sábado, 3 de septiembre de 2011

El tiempo que vino


Una hoja errática, escapada de los álamos de la calle, acompañada de un vientecillo remolinero, fresco y húmedo, al que habría que darle el color gris de la mañana de un sábado con aroma agostizo, aunque ya septembrino, plomizo y amenazante. Una hoja caída presagia lo inevitable.

Una hoja solitaria, suelta al fin de su enganche, hace apetecer algo más caliente el café de la mañana y obliga, casi sin querer, a frotar los brazos con las manos mientras con la punta de la nariz en el cristal la ventana, se advierten hoy los colores ausentes del campo iluminado por el tamiz que el sol se encontró en su visita diaria. Se cierran los postigos, y se afronta la rutina diaria de cada día, pero rebuscando hoy el rincón algo más cálido de la casa.

Un vistazo al armario y la comprobación de que quizá hay camisas y pantalones en los que ya no se entre más, porque adquieren la jubilación y, tal vez, las hechuras del próximo no coincidan con las de este ya casi pasado verano. Un tiempo aquel, que todavía se reivindica en el calendario pero que, día sí y día no, se estrellará contra su competidor. Lo hará, como se rebrinca el mar contra los acantilados, sabedor de su fuerza, pero a la vez conocedor de su escasa posibilidad contra quien le gana en fortaleza y posición.

El otoño se postula; sus colores rojos y anaranjados se empiezan a mezclar en la paleta del tiempo, y poco a poco irá permutando por mesas camillas y enaguas los muebles del jardín y el salvador toldo o tupido parral de los meses de la canícula Ya no hay tiempo para el escarceo nocturno y rara vez en mucho tiempo habrá conversación con la luna y los grillos antes de dormir desde el alféizar de cualquier ventana. Se vendrá la lluvia y el viento, y esa hoja solitaria cada vez se verá más acompañada por otras, que se tendrán que apartar cada día para volverlas a encontrar al siguiente.

El otoño ha venido y nadie sabe como ha sido… Sus tonos y sonidos reconfortan y dejan… no, no dejan; casi obligan a pensar. El otoño sabe a castaña y membrillo, y a libros nuevos y a madera de pupitre. El otoño ama; el otoño sienta bien.

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