Quijotes desde el balcón

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martes, 1 de noviembre de 2022

LECTURAS VITALES _ por Ricardo San Martín Vadillo

 



Libros donde la muerte es la protagonista… Me quedo pensando. Recuerdo algunos: El libro de los muertos escrito en tiempo de los egipcios. Según ellos el camino hacia el más allá está plagado de dificultades. No lo sé; ¿no era la vida la que está plagada de dificultades? Al menos para algunos o en ciertos lugares: Burundi, Malawi, Sudán, Siria, Afganistán, Ucrania…

Recuerdo la lectura juvenil de las Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique, tan certeras, tan llenas de sabiduría y de advertencias. Me quedo con este fragmento: “Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte / contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando, / cuán presto se va el placer, / cómo, después de acordado, / da dolor; / cómo, a nuestro parecer, / cualquiera tiempo pasado / fue mejor”.

Y cómo no identificarme con lo escrito por Antonio Machado para Leonor, casado y viudo en Soria. Soria, donde también vivimos Dama y yo aquel estupendo curso de 1976-77: “Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería. / Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. / Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía. / Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar”. Sin embargo, hay que mostrarse esperanzado, seguir el camino de la vida, como Machado concluía su poema “A un olmo seco”, el olmo que está en el cementerio de El Espino: “Mi corazón espera / también, hacia la luz y hacia la vida / otro milagro de la primavera”.

De igual modo, me inspiran estos versos de Miguel Hernández, que nos hablan de la vida y de la muerte. Así me siento yo, como el poeta de Orihuela: “ Aquí estoy para vivir / mientras el alma me suene, / y aquí estoy para morir, / cuando la hora me llegue, / en los veneros del pueblo / desde ahora y desde siempre. / Varios tragos es la vida / y un solo trago es la muerte".

La vida y la muerte. La muerte, cualquier  muerte, no puede detener el fluir de la vida y el tiempo va curando la herida. Para cauterizarla necesitamos dos cosas: aceptación y resignación. Algo similar dice Rosa Montero en su libro La ridícula idea de no volver a verte: “La vida es tan tenaz, tan bella, tan poderosa, que incluso desde los primeros momentos de la pena, te permite gozar de instantes de alegría: el deleite de una tarde hermosa, una risa, una música, la complicidad con un amigo. Se abre paso la vida con la misma terquedad con la que una plantita minúscula es capaz de rajar el suelo de hormigón para sacar la cabeza”.

En su día leí y me gusto el libro de Marcos Giralt Torrente, Tiempo de vida, una reflexión sobre su tempestuosa relación con su padre, ahora muerto y añorado. En una parte del libro el escritor se dice: “Tu padre vive ahora en ti”. También en mi caso “mi padre vive en mí”: viven sus consejos, sus cuidados y correcciones, los ratos de asueto compartidos; en definitiva su lección de vida. Pero, de igual modo, todos mis familiares que me quisieron y a quien quise viven en mí. Ya lo dice Carlos Ruiz Zafón en su precioso libro La sombra del viento: “Existimos mientras alguien nos recuerda”.

El libro de mi idolatrado Miguel Delibes Cinco horas con Mario tiene como protagonistas a Mario, ya muerto, de cuerpo presente, y a Carmen, su mujer, llena de recuerdos y de reproches durante las horas del velatorio. Apenas se habla de la muerte en el libro, es la vida de ambos, de sus familiares y amigos lo que Carmen le recuerda.  Tan sólo he encontrado un pequeño fragmento sobre la muerte, cuando Carmen confiesa al principio: “Nunca vi un muerto semejante, te lo prometo. No ha perdido siquiera el color. Carmen experimenta una oronda vanidad […] Como Mario, ninguno; era su muerto, ella misma lo había manufacturado”. Esto es ironía. Y lo que sigue es humor negro: Borja, el hijo pequeño de Carmen y el difunto Mario, vuelve del colegio dando voces con esa ingenuidad infantil: “¡Yo quiero que se muera papá todos los días para no ir al colegio!”. Su madre, Carmen, le había golpeado despiadadamente, hasta que la mano empezó a dolerle”.

Pero el libro que realmente disfruté de Miguel Delibes fue La hoja roja. Sí, me gustaron El camino, Las ratas, Los santos inocentes, El príncipe destronado, El hereje… Y me desazona la lectura de su primer libro La sombra del ciprés es alargada, donde la muerte es la protagonista. Pero de esa novela sombría me quedo con una frase niveladora. Dice Pedro, el protagonista, hacia el final: “Sentí abalanzarse sobre mí una oleada infinita de paz […] -Mi sitio está aquí -me dije-; entre los vivos y mis muertos, actuando de intercesor”.

He dicho que mi libro favorito de Delibes es La hoja roja porque me causó una honda impresión. Ya sabéis La hoja roja es una reflexión sobre la vida y la muerte, pero sobre todo trata de la vida, una vida solitaria. Don Eloy, ha visto morir a su mujer y recientemente a su amigo y compañero de paseos, Isaías. Su única compañía es “la Desi”, la criada, una joven pueblerina con la que comparte confidencias. El libro tiene unas reflexiones profundas. Opina don Eloy que “La jubilación era la antesala de la muerte”. Sin embargo, yo no estoy de acuerdo en eso con Delibes: la jubilación para mí ha sido otra fase más de mi vida y me ha servido para viajar, hacer deporte, escribir, investigar… Y lo más importante: estar con mis hijos y mis nietos. Ellos me unen a la vida, me transmiten ganas de vivir. “El tiempo le sobraba de todas partes como unas ropas demasiado holgadas”. Tampoco en eso coincido con Delibes. Lleno todo el día de actividades y disfruto de estar vivo y de las cosas que hago. “El tiempo se va sin sentir, ni te das cuenta”. Ahí sí estoy de acuerdo con Miguel Delibes. Miro atrás y me veo recién casado, un poco más atrás y estoy en Granada, estudiando en la universidad, disfrutando por todos mis poros de la juventud, y en una nueva mirada retrospectiva me veo como Caíto, feliz e ingenuo niño a la vera del Nela. Todo eso fue casi ayer mismo.

Pero bueno, ¿por qué el título del libro La hoja roja? Se lo dice don Eloy a Desi al final del libro: “Lo quiera o no, me ha salido la hoja roja en el librillo de papel de fumar. Es un aviso”. 

Yo conocí en mi infancia esos librillos de papel de fumar, se los veía utilizar a mi abuelo para liar sus cigarros de picadura. Ahora se suelen usar para liar los porros. Aquellos librillos de papel de fumar llevaban casi al final una hoja roja que servía para avisar al fumador que el librillo estaba a punto de acabarse. Don Eloy, con setenta años, siente que le ha salido la hoja roja. Y yo con setenta y tres me pregunto cómo estará el librillo de mi vida de hojas de fumar y por dónde andará mi hoja roja.


jueves, 22 de septiembre de 2022

Rafalito Peña (por Ricardo San Martín Vadillo)

 

Conocí a Rafalito Peña al poco tiempo de mi llegada a Alcalá, entre aquel aluvión de caras nuevas. Rafalito me saludó desde su carro de inválido y me dijo en tono desenfadado:

–¡Una hemorragia de satisfacción el conocerte!

Después, fueron muchas las veces en que tuve ocasión de coincidir con él en aquel bar, al final del Llanillo, donde servían un vino de Montilla suave y transparente, acompañado de unas tapas de callos que inundaban de sabor el paladar.

Allí, sentado en su carrito, que era como su trono, Rafalito reinaba en el mundo de “los chinos”:

–¡Tres con las que saques! –decía mientras escondía en su mano izquierda las monedas y daba cortos sorbos de placer al Montilla.

Solía tocarnos a cualquiera del grupo pagar las copas y las tapas, pero si alguna vez perdía y se descubría su envite exclamaba:

–¡Hiotilla, me ha pillao!

Yo, viniendo del norte, no entendía aquella exclamación.

–Hijo de putilla. Eso significa. Es que no te enteras, chico. Claro, como tú hablas tan fino… –me decían los amigos del grupo.

Rafalito Peña se movía en su carro de inválido, pero esa realidad (sobrevenida desde el mismo momento de su nacimiento) no le impedía ejercer de forma eficiente su trabajo: era fotógrafo, pero no fotógrafo de estudio. Rafalito era un cotizado y reconocido fotógrafo deportivo. Pero no os confundáis, no hacía fotos de futbolistas o equipos, de tenistas, altos jugadores de baloncesto… No, su especialidad era la fotografía deportiva de riesgo.

Un día me invitó a su casa, a su estudio, donde en aquellos tempranos años setenta él mismo revelaba sus fotos. Así pude ver sus instantáneas y saber de sus viajes: allí estaban los campeones de fórmula uno, sus adelantamientos imposibles, sus terribles accidentes, sus podios de gloria, todo recogido en color o en blanco y negro por Rafalito. Supe de sus viajes a Mónaco, Silverstone, LeMans, Heckenheim, Long Beach, etc.

Tenía fotos espectaculares de esquiadores descendiendo veloces por las pronunciadas pistas de Sierra Nevada, Chamonix, Val d’Isere, Garmish, Verbier, Lech, etc.

Me enseñó fotos de vértigo, con montañeros colgados en una pared de Nepal. Se reía complacido al ver mi cara de estupor y admiración:

–¡Hiotilla, qué aventura fue el que me pudieran subir hasta aquella roca para tomar mis fotos!

Igual o mayor sorpresa me causaron varias instantáneas de paracaidistas en el momento de saltar desde el avión y otras en pleno descenso:

–¡Pues claro que yo estaba allí! ¿Cómo si no iba a tomar las fotos? Compartí sus emociones: vértigo, miedo, la adrenalina del descenso, la alegría del aterrizaje y, como ves, hice fotos increíbles. 

Ya ves, chico, yo que estoy varado en esta silla he encontrado en mi trabajo la ocasión de sentir y compartir la emoción del riesgo, de la velocidad. Somos nosotros quienes nos ponemos los límites. Mientras viva, quiero sentir, a través de la fotografía, el vértigo de vivir a tope.

Rafalito Peña era vital, positivo, no conocía límites. Así fue su vida mientras ésta duró: una aventura, un reto, un éxito profesional.

Un día me llamó el grupo de amigos y me dijeron que Rafalito había muerto mientras dormía, apaciblemente, lejos del riesgo, en la tranquilidad de su casa y de su cama, junto a su estudio de fotografía en Alcalá.

Hicimos lo que nos tenía dicho mientras tomábamos unas copas de vino de Montilla y las tapas de callos en aquel bar donde solíamos reunirnos cuando no estaba de viaje y descansaba del ajetreo de su vida como fotógrafo de deportes de riesgo: en el féretro metimos, junto a él, una de sus cámaras fotográficas; por si allí arriba (más alto de lo que había subido con los paracaidistas y el avión) practicaban las carreras, el esquí, los saltos imposibles, las escaladas sobre el vacío eterno, para que él los retratase.

–¡Hiotilla, Rafalito, qué tío más audaz!



Le Mans 1979




Catherine Destivelle en la montaña del Annapurna.






Saltos de Esquí en Garmish. Alemania





sábado, 23 de enero de 2021

LA MUERTE COMO TEMA NOVELADO (Ricardo San Martín Vadillo)

 

Con este título me refiero a una diversidad de libros en los cuales quienes los escribieron dejaron recogidos sus sentimientos y su actitud ante la muerte.

Son libros en los que se analiza la muerte del padre o de la madre del autor; de un hijo/a; del esposo/a. En otros casos quien escribe, en un momento de una grave enfermedad, es conocedor de su muerte en un futuro inmediato (entre seis meses y dos años). Otras veces se trata de muertes sobrevenidas por accidente, por enfermedad (cáncer en la mayoría de los casos) o por autodestrucción, es decir, suicidio.

Presento y analizo algunos de los libros que he leído:

Ordesa (2018), de Manuel Vilas. Libro que me impactó (como a tantos otros lectores) por su forma de redacción, por el sentimiento de pesar que muestra el autor en sus páginas por la muerte de sus padres. Vilas, junto con su hermano, optó por incinerar a sus progenitores tras su muerte. Ese hecho le llevó con posterioridad a lamentar tal decisión. El autor se ve continuamente “invadido” por el  recuerdo de momentos pasados junto a su padre y a su madre. Es tras su muerte cuando su ausencia y el cariño que sentía por cada uno de ellos se hace más presente, cuando el amor y el  recuerdo llenan su mente. El libro es un canto al recuerdo de sus padres, al cariño que no les expresó en vida; es también una reflexión sobre la vida. “Mis padres ya no existen, pero existo yo, y me marcho en cinco minutos.”; “Desde que no bebo alcohol me he reencontrado con un hombre que no conocía. A veces me araño las manos, me pellizco los dedos con las uñas, para aguantar el aburrimiento y el vacío. Las cosas ocurren lentamente si no bebes. Beber era la velocidad, y la velocidad es enemiga del vacío.”; “Supe que la muerte de una relación es en realidad la muerte de un lenguaje secreto. Una relación que muere da origen a una lengua muerta”;  “Lo que me unía a mi madre era y sigue siendo un misterio que tal vez consiga descifrar un segundo antes de mi muerte”; “Creo en los muertos porque ellos me amaron mucho más que los vivos hoy.”  

El libro no sólo trata el tema de la muerte de sus padres, trata también de su relación con sus dos hijos; su divorcio; su caída en el alcoholismo; su melancolía; la España que le ha tocado vivir. Es un libro triste, pero bello; un libro de una persona que sufre, que aún está en duelo por la muerte de sus padres, porque no la ha superado. Quizás por eso, Vilas, tras el éxito de Ordesa escribió Alegría, que no es un libro alegre, sino la continuación del anterior y su intento de superar la tristeza y de encauzar su relación con sus hijos y con su actual pareja.

Recientemente he leído otro libro que me ha gustado: Tiempo de vida, (2010), de Marcos Giralt Torrente. También en este libro el autor recoge su relación en vida con su padre. Es novela y es la realidad vivida con su padre (pintor de cierta fama y renombre). Los sentimientos de Giralt son de rechazo y crítica a su progenitor por su “ausencia” como padre en muchos momentos de su vida (infancia, juventud, etc.) A medida que pasan los años la relación de Marcos con su padre va mejorando y se implica y vuelca más a raíz de comunicarle a su padre la existencia de un cáncer que inexorablemente le va consumiendo. En esos momentos de enfermedad del padre todo su apoyo es del hijo y no de su pareja que se aparta o inhibe ante la situación. De nuevo el libro es un canto del autor a su padre.

No me gustó el libro La invención de la soledad (1982),  de Paul Auster. Esperaba mucho más de él. De nuevo se trata de un libro que analiza la muerte y la vida de un padre. La primera parte del libro se titula "Retrato de un hombre invisible", la segunda, "El libro de la memoria". Pude leer la primera parte, la segunda se me hizo pesada y aburrida (lo dejé). El libro, como otros, no es sólo una reflexión sobre la muerte, es también un análisis de su propia paternidad, de la literatura, de la soledad, del dinero. En una parte del libro el autor dice: “La vida se convierte en muerte, y es como si la muerte hubiese sido dueña de la vida.

Sí que me gustó, sin embargo, su largo libro 4, 3, 2, 1, aunque su extensión le hace a veces  tedioso y pesado.

Señora de rojo sobre fondo gris (1991), de Miguel Delibes. Siento decir que no es de mis libros favoritos. Conste que me declaro encendido admirador de Delibes. He leído casi la totalidad de su obra: novelas, novela histórica, cuentos infantiles, libros de viaje, libros sobre caza y pesca, defensa de la naturaleza, futbol, libros de artículos, biografías sobre su persona… No, no entiendo que sea “un canto al amor”, como dicen algunas reseñas. Cierto que estuvo profundamente enamorado de su esposa, Ángeles, cuya temprana muerte le sumió en una depresión que vino a ahondar su congénita melancolía. Del libro tomo estas frases que me han gustado: (Al hablar de Ángeles): “Con su sola presencia, aligeraba la pesadumbre de vivir.”; “Cuando ella se fue todavía lo vi más claro: aquellas sobremesas sin palabras, aquellas miradas sin proyecto, sin esperar grandes cosas de la vida eran sencillamente la felicidad.”

El libro, después de describir los estragos progresivos del cáncer, acaba con la muerte de Ángeles y cómo le comunican a Delibes la noticia: “ Ha muerto, dijo (el doctor) […] Ella nos pidió vivir y no hemos sabido complacerla. Lo siento. Se hizo el silencio y cerré los ojos”.

Quizás la esencia de este libro se pueda resumir con las palabras que Carlos Ruiz Zafón escribió en La sombra del viento. “No se muere del todo mientras te recuerden”. Eso hace Delibes en su libro: preservar la memoria de Ángeles, mantenerla viva.

Debo decir que mi libro favorito de Miguel Delibes es La hoja roja (1959). Ese libro contiene también una profunda reflexión sobre la vida, la forma de llegar a la vejez y el momento, del cual estamos avisados, de que la muerte puede estar cerca (nos lo avisa el instante en que, como en aquellos librillos de papel de fumar, aparecía una hoja roja que indicaba: “Este librillo está a punto de acabarse”. 

Escribe Delibes en el libro: “La jubilación era la antesala de la muerte.” (personalmente nunca he estado de acuerdo con esa frase); “La vida era una sala de espera y que todos andamos aguardando, intentando distraernos, y no atendemos cada vez que dicen: «¡El siguiente!», porque nos asusta pensar que un día el siguiente seremos nosotros.”

Patrimonio: una historia verdadera (1991), de Philip  Roth. He leído dos veces este libro, por recomendación de mi amigo Jon Sigurdur, y en la segunda lectura no recordaba nada de la primera, lo cual indica lo desmemoriado que soy y el nulo impacto que el libro causó en mí. Quizás no sé valorar el talento de este escritor. 

Es éste un nuevo libro donde el autor evoca la enfermedad (un tumor cerebral) de su padre, de 86 años. Roth se debate entre decirle la verdad de la gravedad de su estado o no. “Me resultaba espantoso no ser capaz de creer mis propias palabras, pero no sabía qué otra cosa decir”.

Del libro tomo estos fragmentos: “La muerte de uno de los padres es siempre algo horrible. Cuando murió mi madre  -dijo ella-, no esperaba sentirme como me sentí. La mitad de tu vida, o más, se va. Te sientes tan pobre, sabes: una persona que me ha conocido todos estos años…”; “¿Cómo iba a negarle la máquina, si con ella se ponía fin a su asombrosa batalla por respirar? ¿Cómo iba a tomar yo la decisión de que mi padre fuese apartado de la vida, esa vida que sólo una vez conocemos? Lejos de invocar el testamento vital, estaba a punto de ignorarlo y decir: “¡Haga usted lo que sea, haga usted lo que sea!”

El año del pensamiento mágico (2005), de Joan Didion. Narra la escritora la doble tragedia que en poco tiempo asoló su vida: la enfermedad de su hija adoptiva, Quintana, y la súbita e inesperada muerte de su esposo por un fallo cardíaco. Didion escribe para comprender, para asimilar lo que le ha sobrevenido en su vida. Recuerda tiempos pasados con intención de salvar lo mejor de lo vivido con los seres queridos que ha perdido.

Me gustan estos textos cogidos del libro de Joan Didion: “Las personas que acaban de perder a alguien tienen una mirada que quizás sólo reconozcan los que han visto esa mirada en su propio rostro. Yo la he visto en mí y ahora la veo en otros. Es una mirada de extrema vulnerabilidad, desnudez y sinceridad […] Las personas que han perdido a alguien parecen desnudas porque ellas mismas se creen invisibles. Yo misma me sentí invisible durante un tiempo, incorpórea..”; “El duelo visible nos recuerda la muerte, algo que se interpreta como anormal, como un fracaso en el manejo de una situación. "Te falta solo una persona, y el mundo entero está vacío.”; “Somos imperfectos mortales, conscientes de nuestra mortalidad aun cuando tratemos de eludirla, vencidos ante nuestra propia complejidad, tan acorralados que cuando nos dolemos por los que hemos perdido, también nos dolemos, para bien o para mal, por nosotros mismos. Por lo que fuimos. Por lo que ya no somos. Por la nada absoluta que un día seremos.”; “Sé por qué intentamos mantener con vida a los muertos: intentamos mantenerlos con vida para tenerlos con nosotros. También sé que si queremos seguir vivos llega un momento en que tenemos que dejar ir a los muertos, dejarlos ir, dejarlos muertos.”

El libro La última lección (2008), de Randy Pausch, lo leí en mi pantalla del ordenador. Lo descargué en formato pdf. Es un libro corto y se lee de forma fácil. 

Este escritor, profesor universitario y creativo  de realidad virtual, casado y padre de dos hijos sabe que va a morir. Una vez más el cáncer (de páncreas en su caso) es el verdugo que va poner fin a su vida en un corto plazo de tiempo. Decide vivir el tiempo que le queda disfrutando con su familia y dejar escrito para sus hijos un mensaje de felicidad. Recuerda todo lo vivido y valora todo lo conseguido en su vida. En su universidad, impartió una conferencia: esa “Última lección” en que rememoró sus años de infancia y juventud, cuáles eran sus sueños y cómo logró hacerlos realidad. Todo el libro contiene positividad y la transmite al lector.

Estos pasajes que son un canto a la vida y a la alegría de vivir: “No se trata de con cuánta fuerza golpeas, sino con cuánta fuerza resistes un golpe y continúas en movimiento.”; “Sólo quiero que sepas que es maravilloso estar vivo y en este lugar ahora mismo: vivo y contigo […] Así que hoy, en este preciso momento es un día maravilloso. Y quiero que sepas cuánto lo disfruto” (palabras dedicadas a su mujer al conocer que el tratamiento contra el cáncer no había resultado efectivo y que tenía once tumores en su páncreas); “No sé cómo no divertirme. Estoy a punto de morir y me divierto. Y continuaré con mi diversión a lo largo de cada día que me reste de vida, porque para mí no hay otra manera de hacerlo.”; “Me estoy muriendo y he escogido estar alegre. Hoy, mañana y los días que me queden.”; 

Mortal y rosa (1975), de Francisco Umbral. Me llama la atención una cita que Umbral coge del escritor Paul Éduard: “El muerto que seré se asombra de estar vivo”.

Pongo esta novela entre las “leídas” y no es cierto. No he leído esta novela, he saltado apresuradamente sobre sus páginas. Resulta que Francisco Umbral como hombre y como escritor me resultaba pesadísimo. Sí, admito que dominaba la prosa poética, pero su lectura me cansaba, me perdía en sus páginas, en sus descripciones, personajes, situaciones, disquisiciones… Soy incapaz de leer de forma continuada sus libros. Sin embargo, el tema de Mortal y rosa me resulta desolador: la muerte por leucemia de su único hijo, Pincho, a la edad de seis años. Ese hecho trágico, brutal, insoportable puede explicar toda la amargura y mal carácter de Umbral. ¿Quién se sobrepone a un hecho de tal categoría?

Pero su novela no es sólo la muerte de su hijo; todo el escritor, su laberinto y caos mental están presentes en el libro. Del mismo cojo las siguientes frases: “Al hijo lo perderemos siempre, en la vida o en la muerte. Mas nadie podrá quitarme el turbión de frescura, la ráfaga, la dimensión desgarradora y clara que él le dio al mundo, de pronto, y me dio a mí. El hijo es un relámpago de futuro que nos deslumbra un momento. Por él, por mi hijo, he visto más allá, más adentro y más lejos, y quizás -ay- eso basta. [...] La felicidad es algo que ocurrió una vez.”; “Hay que beber a morro del dolor, como se bebe de las férreas fuentes. Que esta carne de luz empape toda la sombra. Hay que baldear hasta el fin el ciego enlagunamiento de la sangre. Hay que agotar el mal, el sufrimiento, no en pequeños sorbos, no en tragos cobardes, sino seguido y hasta lo hondo, que luego queda un fuego neutro, una nada, y sólo resta, por fin, la loza simple de la vida. Voy hasta el final de mi dolor, hago todo el recorrido, bebo de mí mismo, sacio una sed de sufrimiento que estaba en mí y yo no conocía.”; “Tu muerte, hijo, no ha ensombrecido el mundo. Ha sido un apagarse de luz en la luz. Y nosotros aquí, ensordecidos de tragedia, heridos de blancura, mortalmente vivos.”; “He conocido la única verdad posible: la vida y la muerte -tan vivida previamente- de mi hijo, y sin embargo he optado o estoy optando por el engaño, por el autoengaño, de modo que seré inauténtico para siempre. No creáis nada de lo que diga, nada de lo que escriba.”



Paula (1994), de Isabel Allende, es un libro que me conmovió, me llegó a lo más profundo. De nuevo es un libro sobre la pérdida de un hijo, la hija de Isabel Allende. De ella he leído también casi toda su obra y la he disfrutado (tan sólo dejé sin leer dos o tres libros de literatura juvenil). Para mí Isabel Allende es una gran fabuladora (a veces me recuerda a Gabriel García Márquez), admiro su obra y sus  novelas.

La lectura de Paula me dejó un regusto amargo. En ciertas partes del libro creí que la escritora estaba utilizando la enfermedad de su hija como excusa de creación literaria. No, no creo que fuese así. Cómo no creer en el profundo dolor y desesperación de una madre ante el coma y progresivo deterioro de su hija enferma de porfiria. La agonía de Paula es la agonía y sufrimiento de una madre.

Estos fragmentos del libro nos transmiten la belleza del libro así como el dolor de una madre por la muerte de su hija: “¿Qué hay al otro lado de la vida? ¿Es sólo noche silenciosa y soledad? ¿Qué queda cuando no hay deseos, recuerdos ni esperanzas? ¿Qué hay en la muerte? Si pudiera permanecer inmóvil, sin hablar ni pensar, sin suplicar, llorar, recordar o esperar, si pudiera sumergirme en el silencio más completo, tal vez entonces podría oírte, hija.”; “El dolor es inevitable en el paso por esta vida, pero dicen que casi siempre es tolerable si no se le opone resistencia y no se agregan miedo y angustia.”; “Silencio antes de nacer, silencio después de la muerte, la vida es puro ruido entre dos insondables silencios.”

Martes con mi viejo profesor (1997), de Mitch Albom. Es la historia real de este escrito norteamericano. Un día ve por televisión que su antiguo profesor de sociología en la universidad, Morrie Schwartz, que tanto le ayudó y animó, padece ELA, una enfermedad degenerativa. Se decide a llamarlo y tienen una serie de encuentros los martes en que hablan del estado del mundo  y la necesidad de los humanos de dar y recibir amor, cómo aprender a envejecer, evitar la autocompasión, cómo hacer que perdure el amor, etc.

Estas son algunas de las frases de Mitch y de Morrie en el libro: “Tienes que encontrar lo que hay de bueno, de verdadero  y de hermoso en tu vida tal como es ahora”; “Sin amor, somos pájaros con las alas rotas”; “Aprende a morir y aprenderás a vivir”.

Lo que fuimos (2017), de Golnaz Hashemzadeh Bonde. No sé lo que este libro pueda tener de autobiográfico pero la historia de Nahib, profesora, huida de Irán, luchadora feminista que ha sufrido malos tratos en su matrimonio, resulta totalmente creíble. Su médico le da la noticia de que le queda poco tiempo de vida debido a una enfermedad incurable. La protagonista reflexiona sobre su vida, su lucha por la libertad, los derechos de las mujeres, su tempestuosa relación con su marido, su relación afectiva con su hija. Se pregunta qué quedará de ella tras su muerte. Su hija Aram le da la noticia de su embarazo, así pues Nahib morirá, pero de alguna forma se perpetuará en la nieta que está a punto de llegar (algo muere y algo nace: el ciclo de la vida).

Las reflexiones contenidas en el libro son de calado: "Siempre he creído, siempre he pensado, que soy más fuerte de lo que la gente imagina. Pero ahora es al revés. Los demás me ven como a una superviviente, pero se equivocan. Estoy muy asustada, me da mucho miedo la muerte. Estoy más asustada que nunca, más aterrorizada de lo que creía posible. Pensaba que la muerte sería algo rápido y violento. Una bala en la cabeza, un accidente en coche, una bofetada, un porrazo y adiós. Estaba preparada para algo así, pero no para esto. No para esperar. Y esperar…”;  “Siempre he llevado mi muerte a cuestas. Puede que sea un comentario muy trillado, una observación propia de los moribundos. Pero yo soy distinta a los demás, en eso y en todas las otras cosas; o, por lo menos, me gusta pensarlo. Y lo pienso, sinceramente. […] El tiempo que vivíamos era prestado. Se suponía que no teníamos que estar vivos.”; “Me sentía agitada. Atrapada. Sí, me he sentido muy a menudo prisionera en mi propio hogar, en mi propia mente. Y ahora estoy encarcelada en este cuerpo enfermo."

Hay muchos otros libros que no he leído aún y que lo haré en el futuro, sin prisas, poco a poco: Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnet (sobre el suicidio de su hija); Di su nombre, de Francisco Goldman (tras la muerte de su mujer en un accidente el autor reflexiona sobre su vida con ella); La hora violeta, de Sergio del  Molino (¿cómo asimila un padre la muerte de su hijo?, ¿Es posible?); También esto pasará, de Milena Busquets (la pena de una hija tras perder a su madre: «El dolor y la pena pasarán, como pasan la euforia y la felicidad.»; La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero (la vida de Marie Curie y la muerte del marido de la escritora); De vidas ajenas, de Emmanuel Carrére (sobre el dolor de unos padres por la muerte de su hijo y sobre la muerte de una mujer joven para sus hijos y su esposo); Las intermitencias de la muerte, de José Saramago; El refugio de la memoria, de Tony Judt; Vivir hasta despedirnos, de Elisabeth Kübler-Ross; Cuando el final se acerca, de Kathrin Mannix; Arenas movedizas, de Henning Mankell; Una pena en observación, de C.S. Lewis (sobre la pérdida de su esposa).

La mayoría de los libros sobre el duelo comparten sentimientos tratados: dolor, impotencia, incredulidad, soledad, tristeza, depresión, recuerdos, (a veces) remordimientos, esperanza, deseos de sobreponerse, amor, búsqueda de nuevos objetivos, valoración de los momentos compartidos en el pasado…

¿Por qué leo estos libros? Porque me ayudan a entender las relaciones humanas, el alma compleja de los hombres, el modo de afrontar la pérdida de un ser querido, cómo viven otras personas el duelo y porque me sirven de preparación: también yo -como Eloy, el personaje de Delibes- siento que me ha salido la hoja roja en el librillo de la vida.

domingo, 1 de noviembre de 2020

La muerte vive en Edimburgo por Ricardo San Martín Vadillo

 

He visitado muchas veces Edimburgo y la conozco bien pues he viajado allí en múltiples ocasiones. Allí vivió y trabajó mi hijo Diego cuatro años. Durante el tiempo que duró cada una de mis visitas tuve ocasión de descubrir en detalle su historia, sus monumentos y sus lugares  de interés. Es una ciudad donde la muerte está muy presente desde hace siglos.

Tras la jubilación de Dama ésta se incorporó a los viajes periódicos a esa capital para visitar a nuestro hijo. Unas veces él, otras yo hacíamos de guía y enseñábamos a Dama los lugares que tan bien conocíamos. A Dama le encantaban las historias de apariciones y fantasmas.

En las mañanas, después del preceptivo “English breakfast”, nos echábamos a la calle. De los primeros lugares en visitar fue la plaza de Grassmarket. Le contaba yo a Dama:

―En este lugar, hace siglos, la vida era dura y la muerte era un espectáculo. Mira, ese es el pub llamado “The Last Drop”, “La Última Gota”. Los que iban a ser colgados tenían derecho a tomar un último trago antes de subir al patíbulo. Se les concedía irse de este mundo con un oloroso “scotch” en la barriga o una pinta de cerveza. Era un último placer que se otorgaba a los condenados antes de abandonar aquella vida de miserias.

―¿Qué hay de cierto en la historia de una tal Maggie “no sé cuántos” que me apuntó Diego? ―quiso saber Dama.

―Es una historia totalmente verídica. Se desarrolla aquí, en Grassmarket, donde ahora estamos, en 1723. La protagonista se llamaba Maggie Dickson. Resulta que Maggie tuvo un romance con el hijo de un panadero, se quedó embarazada y ocultó su preñez. El niño nació muerto y en su intento se hacer desaparecer el cuerpo fue detenida, juzgada y condenada. En septiembre de 1724 fue ahorcada. Lógicamente la dieron por muerta y se introdujo su cuerpo en el ataúd, que fue llevado a Mousselburgh. Durante el traslado, se oyeron ruidos dentro del féretro.  Resultó estar aún viva. El ahorcamiento no había acabado con ella. Su corazón se había parado, pero durante el traslado volvió a latir. En Edimburgo se refieren a Margaret Dickson como “Half Hang it Maggie”, es decir, “Maggie la medio ahorcada”.

―Escucha ―le digo a Dama―, si te ha sorprendido mi anterior historia, verás cuando oigas esta otra. Se trata de los dos asesinos, William Burke y William Hare, que en 1828, se solían reunir a tomar sus pintas y otros licores espiritosos tras sus fechorías en el pub “The White Hart Inn”, “el pub del ciervo blanco”. Al principio robaban de los cementerios los cadáveres de personas fallecidas para vendérselos a la escuela de medicina de la ciudad, al doctor Knox. Pero las  necesidades de la facultad de medicina era mayores que el número de defunciones, así pues Burk y Hare empezaron a “producir” cadáveres, es decir, mataban a las personas y vendían sus cuerpos para las lecciones de medicina.

―Impactante, ―reconoce Dama― sacar provecho de los muertos. Hace tiempo leí la noticia de que en 2008, el norteamericano Michael Mastromarino se declaró culpable ante un juez de haber traficado con 1.800 cadáveres durante cinco años para extraerles órganos sin permiso de sus familiares. Hay un mercado negro de huesos, tejidos y válvulas cardíacas.

Seguimos paseando por la plaza. Llegamos frente al pub Greyfriar’s, a su lado está el cementerio del mismo nombre. Justo enfrente del pub hay una pequeña efigie en bronce. 

―Anda, una estatua de un perro.  ¿Y eso?, ―quiere saber mi mujer.

―Se trata de Bobby, un perrito skye terrier, ―le explico― su dueño John Gray, era un vigilante nocturno de la policía de Edimburgo. Tenía la costumbre de ir a tomarse su pinta de cerveza al pub siempre a la misma hora, escoltado por su inseparable y fiel Bobby. En febrero de 1858, murió John Gray de tuberculosis y fue enterrado en ese cementerio al lado del pub. El día del entierro, su fiel perrillo Bobby  permaneció junto a la tumba. Le echaron fuera porque la ley no permite que los animales permanezcan en el cementerio. Pero Bobby siguió volviendo al lado de la sepultura de su amo cada día. Así durante catorce años, pues en 1872 murió el mismo Bobby. El alcalde de la ciudad, a petición de la familia de John Gray y de vecinos del barrio, concedió permiso  excepcional para enterrar al chucho cerca de la puerta de entrada del cementerio, no lejos de donde yacía su amo. 


―Un caso de fidelidad canina. Siempre he dicho que los humanos tenemos mucho que aprender del comportamiento de los animales, ―sentencia Dama.

Nuestro paseo prosigue por la animadas calles de Edimburgo. Poco a poco nos dirigimos hasta el parque de Holyrood. Le cuento a Dama, señalando las colinas que se extienden frente a nosotros:

―Estamos a los pies de Arthur´s Seat, ya sabes, el mítico rey Arturo. Se trata de un antiguo volcán extinguido. Aquí, en junio de 1836, unos chicos que habían salido a cazar conejos en las laderas, descubrieron, enterrados en una cueva oculta, 17 ataúdes en miniatura, tallados en madera. Cada ataúd contenía una figura humana ataviada con un par de botas y ropa confeccionada a medida, como una especie de diminutas momias. 

―Ahora que lo mencionas, recuerdo que nuestro hijo Diego ya me habló de este extraño descubrimiento ¿Cuál pudo ser el significado y finalidad de esos ínfimos ataúdes? 

―Cierto o no hay opiniones que relacionan este hecho con las 17 víctimas de los asesinos Burke y Hare, los que te he contado que mataban a conciudadanos para vender los cadáveres a la escuela de anatomía de Edimburgo. Esos pequeños ataúdes se conservan actualmente en el Museo Nacional de Escocia.

Como el día es fresco y la hora lo pide, en un pub cercano entramos y pedimos sendos tés con unas pastas. Después del descanso volvemos caminando al centro.

―Te diré, Dama, que bajo tierra están los muertos, pero en Edimburgo, en el siglo XIX, bajo tierra estaban los vivos. Hay todo un mundo de calles en el subsuelo. Así sucede en Mary King’s Close que hoy en día se puede visitar y nos da una idea de la miseria en la que vivían y morían ciertas familias: entre ratas e inmundicias, sin luz. Condiciones ideales para que la peste matase a innumerables ciudadanos que malvivían en aquellas insalubres condiciones.

―Sí, Diego me ha recomendado realizar una visita guiada. Creo que te trajo aquí en tu primer viaje a esta preciosa ciudad.

Ahora estamos en los cuidados jardines de Princes Street. En lo alto se recorta la recia figura del castillo.

―Ese es otro lugar digno de ser visitado, ―le digo a Dama, mientras señalo al castillo―. Ha conservado todo el encanto y las dependencias de diversas épocas. Hay una leyenda que hace referencia a The  Lone Piper, “El gaitero solitario”. El castillo, erigido en lo alto de esa colina, dominando la ciudad, se asienta sobre una sólida base rocosa. Ésta fue excavada y se construyeron diversos túneles y pasadizos que permitían la huida de quienes lo ocupaban en caso de asedio. Para saber a dónde se dirigían estos pasadizos, se decidió mandar a un gaitero escocés que caminaba por los túneles haciendo sonar su gaita de forma estridente. Otros soldados, desde el exterior, trataban de ir siguiendo el sonido y conocer la dirección por donde transcurrían los pasadizos. Pero el sonido se perdió y el gaitero nunca volvió a emerger de aquellas profundidades. Hay quien dice que a veces aún se oye sonido de una gaita bajo tierra. No puedo decir que en mis dos visitas al lugar haya escuchado la más leve nota de una gaita y mira que son estridentes. 

―Estridentes y pesadas, ―se queja Dama con razón―. Mira, ahí tienes un gaitero, con toda su indumentaria tradicional escocesa y dale que dale a la gaita. Escucharla los cinco primeros minutos es llevadero, luego se convierte en un incordio y termina por ponerte los nervios de punta.

―Totalmente de acuerdo contigo, Dama. Y retomando las historias del castillo, se dice que es lugar por donde vaga el fantasma de un niño tamborilero. El relato nos dice que aquel muchacho comenzó a tocar su tambor para indicar a la tropa que, de forma inminente, iban a entrar en combate. En ese momento se produjo un disparo de cañón del enemigo que arrancó de cuajo al tamborilero su cabeza.

―Muy fantasiosas me parecen las dos últimas historias. Háblame de alguna otra que tenga mayor fundamento histórico, anda.

―De acuerdo. Al parecer sí es real y verídica la historia de Jessie King y su amante, Thomas Pearson. Ambos vivieron en el Edimburgo victoriano, en el barrio de Stockbridge. En esos años finales del siglo XIX las mujeres que tenían un hijo como fruto de sus relaciones sexuales a veces recurrían (si tenían medios económicos) a pagar a una familia que se hiciese cargo del recién nacido y ocultar así la deshonra. Jessie y Thomas habían encontrado un modo de lograr ingresos haciéndose cargo de bebés recién nacidos y cobrando por criarlos en su domicilio. Sucedió un día que unos niños, jugando junto a su casa, descubrieron los restos de un bebé. Llegada la policía, entraron en la casa de esta pareja y hallaron los restos de otros niños que habían sido estrangulados o ahogados. Fueron detenidos, pero Jessie se declaró única culpable en un intento de exculpar y salvar a su amado. Ella fue juzgada, condenada y ejecutada por ahorcamiento el 11 de marzo de 1889. Fue la última mujer a la que se le aplicó la pena de muerte por sus delitos.

Lo mismo que es real y forma parte de la historia de la ciudad, la columna coronada por un unicornio en la plaza que hay junto a la catedral de Saint Gile`s. En ese lugar se llevaba a cabo el castigo a las personas que habían sido pilladas robando. La pena consistía en clavarle la oreja con un clavo a la pared durante veinticuatro horas. Si el ladrón quería marcharse de aquel escenario, debía dar un fuerte y doloroso tirón y rasgar su oreja para quedar libre. A partir de entonces quedaba señalado como delincuente. De ahí procede el término “earmarked” para referirse a algo conocido o señalado.

Y en el cementerio Greyfriars se levanta el mausoleo de George Mackenzie, aquel personaje que encarceló y condenó a los “covenanters” (movimiento religioso). En varias ocasiones, visitantes del mausoleo se han quejado de sufrir arañazos y desmayos. Se llegó a realizar exorcismo en el lugar para librarle de su influencia negativa. Hoy en día está catalogado en nivel 3 (el máximo) de los lugares con actividad paranormal.

―Esos relatos sí parecen tener una plausible credibilidad. Lo mismo que lo que Diego me contó. Me dijo que en 1440, William, el sexto conde de Douglas y su hermano fueron invitados a una cena por el rey Jacobo II. Dado que el clan Douglas era odiado por el poder e influencias que concentraban, durante la cena fueron arrestados por otros nobles, entre ellos Lord Crichton, que a la sazón era canciller real. Fueron juzgados allí mismo y decapitados. Curiosamente durante la cena se había servido una cabeza de toro decapitado que es símbolo de muerte. Así pues, los malos augurios se cumplieron.

―Bien por ti, Dama, veo que te has informado de traiciones y muertes en la corte real. Eso me trae a la memoria otro hecho similar sucedido en marzo de 1566. En dependencias del palacio fue donde lord Darnley, marido de la reina María Estuardo, asesinó a David Rizzio, supuesto amante de su esposa. Durante siglos, las manchas de sangre del suelo de su habitación, testimonio de la tragedia que se había desarrollado, se negaban a desaparecer a pesar de constantes esfuerzos por eliminarlas. Todavía hoy parecen surgir de vez en cuando. 

―¿Sabes lo que me ha llamado la atención cuando paseábamos por los jardines de Princes Street? Esos bancos con sus placas individuales, cada una diferente, ―me comenta Dama.

―Pues sí. Esta es una ciudad que honra a los muertos. Como dices, hay decenas de bancos de madera. Son donaciones de particulares al ayuntamiento de la ciudad. Los familiares de cualquier fallecido corren con los gastos de construcción del banco, fijan una placa de bronce en él con una inscripción que explica que ese banco está ahí en recuerdo de un padre, madre, hermana. marido o esposa. Es una bonita costumbre que cumple con una doble finalidad: recordar a los familiares muertos y proporcionar descanso a los visitantes de los jardines.

―Por cierto, me contó Diego que estos frondosos jardines fueron hace siglos un lago. En  1816 se terminó de drenar el Nor’ Loch y se descubrieron 300 cuerpos, en su mayoría de mujeres. Al parecer, el descubrimiento no sorprendió demasiado, ya que éste era el lugar en el que se arrojaba a las supuestas brujas para saber si realmente lo eran. La prueba era sencilla aunque difícil de superar: les ataban una piedra a manos y pies y las arrojaban a la ciénaga, si conseguían salir a flote eran brujas, si se hundían es que no lo eran. Me pregunto si alguna consiguió salir.

―Ah, pues al parecer sí se salvaron algunas, porque la cantidad de basura que allí había les hacía flotar y otras por sus propias vestimentas.

Por cierto, ahora que nombras a nuestro hijo Diego, aún recuerdo mi primera visita a Edimburgo con él, aquel año de 2009. Fue un invierno inclemente. Mientras él trabajaba en la empresa, yo pasaba la mañana conociendo la ciudad. Por las tardes las horas de luz eran cortas. Nos reuníamos a las siete y media y paseábamos por los “closes” ya en medio de la oscuridad. Juntos recorrimos aquellos tenebrosos pasajes y empinadas escaleras.

Una de las gélidas noches que bajábamos los pinos escalones de aquel callejón que conducía desde Royal Mile a Princes Street y al monumento a Walter Scott, me dijo Diego: 

―Agárrate al pasamanos, los peldaños están resbaladizos y el lugar es peligroso. 

En ese momento vimos aquel grupo de gente: policías, enfermeros y funcionarios; un plástico amarillo tapaba lo que claramente era un cuerpo tendido en el suelo. Nada dijimos, pasamos junto al equipo en silencio, ellos siguieron con su trabajo.

Al día siguiente en las portadas de los diarios vi la noticia: “Encontrado muerto un ciudadano en Advocate´s Close”. Se le había hallado desnucado. La noticia daba como causa probable una caída accidental en aquel pasadizo.

La pobre iluminación y el hielo en los escalones me siguen intimidando en medio de la oscuridad. Uno tiembla de frío en las noches edimburguesas, pero también siente un pellizco de temor y respeto por esos lúgubres pasajes que han contemplado la muerte y que han servido de inspiración para novelas y películas.

―Ya lo creo, Edimburgo es la ciudad que más escritores ha producido por metro cuadrado. En esta ciudad vivieron, entre otros, el filósofo David Hume, en 1751; Robert Burns, de 1759 a 1796, Robert Louis Stevenson, autor de la novela La isla del tesoro, Robert Ferguson, Sir Walter Scott, autor de Ivanhoe, Sir Arthur Conan Doyle, creador de los personajes de Sherlock Holmes y de Watson;  y en la actualidad Ian Rankin, autor de novelas policiacas, y J.K. Rowling, la creadora del personaje de Harry Potter.

Para acabar con el tema de la muerte en esta ciudad, incluso hoy en día la gente convive con los difuntos de una forma natural en Edimburgo. Al lado de la catedral de Saint Giles, está el cementerio del mismo nombre. Allí, pegados a las lápidas de las tumbas, hay al menos tres pubs que sirven comidas y bebidas.

―Cierto, recuerdo que un día que el tiempo lo permitía, comimos allí. Los clientes tomamos nuestras consumiciones en las mesas que están al lado de las sepulturas. Las pintas de cerveza saben allí “divinas de la muerte”.


domingo, 27 de septiembre de 2020

Buscando a Esperanza por Ricardo San Martín Vadillo




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-¿Sabes dónde encontrarla? 

Exactamente no. La he intentado encontrar en varios sitios.

-¿En Barcelona? Creo que vivió allí durante cierto tiempo.

-Sí, pero se marchó a raíz de la presión independentista. No vio deseos ni posibilidades de convivencia, sino imposición e intransigencia. Allí todo se utiliza como arma arrojadiza: la bandera, el idioma, la rotulación en los comercios, la escuela, las reivindicaciones, las negociaciones… Ese clima de “conmigo o contra mí” le hizo desaparecer de esa región.

-¿Y a dónde fue a vivir y trabajar?

-Al llamado Euskadi, a lo que otros conocemos como Vascongadas. Tampoco Esperanza pudo echar raíces allí. Sí, ETA desapareció, o mejor dicho, se transformó e integró en partidos independentistas: Bildu, Sortu, Eusko Alkartasuna… De cualquier modo, la intransigencia sigue presente. La novela Patria lo relata de forma magistral.

-¿Patria?, ¿el libro de Fernando  Aramburu?

-En efecto, la novela que retrata la indignidad que sucedió en esas tres provincias por la acción terrorista de unos y por la inacción de otros. Ese libro es una lectura muy recomendable para aquellos que quieran entender el  dislate del terrorismo, así como la fractura en la sociedad vasca.

-En eso coincido contigo. Ya lo dijo Arzálluz con aquellas cínicas palabras: “Unos mueven el árbol y otros recogen las nueces”. Ese estado de cosas en el norte devino en el mismo separatismo que en Cataluña. ETA dejó de matar, afortunadamente, pero nunca se nos ha explicado si ese cese de la violencia fue pactado o no y en qué términos.

-Así pues, no esperes encontrar a Esperanza allí tampoco. El radicalismo sigue dominando la sociedad vasca.

-Pues el conjunto de la sociedad española me temo que no es lugar para Esperanza tampoco. Te lo diré de forma muy breve: la enseñanza presenta signos preocupantes, en la judicatura juzga tú, los casos de corrupción parecen haberse enquistado en diversos estamentos, el fondo de las pensiones ha tocado fondo, la deuda pública está por las nubes, las cifras del paro están disparadas… ¿Sigo? Es un panorama poco esperanzador.

-Y para colmo, desde marzo estamos asolados por la pandemia del coronavirus. Creímos que cuando acabase el confinamiento y el estado de alarma las cosas empezarían a mejorar y…

-Y mira cómo estamos. No habrá nuevo confinamiento general porque la economía del país no lo soportaría, pero las cifras de contagios, ingresos hospitalarios, atención en UCIs y muertes son preocupantes.

-Sí, esperamos la llegada de la vacuna como en la obra de teatro de Samuel Beckett se esperaba a Godot.

-Un símil muy acertado. De la vacuna, como de Godot, sabemos que “hoy no llegará, pero mañana seguro que sí”. Ahí sí está Esperanza.

-Sin embargo, desconocemos cuándo será ese mañana y cuántos más contagios y muertes deberemos soportar. Esperemos que no se colapsen los hospitales; por de pronto ya sabemos que faltan médicos, en torno a 5.000

-Pues a esos no esperes que los prepare la ESO.

-No lo espero, descuida. Y si analizo la situación en otros países, el panorama es poco halagüeño: mira cómo están en Estados Unidos. El Reino Unido a punto de ser confinado en su totalidad. ¿Hay Esperanza?

-¿Y para los inmigrantes de la isla de Lesbos, en Grecia, la hay? Se quemó el campamento de Moria donde malvivían y ahora andan vagando por los caminos.

-Cierto, luego están las “frases bonitas” sobre la esperanza: “La esperanza es soñar despierto”: Ah, ¿la esperanza es quimera, sueño inalcanzable? Pues estamos listos. “Nunca dejes de tener esperanza, todos los días suceden milagros”. Tampoco me anima mucho, ¿debo esperar un milagro? No veo yo milagros a diario. “Sucedió de milagro”, apunta que lo que aconteció fue fortuito, impensable. Por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes”. Puede ser, pero mientras tanto esa tormenta te ha dejado calado hasta los huesos o te ha arrastrado la fuerza del agua caída. “La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre.”. Este aforismo es más duro y va en la línea del refrán “El que espera, desespera”, como si advirtiera “La esperanza conlleva desesperanza”. Moliere nos prevenía: “Salen errados nuestros cálculos siempre que entran en ellos el temor o la esperanza”. Y así podría seguir con otros apotegmas.

En definitiva, ¿Esperanza? Depende en qué. En todo lo que con anterioridad os he mencionado, yo no tengo puesta mi esperanza. Soy pesimista, bajo el supuesto de esa frase de Mario Benedetti que decía: “Un pesimista es tan sólo un optimista bien informado”.

-Pero bueno, ¿no vas a ser capaz de acabar tu relato con una nota de optimismo?

-Si quieres lo terminaré con una nota de humor, humor negro, pero humor al fin. Se ve al presidente del gobierno dando una rueda de prensa y dice: “Ayer estábamos al borde del abismo. Hoy hemos dado un paso adelante”.

sábado, 25 de abril de 2020

POR QUÉ ME GUSTA LEER

Gracias a Ricardo por esta segunda aportación a la festividad del libro.
Libros que son los mejores aliados que estamos encontrando en este largo confinamiento. Libros que siempre estarán ahí para pintar nuestras retinas con distintas realidades, para enseñarnos, para volar y para, en definitiva, hacernos algo más racionales.



Ricardo San Martín Vadillo

“Qué maravillosos son los libros, cruzan mundos y siglos, derrotan a la ignorancia y, finalmente, incluso al tiempo cruel”. Gore Vidal.

Día 23 de abril. No está mal que desde el hecho conmemorativo se trate de potenciar acciones necesarias (Día de la Cruz Roja, del Medio Ambiente, etc.), pero no debe existir un solo Día del Libro, deben ser 365.

En el deseo de aportar mi “granito de arena” para la promoción de la lectura, pensé –en un principio- en redactar un artículo donde analizase el estado actual del libro en España, comparase cifras de producción editorial en estos pagos con otras naciones, lamentase el bajo índice de personas con hábito lector, discrepase con Antonio Gala cuando dice que no es la televisión la culpable de las bajas cotas de lectura, a la vez que sumaría mi voz a la suya para clamar con él: leer en España es llorar; expresase mi preocupación por el escaso índice de hogares andaluces –a las encuestas me remito- que poseen libros.

Desistí. En tal sentido remito a los lectores a la revista El libro español (números 331 y 332), al estudio “Juventud española: 1960-1982” (bastante deprimente en sus conclusiones); al libro de Pedro Laín Entralgo, La aventura de leer,  a los artículos de Antonio Gala, “Aprender a leer”, ”El mundo de los libros”; de Rafael Conte, “Por qué no leemos”; de J. Lasso de la Vega, “El buen lector”; de P. Gimferrer o los de Rafael Hinojosa, “Querido libro”, “La lectura crítica” o “La afición lectora”.

Pretendo ofreceros, lectores, algo más personal, un trozo de aquello que late dentro de mí y que siento con intensidad. Y es que sólo se debe hablar de aquello en lo que se cree “a pies juntillas”; yo creo en la lectura y en su beneficioso poder. Os diré más, de existir tal me gustaría ver impresa en mi DNI una profesión que dijese: lector.



yo creo en la lectura y en su beneficioso poder




La frase de San Juan (8:32), “la verdad os hará libres”, (por cierto, importantísima lectura la de la Biblia), me permito transformarla en: “La lectura os hará más libres”.

Pero, una vez declarada mi pasión lectora, detente pluma/lápiz/”boli” y vayamos a los orígenes de ese gusto/placer/pasión. ¿Desde cuándo me gusta leer? ¿Quién encendió esa llama cada vez más viva? Tocado el resorte del recuerdo, retorno mentalmente a mi infancia y admito que nadie me indujo a la lectura. Quizá todo empezó –como para tantísimos chicos/as- con los TBOs: de la imagen, pasé a la lectura de viñetas. Jaimitos, robertos alcázares y pedrines, guerreros del antifaz, fueron compañeros inseparables que, ávidamente, intercambiábamos en zaguanes y esquinas.

Había, por aquel entonces, en mi pueblo natal (unos 4.000 habitantes) una biblioteca pública, hoy desaparecida. En mis visitas veía en sus despoblados anaqueles gruesos lomos de libros que me imponían gran respeto: mucha letra y pocos “santos”.

No obstante, la ausencia de mar en Castilla –si no son los dorados trigales mecidos por el viento- y una afición juvenil: el submarinismo, me llevaron entre las páginas de un libro de J. Cousteau sobre el tema. Leí aquel libro, que otrora me pareció inaccesible, sin reposo, casi con voracidad. De esta forma me sentí sumergido –nunca mejor dicho- en el mundo de los libros.



El mar es el gran unificador para el hombre. Todos estamos en el mismo barco. Jacques Cousteau.




Descubrí que había belleza en las palabras, que los libros son maestros de vida, embajadores de otras mentes y otros mundos, portadores de ficción y realidad a un tiempo. Y quedé prendido en esa magia.

Imagino que, en cada una de las personas que disfrutan leyendo, el camino que les condujo a ese deleite habrá sido diferente. Reconozco, sin embargo, que la labor de los padres y del entorno pueden ser factores que coadyuven (¡qué palabrita!) o inhiban esa afición.

Analicemos ahora otro aspecto: ¿por qué leo? Ay, amigos, porque me gusta, aprendo nuevos tonos del mundo y sus gentes y me siento mejorar.

La vida está llena de pequeños placeres y depende de nosotros captarlos: un buen libro es uno de ellos.

A modo de receta os lo diré: hágase girar un disco de clásica, jazz, orquestal o electrónica (no muy estridente), descórchese una botella de noble rioja, acomódese en un sillón, ábrase libro (Delibes, Orwell, Neruda, Márquez, Buero Vallejo…). Puntos suspensivos a rellenar por ti, lector-. Ya comenzó la aventura.

Al mundo amigo de los libros se puede acudir por deleite, como instructor de habilidades, panel de ideas y mentalidades, guardián de hechos históricos, recopilador de datos, cifras y gráficos, exponente de la capacidad de grandeza y miseria humana. En efecto: todo está en los libros.

Encabezaba este artículo/confesión con una cita de Gore Vidal. Quiero que sean las de un español universal las que sirvan de punto final. Lo dijo Miguel de Unamuno: “Todos los que vivimos principalmente de la lectura y en la lectura, no podemos separar de los personajes novelescos a los históricos […] Todo es para nosotros libro, lectura. Somos bíblicos. Y podemos decir que en el principio fue el libro. O la historia. Porque la historia comienza con el libro y no con la palabra”.
(Artículo publicado en IDEAL, 22 de abril 1987, pág. 3)

jueves, 23 de abril de 2020

Los libros, trozos de vida

Purificación Molina Rueda y Ricardo San Martín Vadillo





Todo empezó el día en que, por voluntad propia, decidió coger aquel libro de Miguel Delibes: El príncipe destronado. Comenzó a leer con desgana, más por tedio que por obligación. Sus ojos recorrían las líneas del libro y después de dos páginas se dio cuenta de que la historia le había atrapado. Sintió que estaba viviendo con Quico el despertar de aquel día, que estaba en su habitación y percibió. Estaba solo en su “el resplandor que se filtraba por el cuarterón mal ajustado, de la ventana. Con la luz se dibujaba la lámpara de sube y baja, de amplias alas” cuarto, leyendo aquel libro que hace tiempo le habían regalado y que nunca se había molestado en abrir hasta aquel momento. Y de pronto, le pareció no estar solo, creyó ver a la Vítora que decía: “Me parece que llama el niño”. No podía ser, aquello no era real. Lo real era su cuarto, su casa y su pueblo. Lo real eran sus amigos,  su colegio. Eso sí era real. Quico y la Vito no podían ser reales, no existían, ¿o sí?
En alguna otra parte de Jaén, en fechas bien recientes, otra persona- de nombre Manuel, Josefa, Tomás, María  -qué más da-, lee un libro de Gabriel García Márquez: El general en su laberinto: El general se agarró sin fuerza de las asas de la bañera .../... –Vámonos -dijo. Volando, que aquí no nos quiere nadie”. El lector percibe que lo que lee es real, es actual, es preciso y precioso, e imagina al general Augusto Pinochet en su obligado destierro londinense esperando una decisión de los lores británicos. Siente el general sobre su cogote el aliento fantasmagórico de los “desaparecidos” durante su mandato y piensa -no que no le quiera nadie- que tiene sus partidarios en Chile, pero que la opinión internacional y una justicia más ecuánime y universal que la de su país pueden hacer realidad lo que nunca llegó a imaginar cuando dictaba órdenes. Sabe ahora que el otoño de su vida estará acosado por los espectros de toda su represión política. Literatura y realidad tan unidos.
Ese mismo lector tuvo entre sus manos, hace meses, el libro de Aldous Huxley: Un mundo feliz, y rememora la impresión causada por aquel fragmento del libro: “Hombres y mujeres estandarizados, en grupos uniformes. Todo el personal de una fábrica podría ser el producto de un solo óvulo bokanovskifado.
- Noventa y seis mellizos trabajando en noventa y seis máquinas idénticas! -La voz del director casi temblaba de entusiasmo- . Sabemos muy bien a dónde vamos”.
No, él/ella no está muy seguro/a de a dónde puede conducir esta experimentación científica. Una vez más la literatura, la fantasía fue por delante de la realidad, todo parecía ficción cuando Huxley escribió su libro pero hoy ya es plausible que los límites de lo que la ciencia puede hacer han sido extendidos y no sabe muy bien qué puede venir después de haber visto la foto de la oveja clónica Dolly en los periódicos. Dolly el primer ser vivo “copiado” genéticamente al 100% de otro ser vivo. Todo estaba recogido en los libros “de ficción”.


El estudiante de Secundaria, de nombre Ramón, Rosa, Felipe o Felisa, ha leído como parte de su programa escolar El Lazarillo de Tormes. Disfrutó de lo lindo con muchos pasajes y ahora recuerda aquel fragmento tan actual:Todo lo que podía sisar y hurtar traía en medias blancas, y cuando le mandaban rezar y le daban blancas, como él /su amo el ciego/ carecía de vista, no había el que se la daba amagado con ella, cuando ya la tenía lanzada en la boca”. No fue mal pícaro aquel Lázaro -piensa el estudiante- cuyo autor anónimo contó sus hechos y andanzas en el siglo XVI, mas en estos nuestros tiempos (años 1982 a la presente) otros tantos presuntos pícaros: roldanes, guerras, condes, olleros, rubios, urdangarines... han visto acrecentada su fortuna por arte de maletines, convolutos y mordidas. Nada nuevo, todo cuanto de humano tiene nuestro comportamiento está recogido en los libros desde hace siglos.
Pero no piense el lector que todo debe tener una visión negativa de lo contenido en los libros. También los más nobles sentimientos y acciones humanas están reflejados entre las hojas de una novela, poema o ensayo. Ese clásico moderno que es El nombre de la rosa de Umberto Eco así lo recoge: Oh, el amor tiene efectos muy diversos; primero ablanda el alma, luego la enferma... Pero más tarde ésta siente el fuego verdadero del amor divino, y grita, y se lamenta, y es como piedra que en el horno se calcina, y se deshace y crepita lamida por las llamas”.
Leer este fragmento es como tener al lado la obra caritativa, de entrega desinteresada de la madre Teresa de Calcuta y la de tantas otras personas entregadas a la ayuda altruista a sus semejantes en países del Tercer Mundo. Benditas sean.
Para reflejar el amor sensual leamos Romeo y Julieta o La Celestina, con la pasión de Calixto y Melibea. Qué no decir del libro de Pablo Neruda Cien poemas de amor y una canción desesperada. Lo mismo me sirve como ejemplo, lector, un fragmento de su libro Cien sonetos de amor:No te quiero sino porque te quiero / y de quererte a no quererte llego / y de esperarte cuando no te espero / pasa mi corazón del frío al fuego”.
Libros: palabras para narrar, para describir amores, llantos, temores y esperanzas. Humanos sentimientos: la duda en Hamlet, los celos en Otelo, la ambición en Macbeth, la generosidad en Misericordia. Ah, libros: trozos de vida.
No me digáis que los libros sólo contienen fantasías, historias inventadas, imaginaciones de la mente. En literatura como en el arte, no se sabe muy bien quién imita a quién: el libro a la realidad o la vida a las novelas. Ah, los libros contienen retazos de vida y son tan reales o irreales como nuestro diario acontecer.
¿Acaso es más real un documental televisivo de Jacques Cousteau que las escenas de 20,000 leguas de viaje submarino? Tal vez no existe un terror similar entre lo que seres “humanos” hicieron con Ortega Lara o lo que otros hicieron con la farmacéutica de Olot y el escalofrío que nos producen libros como Frankenstein o Dr Jekill y Mr Hyde? ¿Pensáis que es más fabulosa la reciente noticia de la vuelta al mundo del globo Breitling Orbiter 3, que la aventura descrita en su día por Julio Verne?
Libros y vida están íntimamente relacionados y beben uno de otro. Mientras leemos vivimos otras vidas, lo que otros antes  vivieron quedó plasmado en libros, lo que hoy nos toca vivir fue imaginado, tiempo ha, por la literatura de anticipación.
Quienes amamos los libros y lo que representan, no debemos temer un futuro amenazado por la televisión, el video, Internet o los CD ROMs. Los libros son trozos de vida y como ésta, son una parte consustancial de la historia venidera del Hombre.
(Artículo publicado en La Tregua, año 2008, nº 4, pp.50-51).

domingo, 8 de septiembre de 2019

Volver sin haberse marchado (Por Ricardo San Martín)


Estamos de vuelta. Comienza un nuevo curso escolar. Vuelven los niños y los jóvenes a las escuelas e institutos. Los padres parecen aliviados de que sean los educadores quienes tengan a sus hijos durante parte del día. Todo un verano educando a base de móviles, consolas, tablets y WhatsApps es agotador. Ya están de vuelta en las aulas. ¡Qué alivio!

Volvemos a volver. Ya estamos de vuelta.¿O seguimos donde estábamos antes de las vacaciones?



Vuelven. Vuelven los pirómanos. No serán los mismos de años pasados en Galicia, pero su proceder impune es el mismo en Gran Canaria. Vuelve a quemarse España. Pero, ¿queda algo por quemar? ¿Algún bosque, algún parque nacional? Aún están candentes las ascuas de Gran Canaria: vuelven el fuego, los incendios, la impunidad y el olvido hasta el próximo fuego.

Vuelven a prender fuego los incendiarios que no son detenidos, sobre los cuales no recae ninguna pena. Quedan consumidas cientos de hectáreas de árboles, de bosques, miles de desalojados de sus casas que tras el incendio vuelven a sus casas. ¿Vuelven a crecer los árboles? Sí, claro, tras decenios. ¿Quién se beneficia de esos fuegos? ¿Hay alguna forma de evitar que al año que viene vuelva a quemarse otra región?

Vuelven. Vuelven las muertes de mujeres. Igual que el año pasado y hace una década de forma continuada. Imparables. Volvemos a tener la duda de cómo denominarlas: ¿Violencia de género?, ¿violencia de sexo?, ¿violencia machista? Muerte. O mía o de nadie. Vuelven las ideas ancestrales, las manifestaciones tras la muerte, los lazos, los símbolos, las declaraciones, las cifras. ¿Hay forma de impedir que mañana vuelva a morir una mujer asesinada por un divorcio, por un mal querer, por despecho?

Vuelven. Vuelven las pateras a cruzar el Estrecho, los barcos llenos de migrantes a transportar seres desesperados. Vuelven las mafias a hacer su agosto, los gobiernos a buscar soluciones. Vuelven los muertos en el mar.

Vuelve. Vuelve la sequía en Andalucía. La misma que nunca se ha marchado, la que está con nosotros desde hace décadas, resecando campos, desertizando paisajes. Meses y meses sin una gota de agua. ¿Volverán las restricciones y los cortes de agua que conocimos antaño? ¿Hasta cuándo aguantarán los acuíferos y el descenso del nivel de los pantanos?

Sí, vuelven. Vuelven a bajar las reservas hidráulicas en pantanos y en acuíferos del subsuelo. Seguimos sacando agua para regar campos porque de lo contrario los olivos no producirán aceituna, porque si no la cosecha será exigua. Vuelve a avanzar el desierto por toda Andalucía.

Vuelve. Vuelve a subir nuestra deuda pública, histórica. Dicen que ya es de 1,21 billones de euros. Seguimos gastando descontroladamente. Diecisiete taifas, perdón, autonomías, son muchas y el gasto es imparable. Pero, ¿se racionalizará ese gasto?, ¿Dejaremos de echar mano al dinero de la hucha de las pensiones? ¿Quién las pagará mañana?, ¿Hay un mañana para las pensiones?

Vuelven. Vuelven a reunirse algunos partidos para negociar, para tratar de llegar a acuerdos que permitan formar gobierno, sea de coalición, de cooperación, de concentración, de cohabitación o de conchabación. Gobierno provisional. ¿Y qué no es provisional en España? ¿No son provisionales los puestos de trabajo? ¿Los salarios? ¿La salud de la población?

Vuelve. Vuelve a haber una infección general. Antes fueron las vacas locas, ahora parece llamarse listertiosis, de la bacteria listeria monocytogenes. El resultado es el mismo: enfermedad, abortos y tal vez muerte. ¿Pero no se controlaba la calidad de los alimentos que consumimos? ¿Cómo es ese control? ¿Es eficaz? ¿Estamos a salvo de contagios masivos?

Estamos de vuelta sin habernos marchado. Estamos en el mismo sitio y con los mismos sucesos o muy similares a los del año pasado, a los de hace dos, tres, cuatro años atrás. Volvemos a tropezar en las mismas piedras que tropezamos. Volvemos a volver. Ya estamos de vuelta, ¿o seguimos donde estábamos antes de las vacaciones?

jueves, 1 de noviembre de 2018

Ley de probabilidades

por Ricardo San Martín Vadillo

La teoría de probabilidades se ocupa de asignar un cierto número a cada posible resultado que pueda ocurrir en un experimento aleatorio. El matemático Laplace emitió su ley de probabilidades. Katerina Riskova no sabía mucho de matemáticas y bien poco de la ley de probabilidades. Ella sabía de arrojar cuchillos. Esa era su especialidad y su arte.

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