miércoles, 9 de octubre de 2019

MARTINICA (IDEAL de Alcalá La Real, Octubre de 2019)

Phillipe se cansó, tras casi una semana entera de agonía, de llorar la muerte de sus padres. Dios no deja nada al azar y algún mal estaría creciendo con fuerza en su ciudad natal para que éste decidiera destruirla. Solo los que tuvieran, en esos momentos, el alma más pura se salvarían de aquel volcán fruto de la ira de nuestro Señor. –Pensaba Phillippe de forma casi racional. Y sabe Dios, a la luz estaba, que no había nada puro en aquella mezcla de color entre sus padres. 

Aquellos días en el orfanato de Fort de France, donde metieron a todos los huérfanos tras la erupción del Monte Peleé, Phillippe comprendió que su vida empezaba de cero. De nada sirvió que su padre hubiera prosperado en aquella, ahora devastada, ciudad, ni que tras casarse con su madre, negra nativa de aquellas tierras, hubiera fundado la principal exportadora de bananas y frutos tropicales hacía el nuevo continente y hacía Europa. 



Refugiados de la erupción del Monte Pelée en 1902. Martinica


Sin padres, sin herencia reconocida y con todos sus familiares bajo la lava de un volcán, Phillippe decidió agarrarse a la realidad del momento, como años atrás le había enseñado su madre. Ambos, sentados en aquella ventana redonda de su habitación mientras veían a los últimos trabajadores salir de la plantación con los camiones llenos de bananas.
El nombre de Isabella se podía leer en aquel pijama-batón gris que les habían dado a “los del volcán”  a las pocas horas de entrar en el orfanato. 

      — ¿Cómo fue? –Le preguntó aquella joven de piel muy morena y ojos extrañamente azulados.
Tras unos segundos de sorpresa, mezclados con suspiros de realidad en caliente, Phillippe contestó:

      — Estaba con la barca de mi padre, con el ancla echada no muy lejos de la orilla, leyendo y pescando a la misma vez, cuando aquel monstruo gigante decidió ejecutar la voluntad de Dios sin apenas separar los justos de los pecadores. Nadie de mi familia ha sobrevivido. ¿Y tú?

     — Mis padres eran los dueños del saladero de pescado de las afueras de Fort de France. Tampoco ha quedado nada. Nos hemos salvado las que se apuntaron a la excursión en autobús por la parte alta del norte de la isla, en la frontera con el distrito de La Trinité. Un inmenso pecado estaría surgiendo entre las gentes de la isla para que el Señor nos castigue como en el Antiguo Testamento, nos ha dicho la hermana Enriquette.

Isabella puso la mano en el hombro de Phillippe, se miraron unos segundos, ambos con brillo aún en sus ojos tras tanta lágrima justificada y le dijo: 

      — Con fuerza y fe estaremos bien. 
Las voluntarias del orfanato bajaron las enormes cortinas que cubrían aquellas interminables paredes y la sala, con los cientos de camas que habían habilitado para los afectados, quedó totalmente a oscuras.

A los cuatro días de estar alojados en aquel pequeño oasis dentro del infierno que había dejado el volcán, comenzó a llegar ayuda; alimentos, ropa y algunos medicamentos desde Venezuela. Los repartieron, fuertemente dosificados, entre los cientos de afectados que allí se alojaban.

   — ¡Coge todo lo que tengas, rápido! –Susurró Phillippe en los oídos de Isabella. Esta, casi sin reaccionar ni pensar, cogió un bolso de tela que con dos o tres prendas íntimas de ropa y siguió a Phillippe. 

En una de las dos carretas que habían llegado, directamente del barco venezolano, Phillippe tumbó a Isabella en la parte inferior, entre los ejes de las cuatro ruedas y una especie de compartimentos para extra de carga que llevaban debajo esos carruajes comerciales. La tapó con la misma manta gris que llevaba el carruaje y se metió él también. No se movieron de allí en toda la tarde, ni parte del día siguiente, a pesar del ajetreo que tuvo la carreta a la salida del orfanato. Al caer la noche, tras un día entero allí escondidos y con aquellos hierros clavados por todos los rincones de sus cuerpos, ambos escucharon con claridad el sonido de la bocina del barco despidiéndose de aquellas asoladas tierras. Levantaron con mucho cuidado la manta que los cubría, para ver en qué parte del barco estaban y comprobaron que aquellos carruajes habían quedado en una esquina de la bodega del barco y allí permanecieron, Phillippe e Isabella, durante todo el trayecto.

A los pocos días oyeron de nuevo las bocinas del barco sonar y la bodega se llenó de peligrosa actividad de carga, descarga y adecuación para una nueva travesía. Isabella y Phillippe pasaron desapercibidos entre los trabajadores que de allí entraban y salían. Sin saber dónde podrían estar ni lo que les podría deparar el futuro, se cogieron de la mano para andar por el puerto pasando desapercibidos. Vieron un enorme cartelón que decía “Puerto de Bajo Grande. Venezuela”. Se metieron en un callejón a la salida de la zona comercial del puerto y se abrazaron y soltaron las lágrimas contenidas durante toda la travesía en barco.

   — Andaremos por estos callejones unos días, procura pasar lo más desapercibida posible y fíjate en las banderas o destinos de los barcos comerciales que van saliendo por si alguno se dirigiera a Cayena, allí en Guayana Francesa nos darían asilo y el idioma no sería una complicación o, por qué no, directamente a Europa. –Le dijo Phillippe cogiéndole las dos muñecas y mirándola a los ojos con destellos de optimismo.
Continuará (en la siguiente edición)

Penny Lane (por Robert Andrews)


Claramente conocéis al grupo británico The Beatles. Fueron famosos durante la revolución cultural británica (Swinging Sixties) de mediados y finales de los sesenta. La canción en cuestión trata sobre una zona concreta de calles donde Paul McCartney y John Lennon pasaron su infancia. Esta canción describe la vida en esos años. Un sitio especial para los adolescentes, repleto de tiendas de ropa, peluquerías, cafés; un enclave vibrante. Sin embargo, lo que pocos saben, es que la historia real de Penny Lane es mucho más oscura y desagradable.

Penny Lane toma el nombre de un empresario inglés del siglo XVIII, James Penny. Fue una persona muy importante en el Liverpool de 1750 y la siguiente década. James Penny era dueño de numerosos barcos y mercadeó con azúcar, armas, ron, oro, seda, especias, etc. Pero todos esos productos pasaban a ser secundarios sobre la carga real de los barcos de James Penny; esclavos.


James Penny llevaba barcos cargados de armas, ron, seda, y otras mercancías desde Liverpool a la costa de África, donde ésta mercancía era cambiada por esclavos. El destino de éstos era las Indias Occidentales, a donde a los sobrevivientes de la travesía, solían fallecer un veinte por ciento durante el viaje, les esperaba una vida muy dura.

Los esclavos serían vendidos para trabajar cogiendo azúcar u otras duras labores. En los propios campos de azúcar los esclavos eran explotados como animales. La cosecha de azúcar se transportaba a Liverpool donde se transformaba en azúcar en grano refinado o era la base para crear ron en grandes fábricas y de nuevo los barcos se cargaban de nuevo con ron, armas, y azúcar refinado hacia África, donde la historia se repetía de nuevo, cambiando la carga por esclavos.


" todos esos productos pasaban a ser secundarios sobre la carga real de los barcos de James Penny; esclavos."




Liverpool se convirtió en el puerto más importante de transporte de esclavos, más aún que enclaves como Londres o Bristol juntos.

James Penny, sus amigos y asociados, ganaron mucho dinero, se hicieron muy ricos, dedicándose eventualmente al mundo de la política y promoviendo, desde el parlamento, leyes para la continuación del comercio de esclavos.

Actualmente, Liverpool reconoce esta etapa triste de su historia y hay mucha información y exposiciones mostrando la vida de aquellas desafortunadas personas.

Así, cuando volváis a escuchar la famosa canción de The Beatles "Penny Lane", recordaréis el nombre de James Penny y su participación en ese comercio terrible con personas humanas.

domingo, 15 de septiembre de 2019

Nieve: ¿Lloran los androides lágrimas eléctricas? (Por Enrique Hinojosa Baca)

La nueva anatomía fractal de la lágrima se precipitó a tierra
 lentamente, acunada por el viento del norte. 



Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir1.


Una lágrima se deslizó por la mejilla, intentó a toda costa evitar mezclarse con las gotas de lluvia, pero fue arrastrada junto con las miles de gotas que discurrían por aquel edificio destartalado, metálico y humeante; y todas juntas formaron riachuelos de lodo y alquitrán, y poco a poco llegaron hasta estériles campos ocres, y por ellos se quedaron algunas de esas gotitas para alimentar la tierra. Las demás siguieron camino, junto a aquella lágrima implacable que seguía rodeada de millones de gotas hechas torrente, aguacero, río… hasta que todas llegaron al mar.

Al alcanzar el mar, esta lágrima no desembocó, siguió su cauce enfrentándose a tempestades y oleajes para no fundirse con las líquidas moléculas de agua. Superó tempestades, y el Sol salió radiante… cálido… magnético… atrayendo a la lágrima hacia el cielo. Ascendió deshecha en incontables fragmentos de lágrima evaporada. La nube fue creciendo, y esa nube inmensa cortó el cielo hasta llegar a tierras cálidas. En la nube sobrevivía latente una lágrima.

Después, la tierra se volvía fría, más fría a cada instante que la nube atravesaba dirigida por los vientos. En la calle, un gato hambriento se enroscaba bajo una farola que esculpía la noche. La lágrima tiritaba aterida y el tembleque se hizo tan intenso que finalmente se detuvo. Cuando un cuerpo deja de tiritar es porque se rinde al frío. En ese momento, una furtiva lágrima helada floreció en copo de nieve. Un copo de nieve es como un haiku: la máxima impresión reducida a la mínima expresión.

El gato, quieto
no se queja del frío
sólo me mira.

            La nueva anatomía fractal de la lágrima se precipitó hacia tierra lentamente, acunada por el viento del norte. El copo de nieve de lágrima caía inopinadamente. La efímera ternura de la nieve anuncia la llegada del invierno. Cae la nieve blanca, y el cuello negro del gato se extiende para dar la bienvenida al frío. Cuando la furtiva lágrima y la nariz del gato se tocan, una pequeña descarga eléctrica recorre la trufa mientras la nieve se funde en ella. Ya no era más que un recuerdo perdido en el tiempo. Como una lágrima en la lluvia. ¿Lloran los androides lágrimas eléctricas?


1 Rutger Hauer, en Blade Runner.

No sé qué tienen los caminos (Por Jorge Romero Aranda)



No sé qué tienen los caminos
con sus líneas perspectivas
por los pasos agolpados,
voces de todo viento
hambres silenciadas
por el hombre suicida,
y las mujeres vuelven
con sus cabezas arropadas
con sus voces apagadas.



No sé qué tienen los caminos
con sus fuentes implantadas
en las aguas errabundas,
la anónima lucha de los sueños
que disipa con pena la furia
contra todos los fracasos,
y su pasado preñado de escarnio
y su futuro sembrado sin campos
de amargo presente.

No sé qué tienen los caminos,
la loca efervescencia de los días
con sus pasos vagabundos renombrados,
la súbita mirada sin afecto
por las venas inflamadas de la noche,
dicen que tienen memoria,
los caminos tienen memoria
que aprenden de la luz bajo la luna,
que gozan borrando las huellas ajenas
cuando la tierra se moja
en los caminos del eco.

No sé qué tienen los caminos
que vuelven sobre su polvo manido
retumbando sobre los huecos del eco,
con hombres desiertos de vida
que mueren su parte cada día.

No sé qué tienen los caminos
que ya casi nadie los nombra
guerras y muertes encriptadas
para el fragor de los fuertes,
no sé qué tienen los caminos
por los rincones ancestros,
allá donde siempre vuelve la vida.

Un día (Por Robert Andrews)

  Pero solo será posible venir aquí en nuestros sueño y recuerdos. 

Un día mi esposa y yo tendremos que volver al país de nuestro nacimiento.
Un día nuestra aventura aquí terminará.

Somos simplemente viajeros, pasando por su pueblo y sus vidas.
Nuestros caminos se han cruzado por un breve momento en el tiempo.

No somos más que gotas de lluvia cayendo al suelo.
Somos todos como una mota de polvo en un océano de cantos rodados.

Un día, cuando estemos viejos, en la paz y tranquilidad de nuestra vejez
Nosotros podremos volver aquí, a su pueblo y sus vidas otra vez.
Pero solo será posible venir aquí en nuestros sueños y recuerdos...
Y sonreír y pensar.


domingo, 8 de septiembre de 2019

Un reflejo en la oscuridad (Por Alfredo Luque)





Como cualquier adolescente, se es con frecuencia,
esclavo del reflejo en el espejo.

La amistad les hace casi inseparables, pero la vida circunstancial los distancia. Se alejan de otras personas, y al mismo tiempo, de ciertos objetos que ya no tienen utilidad o no les hacen lo bastante felices. Los arrojan al vertedero o hacen algún viaje a la nada, con tal de olvidarlos, o tal vez, los silencian en el cajón de un aparador cualquiera. La infancia y juventud convierten al reflejo del espejo en un buen aliado que nos mira en silencio, dibujando impasible, los trazos con los que los demás nos miran. Como cualquier adolescente, se es con frecuencia, esclavo del reflejo en el espejo. Un solo trozo de vidrio esmerilado basta, ya sea grande o pequeño. De bolsillo o aumentativo de la desgracia, a veces se presenta ante nosotros sin llamarlo y sin la necesidad de llevar gafas con  las que imaginar los defectos. Para ella, resultaba agradable mirarse y hasta corregirse. La imagen que el espejo le devolvía, era capaz de anunciarle el presente y el futuro. Pero el tiempo pasó y la adolescente maduró, quedándose sin tiempo para mirarse en el reflejo azul de las horas, mirar a los hijos, mirar al cansancio y mirar a su divorcio interior. Tras años de amistad y alejamiento entre ambos, acordó enfadarse con aquel mundo. Y, como todo vínculo viviente, el reencuentro entre ella y aquel espejo del baño, les hizo prácticamente irreconocibles. La mujer que habitaba en el espejo ya no existía. Las canas y las arrugas, frías y distantes, le devolvieron de un plumazo a la realidad. Así que lo rompió en mil pedazos y la lucha interior comenzó por desenterrar la vieja hacha de guerra: no mirarse en el espejo era una cuestión casi imposible, pero juró no hacerlo, huir de las vidrieras, los espejos de los probadores de ropa, y el retrovisor del pequeño utilitario. Sorprendida de aquella imagen inconformista, necesitaba de otros elementos que la obligaran a ver lo que no quería mirar. Las gafas se convirtieron en su más poderoso aliado; dejó de usarlas cuando lo que veía, no satisfacía los propósitos de su mundo temporal, hasta que como de costumbre, suele intervenir la casualidad: una tarde cualquiera, en un descuido, las gafas resbalaron de su cara, quebrándose sobre la dura loza del lavabo. Supo enseguida que el espejo del baño tuvo la culpa. Habría detenido su mano ahora borrosa, frente a un rosto gris de espesa niebla. Le habría permitido difuminarse lentamente entre el vidrio y el vapor de agua para formar aquella imagen que tanto le gustaba. Lo que el espejo le devolvió, fue algo más de lo que ella jamás hubiera imaginado. Sonrió con una mueca de satisfacción y para cerciorarse, borró con la palma de la mano la cortina de vaho. Lo que apareció frente a sí misma, había regresado. En un primer instante, como un leve reflejo en la oscuridad, y luego, aumentó lo suficiente como para quedarse.


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