Quijotes desde el balcón

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jueves, 22 de septiembre de 2022

Rafalito Peña (por Ricardo San Martín Vadillo)

 

Conocí a Rafalito Peña al poco tiempo de mi llegada a Alcalá, entre aquel aluvión de caras nuevas. Rafalito me saludó desde su carro de inválido y me dijo en tono desenfadado:

–¡Una hemorragia de satisfacción el conocerte!

Después, fueron muchas las veces en que tuve ocasión de coincidir con él en aquel bar, al final del Llanillo, donde servían un vino de Montilla suave y transparente, acompañado de unas tapas de callos que inundaban de sabor el paladar.

Allí, sentado en su carrito, que era como su trono, Rafalito reinaba en el mundo de “los chinos”:

–¡Tres con las que saques! –decía mientras escondía en su mano izquierda las monedas y daba cortos sorbos de placer al Montilla.

Solía tocarnos a cualquiera del grupo pagar las copas y las tapas, pero si alguna vez perdía y se descubría su envite exclamaba:

–¡Hiotilla, me ha pillao!

Yo, viniendo del norte, no entendía aquella exclamación.

–Hijo de putilla. Eso significa. Es que no te enteras, chico. Claro, como tú hablas tan fino… –me decían los amigos del grupo.

Rafalito Peña se movía en su carro de inválido, pero esa realidad (sobrevenida desde el mismo momento de su nacimiento) no le impedía ejercer de forma eficiente su trabajo: era fotógrafo, pero no fotógrafo de estudio. Rafalito era un cotizado y reconocido fotógrafo deportivo. Pero no os confundáis, no hacía fotos de futbolistas o equipos, de tenistas, altos jugadores de baloncesto… No, su especialidad era la fotografía deportiva de riesgo.

Un día me invitó a su casa, a su estudio, donde en aquellos tempranos años setenta él mismo revelaba sus fotos. Así pude ver sus instantáneas y saber de sus viajes: allí estaban los campeones de fórmula uno, sus adelantamientos imposibles, sus terribles accidentes, sus podios de gloria, todo recogido en color o en blanco y negro por Rafalito. Supe de sus viajes a Mónaco, Silverstone, LeMans, Heckenheim, Long Beach, etc.

Tenía fotos espectaculares de esquiadores descendiendo veloces por las pronunciadas pistas de Sierra Nevada, Chamonix, Val d’Isere, Garmish, Verbier, Lech, etc.

Me enseñó fotos de vértigo, con montañeros colgados en una pared de Nepal. Se reía complacido al ver mi cara de estupor y admiración:

–¡Hiotilla, qué aventura fue el que me pudieran subir hasta aquella roca para tomar mis fotos!

Igual o mayor sorpresa me causaron varias instantáneas de paracaidistas en el momento de saltar desde el avión y otras en pleno descenso:

–¡Pues claro que yo estaba allí! ¿Cómo si no iba a tomar las fotos? Compartí sus emociones: vértigo, miedo, la adrenalina del descenso, la alegría del aterrizaje y, como ves, hice fotos increíbles. 

Ya ves, chico, yo que estoy varado en esta silla he encontrado en mi trabajo la ocasión de sentir y compartir la emoción del riesgo, de la velocidad. Somos nosotros quienes nos ponemos los límites. Mientras viva, quiero sentir, a través de la fotografía, el vértigo de vivir a tope.

Rafalito Peña era vital, positivo, no conocía límites. Así fue su vida mientras ésta duró: una aventura, un reto, un éxito profesional.

Un día me llamó el grupo de amigos y me dijeron que Rafalito había muerto mientras dormía, apaciblemente, lejos del riesgo, en la tranquilidad de su casa y de su cama, junto a su estudio de fotografía en Alcalá.

Hicimos lo que nos tenía dicho mientras tomábamos unas copas de vino de Montilla y las tapas de callos en aquel bar donde solíamos reunirnos cuando no estaba de viaje y descansaba del ajetreo de su vida como fotógrafo de deportes de riesgo: en el féretro metimos, junto a él, una de sus cámaras fotográficas; por si allí arriba (más alto de lo que había subido con los paracaidistas y el avión) practicaban las carreras, el esquí, los saltos imposibles, las escaladas sobre el vacío eterno, para que él los retratase.

–¡Hiotilla, Rafalito, qué tío más audaz!



Le Mans 1979




Catherine Destivelle en la montaña del Annapurna.






Saltos de Esquí en Garmish. Alemania





miércoles, 21 de septiembre de 2022

NO TE DETENGAS (por Alfredo Luque. Poema de Walt Whitman)

 

Walt Whitman (1819 - 1892)











No dejes que

termine el día sin haber crecido un poco,

sin haber sido feliz, sin haber

aumentado tus sueños.

No te dejes vencer por el desaliento.

No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,

que es casi un deber.

No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.

No dejes de creer que las palabras y las poesías

sí pueden cambiar el mundo.

Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.

Somos seres llenos de pasión.

La vida es desierto y oasis.

Nos derriba, nos lastima,

nos enseña, nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia.

Aunque el viento sople en contra,

la poderosa obra continúa:

Tu puedes aportar una estrofa.

No dejes nunca de soñar,

porque en sueños es libre el hombre.

No caigas en el peor de los errores: el silencio.

La mayoría vive en un silencio

espantoso.

No te resignes.

Huye.

«Emito mis alaridos por los

techos de este mundo»,

dice el poeta.

Valora la belleza de las cosas

simples.

Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,

pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.

Eso transforma la vida en un

infierno.

Disfruta del pánico que te provoca tener la vida por delante.

Vívela intensamente,

sin mediocridad.

Piensa que en ti está el futuro

y encara la tarea con orgullo y sin miedo.

Aprende de quienes puedan enseñarte.

Las experiencias de quienes nos precedieron

de nuestros «poetas

muertos»,

te ayudan a caminar por la vida

La sociedad de hoy somos nosotros:

Los «poetas vivos».

No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas …

Mi investigación, mis informantes y yo (por Jon Sigurdur)

 

Hay personas que no saben tomar la vida en serio. Son capaces de estar tocando música o escribiendo poesía mientras el fuego convierte Roma en ruinas. No pueden contar noticias de sus amigos y familiares sin imitarlos, burlándose de ellos y adornando los acontecimientos con chascarrillos. Para esta gente, cada anécdota les aporta bastante inspiración para hacer, por lo menos, una canción o en algunos casos una ópera entera. Basta con cambiar una bombilla en una farola de su pueblo para que ellos se pongan a producir un musical sobre el suceso. Son incapaces de escribir un informe oficial sin llenarlo con chistes y burlas. 


A lo mejor ese defecto no se debe a una inmadurez, sino a una búsqueda por la felicidad, la cual, para esta gente, consiste en ser como un niño con zapatos nuevos. Por eso, a menudo parecen borrachos en los ojos ajenos o drogados o simplemente mentecatos. Sin embargo, a veces pueden dar la impresión de que son completamente cuerdos y por lo tanto hay algunos casos donde estos individuos se han encontrado en altos cargos, justo donde un niño adulto nunca tendría que hallarse. Son ineptos para puestos directivos debido a su tentación de dirigir con el corazón y no con la mente. Todavía peor se les da las investigaciones ya que van desde el grano por las ramas, buscando solamente lo que ellos ven divertido, aunque escasee totalmente de importancia. Pedirles que hagan algo que no es jovial es pedir peras al olmo. 


Hasta recientemente se desconocía el origen de la disfunción, aunque algunos psicólogos de ocio habían escrito y hablado sobre el tema como si fuera ciencia cierta. Tampoco faltaron las especulaciones de los escritores y otros artistas que divertían a la gente con este tema tan delicado. Pero que quede claro, los científicos no habían desvelado el misterio en el cuerpo del paciente que luego se manifestaba como trastorno en la sociedad. Por eso, fue un gran logro, que me impresionó enormemente, cuando la empresa genética española ReCode, anunció que había encontrado el gen que causa este síndrome, a veces llamado síndrome de Peter Pan. Sorprendentemente, descubrieron que dicho gen es más común en unas zonas que otras. Es decir, que escasea en ciertos lugares mientras sobra en otros. Gradualmente trazaron el gen este en una abundancia asombrosa en un pueblo aislado en los fiordos del oeste de Islandia donde, coherentemente, los habitantes se comportaban como si estuvieran todos los días de feria. Fue entonces, cuando la empresa española reclutó a unos antropólogos, yo entre ellos, para investigar los individuos de dicho pueblo y en especial a los que padecían del recién descubierto gen que ahora le ha sido dado el nombre científico B-13. 


En la primavera de 2014 me instalé en la Universidad de Islandia en Reikiavik que coordinaba el proyecto. Ahí me presentaron a Hallvarður Indriðason, que resultó ser un hombre mucho menos complicado que su nombre, el cual dirigía la investigación y tuvo también la labor de inspeccionar el trabajo de los antropólogos españoles. Me recibieron bien y me dieron un despacho y acceso a laboratorio y otras comodidades de la universidad. Tras duros preparativos me trasladé al pueblo donde el B-13 habita, llamado Bildudalur, y ahí disponía de una oficina en un edificio que también albergaba un museo de monstruos marinos. Aunque la convivencia con los bildudalenses no acabó de la mejor manera tengo que decir que admiro su habilidad de no dejar el aislamiento cerrar las grilletas sobre sus tobillos gracias a una imaginación hiperactiva que les permite viajar por playas sureñas, bosques tropicales o donde les apetezca a sus tremendas ganas de vivir. También pueden convertir cualquier choza en palacio y un bacalao en burro si tal cambio favorece a la diversión. Este talento viene sobradamente bien, ya que puede resultar difícil, para los trescientos habitantes, salir de su lugar puesto que las carreteras están cerradas a cal y canto durante largas temporadas en el invierno e ir con el avión es adecuado únicamente para los más valientes. De hecho, fue el transporte que elegí, en mi ignorancia, para mi llegada y sigo sin querer ver un avión, aunque fuese en pintura, a consecuencia de aquel viaje. 


A pesar de parecer muy ajeno a todo lo que fuera español hay un dato importante que vincula este lugar, tan exótico, a mi patria: Fue construido solamente para dar techo y trabajo a los que se dedicaban a la pesca, y a las labores relacionadas a ella, en el siglo XIX. ¿Y quién consumía luego este pescado que llegaba a las varas de Bildudalur? Pues sí, los españoles. Igualmente, en su apogeo exportaba bacalao directamente a ciudades como Bilbao y Barcelona. Es decir, el pueblo, a lo mejor, debe su existencia a España y a las ganas de los españoles para un buen bacalao. Esta exportación llegó a su fin definitivamente cuando Islandia privatizó el caladero con la consecuencia de que grandes empresas de otros lugares se ocuparon de la pesca mientras las fábricas de Bildudalur, y otros muchos pueblos, iban a banca rota. Este cambio fue uno de lo más impactantes de la historia reciente del país. 


Hasta el momento del comienzo de la investigación había recibido varios reconocimientos importantes en mi carrera, pero ser participante en un proyecto tan importante, cuyo resultado todo el mundo científico esperaba con expectación, fue un gran honor que aceleraba a todas mis ambiciones. Sin mencionarlo, había puesto mi ojo en un alto cargo en España tras concluir mis tareas en Islandia, creyendo que mi estancia ahí en el norte iba a ser un salto grande hacia los altos estratos universitarios. La realidad fue, sin embargo, muy distinta. Llegué a España, tras mis aventuras islandesas, hecho una catástrofe personal y académica. Conforme avanzaba la investigación, mi imaginación vigorizaba hasta que parecía el mismo Don Quijote, mi alma se abría frente a todos los poderes naturales y me hizo frágil como una flor en el viento y mi mente empezó a sufrir por una severa despreocupación que luego aniquilo mi investigación. Al principio estos cambios de carácter me ofrecían grandes alegrías pero luego resultaron en hipersensibilidad, mal humor y hasta depresión. Mi comportamiento tomaba imprevisibles direcciones en varias situaciones, hasta en un momento llegué a insultar a pobre Hallvarður por el simple hecho de haber puesto guisantes en mi plato. Lo tomé como un insulto puesto que Bildudalur es famoso por sus guisantes, que ya no son enlatados en el pueblo, y todo lo que me recordaba a este maldito lugar me enfurecía. Por eso tire los guisantes al suelo y el inspector los miraba asombrado mientras corrían por las baldosas como unas bolas de bingo.  A veces me encerraba en el despacho de la universidad y nutria mi cólera con maldecir a este pueblo y a sus habitantes que habían destrozado mi investigación y arruinado mi reputación. Pero a nadie deseaba un lugar más hostil, más quemador y más bajo en el infierno que a mis dos informantes: Elfar Logi y Jon Sigurdur. Ellos fueron sinónimos de desdicha. 


Por desgracia, mi mayor responsabilidad en todo el proyecto era investigar a estos dos individuos, que padecían ásperamente de los síndromes causados por el B-13. Parecía pan comido puesto que ambos hablaban español. El único inconveniente era que Elfar Logi vivía en otro pueblo a cien kilómetros de Bildudalur pero Jon Sigurdur vivía en España lo cual me permitía venir a menudo a mi país con el pretexto de entrevistar a bildudalense ese expatriado. El otro aprendió nuestro idioma mientras estudiaba teatro cómico en Madrid en los noventa. Ambos tienen el gen B-13 y padecen de su síndrome. La meta de mi trabajo era entender como es la niñez de unos pacientes que no quieren salir de ella. Laboriosamente, empecé a coleccionar datos sobre estos imbéciles, perdón por el lenguaje, y de pronto tenía un cúmulo importante de material hasta que un día me enteré de que todo fue en vano. Es decir, me di cuenta, un mal día, de que meses enteros de trabajo solo me habían servido para convertirme en un chiste en los pasillos de la universidad. Cuando Hallvarður solicitó ver mi trabajo me inventaba cualquier cosa para posponer la entrega para que no se hiciera oficial mi hecatombe. Muchas veces he estado a punto de poner fuego a este montón de papeles que he transcrito de largas grabaciones con los dos subnormales estos pero algo en mis entrañas me lo impedía siempre. Esto cambió una noche cuando ya me habían ingresado en un reformatorio para alcohólicos donde intentaba llegar a mi propio ser otra vez pisando el camino de la vida con los doce pasos, como llaman el manual de los embriagados que buscan recuperar sus vidas. Uno de los dichos doce pasos te obliga a perdonar la gente que te ha amargado la vida y sanar las ásperas vivencias que luego te llevaron al dominio de Dionisos. Fue entonces cuando empecé a revisar estos datos, lo cual me llevó a la conclusión de adaptarlos a lectores españoles y publicarlos y gracias a ello los tienes ahora editados entre tus manos. Son, en su mayor parte, historias de los dos pacientes bildudalenses que revelan el misterio de cómo es crecer y llegar a la edad de adolecente padeciendo del dicho síndrome. También revela cómo llegué a arruinar mi carrera y las consecuencias que la aventura islandesa tuvo para mí personalmente. Además, el lector podrá ver mi análisis antropológico sobre los protagonistas y su aislado pueblo. Aunque gran parte de mi trabajo puede parecer cómico quiero subrayar que se trata de una investigación seria y académica.


Antes de todo quiero destacar el punto más polémico de mi trabajo. En mi primera entrevista con Elfar Logi sucedió algo que marcaría todo el proceso. Al principio no se mostraba muy dispuesto a hablar sobre su niñez lo cual fue decepcionante, por no decir, desesperante. La presión fue muy alta y cualquier cosa que dificultaba el trabajo me sacaba de mis casillas. Pero la solución no tardó en presentarse. Un día le estaba enseñando mi péndulo y el paciente lo miraba fijamente hasta quedarse hipnotizado. Desde aquel momento hablaba hasta por los codos y no titubeaba a contestarme fuera la pregunta que fuera. Para mi asombro, necesitaba utilizar el mismo método con Jon Sigurdur que tampoco me iba a hablar hasta que balanceaba mi péndulo frente a sus ojos. A partir de entonces las entrevistas de ambos fueron sobre ruedas. 


El comer y el rascar, todo es empezar y ahora que he confesado mi controvertida metodología les hago llegar las historias una tras otra. La primera es fruto de una entrevista con Jon Sigurdur, bajo el efecto que he explicado anteriormente, donde él cuenta como se hizo amigo de Elfar Logi en edad temprana.



b-13


HISTORIA DE UN ROBO (por Juanjo Zafra)

 

Esta es la historia de un robo.


No es un hurto con un plan fantástico y un giro final espectacular que deja a todo el mundo

boquiabierto, ni el ladrón es un genio criminal que lo tiene todo preparado al dedillo y ha

trabajado en el crimen con mucha premeditación.


Esta es la historia de un robo normal con un ladrón algo peculiar.


Nuestro protagonista pasaba los días observando el objeto de su deseo mientras

descansaba junto a una esquina de la avenida paralela a la casa donde aguardaba su tesoro.

Un par de días cada semana, la señora que vivía allí sacaba la brillante maravilla plateada

y la dejaba un cuarto de hora o incluso algo más en una mesa junto a la ventana, para

envidia de todo el que pasaba junto a ella.


El joven ladrón llevaba más de un mes observando su anhelada pretensión y no podía

evitar esa sensación que se producía en su interior cada vez que lo veía. Una sensación de

necesidad. Un hambre voraz que casi le hacía saltar de su puesto de vigilancia, romper el

cristal de la ventana, agarrar la preciada pieza plateada y salir huyendo hasta perderse más

allá del horizonte. Pero el miedo a ser capturado anclaba sus pies al suelo y le dejaba allí,

en su esquina, deleitándose del brillo del sol reflejado sobre el lomo del susodicho.


La gente que pasaba junto a él, de vez en cuando, desviaba brevemente la mirada, pero

no le daban la importancia que realmente merecía. Tal vez algún niño curioso se detenía

en contadas ocasiones, pero no más de un par de segundos antes de continuar con su

camino. Esto agradaba a nuestro ladrón. Menos competencia.


Algunos días, cuando se veía infundido de valor, pasaba junto al alfeizar de la ventana,

donde casi podía llegar a tocarlo, y se detenía un instante. Un breve segundo que para él

era insoportable. Tan cerca pero tan lejos. Casi podía sentir su olor a través del cristal de

la ventana. Y sin darse tiempo a saborear el instante, el miedo se apoderaba de él y salía

huyendo del lugar volviendo la vista atrás de cuando en cuando.


La señora no lo dejaba expuesto más de un cuarto de hora o veinte minutos, y era muy

cuidadosa. Lo depositaba sobre un plato de porcelana fina, grabado con flores azules y

amarillas donde su brillo plateado destacaba aún más si fuese posible. El último día que

había pasado vigilándolo, el joven ladrón se había percatado de que la ventana estaba algo

entreabierta, probablemente debido al calor veraniego que ya se comenzaba a aposentar

en las calles del pueblo. Pronto llegaría su oportunidad.


Los dos días siguientes fueron lluviosos, pero nuestro protagonista, ávido por ver un solo

instante la joya, se mantuvo vigilante, resguardandose bajo el saliente del balcón de una

casa antigua, del cual habían comenzado a desprenderse algunas costras de la pintura azul

que lo recubría. Como siempre, la mujer que habitaba en el interior de la casa, mirando

hacia todos lados con recelo, depositó el plato y su valioso contenido en el lugar de

siempre, a la hora de siempre. Una leve sonrisita, casi invisible, se dibujó en el rostro del

ladrón, dejando ver brevemente uno de sus caninos.


El día del robo llegó un par de días después. Pasado el suave temporal, el clima de verano

entró con toda la fuerza que cabría esperar en un mes como junio, cambiando las

sudaderas, jerséis y pantalones largos, por vestidos, camisetas de manga corta y sandalias.

A la gente le encantaba esta nueva temperatura que auguraba la llegada de las vacaciones,

y todo el mundo lo celebraba con canturreos y sonrisas. Nuestro ladrón también. Como

suponía, la ventana estaba más abierta que la vez pasada, permitiéndole introducir por

ella el brazo casi hasta el hombro. Con disimulo, esquivó algunas personas a medida que

avanzaba por la acera y se acercaba lentamente al alféizar que protegía su tesoro. El

corazón le latía tan rápido que parecía a punto de estallarle. Tan grande era esta sensación

que tuvo que detenerse un momento a respirar para recuperar la calma que casi había

perdido totalmente. Una niñita distraída que caminaba de la mano de su madre casi le dio

un pisotón, pero fue capaz de esquivarlo a tiempo. No podía cometer ningún error.


La señora acababa de depositar el plato en su lugar y le había dado la espalda. Esa era su

oportunidad. De un increíble salto, atravesó la ventana, introduciéndose en el interior de

la casa y quedando frente a frente del objeto de su deseo. Ahora sí conseguía captar todo

su aroma. Su brillo plateado le cegó un momento, y todo el tiempo del mundo se detuvo

durante algunos segundos. Solo estaban el ladrón y su tesoro. Completamente solos en el

mundo, en el universo.


- ¡Maldito gato! – gritó la señora que se acababa de girar – ¿qué diablos haces aquí?

Y ese fue el momento decisivo. A medida que el tiempo volvía a la normalidad, todo se

volvió vertiginosamente rápido. La mujer agarró una cazuela que acababa de lavar y

reposaba en el fregadero, un hombre bastante más grande que la mujer entró en la

habitación corriendo preguntándose qué pasaba, y nuestro protagonista no dudo un

segundo en agarrar con su boca el premio y saltar al vacío a través del marco de la ventana.

Cuando rozó el suelo, comenzó a correr entre la gente todo lo que podía para dejar atrás

el lugar del crimen sujetando con todas sus fuerzas la pieza entre sus fauces. La adrenalina

invadió por completo su pequeño cuerpo. Nunca había corrido tan rápido.


En la cocina, la señora maldecía y golpeaba la encimera de la cocina con rabia ante la

impotencia del robo que se acababa de cometer allí mismo. Su marido, con un carácter

algo más relajado, se acercó a ella y le apoyó la mano en el hombro a modo de consuelo.


- Siempre te digo que haces demasiado pescado querida – comentó con una media

sonrisa, a lo que la mujer le respondió con una mirada de odio y salió de la habitación

dando un portazo. El hombre suspiró y miró por la ventana preguntándose un segundo

dónde estaría el gato ladrón, y acto seguido siguió a su mujer.


Nuestro protagonista no había ido muy lejos, y disfrutaba de su premio con tanta ansia

que casi no lo saboreaba. Algunos de sus compañeros felinos lo observaban desde la

distancia con envidia. Pero él los ignoraba sin perderlos de vista ni un segundo. El pescado

estaba delicioso. Todo había salido perfecto para nuestro ladrón.

Como dije al principio, es la historia de un robo. Algo ordinario, y al mismo tiempo

extraordinario. Consideré que debía ser contado.

En honor al trabajo de nuestro ladrón



¡Maldito gato!


OTOÑAL (por Jorge Romero)

 


Todo en la vida empieza con una hoja











Otoñal


Todo en la vida

Empieza con una hoja,

como un caos envolvente

que diluye entre suspiros

las páginas intactas de un libro,

todo late, en la vida

todo late a través del aire

que no pesa en las esquinas,

empujado de rigor y adrenalina

todo parece agua y humo

como una especie de gloria

dibujada en el vaho de los cristales,

un eco acogedor que sabe a lecho

como el latido flagrante

de un corazón perfecto.


Todo en la vida

empieza con una hoja,

lo bueno yace escueto

junto al yelmo eterno de lo malo,

el blanco sobre el negro

juega en el anhelo de la ira

pero exhala su sexo al beso agazapado

que muestra incauto su papel

y acomete su delirio, y al final

no hay velas en la ausencia,

ni vuelta atrás, ni primavera,

todo en la vida es incienso

en esa larga estancia pasajera,

la inevitable treta del tiempo

que se apodera sin nada,

como una pregunta extraña

bajo las alas empíreas del viento.

Todo en la vida, todo

empieza con una hoja,

desde la simple apariencia

de la dócil silueta, todo,

hasta el agua infinita

de la propia inmensidad.


domingo, 18 de septiembre de 2022

Horquillas de plastico

 

 

Fotografía: https://www.instagram.com/carlosdiazfotografia71/



   —No estás solo. –le repetía Sofía día si y día si.

Brais llevaba años hablando con teclas y aplicaciones de móvil. El péndulo de esperanza que le vendieron desde la primera hostia que le dieron en su escuela católica ya rujía de dolor por oxidación.

Aquellos bloques de piedras perfectamente cuadriculadas unas con las otras se habían convertido, a la par que el pelo de Brais, en blanquecinos recuerdos desgastados por el paso de pisadas que nunca se detendrían para bucear en mares sin señalizar.

La arena del reloj, desgastada por el roce, cada día bajaba con más velocidad a cada giro. Las decisiones de Brais, con el tiempo, dejaron de ser decisiones, tan solo vaivenes de viento que de vez en cuando refrescaban su corazón, nunca su mente.

Una mañana, mientras paseaba por los alrededores de su casita de campo, vio como una gallina, chiquituza e insignificante entre las demás, saltaba sin mirar atrás la alambrada de la jaula donde vivía y salía corriendo por la alameda de enfrente hasta perderse en el horizonte. Brais se quedó inmóvil hasta que sus ojos tan solo veían un puntito moverse hacia la libertad, su libertad, su impulso animal.

Con escalofríos y las lágrimas saltadas comprendió al instante lo que la vida le estaba diciendo con aquel pellizco de realidad.

Al día siguiente, en el buffet de comida rápida donde echaba dos turnos seguidos cada día seis días a la semana, comunicó a su jefe que se iba, que dejaba el trabajo en dos semanas. 

   —Me voy Nuno. 

Éste, callado y pensativo durante unos escasos segundos tan solo le contestó, con la frialdad propia de saber que había currículums de sobra sobre la mesa a diario para reemplazarlo.

  —Avísame el día de antes que liquidemos cuentas.

Ni una simple pregunta, ni porqués, ni adóndes ni cómos.

Aquella mañana de finales de agosto con Brais en el túnel de embarque hacia Zúrich, las nubes se esforzaban por intentar llorar, cargando de melosa pomposidad literaria la marcha de aquel coruñés amante de su tierra, de su gente y de los olores a confianza y espacios abiertos.

   — ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué estoy haciendo? – se preguntaba atragantándose con su propia saliva amarga, mientras miraba fijamente la pantalla donde se mostraba el trascurso del vuelo y los pocos kilómetros que faltaban para aterrizar.

En el tercer piso del número 53 de la calle Bahnofstrasse. Brais tocó al timbre con los dedos como sacudidas de tierra entre dos placas tectónicas. Una voz fresca y veloz le preguntó en alemán:

   —Wer? ¿Quién es?

   —Soy Brais respondió con una sonrisa de oreja a oreja.

Tras unos escasos segundos de silencio, sin destinatario ni remitente, se oyó un tartamudeante:

   — ¡No, no, no, no! Esto no lo hemos hablado nunca, esto no es así. No, no, no Brais no te abro.





¡No, no, no, no! No te abro.


NÚMERO SEIS (Lourdes Siles Atienza)

 


Un día, número Seis se puso a la fila mientras esperaba su turno para lo que siempre había soñado: alcanzar la felicidad.


Seis, que todavía era pequeño y no muy espabilado, creía que todo el mundo de su alrededor también era igual de feliz que él, que todos vivían de sus sueños y fantasías y que el mundo conspiraba a favor de que consiguiesen lo que se proponían.


Y allí estaba Seis, nervioso e inquieto por llegar a ese último lugar de la fila y que en la ventanilla le cumpliesen su primer deseo: empezar a trabajar de eso que siempre había soñado, BOMBERO.


Seis soñaba con ayudar a los demás y derrumbar los muros que hiciesen falta al otro lado del miedo para rescatar a personas que merecían seguir viviendo, que tenían ganas de seguir cumpliendo sus sueños como él.


Así que, todo ansioso y rozando con la nariz el cristal que le separaba de aquella empleada «cumplesueños», Seis podía saborear cómo sería su primer día como bombero.


—Lo siento, no quedan puestos, ese chico de ahí se ha quedado con el último. 


Seis mira hacia atrás y observa a Cero, el que fue su compañero de clase durante muchos años, y que nunca pareció haberle interesado nada de ayudar a nadie nunca. Lo observa celebrando la victoria con su familia, y se marcha por la puerta grande.


Seis no puede dar crédito a lo que ve. Lleva tantos años esperando este momento, preparándose, luchando por él... Qué cuando está preparado no le dan la oportunidad. Y no solo eso... ¡Si no que se la dan a un chaval que nunca se ha esforzado por ello y que tampoco es de sus mayores ilusiones!


Seis se siente abatido por el rechazo de la vida. ¿Es esto justicia divina? ¿Merece alguien cómo yo que le pase esto?


Mientras se sienta en un banquito de la calle resignado, una pequeña lágrima se escapa entre los dedos que tapan su cara. 


—¿Alguna vez has vivido el rechazo? —le dice una hormiguita que pasaba por allí.


—No, jamás. Siempre he pensado que si tenías ganas e ilusión las cosas se conseguirían.


—¿Y no has pensado en algún otro factor que influya en conseguirlas?


Seis se queda pensativo, a la vez que sorprendido por esa hormiguita parlante que no le deja expresar sus sentimientos en soledad.


—No —responde.


—A veces, el rechazo y el fracaso ante las cosas que más queremos, son justo la clave para poder conseguirlas.


—¿Por qué? —preguntó curioso Seis.


—Dime cuánto valoras ahora ese sueño y cuánto estarías dispuesto a hacer por conseguirlo —responde la hormiguita.


—Haría lo que fuera ¡es mi razón de vivir!


—Pues ahora, sal ahí afuera, y disfruta del proceso hasta llegar a el. Sólo en ese momento, tras fracasos y tempestad, serás el mejor bombero de todos.


La hormiguita desapareció como si de una alucinación se tratase, y Seis se quedó sin palabras.


¿Todavía estoy a tiempo de conseguirlo? Sé preguntó.


Seis nunca pensó que tendría que hacer algo más que mantener la ilusión para conseguir algo: y eso era disfrutar del camino que te lleva hacia el objetivo.





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