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jueves, 19 de enero de 2017

Jenny Cogió Su Fusil




      Había visto demasiadas veces Forrest Gump,  junto a Noa,  como para no querer algo así.


Noa era lo más exótico que te podías encontrar por estos pasajes sureños de Andalucía.
Cuando aún las adopciones eran motivo de cuchicheo y rechinar de dientes entre las perfumadas para misa de domingo, Pepi, la mujer del panadero de la Ctra. de Granada, se cansó de asumir. Pepi se cansó del dicho vano de sus vecinas: - ¡Hija, Dios lo ha querido así contra eso no se puede hacer "ná"-. Pepi, no era así, Pepi no llaneaba con la razón... ella siempre estaba dispuesta a quemar el cielo si hacía falta para alcanzar "algo más".
- Pedro, sabes qué es lo que más quiero en el mundo, lo que más queremos, pues no creas que no te oigo llorar de madrugada mientras echas unos minutos de "espabileo ante el espejo. He estado informándome bien, leyendo toda la legislación actual y pensando como decirte esto. Ahora que la panadería va bastante bien, no podemos tirar la toalla en nuestro sueño de formar una familia. ¡Quiero que adoptemos una niña!
Para Pedro, que había echado los dientes con su padre, repartiendo pan de calle en calle; escuchando los elogios y puñales que las vestidas de negro soltaban cada mañana, tan solo por la necesidad de soltar algo, se le venía el mundo encima. Él era el primero que quería que sus hijos crecieran corriendo a su alrededor entre los hornos de la panadería, y al llegar a casa preguntarles por la escuela; leer con ellos y tumbarse a su lado hasta dormirse sin cerrar el cuento.
Una noche se metió en la cama, le dio un beso a Pepi y se giró en silencio. Cuando su respiración indicaba que ya se había dormido, Pedro se giró, la abrazó y le dijo al oído. Se llamará Noa. Pepi cogió las manos de Pedro, las apretó y no tuvieron que decirse nada más esa noche. A veces la felicidad es, enturbiándose si alguien trata de definirla.

Siete años después de la noche en que Noa "fue engendrada", aquella pequeña danesa de ojos rasgados; pelos rojizos propios de allí y piel morena, abanicada por el aire de las calles de enfrente del sol de aquí, pasaba a segundo de primaria sabiendo lo "insabible" a su edad, siendo más gitanilla que la más nativa local que pudieras encontrar y, por supuesto sin separarse, ni medio metro, de su sombra desde que dejaron la guardería; de su vecino y su compañero de clase, de Diego. Ella lo defendía de los típicos machotes que aún no los conocían. Noa había aprendido desde muy pequeña, que su condición de diferente les acarrearía muchas burlas, encuentros incómodos con la maldad innata de los niños de su escuela y todo tipo de contratiempos. Ella se hizo fuerte sobre su propio eje; su inteligencia, su estatura por encima de la media, y su desparpajo a la hora de dar un guantazo en el momento justo al cabecilla de turno antes de ser humillada, habían relegado a Diego a un cómodo banquillo, en el que pocas veces tendría minutos en el terreno de juego.
Los padres de Diego llevaban pocos años viviendo en Alcalá La Real; es lo que tienen los jóvenes guardia civiles, están unos años como jugando al "Enredos" por toda la geografía nacional, hasta que cogen algo de rango y motivos por los que quedarse en algún sitio. El caso es que su padre acababa de ascender a Cabo hace un par de años, y su madre ya estaba asentada entre las vecinas del cuartel y entre las catequistas y amigas de su parroquia. Así que cada día le pedían a Diego que por favor no se metiera en ningún lío, y le recordaban que no les gustaba mucho que estuviera todo el día con la hija, esa rara, del panadero. A Diego le molestaba muchísimo como sonaba eso dicho de la boca de su padre, pero sabía que por detrás venía el abrazo de madre, ese que aplaca las olas de cada dura lección paterna.
Pepi dejaba a Noa en la entrada del cuartel, y el de puertas avisaba por el interfono a la mujer del joven Cabo de que subía la hija de Pedro el "panaero". Noa, apretaba a Diego para que acabaran los deberes lo antes posible, así podrían pasar la tarde jugando en aquel paraíso verde lleno de rincones misteriosos que formaba aquel viejo cuartel de la guardia civil.

En los primeros meses de instituto, Diego comenzó a entender lo cuesta arriba que le se iba a hacer mantener aquel uña y carne con el que había crecido desde pequeño. Allí no estaban solo los de su colegio; a esos los tenía ya Noa, clasificados y controlados desde hace tiempo. En el instituto de mi pueblo había ya gente de todos los colegios incluidos los de las aldeas... y la pelirroja era ya un fruto exótico deseado por todos. Aquella batalla estaba perdida de antemano, aquel amor, su (de él), estaba guillotinado de antemano por la realidad geográfica que conllevaba la educación secundaria. Si. Diego estaba enamorado de Noa. Ya tenían edad como para que la palabra amistad tomara una nueva dimensión, pero Diego veía la cuesta arriba interminable que escondía la reciprocidad del amor. 

Tenían claro que ambos querían inclinar desde un principio, sus estudios al ámbito de las letras:  Filosofía, Latín, Lengua y Literatura, etc. Todas esas asignaturas que no implicaran verdades absolutas, que pudieran ser debatidas o interpretadas. Así había sido la vida de ambos desde que se conocieron.
 A mediados de curso, Juan, el delegado de clase, invitó a Noa, junto con otros de la clase y amigos de su barrio, a celebrar su cumpleaños en la hamburguesería que había enfrente de sus pisos. Merendarían, tomarían tarta y jugarían en el parque de enfrente hasta la noche. Diego fue uno de los no invitados.
Y, ese día, entre la salida del insti y el cuartel, metros que utilizaban Noa y Diego para resumir las vivencias del día y quedar para la tarde, nadie dijo nada. Diego esperaba tal vez un: - ¡Si quieres no voy, no sé por qué a ti no te ha invitado!- pero nada, Noa no dijo nada al respecto: - ¡Nos vemos mañana, Diego! Gritó colocándose bien la mochila y echando a correr hacía su casa. Como si alguien apretara un hacha de cocina sobre la cabeza de Diego, pero sin poder clavarla, tan solo provocando un enorme dolor de cabeza y despertando a aquella bestia de adolescencia a la que llaman realidad. Diego subió las escaleras del portalillo hacia su piso con la respiración entrecortada. - ¿Ya está?- pensó. ¿Ahora es cuando Jenny coge su guitarra y va por ahí luchando contra el mundo? Pues yo no me pienso ir a la guerra, - se repetía Diego mientras su padre le gritaba a lo lejos qué se lavara las manos y qué se diese prisa en sentarse a la mesa.
 Era viernes, los viernes por la tarde, Noa y él, merendaban dulces mal cortados de la panadería de los padres de Noa, mientras hablaban de películas, y ponían por enésima vez las escenas extras y explicaciones del director de Forrest Gump. Noa (Jenny) no volvió, y aquel fin de semana, era el que pasaba con sus padres celebrando el cumpleaños de su abuela materna en Córdoba. - ¡Vaya mierda!- pensó Diego, no solo nos hemos quedado sin nuestro viernes por culpa del capullo ese sino que ya no hablaré con ella hasta el lunes. - ¿Qué habrán hecho? ¿Cuando acabaría el cumpleaños? ¿Y si alguno le está tirando? ¿Me lo contará? Diego ni merendó aquella tarde, ni cenaría después de lo que aquel viernes negro aún le tenía guardado. - ¡Diego, qué queremos hablar contigo! le dijeron sus padres a eso de las diez y media de la noche, una vez que su padre acabó su turno, y estuvo preparada la cena. - ¿Qué pasa? ¡Yo no he salido de aquí en "to" el día! Pocas quejas de mi puedes tener hoy. - ¡Qué no es eso que te calles! le dijo el padre sin que sonara muy autoritario esta vez. - ¡Calla que papá quiere decirte algo muy importante! - dijo su madre.
- Hace unas semanas, me ofrecieron, desde la comandancia de Jaén, la posibilidad de irme destinado unos años al País Vasco, ganaría el doble que estoy ganando ahora más incentivos que serían bastantes. Lo hemos estado hablando muchísimo, tu madre y yo, durante estos días, y hemos comprendido que es el empujón que estaba buscando, para ganar dinero de verdad, comprar por fin la casa que siempre hemos querido tener, subir de rango a mi vuelta, y así estar, lo que me quede de guardia civil, aquí y de forma más tranquila.- Qué! - ¿Cómo lo ves? - Le preguntó su padre con el brillo en los ojos del que se ve ganador en una maratón sin rivales. - ¿Qué cómo lo veo? ¿Qué como lo veo? Diego no tuvo fuerzas ni de soltar unas cuantas lágrimas en ese momento, pero las lágrimas estaban ahí.. -¡Madre mía! ¿Pero qué pasaba ese viernes? ¿El Dios que tanto enseñaba su madre a los nenillos de catequesis estaba jugando al trompo con su destino? - Mira que hacía tiempo que Diego pasaba del tema de Dios y sus secuaces, sobre todo a raíz del instituto, de ciencias naturales, de Filosofía, y de conocer otras culturas más a fondo. Pero está claro, que si había alguna chispa divina por ahí suelta, estaba riéndose en la cara de ¨Diego en esos momentos. Lo único que le apetecía en ese momento era coger el teléfono y llamar a Noa, como siempre que algo iba mal había hecho, pero sus padres estaban demasiado pendientes de su reacción como para que esa llamada pasara desapercibida.- ¡Dejadme en paz! ¡Me acuesto ya! les casi gritó 

Al lunes siguiente, el interfono del Cabo sonó para que Diego bajara, Noa ya estaba allí, les dijo el de puertas. Los primeros metros se llenaron de un medido silencio, pero al fin Noa estalló, con una sonrisa de oreja a oreja, - ¿Sabes? por fin el viernes, cuando se estaba despidiendo de mi, Juan me besó. Estuvo genial, se tuvo que empinar un poco, pero me sujetó la espalda y nos dimos un beso alucinante, llevo todo el fin de semana pensando en eso.- ¡ZASCA...ZASCA  y más ZASCA! 
- ¿Por fin? - pensó Diego ... Dejando a la altura de un alpargata el dolor de su pronta despedida sin fecha segura de regreso. - ¡A tomar por culo ese amor unidireccional!- Diego no sabía donde meter la cabeza, en esos momentos la tenía dando vueltas entre el intestino delgado y el grueso... y tardaría tiempo en digerir todas esas hostias, que en forma de alfileres estaban dándole desde el pasado viernes al salir de clase. Aguantó como pudo la clase de inglés, y sin mediar palabra, en el primer cambio de clase, se fue. Al llegar a su casa le dijo a su madre que tenía mucho frío y ganas de vomitar, que buscara un ibuprofeno y le pusiera otra manta en la cama, que estaba tiritando de frío y se acostó. Jamás había estado tan despierto como aquellas horas que pasó en cama aquel día. 
   
    Noa (Jenny) jamás volvió a sus brazos en ningún abarrotado parque reivindicativo.

Escena de Reencuentro de Forrest Gump y Jenny en Washington D.C.




martes, 17 de enero de 2017

Au Revoir



Odio que me mientan. Lo he odiado siempre. Tal vez por eso me metí a detective privado: para castigar a quien trapacea. Yo miento fatal, que es aún peor. Tal vez sea la causa de que siempre estoy de mala hostia, para que no se me note cómo me muerdo la lengua cuando engaño.

Por eso llegué ese día un poco antes a la oficina del señor Jones. No quería pruebas de que su mujer le era infiel. Buscaba las fotos de ella con el director de la empresa que estaba a punto de comprar. Que me usen es aún peor que mentirme. Por eso llegué antes a su oficina.

Tenía el discurso ensayado. Cada palabra, cada entonación. Iba a dejarle las cosas bien claras y a cobrar algo extra por las molestias. Tan ensimismado estaba en mis pensamientos que tardé en reaccionar ante el disparo. Corrí hacia la puerta y allí estaba el muy cabrón con un agujero en la frente. Nadie en la habitación y un revolver en la mesa. Me disponía a cogerlo con un bolígrafo cuando escuché la puerta cerrarse detrás de mí. El instinto de supervivencia es mayor que los protocolos policiales, así que apunté con la misma arma girándome hacia la entrada.

Odio que me mientan. Más aún que me utilicen. Y mucho más no saber quién está puteándome. Allí estaba la señora de Jones, mirándome con la misma satisfacción con la que se mira la ficha larga del Tétris. -”Bueno, bueno, señor detective”- comenzó con su discurso de mala de la película -”Es una pena que sus huellas estén en el revólver con el que acaban de matar a mi marido. Una pena para usted, claro. Ahora permítame que me vaya. Tengo mucho que arreglar con mi abogado. Por cierto, ya no tiene que seguirme más. Gracias por las fotos. Páseme la minuta que ya le pagará mi... ¿Cómo lo llamaba usted en los informes? Ah, sí, mi “querido”. Au revoir, y suerte con las explicaciones.”-

Si suelo poner cara de mala hostia para que no se me note mentir, la de gilipollas que tenía entonces debía ser todo un espectáculo. Para espectáculo el que tenía delante: un muerto, un arma, un motivo, oportunidad... Y aun taladrándome el tímpano la insoportable voz aguda de la ya viuda de Jones y su “au revoir”. ¿”Au revoir”? Jajajaja valiente pringada. Una llamada, un taxi en la puerta y cuatro coches de policía en el aeropuerto.

Odio que me mientan, y mentir. Sobre todo porque hay gente incapaz de callarse nada, y menos una buena noticia. Dos billetes se compraron para París con la VISA del Jones. Pensé que serían para celebrar su éxito. Nada más lejos, era para celebrar el de ella. El muy imbécil terminó cornudo, poniendo la cama y hasta pagando las escapaditas románticas.

Al final el tonto muerto y los malos en la cárcel. Y yo bebiendo, porque me encanta el whiskey y soy tirando a alcohólico. Ahí tampoco os voy a mentir.

miércoles, 11 de enero de 2017

TU LUZ; MI OSCURIDAD

Ejercicio de Escritura Creativa propuesto por Beatriz Lizana en el blog XPERIMENTANDO 

(Fotografía de Noviembre del 2015, Villalobos (Alcalá La Real)
Palabras claves orientativas; maravilla, color, viuda . (Libro "La Regenta")

Esa luz ... Esta oscuridad

Habían pasado diez años desde que Afganistán fuera mi segundo hogar. Mi Madre, entre llantos y alivio, se despidió de mi entonces con la satisfacción de una vida plena. Esposo trabajador y defensor de su familia, e hijo casado y heredero de la casa que varias generaciones de los Carrillo habían forjado y trabajado sus tierras. - ¡Hijo, si es lo que quieres, si es lo que crees que debes hacer, adelante!- Me decía mi madre sabedora de que no me volvería a ver; el cancer de huesos había sido su amante en silencio aquellos dos años. - De alguna forma u otra las dos estaremos aquí para seguir con esto cuando vuelvas - Me decía aquella anciana blanquiverdosa a la que yo no quería recordar así. Al decir las dos, se refería a mi reciente esposa, Lucía, y a ella; que viva o muerta estaría velando por su cortijo, por sus tierras, y por supuesto por el único hijo que la vida le dio. 
Aquella tarde de mediados de noviembre, el sol escuchaba las últimas nanas que los gorriones de mi alameda (la que me dio juego y fortaleza en la infancia) le cantaban. El taxi me dejó a unos 200 metros del gran cortijo de mi familia, y la chimenea encendida era señal de alguien había. 
Tras 4 años sin recibir ni una sola carta de mi esposa, y sabedor de que mi madre murió a las pocas semanas de mi partida, daba por hecho que no sería mi esposa la que tenía aquella chimenea encendida, tal vez fuera Lucía, pero seguro que ya no era mi esposa, ni yo sería su esposo para ella. 
Permanecí sentado en la roca con forma de sillón, donde mi abuelo se pasaba las tardes partiendo almendras y nueces y viendo moverse el mundo a su alrededor. - ¿Cómo será ella ahora? - ¿Habrá un nuevo "yo" en mi lugar? ¿Serán felices y mi aparición les fastidiará la vida? ¿Por qué dejé de escribir? ¿Por qué dejó ella de escribirme? Prometió que siempre estaríamos juntos. ¿Por qué ha tenido que enamorarse de nuevo? Esa luz ya nunca volvería a ser nuestra luz. Envolví mi alma con la oscuridad que reflejaba aquel sol lleno de nuevas verdades y me di medía vuelta, con los pulmones exhalando odio al cien por cien, y el corazón muriendo, aplastado en sus propios interrogantes...

jueves, 10 de noviembre de 2016

EL DÍA DE DIFUNTOS DE 1836 "Mariano José de Larra" (Juanma Marchal)

              EL DÍA DE DIFUNTOS DE 1836

En atención a que no tengo gran memoria, circunstancia que no deja de contribuir a esta especie de felicidad que dentro de mí mismo me he formado, no tengo muy presente en qué artículo escribí (en los tiempos en que yo escribía) que vivía en un perpetuo asombro de cuantas cosas a mi vista se presentaban. Pudiera suceder también que no hubiera escrito tal cosa en ninguna parte, cuestión en verdad que dejaremos a un lado por harto poco importante en época en que nadie parece acordarse de lo que ha dicho ni de lo que otros han hecho. Pero suponiendo que así fuese, hoy, día de difuntos de 1836, declaro que si tal dije, es como si nada hubiera dicho, porque en la actualidad maldito si me asombro de cosa alguna. He visto tanto, tanto, tanto... como dice alguien en El Califa. Lo que sí me sucede es no comprender claramente todo lo que veo, y así es que al amanecer un día de difuntos no me asombra precisamente que haya tantas gentes que vivan; sucédeme, sí, que no lo comprendo.
En esta duda estaba deliciosamente entretenido el día de los Santos, y fundado en el antiguo refrán que dice: Fíate en la Virgen y no corras (refrán cuyo origen no se concibe en un país tan eminentemente cristiano como el nuestro), encomendábame a todos ellos con tanta esperanza, que no tardó en cubrir mi frente una nube de melancolía; pero de aquellas melancolías de que sólo un liberal español en estas circunstancias puede formar una idea aproximada. Quiero dar una idea de esta melancolía; un hombre que cree en la amistad y llega a verla por dentro, un inexperto que se ha enamorado de una mujer, un heredero cuyo tío indiano muere de repente sin testar, un tenedor de bonos de Cortes, una viuda que tiene asignada pensión sobre el tesoro español, un diputado elegido en las penúltimas elecciones, un militar que ha perdido una pierna por el Estatuto, y se ha quedado sin pierna y sin Estatuto, un grande que fue liberal por ser prócer, y que se ha quedado sólo liberal, un general constitucional que persigue a Gómez, imagen fiel del hombre corriendo siempre tras la felicidad sin encontrarla en ninguna parte, un redactor del Mundo en la cárcel en virtud de la libertad de imprenta, un ministro de España y un rey, en fin, constitucional, son todos seres alegres y bulliciosos, comparada su melancolía con aquella que a mí me acosaba, me oprimía y me abrumaba en el momento de que voy hablando.
Volvíame y me revolvía en un sillón de estos que parecen camas, sepulcro de todas mis meditaciones, y ora me daba palmadas en la frente, como si fuese mi mal de casado, ora sepultaba las manos en mis faltriqueras, a guisa de buscar mi dinero, como si mis faltriqueras fueran el pueblo español y mis dedos otros tantos gobiernos, ora alzaba la vista al cielo como si en calidad de liberal no me quedase más esperanza que en él, ora la bajaba avergonzado como quien ve un faccioso más, cuando un sonido lúgubre y monótono, semejante al ruido de los partes, vino a sacudir mi entorpecida existencia.
–¡Día de Difuntos! –exclamé.
Y el bronce herido que anunciaba con lamentable clamor la ausencia eterna de los que han sido, parecía vibrar más lúgubre que ningún año, como si presagiase su propia muerte. Ellas también, las campanas, han alcanzado su última hora, y sus tristes acentos son el estertor del moribundo; ellas también van a morir a manos de la libertad, que todo lo vivifica, y ellas serán las únicas en España ¡santo Dios!, que morirán colgadas. ¡Y hay justicia divina!
La melancolía llegó entonces a su término; por una reacción natural cuando se ha agotado una situación, ocurriome de pronto que la melancolía es la cosa más alegre del mundo para los que la ven, y la idea de servir yo entero de diversión...
–¡Fuera –exclamé–, fuera! –como si estuviera viendo representar a un actor español–: ¡fuera! –como si oyese hablar a un orador en las Cortes. Y arrojeme a la calle; pero en realidad con la misma calma y despacio como si tratase de cortar la retirada a Gómez.
Dirigíanse las gentes por las calles en gran número y larga procesión, serpenteando de unas en otras como largas culebras de infinitos colores: ¡al cementerio, al cementerio! ¡Y para eso salían de las puertas de Madrid!






Vamos claros, dije yo para mí, ¿dónde está el cementerio? ¿Fuera o dentro? Un vértigo espantoso se apoderó de mí, y comencé a ver claro. El cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio. Pero vasto cementerio donde cada casa es el nicho de una familia, cada calle el sepulcro de un acontecimiento, cada corazón la urna cineraria de una esperanza o de un deseo.
Entonces, y en tanto que los que creen vivir acudían a la mansión que presumen de los muertos, yo comencé a pasear con toda la devoción y recogimiento de que soy capaz las calles del grande osario.
–¡Necios! –decía a los transeúntes–. ¿Os movéis para ver muertos? ¿No tenéis espejos por ventura? ¿Ha acabado también Gómez con el azogue de Madrid? ¡Miraos, insensatos, a vosotros mismos, y en vuestra frente veréis vuestro propio epitafio! ¿Vais a ver a vuestros padres y a vuestros abuelos, cuando vosotros sois los muertos? Ellos viven, porque ellos tienen paz; ellos tienen libertad, la única posible sobre la tierra, la que da la muerte; ellos no pagan contribuciones que no tienen; ellos no serán alistados ni movilizados; ellos no son presos ni denunciados; ellos, en fin, no gimen bajo la jurisdicción del celador del cuartel; ellos son los únicos que gozan de la libertad de imprenta, porque ellos hablan al mundo. Hablan en voz bien alta y que ningún jurado se atrevería a encausar y a condenar. Ellos, en fin, no reconocen más que una ley, la imperiosa ley de la Naturaleza que allí les puso, y ésa la obedecen.
–¿Qué monumento es éste? -exclamé al comenzar mi paseo por el vasto cementerio–. ¿Es él mismo un esqueleto inmenso de los siglos pasados o la tumba de otros esqueletos? «¡Palacio!» Por un lado mira a Madrid, es decir, a las demás tumbas; por otro mira a Extremadura, esa provincia virgen... como se ha llamado hasta ahora. Al llegar aquí me acordé del verso de Quevedo: «Y ni los v... ni los diablos veo». En el frontispicio decía: «Aquí yace el trono; nació en el reinado de Isabel la Católica, murió en La Granja de un aire colado». En el basamento se veían cetro y corona y demás ornamentos de la dignidad real. «La Legitimidad», figura colosal de mármol negro, lloraba encima. Los muchachos se habían divertido en tirarle piedras, y la figura maltratada llevaba sobre sí las muestras de la ingratitud.
¿Y este mausoleo a la izquierda? «La armería.» Leamos:
«Aquí yace el valor castellano, con todos sus pertrechos».
Los Ministerios: «Aquí yace media España; murió de la otra media».
Doña María de Aragón: «Aquí yacen los tres años».
Y podía haberse añadido: aquí callan los tres años. Pero el cuerpo no estaba en el sarcófago; una nota al pie decía:
«El cuerpo del santo se trasladó a Cádiz en el año 23, y allí por descuido cayó al mar».
Y otra añadía, más moderna sin duda: «Y resucitó al tercero día».
Más allá: ¡Santo Dios!, «Aquí yace la Inquisición, hija de la fe y del fanatismo: murió de vejez». Con todo, anduve buscando alguna nota de resurrección: o todavía no la habían puesto, o no se debía de poner nunca.
Alguno de los que se entretienen en poner letreros en las paredes había escrito, sin embargo, con yeso en una esquina, que no parecía sino que se estaba saliendo, aun antes de borrarse: «Gobernación». ¡Qué insolentes son los que ponen letreros en las paredes! Ni los sepulcros respetan.
¿Qué es esto? ¡La cárcel! «Aquí reposa la libertad del pensamiento.» ¡Dios mío, en España, en el país ya educado para instituciones libres! Con todo, me acordé de aquel célebre epitafio y añadí involuntariamente:
Aquí el pensamiento reposa,en su vida hizo otra cosa.
Dos redactores del Mundo eran las figuras lacrimatorias de esta grande urna. Se veían en el relieve una cadena, una mordaza y una pluma. Esta pluma, dije para mí, ¿es la de los escritores o la de los escribanos? En la cárcel todo puede ser.
«La calle de Postas», «la calle de la Montera». Éstos no son sepulcros. Son osarios, donde, mezclados y revueltos, duermen el comercio, la industria, la buena fe, el negocio.
Sombras venerables, ¡hasta el valle de Josafat!
Correos. «¡Aquí yace la subordinación militar!»
Una figura de yeso, sobre el vasto sepulcro, ponía el dedo en la boca; en la otra mano una especie de jeroglífico hablaba por ella: una disciplina rota.
Puerta del Sol. La Puerta del Sol: ésta no es sepulcro sino de mentiras.
La Bolsa. «Aquí yace el crédito español». Semejante a las pirámides de Egipto, me pregunté, ¿es posible que se haya erigido este edificio sólo para enterrar en él una cosa tan pequeña?
La Imprenta Nacional. Al revés que la Puerta del Sol, éste es el sepulcro de la verdad. Única tumba de nuestro país donde a uso de Francia vienen los concurrentes a echar flores.
La Victoria. Ésa yace para nosotros en toda España. Allí no había epitafio, no había monumento. Un pequeño letrero que el más ciego podía leer decía sólo: «¡Este terreno le ha comprado a perpetuidad, para su sepultura, la junta de enajenación de conventos!»
¡Mis carnes se estremecieron! ¡Lo que va de ayer a hoy! ¿Irá otro tanto de hoy a mañana?
Los teatros. «Aquí reposan los ingenios españoles.» Ni una flor, ni un recuerdo, ni una inscripción.
«El Salón de Cortes». Fue casa del Espíritu Santo; pero ya el Espíritu Santo no baja al mundo en lenguas de fuego.
Aquí yace el Estatuto,vivió y murió en un minuto.
Sea por muchos años, añadí, que sí será: éste debió de ser raquítico, según lo poco que vivió.
«El Estamento de Próceres.» Allá en el Retiro. Cosa singular. ¡Y no hay un Ministerio que dirija las cosas del mundo, no hay una inteligencia previsora, inexplicable! Los próceres y su sepulcro en el Retiro.
El sabio en su retiro y villano en su rincón.
Pero ya anochecía, y también era hora de retiro para mí. Tendí una última ojeada sobre el vasto cementerio. Olía a muerte próxima. Los perros ladraban con aquel aullido prolongado, intérprete de su instinto agorero; el gran coloso, la inmensa capital, toda ella se removía como un moribundo que tantea la ropa; entonces no vi más que un gran sepulcro: una inmensa lápida se disponía a cubrirle como una ancha tumba.
No había «aquí yace» todavía; el escultor no quería mentir; pero los nombres del difunto saltaban a la vista ya distintamente delineados.
«¡Fuera –exclamé– la horrible pesadilla, fuera! ¡Libertad! ¡Constitución! ¡Tres veces! ¡Opinión nacional! ¡Emigración! ¡Vergüenza! ¡Discordia!» Todas estas palabras parecían repetirme a un tiempo los últimos ecos del clamor general de las campanas del día de Difuntos de 1836.
Una nube sombría lo envolvió todo. Era la noche. El frío de la noche helaba mis venas. Quise salir violentamente del horrible cementerio. Quise refugiarme en mi propio corazón, lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de deseos.
¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! «¡Aquí yace la esperanza!»
¡Silencio, silencio!

El Español, n.º 368, 2 de noviembre de 1836

domingo, 6 de noviembre de 2016

EL ÚLTIMO SUSPIRO (por Ricardo San Martín Vadillo)


EL ÚLTIMO SUSPIRO 
(Ricardo San Martín Vadillo)

 
Me llamo Edelmiro y nací en Alcalá hace once años.

Cuando tenía cuatro, mis padres, peones sin ningún trabajo, hubieron de emigrar a Alemania. Pasaron un quinquenio trabajando y ahorrando hasta que cerraron la fábrica en que estaban. Con el dinero ahorrado y la indemnización por despido, volvimos a Alcalá y mis progenitores se plantearon en qué invertir.
 
- Julián, tenemos que elegir un negocio con futuro, para nosotros y para nuestro hijo, -dijo mi madre Mercedes. 

- Estoy de acuerdo contigo. He pensado en una tienda de alimentación. Los alcalaínos deben comprar comida todos los días. Ese es un negocio seguro y a largo plazo.

- Déjate, déjate. Hoy en día con las grandes superficies y las cadenas, la gente suele comprar en supermercados. No, un colmado, no; mejor algo que tenga la clientela asegurada.


Así pasaron varios días, proponiéndose ideas mutuamente: una droguería, una ferretería, una licencia de taxi, una panadería, etc.

Por turnos se rebatían las propuestas que el uno proponía al otro y encontraban el punto flaco del proyecto.

Yo les oía deliberar durante las comidas, sin llegar a un consenso.

Fue durante una cena cuando se me ocurrió la idea y la expuse en voz alta.

- Una funeraria, -dije rotundo.

Callaron los dos y se volvieron a mirarme con asombro:

- ¿Cómo has dicho, Miro?, -así me llamaban en casa y los amigos.

¿No decís que queréis un negocio en donde no falle la clientela? Una funeraria sería la solución. Cada día la gente se muere, así pues la clientela está asegurada.

Vieron adecuada la sugerencia y quedó acordado.

¿Qué nombre le pondremos?, -se preguntaron mis padres.

Descartaron Funeraria Virgen de las Mercedes por tradicional, Funeraria Contento (el apellido de mi padre y mío) por inadecuado; la Paz,

 por repetido.

De nuevo salté con otra propuesta: 

¿Qué os parece “El último suspiro”? Yo lo veo muy “molongo”.

Consideraron que era original y sugerente. Quedó aceptado por unanimidad.

Así empezó el negocio familiar. En él trabajaban mis padres, y yo ayudaba con naturalidad en lo que se me requería. A mí me gustaba aquel lugar: siempre lleno de gente, caras nuevas cada día y buenos ingresos.

Además, en el colegio Alonso de Alcalá mis amigos, se sentían intrigados por lo inusual y variado de nuestra clientela. 
 
 
                                                                  
Cada día la gente se muere, así pues la clientela está asegurada.

 
 
Miro, ¿qué muerto tenéis hoy?

Un torero de la corrida de la feria de San Mateo. Le corneó un novillo de nombre “Resabiao”. A euro la mirada.

Subrepticiamente llevaba a mis compañeros de clase a la funeraria, abría la puerta de la sala donde reposaba y les dejaba ver por unos minutos al muerto en su caja. La muerte amedrentaba y atraía el interés de mis amiguillos llenos de vida. Además, me sacaba unos dineros de aquella forma.

Un día llegué al aula y anuncié antes del inicio de la clase:

A ver, hoy tengo algo inusual. La mujer barbuda del circo murió ayer aplastada por la caída del funambulista. Dos euros y medio la visita. Cobro en el recreo.

Todo un éxito de público. Saqué más de cuarenta euros. Mientras miraban asombrados aquella cara femenina y densamente peluda, Amalia, que era muy atrevida y curiosa me preguntó:

¿Puedo tocarle la barba?

Me lo pensé sólo tres segundos:

Vale, pero luego me das otro euro y medio.

Logré otros quince euros suplementarios de mis amigos.

En Alcalá cada niño o niña era conocido por alguna habilidad que le hacía destacar. Los había que pintaban muy bien, otras cantaban como los ángeles o tenían una memoria de elefante, a algunos se les daba bien un determinado deporte. Yo era famoso por mis muertos.

Edelmiro,-me dijo un día Bernardino,- tengo un encargo para ti.

Bernardino Nofuentes era un anciano solitario. Había perdido la familia, uno tras otro, en circunstancias diversas, con frecuencia trágicas. Vivía en soledad, con la botella como única y última compañía. 

Quiero que cuando yo muera y me lleven a “El último suspiro”, entres en la sala donde me tengan, me abras la boca y me eches un buen chorro de anís en la boca. ¿Harás eso por mí? Es para el último viaje…

Había yo oído en las clases del colegio como a los romanos en su tumba los enterraban con una moneda dentro de la boca, para pagar al barquero Caronte, encargado de cruzar el alma del muerto a la otra orilla de la laguna Estigia. 
 
 
Utiles de aseo y adecuación del difunto en la funeraria.



Así pues, no vi nada malo en lo que me pedía Bernardino. Además, me soltó cincuenta euros en pago anticipado por el encargo y como acuerdo sellado de mi compromiso.

Pasaron dos años hasta que volví a verle. En una de las borracheras nocturnas había caído a la fuente del Paseo sin que nadie se percatara del incidente. Había muerto ahogado.

Pensé que era una ironía del destino: había sido el agua lo que le había matado, no el alcohol. O así lo razonaba mi mente infantil.

Sin ser visto, antes de llegar sus pocos colegas de farras al velatorio, entré en la sala con la botella de anís y cumplí con mi parte del trato. Le abrí la boca y le vertí un chorreón generoso de anís del Mono. Que me pareciera a mí ver alegrarse su rostro, supongo que fue debido a mi imaginación infantil.

Durante el velatorio quienes le conocieron en vida y le apreciaron se miraban unos a otros. ¿Quién viene aquí cargadito de anís? El olor dulzón impregnaba toda la sala.

A lo largo de los años he visto muertos muy curiosos e inusuales. Como doña Ernestina, la solterona de mi calle, que padecía del corazón y a cuya puerta dejaron unos jóvenes estudiantes del Instituto “Alfonso XI” el esqueleto que previamente habían sustraído del laboratorio de Ciencias Naturales. Lo colgaron a la puerta de su casa y tocaron el timbre. Murió del susto, un infarto cardíaco causado por la cadavérica visita. En “El último suspiro” hicimos cuanto pudimos por cerrar aquellos ojos abiertos y desorbitados por el susto, los pelos erizados como escarpias. Con los ojos abiertos como platos y el cabello hirsuto debimos enterrarla. Un pánico que la acompañó hasta la tumba.

O aquella muerte inesperada de don Camilo, uno de los mayores hacendados de Alcalá y toda la Sierra Sur. Tenía un cortijo y cientos de hectáreas de olivos, unos ingresos cuantiosos, una barriga enorme de mucho comer y beber, una sexualidad exacerbada, según comentaban mis padres, incapaz de ser saciada con su oronda mujer. De sus correrías libidinosas se hacían lenguas en Alcalá y sus aldeas.

Un día se supo: había muerto don Camilo. Al parecer había acudido a los Rosales, atiborrado de Viagra, con una erección de caballo había solicitado los servicios de una despampanante mulata. Luego, había seguido con dos fornidas rubias con las que había pasado tres cuartos de hora largos. Salieron ambas exhaustas y don Camilo gritó desde la cama de su habitación:

¡Más madera!

Ante aquella nueva petición se ofreció a “hacer el servicio”, Paulina, “la Esmirriá”. Poquita cosa era Paulina y de ahí su mote, pero tenía garra y nervio. Desde el interior de la habitación salían quejidos de placer y, de pronto, se oyó un grito de la Esmirriá:

¡Socorro. Se me ha muerto encima!

Acudió la matrona a las voces, las otras mancebas y algunos asombrados clientes. Ardua tarea fue separar a don Camilo de la Paulina. No había perdido el muerto su empalme y parecía haberse quedado enganchado en el interior de la Esmirriá. Fue necesario llamar primero al médico forense, que no hizo sino certificar la muerte de don Camilo. Después fue el turno de los bomberos que con una garrucha izaron el corpachón inerte del hacendado.

Yo le vi en la funeraria, escoltado por una avergonzada mujer y unos atribulados hijos. Mientras estuvo de cuerpo presente, boca arriba, el muerto parecía hacer gala del rigor de su masculinidad.

Negro se vio mi padre para poder cerrar la caja con aquel mástil que se negaba a ser arriado. “Genio y figura hasta la sepultura”, cuchicheaban en el funeral los asistentes.

Ya digo, he visto todo tipo de muertos y es una experiencia vital enriquecedora.

Así pensaba hasta que mi padre requirió mi ayuda un día:

 Miro, me tienes que ayudar a afeitar al Pulgas, que murió ayer.

Estanislao Malcuerno, alias el Pulgas, había sido famoso en Alcalá y alrededores por su agrio carácter y su mala leche, de ahí el seudónimo. Con niños y mayores demostraba sus malas pulgas.

Ahora yacía allí, esperando a ser rasurado de su barba de varios días. Un servicio solicitado por su familia deseosa de que fuese enterrado con un aspecto aseado. 
 

Maquillando al muerto

 
 
A mí no me asustaban los muertos, así que le enjaboné la cara y procedí al afeitado. Tenía la barba como el carácter: áspero y duro. Apreté con la cuchilla mientras con la mano izquierda tensaba su piel. Y en un momento sucedió: sin querer le di un tajo considerable.

¡Que me degüellas, “desalmao”!, -retumbó su voz en la sala donde le estaba afeitando, a la vez que se sentaba en la caja donde había yacido. Solté los instrumentos y salí de la habitación gritando:

¡Papá, mamá, el Pulgas ha resucitado!

No, no había resucitado. Supe entonces lo que era la catalepsia y cómo el Pulgas había caído en aquel estado de muerte aparente y despertado de nuevo a la vida al sentir el corte de la cuchilla en su carne.

Aun vivió tres años después de aquel insólito suceso, haciendo honor a su apelativo, con aquel carácter belicoso que le llevó a que le dieran un tiro en una pelea.

Por mi parte nunca más volví a querer ayudar a mi padre con ningún finado y decidí que en el futuro tendría cualquier negocio menos “El último suspiro”.

viernes, 4 de noviembre de 2016

EL ARBOL (por Alfredo Luque)



                                       EL ARBOL

Innumerables veces había oído hablar de aquellos seres mitológicos
provenientes principalmente de las regiones de Europa del este. Unas criaturas
extrañas, sin un rostro conocido. En el país de donde yo provenía, estaban muy
presentes. Sin embargo, donde me hallaba ahora, muy pocos habían oído nombrarlas o
conocían algo sobre estas. Habitantes de la noche, deambulaban por páramos
desolados y poblaciones que dormitaban pacíficamente a la luz de las velas y al calor
de las chimeneas. Hablamos aquí, de un suceso que ocurrió en la provincia de Hunan,
en la China. Se dice que a finales del siglo XIX , vivió allí un inglés, muy alto y
delgado, que invariablemente vestía de etiqueta, sombrero de copa y bastón negro.
Aquellos que llegaban a ver su rostro, quedaban estupefactos, ya que aseguraban que
el tono de su piel era blanco como la cera, mientras que de su boca asomaban un par
de inusuales y puntiagudos colmillos.
La noche era su elemento natural. Salía de su alojamiento en torno al
crepúsculo y no regresaba hasta altas horas de la madrugada. Unos cuantos años, más
tarde, un extraño fenómeno ocurrió en el pueblo; varios animales de granja
desaparecieron. Días mas tarde, encontraron tan solo sus cadáveres completamente
desangrados junto a un río o un lago del lugar. Y no sólo una vez, sino varias. ¿Qué
clase de criatura infernal podrá querer la sangre de nuestras bestias?
Se preguntaban los asustados campesinos,
mientras fervientemente se encomendaban a sus dioses.


De sus brotes,
manaba un nauseabundo olor que el viento repartía por doquier

A partir de ese momento, varios de ellos montaron guardias nocturnas con el
fin de descubrir al ladrón de ganado. Finalmente uno de los cuidadores lo avistó
agazapado, al acecho entre la maleza y logró disparar en una pierna a un individuo,
oscuro y enjuto que al parecer trataba de robar unas ovejas. De la boca de aquel
siniestro ladrón salieron unos chillidos espantosos, semejantes a los los de un
murciélago o una rapaz nocturna, mientras corría y trataba de ocultarse entre los
arbustos y la oscuridad. Tras de sí, y herido, iba dejando un gran rastro de sangre. Sin
embargo, ese vital líquido no era del tono habitual rojo que conocemos, sino más bien
presentaba un color violeta. La persecución continuó hasta que los primeros rayos del
sol comenzaron a asomar por el horizonte. El singular individuo fue cercado y trató de
taparse las manos y el rostro con su abrigo, pero ya era muy tarde. Su piel albina y
cerúlea se tornó verdosa. Después, uno a uno, los huesos de su cuerpo comenzaron a
salirle por encima de la piel, con unos horribles siseos y crujidos. Lo increíble fue, que
tanto su vestimenta como su esqueleto quedaron convertidos inmediatamente
enardientes cenizas, disipándose rápidamente en el aire. Los campesinos, dejaron los
restos allí, con la esperanza de que todo aquello se lo llevará el viento. Sin embargo, al
poco tiempo comenzó a brotar en el lugar, un árbol. de las profundidades de la tierra.
Creciá y crecía y su corteza era roja como la sangre.
Gran parte de sus hojas tenían espinas de horripilantes formas. De sus brotes,
manaba un nauseabundo olor que el viento repartía por doquier, atrayendo a toda
suerte de insectos y alimañas, hacia su tronco. Algunos lugareños trataron de talarlo y
arrancarlo de raíz, pero cesaban rápidamente en su empeño al percatarse de que al
clavarle las hachas, del tronco, brotaban unos espantosos chorros de sangre negruzca y
maloliente.
Buscaron la forma de impedir que siguiera creciendo, apuntalando el tronco
del árbol con una capa de materiales de construcción bastante gruesa y cubriendo la
copa, colocaron una techumbre para evitar que el agua de lluvia lo pudiera alimentar.
No obstante, el árbol continúo creciendo con inusual normalidad, arrancando de cuajo
los tablones y aquel techo improvisado, retorciendo sus pútridas ramas entre las
astillas de la construcción. Los mas supersticiosos decían que el alma de aquel ser,
poco a poco se estaba regenerando y al mismo tiempo esperaba el momento exacto
para emerger de nuevo a la superficie con amplia sed de venganza. Los campesinos,
asustados, optaron por ofrecerle en sacrificio varios animales, que el árbol maldito
exprimía para extraerles el jugo vital hasta convertirlos en un amasijo sanguinolento
de vísceras, músculos y huesos prácticamente triturados. Algunos, desesperados y
arruinados, optaron por satisfacer el voraz apetito de la planta, ofrendándole a sus
propios hijos recién nacidos, a cambio de acabar con aquella pesadilla, pero tal fue su
sed de sangre, una vez probada de nuevo la humana, que sus ramas y tronco junto con
aquellas horribles hojas, comenzaron a extenderse por toda la aldea, como la hiedra,
acabando con toda la vida a su paso. Cuentan los más ancianos que una noche,
intentaron acabar con aquel horror, mediante el fuego. Y casi lo consiguieron, pero
aquella criatura horrenda, desprovista de su follaje y su poder, huyó despavorida, para
ocultarse medio ardiendo, en las sombras mas profundas del bosque.

De repente, me desperté con un enorme bostezo. La calma de la tarde y la
copiosa comida con la que me agasajaron en la Embajada China, habían hecho mella
en mi y de tal forma que me había quedado dormido, leyendo, apoyando mi espalda
sobre un cerezo del jardín del Consulado. El cielo tenia un color azul intenso y una
suave brisa invadía el atardecer, dejando un aroma suave y delicado, que por
momentos, me rodeaba. Intente incorporarme, pues tenía las piernas dormidas.
Habría cerrado los ojos quizás un par de horas. Respiré de nuevo profundamente, pero
esta vez la brisa no me resulto tan agradable. Diría que el aroma me era familiar.
Como a muebles viejos o como el de un animal muerto hacía días. Aquella
desagradable sensación hizo que volviera mi cabeza hacia el árbol, golpeándomela con
una de las ramas. De mi frente mano entonces, un regueríllo de sangre, como un
último recuerdo, pues una extraña rama roja que rezumante de resina violácea, se
abalanzó sobre mi cabeza y luego todo quedo oscuro y silencioso a mi alrededor.

jueves, 3 de noviembre de 2016

El Halloween de Germán (por Nono Vázquez)

...se podía leer un nombre de mujer y unas fechas...
A Germán todo aquello de Halloween lo ponía un poco nervioso. No es que fuera asustadizo, ni mucho menos, pero le molestaba que de repente cualquier chaval apareciera detrás de una esquina, con una máscara hasta las rodillas, y exhibiendo la bolsa del truco o trato. Germán se preguntaba cómo algo tan artificial, una costumbre tan lejana a su tierra, había calado tan pronto en la gente. Y es que hasta los mayores se empeñaban en hacer el gilipollas, eso entendía Germán, adelantando los carnavales y disfrazándose de mamarrachos para dar que hablar la tarde del 31 de octubre.

El Cáliz de Sangre (por Sandra Quero)



Miró a su alrededor temblando entre el tumulto, apretando contra su cuerpo desnudo un trozo curtido de cuero.
Rostros demacrados y huesudos la contemplaban sin piedad, ella sabía la verdad, y en una época en la que la mentira era ley el saber exhalaba peligro. En ese momento el cortisol vibraba por su cuerpo manteniéndola en alerta, como un lince acechado buscaba cualquier posibilidad de escapar; todo se abría a su alrededor, era capaz de percibir las hormonas de la multitud resbalándose en el ambiente cual viscosas células de destrucción.
EL Santo Oficio de la Inquisición debía intervenir, el inquisidor de la aldea la agarró por la nuca y comenzó a exponer su acusación:
-          Esta mujer  es una hereje, está endemoniada y se atreve a lanzar sus maldiciones y conjuros sobre la Santísima Madre Iglesia! Llevadla a los calabozos, mañana el Consejo de la Suprema la condenará. Podremos celebrar el día de los difuntos en Paz.
Dos hombres que le parecieron enormes la agarraron bajo las axilas y la sacaron en vilo de la plaza dónde había sido humillada para llevarla a una celda húmeda en el ayuntamiento; por el camino la gente le lanzaba insultos mezclados con piedras y saliva, restos de col podrida e inmundicias varias. Ella las transformaba en regalos, podía elevar la energía de la basura para que floreciera como la misma luz, levantó la mirada y clavó sus ojos  en el público, sintió entonces que estaban podridos de miedo y que ella no tenía miedo, se sentía viva. Antes de cerrar la pesada puerta de madera uno de los hombres la agarró por el cuello e intentó besarla pero ella le golpeó la nariz con la frente haciéndolo sangrar:
-          Vas a pagar por esto bruja!
El otro hombre la empujó al suelo y agarró al sangrante para salir de la estancia:
-          Ven fuera, vamos a darle un buen escarnio a esta cerda, vayamos a por mis herramientas…
Cuando la puerta se cerró se dio cuenta de que estaba sobre un charco maloliente, le dolía el cuerpo herido y entumecido. Se levantó como pudo y se acercó a un viejo catre para cubrirse con una tela y secarse, estaba helada, se restregó tierra del suelo por las piernas, con la esperanza de limpiarse un poco. Escuchó unos pasos que se acercaban y se estremeció pensando que esas dos bestias venían a por ella, pero cuando la puerta se abrió apareció tras ella una mujer muy vieja.
Se abalanzó sobre ella y le cubrió la boca con sus manos finas de largos dedos:
-          Mujer, calla y ven conmigo si quieres mantener el pellejo.
Como no tenía nada que perder, presa de la incredulidad se agarró a la anciana y juntas salieron de la celda y bajaron por unas escaleras que conducían a las salidas subterráneas; desde el incendio del pasado siglo habían habilitado una salida de emergencia.
En la calle un carro tirado por mulos aguardaba, la vieja indicó a la mujer que subiera y se metiera en una especie de tinaja de barro grande que cubrió con un lienzo.
Pasaron horas, parecían días, en aquella nueva celda, sin saber a dónde la llevaban, relegada a la suerte de una desconocida con dones de mando. Ella oraba, decretaba pidiendo la bendición de la Gran Madre, asustada aún, al fin pudo llevarse las manos al vientre pues en su cáliz amoroso un pequeño bebé crecía desde hacía casi 3 meses. Había ocultado su milagro por miedo a que la dañaran aún más, su amado también era perseguido por enseñar a leer a niñas y niños del campo…pero lo que ella había hecho era aún peor; había acusado a un sacerdote de abusar de niños y niñas. Lo vivió en su cuerpecito infantil, supo cómo sucedía a otros y ya no pudo callar, pero ahora estaba condenada a la hoguera.
Cuando estaba a punto de dormirse el carro se detuvo y la anciana descubrió su escondite, la noche era negra, la luna de la Diosa de la Muerte reinaba el 1 de noviembre haciendo honor a la festividad de los difuntos. Las dos mujeres se miraron a los ojos por primera vez en la penumbra y continuaron su camino hasta adentrarse en una cueva. 
Al fondo de una estrecha galería se percibía el resplandor del fuego contra las paredes de roca, cada vez estaban más cerca, ella aún con el alma en vilo, cuando llegaron al ensanche todas las terribles emociones que llevaba 2 días acumulando estallaron en un llanto de loba, en ese instante se lanzó a abrazar a su amado, que la esperaba allí con otras familias escondidas. La anciana que la ayudó a huir era madre de un inquisidor famoso y a veces, cuando la vieja presionaba mucho la dejaba salirse con la suya y ayudar a pobres almas condenadas al fuego del silencio.
Al lado de la hoguera había calabazas vacías con velas dentro, dulces de miel y hojas secas; así esa noche honraron a los difuntos y difuntas, agradeciendo por todo lo que habían hecho en sus vidas y sus ausencias, por velar desde el otro mundo, por mantener  encendida la llama de la vida desde la presencia de la muerte.