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- Texto: Pili Gámez, Raúl Góngora y Marina León. - Pintura: Rafa Ruiz. |
Esa mañana Oz abrió la ventana con el ademán preciso de quien sabe que nada nuevo habría tras los postigos. Por entre las rendijas entraba aquella luz mortecina que recordaba sin piedad lo que, desde hacía ya demasiado tiempo, aguardaba afuera. Un cielo plomizo envejecido, a veces, por el color del polvo suspendido en el aire, un calor asfixiante que permitía apenas la respiración a pequeñas bocanadas impidiendo así al fuego entrar en las vías respiratorias, y una tierra
cuarteada era el paisaje eterno que no les permitía sacar de sus cabezas aquella palabra maldita: sequía
El tiempo continuó su avance inexorable y la desesperanza y
el color gris de sus cabellos se habían convertido en los dueños de ese lugar
donde no se podían diferenciar muerte y espacio y el concepto cambio había desaparecido del acervo
popular.
Y todo cambió con la lluvia…
El manantial deseoso de ruido comenzó a fluir alborotado. Oz sacudió el peso del polvo sobre sus cabellos y empezó a escribir, guiada su mano por el viento desbocado: negras, blancas y corcheas, claves, silencios y compases, fusas… ¡semifusas!, un lenguaje musical con el que parió la sinfonía que insuflaba la vida ausente en su casi muerto corazón. El agua se las iba dictando en una lengua caprichosa, chispeante, chismosa, a la que se dio el gusto en llamar Hierática sinfonía del manantial.
Las nubes, con faldas
de vuelo alto, se ruborizaban ante los piropos tan brillantes y directos que
ese vigoroso manantial de agua y esperanza les gritaba.
Oz, sentado en la orilla creciente de aquel romance de altos
y bajos, contemplaba cual director de orquesta como la naturaleza, antes
atascada y casposa, comenzaba a hilar aquel amor. Como aquellos jóvenes
huéspedes de su mirada se deseaban sin guardar silencio, se acercaban, en la
oscuridad se rozaban y por fin se desnudaban y se amaban.
La pasión del manantial, propia de una fiera de la selva en
su recién entendida primavera, atraía aquellas gaseosas flotantes con sus
excitantes deformidades. Ardiente in crescendo a cada minuto rozaba sin pudor
los salientes de las nubes deseándolos, agitándolos, despertando bestias
internas en las alturas que saltaban de arriba abajo cegando por momentos el
horizonte.
La música que salía del corazón y las manos de Oz se veía
cargada de inclusión sexual, se sentía partícipe en aquella orgía de la
naturaleza, en aquel coito atmosférico cargado de gemidos luminosos de placer
de arriba abajo y sudor, calor y verticalidad en sentido contrario El manantial
ardía de placer en manos de las nubes. Las nubes gritaban con grandes ecos
excitando a Oz, que como espectador involuntario se sentía más vivo que nunca.
pronto un gran rugido celestial consumó aquel amor.
La creatividad constante de los primeros elogios al
manantial que tan vivo bailaba en las retinas de Oz se convirtió en un juego de
voyerismo inolvidable. El joven manantial había excitado a las nubes y
viceversa de tal manera que, sin importar vencedores o vencidos, dejaron que el
placer de sentir antes que el de existir ganara aquella batalla.
—¿Amor? -Se preguntaba Oz ante aquel espectáculo que acaba de vivir y aprovechar. Y a lo lejos, como jóvenes videntes seguros de sí mismos, las nubes y lo que quedaba del manantial sabían de la insuficiencia de la palabra amor para describir los minutos de extrema pasión compartida.
La
pasión compartida en un extraño trío formado por dos milagros de la naturaleza,
nubes y manantial y, por una tercera parte, los maduros ojos de un Oz que,
maravillado por lo contemplado, había dejado llevar el ritmo de sus manos en
una erótica sinfonía que había surgido de una profunda fuente de creatividad
musical llena de lívido nunca antes sentida en ninguno de sus placeres, ni
propios ni compartidos.
A
la vez que las nubes y el manantial se reunían en el horizonte y las manos de
Oz terminaban de escribir más corcheas, negras y redondas, la música que plasmaba
en el papel comenzó a surgir visualmente del propio manantial. Como si de un
geiser se tratara el manantial respondía con potentes columnas verticales de
agua a la música que Oz tenía en su cabeza. Al mismo tiempo, se iba
expandiendo, formando amplios canales de forma fálica que llenaban los secos
valles de agua, anunciando la prometida y ansiada primavera que los habitantes
de la zona llevaban esperando desde hacía años.
La
creatividad de Oz era el reflejo musical en consonancia con la naturaleza, que
lo llamaba con los susurros del agua y los remolinos que seguían surgiendo. Las
nubes se habían parado, como esperando a que el manantial se recuperase de ese
momento compartido, para volver con más fuerza y más pasión a dar rienda suelta
a esos momentos íntimos que la tierra, sedienta, esperaba con ansias.
Y
el espectáculo comenzó otra vez. Pero esta vez Oz no se mantuvo al margen,
quiso participar de tan grata experiencia. Se dirigió al lugar en el que nubes
y manantial se aunaban, guiado por la música que surgía de su cabeza y que el
manantial dibujaba con sus variados canales. Dejando atrás las partituras
llenas de la hierática sinfonía del manantial, no pudo resistirse al movimiento
del agua. Se sentía parte de él. Como llamado por un canto de sirena se dirigió
a la orilla, sumergiéndose en el agua hasta que lo cubrió por completo y siendo
uno con nubes, manantial y agua.
Lo
que había sido la tierra seca en la que Oz había nacido, se convirtió en un
valle próspero en el que cada año, para rememorar el día en el que la lluvia
había vuelto a dar vida y esperanza, se realizaba un concierto sinfónico que
llenaba el aire con las notas que Oz había plasmado ese glorioso día en el que
su creatividad había formado parte de la vuelta a la prosperidad de la
humanidad.
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