domingo, 24 de enero de 2021

LEER PARA SOBREVIVIR (por Jon Sigurdur)

 





Yo creo que venimos todos aquí a esta vida buscando la razón para vivir, pero no la encontramos. ¿Entonces qué hacemos? Podemos dejar la búsqueda y decidir morir lentamente, o nos sentamos, vemos el paisaje, escuchamos el canto de los pájaros, sentimos el sol calentar nuestras caras, (es decir si estamos en España), empezamos a hablar con la gente y al final a entenderlos. Y sí encontramos la belleza en todo esto decidimos que vale la pena quedarse. Eso es todo. Y eso es justo lo que es el arte y en especial la literatura, un esfuerzo para buscar la belleza en todo y una razón profunda para quedarse. Así que leer no es perder el tiempo sino ganar vida.



sábado, 23 de enero de 2021

YO CREO EN EL LIBRO (Sandra Quero)

 













Audio del poema



Yo creo en el libro como elemento disolutor de la discordia,

declaración de intenciones 

escondite polvoriento.

Yo creo en el libro, con título y autoría.

Tengo tanto miedo, que acudo a ti, como elemento disolutor.

Tráeme la paz que necesito mientras me abrazas

proyectando las sombras de tu tinta en el rostro de una ninfa,

¿Era una elfa?…eso me dijiste, lo recuerdo bien

y dejé salir a la criatura escondida que necesitaba ser reconocida

Desde entonces puedo comparar, es una ilusión casi deliciosa

tu encuadernación antigua en piel, las pastas cubiertas 

que se posan en mis manos cual caricia incipiente.

Voy a doblar tus solapas y aproximar mi oído,

caracola en silencio que con silencio se arma de valor.

Yo creo en el libro, liber, corteza de abedul

añoro abrazar tus hojas cuando se extienden como bucles de ébano,

Dejaré caer mi espalda sobre tu estantería

y nos envolveré de humo para atravesar el tiempo.

Oh…si, ahora y siempre, en lo más dulce y en lo adverso

Yo creo en el libro como elemento disolutor de la discordia.



SANDRA QUERO ALBA

LA MUERTE COMO TEMA NOVELADO (Ricardo San Martín Vadillo)

 

Con este título me refiero a una diversidad de libros en los cuales quienes los escribieron dejaron recogidos sus sentimientos y su actitud ante la muerte.

Son libros en los que se analiza la muerte del padre o de la madre del autor; de un hijo/a; del esposo/a. En otros casos quien escribe, en un momento de una grave enfermedad, es conocedor de su muerte en un futuro inmediato (entre seis meses y dos años). Otras veces se trata de muertes sobrevenidas por accidente, por enfermedad (cáncer en la mayoría de los casos) o por autodestrucción, es decir, suicidio.

Presento y analizo algunos de los libros que he leído:

Ordesa (2018), de Manuel Vilas. Libro que me impactó (como a tantos otros lectores) por su forma de redacción, por el sentimiento de pesar que muestra el autor en sus páginas por la muerte de sus padres. Vilas, junto con su hermano, optó por incinerar a sus progenitores tras su muerte. Ese hecho le llevó con posterioridad a lamentar tal decisión. El autor se ve continuamente “invadido” por el  recuerdo de momentos pasados junto a su padre y a su madre. Es tras su muerte cuando su ausencia y el cariño que sentía por cada uno de ellos se hace más presente, cuando el amor y el  recuerdo llenan su mente. El libro es un canto al recuerdo de sus padres, al cariño que no les expresó en vida; es también una reflexión sobre la vida. “Mis padres ya no existen, pero existo yo, y me marcho en cinco minutos.”; “Desde que no bebo alcohol me he reencontrado con un hombre que no conocía. A veces me araño las manos, me pellizco los dedos con las uñas, para aguantar el aburrimiento y el vacío. Las cosas ocurren lentamente si no bebes. Beber era la velocidad, y la velocidad es enemiga del vacío.”; “Supe que la muerte de una relación es en realidad la muerte de un lenguaje secreto. Una relación que muere da origen a una lengua muerta”;  “Lo que me unía a mi madre era y sigue siendo un misterio que tal vez consiga descifrar un segundo antes de mi muerte”; “Creo en los muertos porque ellos me amaron mucho más que los vivos hoy.”  

El libro no sólo trata el tema de la muerte de sus padres, trata también de su relación con sus dos hijos; su divorcio; su caída en el alcoholismo; su melancolía; la España que le ha tocado vivir. Es un libro triste, pero bello; un libro de una persona que sufre, que aún está en duelo por la muerte de sus padres, porque no la ha superado. Quizás por eso, Vilas, tras el éxito de Ordesa escribió Alegría, que no es un libro alegre, sino la continuación del anterior y su intento de superar la tristeza y de encauzar su relación con sus hijos y con su actual pareja.

Recientemente he leído otro libro que me ha gustado: Tiempo de vida, (2010), de Marcos Giralt Torrente. También en este libro el autor recoge su relación en vida con su padre. Es novela y es la realidad vivida con su padre (pintor de cierta fama y renombre). Los sentimientos de Giralt son de rechazo y crítica a su progenitor por su “ausencia” como padre en muchos momentos de su vida (infancia, juventud, etc.) A medida que pasan los años la relación de Marcos con su padre va mejorando y se implica y vuelca más a raíz de comunicarle a su padre la existencia de un cáncer que inexorablemente le va consumiendo. En esos momentos de enfermedad del padre todo su apoyo es del hijo y no de su pareja que se aparta o inhibe ante la situación. De nuevo el libro es un canto del autor a su padre.

No me gustó el libro La invención de la soledad (1982),  de Paul Auster. Esperaba mucho más de él. De nuevo se trata de un libro que analiza la muerte y la vida de un padre. La primera parte del libro se titula "Retrato de un hombre invisible", la segunda, "El libro de la memoria". Pude leer la primera parte, la segunda se me hizo pesada y aburrida (lo dejé). El libro, como otros, no es sólo una reflexión sobre la muerte, es también un análisis de su propia paternidad, de la literatura, de la soledad, del dinero. En una parte del libro el autor dice: “La vida se convierte en muerte, y es como si la muerte hubiese sido dueña de la vida.

Sí que me gustó, sin embargo, su largo libro 4, 3, 2, 1, aunque su extensión le hace a veces  tedioso y pesado.

Señora de rojo sobre fondo gris (1991), de Miguel Delibes. Siento decir que no es de mis libros favoritos. Conste que me declaro encendido admirador de Delibes. He leído casi la totalidad de su obra: novelas, novela histórica, cuentos infantiles, libros de viaje, libros sobre caza y pesca, defensa de la naturaleza, futbol, libros de artículos, biografías sobre su persona… No, no entiendo que sea “un canto al amor”, como dicen algunas reseñas. Cierto que estuvo profundamente enamorado de su esposa, Ángeles, cuya temprana muerte le sumió en una depresión que vino a ahondar su congénita melancolía. Del libro tomo estas frases que me han gustado: (Al hablar de Ángeles): “Con su sola presencia, aligeraba la pesadumbre de vivir.”; “Cuando ella se fue todavía lo vi más claro: aquellas sobremesas sin palabras, aquellas miradas sin proyecto, sin esperar grandes cosas de la vida eran sencillamente la felicidad.”

El libro, después de describir los estragos progresivos del cáncer, acaba con la muerte de Ángeles y cómo le comunican a Delibes la noticia: “ Ha muerto, dijo (el doctor) […] Ella nos pidió vivir y no hemos sabido complacerla. Lo siento. Se hizo el silencio y cerré los ojos”.

Quizás la esencia de este libro se pueda resumir con las palabras que Carlos Ruiz Zafón escribió en La sombra del viento. “No se muere del todo mientras te recuerden”. Eso hace Delibes en su libro: preservar la memoria de Ángeles, mantenerla viva.

Debo decir que mi libro favorito de Miguel Delibes es La hoja roja (1959). Ese libro contiene también una profunda reflexión sobre la vida, la forma de llegar a la vejez y el momento, del cual estamos avisados, de que la muerte puede estar cerca (nos lo avisa el instante en que, como en aquellos librillos de papel de fumar, aparecía una hoja roja que indicaba: “Este librillo está a punto de acabarse”. 

Escribe Delibes en el libro: “La jubilación era la antesala de la muerte.” (personalmente nunca he estado de acuerdo con esa frase); “La vida era una sala de espera y que todos andamos aguardando, intentando distraernos, y no atendemos cada vez que dicen: «¡El siguiente!», porque nos asusta pensar que un día el siguiente seremos nosotros.”

Patrimonio: una historia verdadera (1991), de Philip  Roth. He leído dos veces este libro, por recomendación de mi amigo Jon Sigurdur, y en la segunda lectura no recordaba nada de la primera, lo cual indica lo desmemoriado que soy y el nulo impacto que el libro causó en mí. Quizás no sé valorar el talento de este escritor. 

Es éste un nuevo libro donde el autor evoca la enfermedad (un tumor cerebral) de su padre, de 86 años. Roth se debate entre decirle la verdad de la gravedad de su estado o no. “Me resultaba espantoso no ser capaz de creer mis propias palabras, pero no sabía qué otra cosa decir”.

Del libro tomo estos fragmentos: “La muerte de uno de los padres es siempre algo horrible. Cuando murió mi madre  -dijo ella-, no esperaba sentirme como me sentí. La mitad de tu vida, o más, se va. Te sientes tan pobre, sabes: una persona que me ha conocido todos estos años…”; “¿Cómo iba a negarle la máquina, si con ella se ponía fin a su asombrosa batalla por respirar? ¿Cómo iba a tomar yo la decisión de que mi padre fuese apartado de la vida, esa vida que sólo una vez conocemos? Lejos de invocar el testamento vital, estaba a punto de ignorarlo y decir: “¡Haga usted lo que sea, haga usted lo que sea!”

El año del pensamiento mágico (2005), de Joan Didion. Narra la escritora la doble tragedia que en poco tiempo asoló su vida: la enfermedad de su hija adoptiva, Quintana, y la súbita e inesperada muerte de su esposo por un fallo cardíaco. Didion escribe para comprender, para asimilar lo que le ha sobrevenido en su vida. Recuerda tiempos pasados con intención de salvar lo mejor de lo vivido con los seres queridos que ha perdido.

Me gustan estos textos cogidos del libro de Joan Didion: “Las personas que acaban de perder a alguien tienen una mirada que quizás sólo reconozcan los que han visto esa mirada en su propio rostro. Yo la he visto en mí y ahora la veo en otros. Es una mirada de extrema vulnerabilidad, desnudez y sinceridad […] Las personas que han perdido a alguien parecen desnudas porque ellas mismas se creen invisibles. Yo misma me sentí invisible durante un tiempo, incorpórea..”; “El duelo visible nos recuerda la muerte, algo que se interpreta como anormal, como un fracaso en el manejo de una situación. "Te falta solo una persona, y el mundo entero está vacío.”; “Somos imperfectos mortales, conscientes de nuestra mortalidad aun cuando tratemos de eludirla, vencidos ante nuestra propia complejidad, tan acorralados que cuando nos dolemos por los que hemos perdido, también nos dolemos, para bien o para mal, por nosotros mismos. Por lo que fuimos. Por lo que ya no somos. Por la nada absoluta que un día seremos.”; “Sé por qué intentamos mantener con vida a los muertos: intentamos mantenerlos con vida para tenerlos con nosotros. También sé que si queremos seguir vivos llega un momento en que tenemos que dejar ir a los muertos, dejarlos ir, dejarlos muertos.”

El libro La última lección (2008), de Randy Pausch, lo leí en mi pantalla del ordenador. Lo descargué en formato pdf. Es un libro corto y se lee de forma fácil. 

Este escritor, profesor universitario y creativo  de realidad virtual, casado y padre de dos hijos sabe que va a morir. Una vez más el cáncer (de páncreas en su caso) es el verdugo que va poner fin a su vida en un corto plazo de tiempo. Decide vivir el tiempo que le queda disfrutando con su familia y dejar escrito para sus hijos un mensaje de felicidad. Recuerda todo lo vivido y valora todo lo conseguido en su vida. En su universidad, impartió una conferencia: esa “Última lección” en que rememoró sus años de infancia y juventud, cuáles eran sus sueños y cómo logró hacerlos realidad. Todo el libro contiene positividad y la transmite al lector.

Estos pasajes que son un canto a la vida y a la alegría de vivir: “No se trata de con cuánta fuerza golpeas, sino con cuánta fuerza resistes un golpe y continúas en movimiento.”; “Sólo quiero que sepas que es maravilloso estar vivo y en este lugar ahora mismo: vivo y contigo […] Así que hoy, en este preciso momento es un día maravilloso. Y quiero que sepas cuánto lo disfruto” (palabras dedicadas a su mujer al conocer que el tratamiento contra el cáncer no había resultado efectivo y que tenía once tumores en su páncreas); “No sé cómo no divertirme. Estoy a punto de morir y me divierto. Y continuaré con mi diversión a lo largo de cada día que me reste de vida, porque para mí no hay otra manera de hacerlo.”; “Me estoy muriendo y he escogido estar alegre. Hoy, mañana y los días que me queden.”; 

Mortal y rosa (1975), de Francisco Umbral. Me llama la atención una cita que Umbral coge del escritor Paul Éduard: “El muerto que seré se asombra de estar vivo”.

Pongo esta novela entre las “leídas” y no es cierto. No he leído esta novela, he saltado apresuradamente sobre sus páginas. Resulta que Francisco Umbral como hombre y como escritor me resultaba pesadísimo. Sí, admito que dominaba la prosa poética, pero su lectura me cansaba, me perdía en sus páginas, en sus descripciones, personajes, situaciones, disquisiciones… Soy incapaz de leer de forma continuada sus libros. Sin embargo, el tema de Mortal y rosa me resulta desolador: la muerte por leucemia de su único hijo, Pincho, a la edad de seis años. Ese hecho trágico, brutal, insoportable puede explicar toda la amargura y mal carácter de Umbral. ¿Quién se sobrepone a un hecho de tal categoría?

Pero su novela no es sólo la muerte de su hijo; todo el escritor, su laberinto y caos mental están presentes en el libro. Del mismo cojo las siguientes frases: “Al hijo lo perderemos siempre, en la vida o en la muerte. Mas nadie podrá quitarme el turbión de frescura, la ráfaga, la dimensión desgarradora y clara que él le dio al mundo, de pronto, y me dio a mí. El hijo es un relámpago de futuro que nos deslumbra un momento. Por él, por mi hijo, he visto más allá, más adentro y más lejos, y quizás -ay- eso basta. [...] La felicidad es algo que ocurrió una vez.”; “Hay que beber a morro del dolor, como se bebe de las férreas fuentes. Que esta carne de luz empape toda la sombra. Hay que baldear hasta el fin el ciego enlagunamiento de la sangre. Hay que agotar el mal, el sufrimiento, no en pequeños sorbos, no en tragos cobardes, sino seguido y hasta lo hondo, que luego queda un fuego neutro, una nada, y sólo resta, por fin, la loza simple de la vida. Voy hasta el final de mi dolor, hago todo el recorrido, bebo de mí mismo, sacio una sed de sufrimiento que estaba en mí y yo no conocía.”; “Tu muerte, hijo, no ha ensombrecido el mundo. Ha sido un apagarse de luz en la luz. Y nosotros aquí, ensordecidos de tragedia, heridos de blancura, mortalmente vivos.”; “He conocido la única verdad posible: la vida y la muerte -tan vivida previamente- de mi hijo, y sin embargo he optado o estoy optando por el engaño, por el autoengaño, de modo que seré inauténtico para siempre. No creáis nada de lo que diga, nada de lo que escriba.”



Paula (1994), de Isabel Allende, es un libro que me conmovió, me llegó a lo más profundo. De nuevo es un libro sobre la pérdida de un hijo, la hija de Isabel Allende. De ella he leído también casi toda su obra y la he disfrutado (tan sólo dejé sin leer dos o tres libros de literatura juvenil). Para mí Isabel Allende es una gran fabuladora (a veces me recuerda a Gabriel García Márquez), admiro su obra y sus  novelas.

La lectura de Paula me dejó un regusto amargo. En ciertas partes del libro creí que la escritora estaba utilizando la enfermedad de su hija como excusa de creación literaria. No, no creo que fuese así. Cómo no creer en el profundo dolor y desesperación de una madre ante el coma y progresivo deterioro de su hija enferma de porfiria. La agonía de Paula es la agonía y sufrimiento de una madre.

Estos fragmentos del libro nos transmiten la belleza del libro así como el dolor de una madre por la muerte de su hija: “¿Qué hay al otro lado de la vida? ¿Es sólo noche silenciosa y soledad? ¿Qué queda cuando no hay deseos, recuerdos ni esperanzas? ¿Qué hay en la muerte? Si pudiera permanecer inmóvil, sin hablar ni pensar, sin suplicar, llorar, recordar o esperar, si pudiera sumergirme en el silencio más completo, tal vez entonces podría oírte, hija.”; “El dolor es inevitable en el paso por esta vida, pero dicen que casi siempre es tolerable si no se le opone resistencia y no se agregan miedo y angustia.”; “Silencio antes de nacer, silencio después de la muerte, la vida es puro ruido entre dos insondables silencios.”

Martes con mi viejo profesor (1997), de Mitch Albom. Es la historia real de este escrito norteamericano. Un día ve por televisión que su antiguo profesor de sociología en la universidad, Morrie Schwartz, que tanto le ayudó y animó, padece ELA, una enfermedad degenerativa. Se decide a llamarlo y tienen una serie de encuentros los martes en que hablan del estado del mundo  y la necesidad de los humanos de dar y recibir amor, cómo aprender a envejecer, evitar la autocompasión, cómo hacer que perdure el amor, etc.

Estas son algunas de las frases de Mitch y de Morrie en el libro: “Tienes que encontrar lo que hay de bueno, de verdadero  y de hermoso en tu vida tal como es ahora”; “Sin amor, somos pájaros con las alas rotas”; “Aprende a morir y aprenderás a vivir”.

Lo que fuimos (2017), de Golnaz Hashemzadeh Bonde. No sé lo que este libro pueda tener de autobiográfico pero la historia de Nahib, profesora, huida de Irán, luchadora feminista que ha sufrido malos tratos en su matrimonio, resulta totalmente creíble. Su médico le da la noticia de que le queda poco tiempo de vida debido a una enfermedad incurable. La protagonista reflexiona sobre su vida, su lucha por la libertad, los derechos de las mujeres, su tempestuosa relación con su marido, su relación afectiva con su hija. Se pregunta qué quedará de ella tras su muerte. Su hija Aram le da la noticia de su embarazo, así pues Nahib morirá, pero de alguna forma se perpetuará en la nieta que está a punto de llegar (algo muere y algo nace: el ciclo de la vida).

Las reflexiones contenidas en el libro son de calado: "Siempre he creído, siempre he pensado, que soy más fuerte de lo que la gente imagina. Pero ahora es al revés. Los demás me ven como a una superviviente, pero se equivocan. Estoy muy asustada, me da mucho miedo la muerte. Estoy más asustada que nunca, más aterrorizada de lo que creía posible. Pensaba que la muerte sería algo rápido y violento. Una bala en la cabeza, un accidente en coche, una bofetada, un porrazo y adiós. Estaba preparada para algo así, pero no para esto. No para esperar. Y esperar…”;  “Siempre he llevado mi muerte a cuestas. Puede que sea un comentario muy trillado, una observación propia de los moribundos. Pero yo soy distinta a los demás, en eso y en todas las otras cosas; o, por lo menos, me gusta pensarlo. Y lo pienso, sinceramente. […] El tiempo que vivíamos era prestado. Se suponía que no teníamos que estar vivos.”; “Me sentía agitada. Atrapada. Sí, me he sentido muy a menudo prisionera en mi propio hogar, en mi propia mente. Y ahora estoy encarcelada en este cuerpo enfermo."

Hay muchos otros libros que no he leído aún y que lo haré en el futuro, sin prisas, poco a poco: Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnet (sobre el suicidio de su hija); Di su nombre, de Francisco Goldman (tras la muerte de su mujer en un accidente el autor reflexiona sobre su vida con ella); La hora violeta, de Sergio del  Molino (¿cómo asimila un padre la muerte de su hijo?, ¿Es posible?); También esto pasará, de Milena Busquets (la pena de una hija tras perder a su madre: «El dolor y la pena pasarán, como pasan la euforia y la felicidad.»; La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero (la vida de Marie Curie y la muerte del marido de la escritora); De vidas ajenas, de Emmanuel Carrére (sobre el dolor de unos padres por la muerte de su hijo y sobre la muerte de una mujer joven para sus hijos y su esposo); Las intermitencias de la muerte, de José Saramago; El refugio de la memoria, de Tony Judt; Vivir hasta despedirnos, de Elisabeth Kübler-Ross; Cuando el final se acerca, de Kathrin Mannix; Arenas movedizas, de Henning Mankell; Una pena en observación, de C.S. Lewis (sobre la pérdida de su esposa).

La mayoría de los libros sobre el duelo comparten sentimientos tratados: dolor, impotencia, incredulidad, soledad, tristeza, depresión, recuerdos, (a veces) remordimientos, esperanza, deseos de sobreponerse, amor, búsqueda de nuevos objetivos, valoración de los momentos compartidos en el pasado…

¿Por qué leo estos libros? Porque me ayudan a entender las relaciones humanas, el alma compleja de los hombres, el modo de afrontar la pérdida de un ser querido, cómo viven otras personas el duelo y porque me sirven de preparación: también yo -como Eloy, el personaje de Delibes- siento que me ha salido la hoja roja en el librillo de la vida.

domingo, 1 de noviembre de 2020

Alerta para las mujeres por Jon Sigurdur


 

El ex de mi mujer es de Antequera

pero ahora vive en Ojalá que me quiera

y como yo soy de ¿Y si le quisiera? 

en la provincia de Hasta que me muera

somos paisanos.


Tenemos pasaportes parecidos

rojos por fuera 

y con visados por dentro


de la aduana de Paraguay

Uruguay

y Qué guay


de Afganistán

Kazajistán

y Qué buenas están


de Honduras 

Guatemala

y ¡Ay! qué mala



de Sudáfrica

Eritrea

y Ay qué fea


de España 

Alemania

y a ver si me engaña


de EEUU de América

y la Mejor amiga de Érica


de Kosovo,

Países Bajos

Burkina Faso

y No me hace caso


de Territorios Palestinos,

San Marino, 

Reino Unido,

y del Quinto pino


así que, mujeres,

os alerto sobre los hombres:

antes de abrir el paso para ellos

abrid los pasaportes y ved los sellos.

Vino por Jon Sigurdur


Amo el momento como el enólogo la uva 


Me encanta pisarlo con mis pies desnudos, 

sentir el mosto cuando deja el vientre de la madre


Me gusta creer que tienes los pies limpios 

cuando pisamos los mismos instantes


y que las pisadas que mellan mis plantas sean aviso de nuestra madre 

que sigue siendo salvaje


amo la memoria como el enólogo al vino


me gusta sentirlo y saborearlo como si fuese el sudor del tiempo 

con sabor a tus pisadas

en senderos sureños.

Algo contigo por Raúl Góngora


(cantado) ☝¿Hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo?

¿Es que no te has dado cuenta de lo mucho que me cuesta ser tu amigo?☝


   — ¿De verdad, Anabel, no me lo vas a contar? Llevamos aquí día y medio, los dos sabíamos desde jóvenes que tarde o temprano nos veríamos aquí, tal vez haya sido demasiado pronto ¿no crees? El caso es que tú sabes porque estoy aquí, lo sabías desde aquella noche que dormimos en las faldas del Veleta, pero por más que intento pensar en algo extravagante o rebuscado no puedo adivinar ni suponer por qué estás tú aquí tan pronto.

Lo último que supe de ti es que por fin te habías decidido con Juan, ya era hora, eso llevaba ya muchos años a fuego lento y al final los guisos de deshacen y pierden su fuerza si se cocinan demasiado.

Anabel desvió rápido la mirada de los ojos de Héctor en un vano intento de que no se notara el acierto directo que éste había tenido al meter a su amado universal Juan en la conversación sobre los porqués.

   — ¡Hostias, hostias, te pillé! Lo sabía, sabía que tarde o temprano tu causa para el hospedaje gratuito en este antro eterno sería el mal de amores (o el bien de ellos, según quien los mire). Venga Anabel, nos conocemos de toda la vida. Empecemos de nuevo. Mírame a los ojos y sácalo.

    — ¡Joder Héctor contigo no se puede una guardar nada! Detective tendrías que haber sido. ¿No tienes hoy aquí más calor que otros días?

    — No me cambies de tema, Anabel. Si, hace más calor, pero es que está entrando bastante carne nueva estos días y están echando a arder al fuego final a una partida de condenados históricos que ya se habían arregostado demasiado al calor del infierno.

   — Mira Héctor, han sido muchos…muchos años ¿recuerdas? Desde que te dije que me gustaba Juan. Estos dos últimos años, comenzó a contestar más a menudo mis charlas; whataspps, privados en Facebook, en fin. El caso es que, flipauras del destino, yo estaba por segunda vez en mi vida, intentando visitar las miles de recomendaciones de la ciudad de Nueva York que no pude ver en mi primer viaje y vi que su empresa estaba teniendo un simposio sobre nuevas tecnología y sus beneficios en el sector turístico en la misma Nueva York. Aluciné al saber que estaba allí. 

Ahora viene la parte “más bonita” de la historia, Héctor. Como sabes, te he hablado muchas veces de, por extrañezas inexplicables, a los dos, a Juan y a mí, nos gustaba de siempre la película “Algo Para Recordar” la de Tom Hanks y Meg Ryan y su famosa escena final en el Empire Street. Pues le planteé que podríamos recrearla, y después de muchos años, vernos en las alturas. Le encantó. Quedamos esa misma noche a las ocho allí. ¡Aiiinnsss! -Suspiró Anabel con fuerza.

   — Sigue, sigue, me tienes intrigadísimo! –le dijo Héctor con los ojos como platos de atención máxima.




Él estaba ya allí, subido en el bordillo que rodea la terraza, ese en el que se sube un pelín la gente para asomarse y comprobar la altura del asunto, con una rosa blanca en la mano. Yo salí directamente del ascensor y sin titubear ni un solo paso me fui hacía él, le brillaban los ojos a distancia de la emoción. Me subí al bordillo, cogí la flor, le arreé uno de los mejores besos que he dado jamás a nadie y le empujé fuertemente edificio abajo. Bajé, me senté junto a ese pudding de sesos, huesos y sangre que se formó junto al borde de la acera y con mi rosa blanca siempre en la mano esperé que llegase la policía y fin. Aquí estoy Héctor. Lo de la inyección lo pedí yo mismo. Juicio rápido y fin. Le dije al juez que me encantó lo que hice, que lo volvería a hacer por muchos años que me tuvieran vestida de naranja y que no me iba a arrepentir jamás. 

Héctor permaneció unos segundos con los ojos como platos y una sonrisa extraña, como de complicidad sumisa. 

   — ¿Has alucinado, eh? Ahora tú, cuéntame, aunque te he puesto el listón muy alto ¿eh?

   — Vas a alucinar tú también. Hace unas tardes me llamó Juan todo ilusionado, que había quedado contigo para una especie de reencuentro tras muchos años de tensión amatoria no resulta. Me alegré por los dos y le dije ve sin falta, no te arrepentirás jamás. Lo clavas si le llevas una rosa blanca, son sus favoritas. Suerte Juan. 


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