domingo, 1 de noviembre de 2020

Alerta para las mujeres por Jon Sigurdur


 

El ex de mi mujer es de Antequera

pero ahora vive en Ojalá que me quiera

y como yo soy de ¿Y si le quisiera? 

en la provincia de Hasta que me muera

somos paisanos.


Tenemos pasaportes parecidos

rojos por fuera 

y con visados por dentro


de la aduana de Paraguay

Uruguay

y Qué guay


de Afganistán

Kazajistán

y Qué buenas están


de Honduras 

Guatemala

y ¡Ay! qué mala



de Sudáfrica

Eritrea

y Ay qué fea


de España 

Alemania

y a ver si me engaña


de EEUU de América

y la Mejor amiga de Érica


de Kosovo,

Países Bajos

Burkina Faso

y No me hace caso


de Territorios Palestinos,

San Marino, 

Reino Unido,

y del Quinto pino


así que, mujeres,

os alerto sobre los hombres:

antes de abrir el paso para ellos

abrid los pasaportes y ved los sellos.

Vino por Jon Sigurdur


Amo el momento como el enólogo la uva 


Me encanta pisarlo con mis pies desnudos, 

sentir el mosto cuando deja el vientre de la madre


Me gusta creer que tienes los pies limpios 

cuando pisamos los mismos instantes


y que las pisadas que mellan mis plantas sean aviso de nuestra madre 

que sigue siendo salvaje


amo la memoria como el enólogo al vino


me gusta sentirlo y saborearlo como si fuese el sudor del tiempo 

con sabor a tus pisadas

en senderos sureños.

Algo contigo por Raúl Góngora


(cantado) ☝¿Hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo?

¿Es que no te has dado cuenta de lo mucho que me cuesta ser tu amigo?☝


   — ¿De verdad, Anabel, no me lo vas a contar? Llevamos aquí día y medio, los dos sabíamos desde jóvenes que tarde o temprano nos veríamos aquí, tal vez haya sido demasiado pronto ¿no crees? El caso es que tú sabes porque estoy aquí, lo sabías desde aquella noche que dormimos en las faldas del Veleta, pero por más que intento pensar en algo extravagante o rebuscado no puedo adivinar ni suponer por qué estás tú aquí tan pronto.

Lo último que supe de ti es que por fin te habías decidido con Juan, ya era hora, eso llevaba ya muchos años a fuego lento y al final los guisos de deshacen y pierden su fuerza si se cocinan demasiado.

Anabel desvió rápido la mirada de los ojos de Héctor en un vano intento de que no se notara el acierto directo que éste había tenido al meter a su amado universal Juan en la conversación sobre los porqués.

   — ¡Hostias, hostias, te pillé! Lo sabía, sabía que tarde o temprano tu causa para el hospedaje gratuito en este antro eterno sería el mal de amores (o el bien de ellos, según quien los mire). Venga Anabel, nos conocemos de toda la vida. Empecemos de nuevo. Mírame a los ojos y sácalo.

    — ¡Joder Héctor contigo no se puede una guardar nada! Detective tendrías que haber sido. ¿No tienes hoy aquí más calor que otros días?

    — No me cambies de tema, Anabel. Si, hace más calor, pero es que está entrando bastante carne nueva estos días y están echando a arder al fuego final a una partida de condenados históricos que ya se habían arregostado demasiado al calor del infierno.

   — Mira Héctor, han sido muchos…muchos años ¿recuerdas? Desde que te dije que me gustaba Juan. Estos dos últimos años, comenzó a contestar más a menudo mis charlas; whataspps, privados en Facebook, en fin. El caso es que, flipauras del destino, yo estaba por segunda vez en mi vida, intentando visitar las miles de recomendaciones de la ciudad de Nueva York que no pude ver en mi primer viaje y vi que su empresa estaba teniendo un simposio sobre nuevas tecnología y sus beneficios en el sector turístico en la misma Nueva York. Aluciné al saber que estaba allí. 

Ahora viene la parte “más bonita” de la historia, Héctor. Como sabes, te he hablado muchas veces de, por extrañezas inexplicables, a los dos, a Juan y a mí, nos gustaba de siempre la película “Algo Para Recordar” la de Tom Hanks y Meg Ryan y su famosa escena final en el Empire Street. Pues le planteé que podríamos recrearla, y después de muchos años, vernos en las alturas. Le encantó. Quedamos esa misma noche a las ocho allí. ¡Aiiinnsss! -Suspiró Anabel con fuerza.

   — Sigue, sigue, me tienes intrigadísimo! –le dijo Héctor con los ojos como platos de atención máxima.




Él estaba ya allí, subido en el bordillo que rodea la terraza, ese en el que se sube un pelín la gente para asomarse y comprobar la altura del asunto, con una rosa blanca en la mano. Yo salí directamente del ascensor y sin titubear ni un solo paso me fui hacía él, le brillaban los ojos a distancia de la emoción. Me subí al bordillo, cogí la flor, le arreé uno de los mejores besos que he dado jamás a nadie y le empujé fuertemente edificio abajo. Bajé, me senté junto a ese pudding de sesos, huesos y sangre que se formó junto al borde de la acera y con mi rosa blanca siempre en la mano esperé que llegase la policía y fin. Aquí estoy Héctor. Lo de la inyección lo pedí yo mismo. Juicio rápido y fin. Le dije al juez que me encantó lo que hice, que lo volvería a hacer por muchos años que me tuvieran vestida de naranja y que no me iba a arrepentir jamás. 

Héctor permaneció unos segundos con los ojos como platos y una sonrisa extraña, como de complicidad sumisa. 

   — ¿Has alucinado, eh? Ahora tú, cuéntame, aunque te he puesto el listón muy alto ¿eh?

   — Vas a alucinar tú también. Hace unas tardes me llamó Juan todo ilusionado, que había quedado contigo para una especie de reencuentro tras muchos años de tensión amatoria no resulta. Me alegré por los dos y le dije ve sin falta, no te arrepentirás jamás. Lo clavas si le llevas una rosa blanca, son sus favoritas. Suerte Juan. 


Cuando me despierto por Robert Andrews

Fue un accidente, ¿no?


Poco a poco abro mis ojos de un sueño y estiro mi brazo para tocarte, mi esposa, pero no estás ahí. Estoy solo. Mis ojos se abren en un instante, y mi corazón late rápidamente. Es real, sudeció. Anteayer éramos una familia perfecta: papá, mamá, niños. Regresabas a casa del trabajo, estaba oscuro, lloviendo. Tenías que cruzar el paso a nivel, lo habías hecho cientos de veces. 
¿Por qué no viste el tren? 

Sé que estabas tan triste, deprimida por la muerte de tu madre el pasado y que te fue difícil hacerle frente. Acababas de volver del trabajo. 

¿Estabas pensando en ella?

Fue un accidente, ¿no? 

No podemos vivir sin ti... espérame, espéranos. 

Y es ahora, cuando me despierto, cuando mi pesadilla comienza. 

Me gusta leer por Juanjo Zafra Díaz

 

Me gusta leer.


Seré un poco más concreto, me gusta leer tranquilo. Sin ruidos que me distraigan. Con la luz justa para ver, que no me haga entrecerrar los ojos. Tapado con una manta o con la enagua para estar calentito y cómodo. En definitiva, me gusta “leer a gusto”.

Pero este sábado eso estaba resultando muy difícil.

Había mucho bullicio en la casa, todos iban de arriba para abajo, haciendo mucho jaleo, y en el salón, donde yo me había establecido esa tarde, era imposible estar tranquilo. Así que decidí cruzar toda la casa y refugiarme en la otra casa, que está al final de la cochera, en el punto más alejado.

Le decimos la otra casa, aunque no son más que un par de habitaciones y un salón cocina, de esos que se acostumbraban a construir hace algunos años. Hay una gran estantería junto a la encimera donde descansan más de ciento cincuenta libros acumulando polvo, que mis padres han ido coleccionando a lo largo de los años. Frente a la biblioteca, al otro lado de la habitación, hay otra estantería de idéntico tamaño que, en lugar de libros, contiene fotografías de familiares lejanos y recuerdos de celebraciones. La mayor parte de las fotografías que reposan en los estantes muestran niños en edad de realizar la primera comunión o durante ese mismo día. Un par de sillones escoltan un hogar de ladrillo visto donde, cuando esta no era la otra casa, una hoguera repartía calor por toda la habitación.

Me acerqué a la ventana y subí un poco la persiana, tomé asiento en uno de los butacones y retomé mi libro desde donde lo había dejado hacia unos instantes. Aunque ya estaba muy metido el otoño, la temperatura del ambiente era muy agradable, así que prescindí de mi habitual manta.

A la derecha del hogar esta la entrada que accede al pasillo, donde se encuentran dos puertas en la pared izquierda que dan a un par de habitaciones, y un cuarto de baño al final del pasaje. No hay luz en ese pasillo, salvo por un minúsculo tragaluz que deja en penumbra el corredor dándole un aspecto tétrico. La primera puerta conduce a un pequeño dormitorio donde hay una antigua cama con un cabecero de hierro cromado algo desgastado por el paso de los años. Junto a la cama hay un baúl de madera, cuyo color azul persiste en algunos trazos de pintura que han sobrevivido al paso del tiempo, y a la izquierda de la puerta hay un armario que abarca toda la pared. En la puerta del armario hay un espejo desde donde se refleja la poca luz que logra pasar por los agujeros de la persiana, que siempre permanece bajada en esta habitación.

La segunda habitación está cerrada con candado desde hace muchos años. Nunca he sabido que hay dentro, y la verdad tampoco me ha interesado lo suficiente para preguntar. No suelo visitar esta parte de la casa muy a menudo salvo cuando busco tranquilidad.

Finalmente, tras una media hora de lectura, finalicé la novela que estaba leyendo. Siempre que termino un libro lo cierro y lo dejo reposar un poco en mí, reflexionando brevemente. El silencio de la habitación se veía interrumpido por el jaleo que había al otro lado de la casa, lo que indicaba que mis padres aún seguían muy ocupados, por lo que me decanté por buscar una nueva víctima en la estantería y de este modo mantenerme alejado del alboroto.

Repasé con el dedo el lomo de varios libros con títulos que ya conocía, y algunos que me eran totalmente nuevos. Una ráfaga de aire bajó por la chimenea y movió la puerta produciendo un chirrido que me erizó la piel. Me giré por que sentí una presencia en la habitación y permanecí un momento mirando fijamente la habitación.

Quizá la butaca estaba un poco más girada hacia el hogar.

Quizá la puerta del pasillo estuviese algo más abierta.

Quizá una pequeña ráfaga de aire me había asustado.

Definitivamente opté por la última opción.

Seguí con mi proceso de selección de libros y finalmente me detuve en un libro pequeño del segundo estante empezando desde abajo que llamó mi atención. No tenía título y era de un color violáceo algo oscuro y gastado por la acumulación de polvo y el desuso. Lo saque y lo sostuve en mis manos unos segundos estudiándolo detenidamente. En la portada tampoco había ningún título, y de la parte de abajo se dejaba caer un pequeño separa páginas de tela roja. El viento volvió a agitar la puerta, abriéndola un poco más y dejando que la bulla que tenían montada mis padres pasase a través de ella. Me acerqué a echar un vistazo afuera, y al ver solo la enorme cochera vacía la cerré totalmente y me senté de nuevo en el sillón.

Abrí el libro por la primera página donde por fin, en la parte superior, encontré un título para el ejemplar. “Diario de Rocío”. Un diario. Que hacia un diario en la biblioteca de la otra casa. Por la letra parecía el diario de una niña entre seis y siete años. La curiosidad ya rebosaba dentro de mí así que pasé las páginas hasta la primera que estaba escrita.

“Hoy es el mejor día de mi vida. Por fin voy a conocer a mis nuevos papis. La hermana Cecilia me ha dicho que son doctores. Que alegría, nunca más me pondré malita, porque ellos me cuidaran mejor que nadie. Y no solo porque sean médicos, también son mis padres. Estoy deseando ver mi nueva casa, y mi nueva habitación. Todo va a ser maravilloso.”

Era el diario de una niña adoptada. Seguí leyendo algunas páginas más donde Rocío relataba su llegada a la casa y como había conocido a su hermano mayor Cristóbal, el hijo de sus padres adoptivos, que era un año mayor que ella. También hablaba de su adaptación a la vivienda y de que sus padres le impartían clase tanto a ella como a su hermano en su propia casa. A medida que avanzaba, la letra era mucho más fácil de entender, y progresaba más rápido con la lectura del cuaderno. Casi nunca hablaba acerca de parques o compras, por lo que supuse que no saldrían mucho. Solían jugar al escondite en la casa, en el patio, en la otra casa…

La otra casa.

Qué curioso. Supuse que Rocío había vivido aquí, en esta residencia. Seguro. Quizá es una prima o tía lejana que pasó un tiempo en la vivienda hasta que mis padres se quedaron con ella. Quizá hasta la conociese, aunque no recordaba a ninguna Rocío en la familia. Me pareció que algo se había movido en el pasillo, así que me levanté dejando el diario apoyado en la butaca y me acerque para ver, pero el pasillo estaba vacío.

Volví a sentarme y continué leyendo

“Hace días que Cristóbal se fue de campamentos. Lo echo de menos. Papa y Mama han estado muy ocupados estos días, y yo me he sentido muy sola. Juego mucho en la otra casa, incluso suelo quedarme dormida en la habitación del espejo. Un día intenté abrir la habitación cerrada, pero es imposible. ¿Qué habrá dentro? Le he preguntado a mamá y me ha dicho que es un almacén donde guardan sus cosas de médicos y que los niños no deben entrar allí. Creo que no me acercaré más. También le pregunté por los niños de las fotos, y me dijo que eran primos y familiares lejanos, y que si me portaba bien y dejaba de hacer preguntas un día iríamos a verlos y pasaríamos el día fuera. Qué ilusión, no volveré a abrir la boca nunca más”

Definitivamente era esta habitación, el mismo sitio donde me encontraba yo ahora mismo. Me levanté fui hacia el estante de las fotos para repasarlas. Todos los ojos de los jóvenes estaban fijos en mí, parecían seguirme. En los recuerdos de comunión ponían fecha y el nombre de los jóvenes que había retratados. Pedro, Alberto, María, Antonio, Sandra, Cristóbal, Silvia… Un momento. Cristóbal. Repasé el diario que había leído hasta entonces, donde la fecha que había escrita en la foto quedaba muy atrás, y releí los pasajes detenidamente hasta llegar al punto donde me había detenido. En ningún momento Rocío mencionó la comunión de Cristóbal, y por lo que había leído de ella en la última hora es un dato que dudo mucho que olvidase resaltar.

La puerta del pasillo se abrió completamente dejando ver todo lo largo del pasadizo y al fondo el cuarto de baño, totalmente blanco, tan blanco, que aún sin tener ventanas reflejaba mucha luz y brillaba por sí mismo. La cortina cubría totalmente la bañera y no dejaba ver su interior, aunque parecía que hubiese una sombra agitándose dentro.

Volví a centrar mi mirada en los retratos hasta encontrar lo que de repente me pareció lógico que estuviese allí. La niña rubia me devolvía la mirada con ojos alegres de un color marrón verdoso. Era preciosa. Sonreía a la cámara con la facilidad que tienen los niños de esa edad, una sonrisa sin ninguna intención, una sonrisa de simple y llana alegría. Sobre la foto se podía leer su nombre y una fecha que deduzco fue cuando realizó el acto sacramental. Me sorprendió ver que en esa fecha nosotros ya estábamos mudados en esta casa.

Abrí el diario de nuevo y continué leyendo:

“Mañana será un día maravilloso. Voy a tener un nuevo hermanito. Esta vez mama y papa han adoptado un bebe, y va a ser genial cuidarlo, y quererlo, y jugaremos juntos, y todo va a ser maravilloso. Viva. Sigo echando de menos a Cristóbal. Aun no vuelve de los campamentos. Mama me ha dicho que pronto yo iré a los campamentos con él. Tengo muchas ganas de verlo y contarle todas las cosas chulas que me han pasado este año. Papa me ha dicho hoy el nombre del niño, y me encanta, estoy deseando que vengas ya pequeño…”

Venga ya. Mi nombre. Leí y releí de nuevo. Si, era mi nombre. Y comparando la fecha del diario podía ser posible. ¿Soy adoptado? ¿Tengo una hermana? Mi cabeza iba a explotar. Volví a repasar las fotos para ver si encontraba alguna con mi nombre, pero no tuve éxito. No me lo podía creer. Era mi nombre… De repente me di cuenta de que el bullicio había cesado. No me había dado cuenta, y no sabría decir cuánto tiempo había pasado. Me acerqué a la puerta y eché un vistazo. La cochera seguía vacía. Cerré la puerta de nuevo y caminé sin darme cuenta hacia el pasillo, cogí el diario de nuevo y me fui a la última página del libro. Necesitaba saber que fue de Rocío, que fue de mi hermana.

“Estoy muy nerviosa. Mama se está retocando en el baño, y yo mientras espero en la salita de la otra casa. Todas las fotos de mis familiares me miran desde el estante. Es normal, estoy guapísima con mi vestido de comunión. He cogido la foto de Cristóbal y la tengo aquí a mi lado mientras escribo. El también hizo su primera comunión antes de irse. En cuanto Papa duerma al pequeño y Mamá termine de arreglarse nos iremos a la iglesia. Además hoy es un día de descubrimientos, por fin he visto lo que hay tras la habitación del candado. Es cierto que es un almacén de cosas médicas. De hecho parece una sala para operar personas. Mamá ha estado preparándola porque va a venir alguien a operarse hoy creo. Tienen un montón de cajas blancas preparadas con bolsas de hielo.”

El diario terminaba ahí. Dejé el diario sobre la butaca y me quedé dubitativo. Un quirófano en casa. Miré hacia el fondo del pasillo y vi que la puerta del candado estaba abierta. Rocío asomaba media cabecita a través del marco. Su pelo rubio caía en cascada hacia el suelo y parecía ser casi transparente. Como toda ella.

Ensimismado me acerqué despacio. Era mi hermana. ¿Había estado ahí todo este tiempo? Quería decirle algo pero no me salían las palabras. Justo cuando estaba cruzando frente a la entrada de la otra habitación, Rocío desapareció al tiempo que la puerta se cerraba de un portazo. Y me quedé allí, de pie, en medio del pasillo. Sin saber qué otra cosa hacer corrí y toqué la puerta del candado, que volvía a estar completamente cerrada y la llamé, pero no obtuve respuesta. ¿Habría sido una alucinación? Era lo más posible.

Me volví hacia el salón cocina, algo confuso, y allí, al final del pasillo, esperaba mi madre de pie, sosteniendo el diario de Rocío en una mano y mirándome con una sonrisa macabra. 


La muerte vive en Edimburgo por Ricardo San Martín Vadillo

 

He visitado muchas veces Edimburgo y la conozco bien pues he viajado allí en múltiples ocasiones. Allí vivió y trabajó mi hijo Diego cuatro años. Durante el tiempo que duró cada una de mis visitas tuve ocasión de descubrir en detalle su historia, sus monumentos y sus lugares  de interés. Es una ciudad donde la muerte está muy presente desde hace siglos.

Tras la jubilación de Dama ésta se incorporó a los viajes periódicos a esa capital para visitar a nuestro hijo. Unas veces él, otras yo hacíamos de guía y enseñábamos a Dama los lugares que tan bien conocíamos. A Dama le encantaban las historias de apariciones y fantasmas.

En las mañanas, después del preceptivo “English breakfast”, nos echábamos a la calle. De los primeros lugares en visitar fue la plaza de Grassmarket. Le contaba yo a Dama:

―En este lugar, hace siglos, la vida era dura y la muerte era un espectáculo. Mira, ese es el pub llamado “The Last Drop”, “La Última Gota”. Los que iban a ser colgados tenían derecho a tomar un último trago antes de subir al patíbulo. Se les concedía irse de este mundo con un oloroso “scotch” en la barriga o una pinta de cerveza. Era un último placer que se otorgaba a los condenados antes de abandonar aquella vida de miserias.

―¿Qué hay de cierto en la historia de una tal Maggie “no sé cuántos” que me apuntó Diego? ―quiso saber Dama.

―Es una historia totalmente verídica. Se desarrolla aquí, en Grassmarket, donde ahora estamos, en 1723. La protagonista se llamaba Maggie Dickson. Resulta que Maggie tuvo un romance con el hijo de un panadero, se quedó embarazada y ocultó su preñez. El niño nació muerto y en su intento se hacer desaparecer el cuerpo fue detenida, juzgada y condenada. En septiembre de 1724 fue ahorcada. Lógicamente la dieron por muerta y se introdujo su cuerpo en el ataúd, que fue llevado a Mousselburgh. Durante el traslado, se oyeron ruidos dentro del féretro.  Resultó estar aún viva. El ahorcamiento no había acabado con ella. Su corazón se había parado, pero durante el traslado volvió a latir. En Edimburgo se refieren a Margaret Dickson como “Half Hang it Maggie”, es decir, “Maggie la medio ahorcada”.

―Escucha ―le digo a Dama―, si te ha sorprendido mi anterior historia, verás cuando oigas esta otra. Se trata de los dos asesinos, William Burke y William Hare, que en 1828, se solían reunir a tomar sus pintas y otros licores espiritosos tras sus fechorías en el pub “The White Hart Inn”, “el pub del ciervo blanco”. Al principio robaban de los cementerios los cadáveres de personas fallecidas para vendérselos a la escuela de medicina de la ciudad, al doctor Knox. Pero las  necesidades de la facultad de medicina era mayores que el número de defunciones, así pues Burk y Hare empezaron a “producir” cadáveres, es decir, mataban a las personas y vendían sus cuerpos para las lecciones de medicina.

―Impactante, ―reconoce Dama― sacar provecho de los muertos. Hace tiempo leí la noticia de que en 2008, el norteamericano Michael Mastromarino se declaró culpable ante un juez de haber traficado con 1.800 cadáveres durante cinco años para extraerles órganos sin permiso de sus familiares. Hay un mercado negro de huesos, tejidos y válvulas cardíacas.

Seguimos paseando por la plaza. Llegamos frente al pub Greyfriar’s, a su lado está el cementerio del mismo nombre. Justo enfrente del pub hay una pequeña efigie en bronce. 

―Anda, una estatua de un perro.  ¿Y eso?, ―quiere saber mi mujer.

―Se trata de Bobby, un perrito skye terrier, ―le explico― su dueño John Gray, era un vigilante nocturno de la policía de Edimburgo. Tenía la costumbre de ir a tomarse su pinta de cerveza al pub siempre a la misma hora, escoltado por su inseparable y fiel Bobby. En febrero de 1858, murió John Gray de tuberculosis y fue enterrado en ese cementerio al lado del pub. El día del entierro, su fiel perrillo Bobby  permaneció junto a la tumba. Le echaron fuera porque la ley no permite que los animales permanezcan en el cementerio. Pero Bobby siguió volviendo al lado de la sepultura de su amo cada día. Así durante catorce años, pues en 1872 murió el mismo Bobby. El alcalde de la ciudad, a petición de la familia de John Gray y de vecinos del barrio, concedió permiso  excepcional para enterrar al chucho cerca de la puerta de entrada del cementerio, no lejos de donde yacía su amo. 


―Un caso de fidelidad canina. Siempre he dicho que los humanos tenemos mucho que aprender del comportamiento de los animales, ―sentencia Dama.

Nuestro paseo prosigue por la animadas calles de Edimburgo. Poco a poco nos dirigimos hasta el parque de Holyrood. Le cuento a Dama, señalando las colinas que se extienden frente a nosotros:

―Estamos a los pies de Arthur´s Seat, ya sabes, el mítico rey Arturo. Se trata de un antiguo volcán extinguido. Aquí, en junio de 1836, unos chicos que habían salido a cazar conejos en las laderas, descubrieron, enterrados en una cueva oculta, 17 ataúdes en miniatura, tallados en madera. Cada ataúd contenía una figura humana ataviada con un par de botas y ropa confeccionada a medida, como una especie de diminutas momias. 

―Ahora que lo mencionas, recuerdo que nuestro hijo Diego ya me habló de este extraño descubrimiento ¿Cuál pudo ser el significado y finalidad de esos ínfimos ataúdes? 

―Cierto o no hay opiniones que relacionan este hecho con las 17 víctimas de los asesinos Burke y Hare, los que te he contado que mataban a conciudadanos para vender los cadáveres a la escuela de anatomía de Edimburgo. Esos pequeños ataúdes se conservan actualmente en el Museo Nacional de Escocia.

Como el día es fresco y la hora lo pide, en un pub cercano entramos y pedimos sendos tés con unas pastas. Después del descanso volvemos caminando al centro.

―Te diré, Dama, que bajo tierra están los muertos, pero en Edimburgo, en el siglo XIX, bajo tierra estaban los vivos. Hay todo un mundo de calles en el subsuelo. Así sucede en Mary King’s Close que hoy en día se puede visitar y nos da una idea de la miseria en la que vivían y morían ciertas familias: entre ratas e inmundicias, sin luz. Condiciones ideales para que la peste matase a innumerables ciudadanos que malvivían en aquellas insalubres condiciones.

―Sí, Diego me ha recomendado realizar una visita guiada. Creo que te trajo aquí en tu primer viaje a esta preciosa ciudad.

Ahora estamos en los cuidados jardines de Princes Street. En lo alto se recorta la recia figura del castillo.

―Ese es otro lugar digno de ser visitado, ―le digo a Dama, mientras señalo al castillo―. Ha conservado todo el encanto y las dependencias de diversas épocas. Hay una leyenda que hace referencia a The  Lone Piper, “El gaitero solitario”. El castillo, erigido en lo alto de esa colina, dominando la ciudad, se asienta sobre una sólida base rocosa. Ésta fue excavada y se construyeron diversos túneles y pasadizos que permitían la huida de quienes lo ocupaban en caso de asedio. Para saber a dónde se dirigían estos pasadizos, se decidió mandar a un gaitero escocés que caminaba por los túneles haciendo sonar su gaita de forma estridente. Otros soldados, desde el exterior, trataban de ir siguiendo el sonido y conocer la dirección por donde transcurrían los pasadizos. Pero el sonido se perdió y el gaitero nunca volvió a emerger de aquellas profundidades. Hay quien dice que a veces aún se oye sonido de una gaita bajo tierra. No puedo decir que en mis dos visitas al lugar haya escuchado la más leve nota de una gaita y mira que son estridentes. 

―Estridentes y pesadas, ―se queja Dama con razón―. Mira, ahí tienes un gaitero, con toda su indumentaria tradicional escocesa y dale que dale a la gaita. Escucharla los cinco primeros minutos es llevadero, luego se convierte en un incordio y termina por ponerte los nervios de punta.

―Totalmente de acuerdo contigo, Dama. Y retomando las historias del castillo, se dice que es lugar por donde vaga el fantasma de un niño tamborilero. El relato nos dice que aquel muchacho comenzó a tocar su tambor para indicar a la tropa que, de forma inminente, iban a entrar en combate. En ese momento se produjo un disparo de cañón del enemigo que arrancó de cuajo al tamborilero su cabeza.

―Muy fantasiosas me parecen las dos últimas historias. Háblame de alguna otra que tenga mayor fundamento histórico, anda.

―De acuerdo. Al parecer sí es real y verídica la historia de Jessie King y su amante, Thomas Pearson. Ambos vivieron en el Edimburgo victoriano, en el barrio de Stockbridge. En esos años finales del siglo XIX las mujeres que tenían un hijo como fruto de sus relaciones sexuales a veces recurrían (si tenían medios económicos) a pagar a una familia que se hiciese cargo del recién nacido y ocultar así la deshonra. Jessie y Thomas habían encontrado un modo de lograr ingresos haciéndose cargo de bebés recién nacidos y cobrando por criarlos en su domicilio. Sucedió un día que unos niños, jugando junto a su casa, descubrieron los restos de un bebé. Llegada la policía, entraron en la casa de esta pareja y hallaron los restos de otros niños que habían sido estrangulados o ahogados. Fueron detenidos, pero Jessie se declaró única culpable en un intento de exculpar y salvar a su amado. Ella fue juzgada, condenada y ejecutada por ahorcamiento el 11 de marzo de 1889. Fue la última mujer a la que se le aplicó la pena de muerte por sus delitos.

Lo mismo que es real y forma parte de la historia de la ciudad, la columna coronada por un unicornio en la plaza que hay junto a la catedral de Saint Gile`s. En ese lugar se llevaba a cabo el castigo a las personas que habían sido pilladas robando. La pena consistía en clavarle la oreja con un clavo a la pared durante veinticuatro horas. Si el ladrón quería marcharse de aquel escenario, debía dar un fuerte y doloroso tirón y rasgar su oreja para quedar libre. A partir de entonces quedaba señalado como delincuente. De ahí procede el término “earmarked” para referirse a algo conocido o señalado.

Y en el cementerio Greyfriars se levanta el mausoleo de George Mackenzie, aquel personaje que encarceló y condenó a los “covenanters” (movimiento religioso). En varias ocasiones, visitantes del mausoleo se han quejado de sufrir arañazos y desmayos. Se llegó a realizar exorcismo en el lugar para librarle de su influencia negativa. Hoy en día está catalogado en nivel 3 (el máximo) de los lugares con actividad paranormal.

―Esos relatos sí parecen tener una plausible credibilidad. Lo mismo que lo que Diego me contó. Me dijo que en 1440, William, el sexto conde de Douglas y su hermano fueron invitados a una cena por el rey Jacobo II. Dado que el clan Douglas era odiado por el poder e influencias que concentraban, durante la cena fueron arrestados por otros nobles, entre ellos Lord Crichton, que a la sazón era canciller real. Fueron juzgados allí mismo y decapitados. Curiosamente durante la cena se había servido una cabeza de toro decapitado que es símbolo de muerte. Así pues, los malos augurios se cumplieron.

―Bien por ti, Dama, veo que te has informado de traiciones y muertes en la corte real. Eso me trae a la memoria otro hecho similar sucedido en marzo de 1566. En dependencias del palacio fue donde lord Darnley, marido de la reina María Estuardo, asesinó a David Rizzio, supuesto amante de su esposa. Durante siglos, las manchas de sangre del suelo de su habitación, testimonio de la tragedia que se había desarrollado, se negaban a desaparecer a pesar de constantes esfuerzos por eliminarlas. Todavía hoy parecen surgir de vez en cuando. 

―¿Sabes lo que me ha llamado la atención cuando paseábamos por los jardines de Princes Street? Esos bancos con sus placas individuales, cada una diferente, ―me comenta Dama.

―Pues sí. Esta es una ciudad que honra a los muertos. Como dices, hay decenas de bancos de madera. Son donaciones de particulares al ayuntamiento de la ciudad. Los familiares de cualquier fallecido corren con los gastos de construcción del banco, fijan una placa de bronce en él con una inscripción que explica que ese banco está ahí en recuerdo de un padre, madre, hermana. marido o esposa. Es una bonita costumbre que cumple con una doble finalidad: recordar a los familiares muertos y proporcionar descanso a los visitantes de los jardines.

―Por cierto, me contó Diego que estos frondosos jardines fueron hace siglos un lago. En  1816 se terminó de drenar el Nor’ Loch y se descubrieron 300 cuerpos, en su mayoría de mujeres. Al parecer, el descubrimiento no sorprendió demasiado, ya que éste era el lugar en el que se arrojaba a las supuestas brujas para saber si realmente lo eran. La prueba era sencilla aunque difícil de superar: les ataban una piedra a manos y pies y las arrojaban a la ciénaga, si conseguían salir a flote eran brujas, si se hundían es que no lo eran. Me pregunto si alguna consiguió salir.

―Ah, pues al parecer sí se salvaron algunas, porque la cantidad de basura que allí había les hacía flotar y otras por sus propias vestimentas.

Por cierto, ahora que nombras a nuestro hijo Diego, aún recuerdo mi primera visita a Edimburgo con él, aquel año de 2009. Fue un invierno inclemente. Mientras él trabajaba en la empresa, yo pasaba la mañana conociendo la ciudad. Por las tardes las horas de luz eran cortas. Nos reuníamos a las siete y media y paseábamos por los “closes” ya en medio de la oscuridad. Juntos recorrimos aquellos tenebrosos pasajes y empinadas escaleras.

Una de las gélidas noches que bajábamos los pinos escalones de aquel callejón que conducía desde Royal Mile a Princes Street y al monumento a Walter Scott, me dijo Diego: 

―Agárrate al pasamanos, los peldaños están resbaladizos y el lugar es peligroso. 

En ese momento vimos aquel grupo de gente: policías, enfermeros y funcionarios; un plástico amarillo tapaba lo que claramente era un cuerpo tendido en el suelo. Nada dijimos, pasamos junto al equipo en silencio, ellos siguieron con su trabajo.

Al día siguiente en las portadas de los diarios vi la noticia: “Encontrado muerto un ciudadano en Advocate´s Close”. Se le había hallado desnucado. La noticia daba como causa probable una caída accidental en aquel pasadizo.

La pobre iluminación y el hielo en los escalones me siguen intimidando en medio de la oscuridad. Uno tiembla de frío en las noches edimburguesas, pero también siente un pellizco de temor y respeto por esos lúgubres pasajes que han contemplado la muerte y que han servido de inspiración para novelas y películas.

―Ya lo creo, Edimburgo es la ciudad que más escritores ha producido por metro cuadrado. En esta ciudad vivieron, entre otros, el filósofo David Hume, en 1751; Robert Burns, de 1759 a 1796, Robert Louis Stevenson, autor de la novela La isla del tesoro, Robert Ferguson, Sir Walter Scott, autor de Ivanhoe, Sir Arthur Conan Doyle, creador de los personajes de Sherlock Holmes y de Watson;  y en la actualidad Ian Rankin, autor de novelas policiacas, y J.K. Rowling, la creadora del personaje de Harry Potter.

Para acabar con el tema de la muerte en esta ciudad, incluso hoy en día la gente convive con los difuntos de una forma natural en Edimburgo. Al lado de la catedral de Saint Giles, está el cementerio del mismo nombre. Allí, pegados a las lápidas de las tumbas, hay al menos tres pubs que sirven comidas y bebidas.

―Cierto, recuerdo que un día que el tiempo lo permitía, comimos allí. Los clientes tomamos nuestras consumiciones en las mesas que están al lado de las sepulturas. Las pintas de cerveza saben allí “divinas de la muerte”.


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