco años y el coche… quedó siniestro total. Fue al desguace.
 
Grego tuvo que sentarse donde pudo. La madre de Lucía entonces le explicó que su hija tuvo un accidente cinco años atrás, en el punto kilométrico 78,800 de la carretera general, cuando venía de una fiesta. Él le describió la ropa que llevaba , y la madre asintió admitiendo que era la del día del accidente: pantalón vaquero y jersey a rayas azules horizontales. El joven entonces explotó.
 
-    ¡Creo que es usted la que me está gastando una broma!
 
La madre le mostró una foto de su hija, que en efecto era la misma chica con la que él había bebido y bailado la noche anterior.
 
 -   Si tan seguro estás -dijo ella-, puedes ver lo que te digo. En el cementerio tendrás todas las respuestas. Su nicho es el 3A…
 
Grego salió corriendo, entró en su coche y marcó el número de su amigo Jesús. Este le preguntó por su huida de la fiesta, y su extraño comportamiento.
 
-    ¿Extraño? -dijo Grego.
-    Y tan extraño, macho. Estuviste toda la noche hablando sólo y te fuiste sin decir nada. Creímos que se te había ido la olla…
 
Grego rompió a llorar y casi se estrella al tomar la cerrada curva del cementerio, al que entró, buscando el nicho 3A… Era lo que ella le había dicho;  que estaría en el 3ºA, pero no se refería al piso. Le había indicado el número de su morada en el camposanto. Preguntó a un empleado que le condujo hasta el lugar. Al llegar sus piernas no lo pudieron sostener y cayó desplomado, al ver la foto de Lucía, la fecha de su muerte y también su americana, que colgaba de uno de los floreros del nicho, y que permanecía, como ella le había prometido, perfectamente a la vista.

El atajo

Era un escocés, de veinticinco años nada menos...
Sacó su mejor botella de whisky para brindar por ella. Era un escocés, de veinticinco años nada menos… el whisky. Él era un pobre hombre, sin patria ni domicilio, al que la fortuna no había sonreído jamás, y cuya imagen se deterioraba día a día, cumpliendo días como años y años como siglos mientras el alcohol diluía las escasas penas que ya le quedaban por tramitar. 

Pero aquel día era especial. Quería brindar por ella… Quería brindar por aquella mujer a la que nunca habló ni saludó por la calle, y que en un desgraciado infortunio fue a morir bajo las ruedas de su tartana en plena Avenida Principal. Es curioso -pensó-. La ocasión en que la tuve más cerca la he matado. Salud. Y alzó su vaso al cielo. El cristal pareció quebrarse desde dentro hacia fuera y estalló en su mano en mil pedazos. 

No le dio importancia. Un día entero en el calabozo, la declaración ante la policía y la posterior paliza dialéctica en el juzgado bien podían haberle trastornado hasta el punto de no controlar su fuerza y haber hecho añicos un vaso de roca con la fuerza de sus dedos. O también puede ser el hielo -dijo-. Se quedó claro: el movimiento de aquel torpe brindis lo provocó todo o se estaba volviendo loco. Después de todo, pronto iría a la cárcel. Iba borracho cuando conducía y el juez había decretado libertad condicional hasta la celebración del juicio, por lo que no le preocupó en exceso lo ocurrido. 

Empezó a ponerle nombres. El primero, normal, María. A partir de ahí toda una suerte de retorcidos nombres extranjeros, bíblicos y hasta alguno inventado, que pudiera casar perfectamente con aquella cara, que ya se ocultaba para siempre en la oscuridad de un nicho del cementerio. Entonces una ventana se abrió de golpe y el viento le susurró en el oído: ¡Blanca! Se levantó de golpe y soltó una carcajada, exclamando: Definitivamente mi madre tiene razón: tengo que dejar de beber. Su rostro se tornó serio y corrió al ordenador, buscó en las noticias de sucesos y vio que la mujer muerta, atropellada por un conductor imprudente un día antes, en efecto, respondía a las iniciales B.D. Un sudor frío recorrió su cuerpo y volvió a llenar su vaso de whisky, bebiendo después frenéticamente. 

Se sintió mal y se desparramó en el sofá, pero lejos de detenerse volvió a tomar la botella y a ponerse una copa y otra más, que casi iba tragando de manera compulsiva, sin controlar la cantidad que ya acumulaba en su cuerpo. Vomitó una vez, y sin apenas limpiarse sino con la manga de su camisa, tomó la botella y bebió a morro, mientras el líquido se le caía por las mejillas y el cuello. Un charco se formo a su alrededor, y en él un caprichoso dibujo, como si un dedo invisible lo hubiera escrito, se hizo visible. Eran palabras, y decían: ¿Por qué tuviste que conducir borracho? 

Se levantó y lanzó la botella hacia la pared, pero esta se detuvo justo antes de impactar con ella, y regresó, flotando, a su mano. Entonces aparecieron en el lugar donde debía haberse estrellado otras palabras, que claramente decían: Hoy beberemos juntos los dos… Sus ojos quedaron abiertos y la mano en la que tenía la botella se movió sin control hacia su cara. Se introdujo todo el cuello de la botella hasta la garganta y se echó hacia atrás. Cuando la respiración ya le faltaba se le hizo visible la figura de la mujer, que con voz muy suave le dijo al oído: No debiste ser tan imprudente. Ahora vendrás conmigo y podremos brindar en otro lugar, a diario, por toda la eternidad. Cerró los ojos y se dejó llevar. 

La policía registró a los dos días todo el piso. Todo apuntaba a un suicidio, tras lo ocurrido y analizados los indicios. Había facturas sin pagar, reclamaciones de proveedores y un aviso de corte del suministro eléctrico. La nevera estaba vacía y encima de la mesa sólo había dos vasos, en el suelo cristales y whisky desparramado. El aún tenía la botella vacía insertada en la garganta. Las huellas dactilares de uno de los vasos coincidían con las suyas, pero el otro, al parecer, había sido usado con guantes, porque no tenía indicios de haber sido manipulado a pesar de que unos labios se adivinaban claramente en el borde. Todos coincidieron en decir lo mismo: El infeliz, viendo lo que se le avecinaba, ha elegido un atajo. Caso cerrado… A falta de analizar el ADN de aquellos labios, que darían la pista sobre la última persona, viva o muerta, tal vez con anterioridad, que bebió con él aquella tarde.

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