martes, 2 de octubre de 2018

Fantasía estival

por Claudia I. Sánchez



Dentro de un tiempo reencontrado
un festival colorido,
sumergidas en una sinfonía:
el día es noche provocada
y la noche inventada es aventura
de fantasía estival, acaso musical.

lunes, 1 de octubre de 2018

Una vida entre películas

por Ricardo San Martín Vadillo

No puedo decir que la mía sea una vida de película. A mis cincuenta y dos años los cincuenta primeros fueron como los de cualquiera de vosotros. Tan sólo los dos últimos años tienen emoción e intriga. Lo que sí puedo decir es que la mía es una existencia vivida entre películas.

Nacido en un pueblecito del norte de España, mi padre era cartero y además, durante los fines de semana, se  encargaba de manejar la máquina que proyectaba las películas en aquel cine vetusto. El cine Capitol era una sala que olía a viejo. También olía al plástico recalentado por las lentes de aquel proyector de 35mm que hacía un ruido casi como el de un camión mientras giraban las grandes bobinas con las películas.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Adiós, cinema, adiós

por Alfredo Luque

El muchacho había bajado la persiana del ambigú con un golpe casi imperceptible. El último ambigú de los sueños se alzaba entre el mostrador de piedra marrón y el verde y ocre de las paredes que flanqueaban las grandes puertas doradas de la sala. Dentro, las butacas rojas se alineaban en el pasillo interminable, hasta llegar al telón de fondo y a los palcos laterales. El acomodador, un jubilado burlón, curtido en once mil películas,  dormitaba, con la camisa desabrochada, el logotipo colgando y la boca abierta como la de un moribundo en el desierto, retrepado en los asientos del hall con las moscas campando a sus anchas en aquel castillo sin almenas.

¡Apocalipsis no!

por Ruyelcid

- ¿Seguro qué es aquí, Doc?
- Mi máquina no falla, Marty, España, 1499, Casa de Melibea.
- ¿Cómo has dicho que se llama la anciana esa que hay que buscar?
- Celestina la llaman, Marty. Debemos actuar rápido. Como has podido leer en el informe de sucesos, ese finolis inventor de esa ridícula máquina del tiempo de finales del siglo XIX está persiguiendo nuestra misma meta. Pero nuestros cálculos son mucho más exactos y sin tantos traspiés secundarios que los suyos.

Undécima escena

por Mari Carmen Arenas

Así es, Roi, me he enamorado. Hasta las trancas. Lo supe en el momento en que la vi marchar en ese maldito coche. No pude hacer nada para detenerla, estaba tan decidida... Además, ¿Quién soy yo para cortarle las alas? ¿Quién soy yo para poner barreras o límites a sus sueños? Jamás olvidaré éste verano. Ni podré olvidar su risa floja, esa que soltaba después de hacer el amor, o la estela empolvada que dejaba su perfume mezclado con el olor a tabaco.

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