domingo, 22 de enero de 2012

La Agencia


“¡¿200 € por este mono de albañil?! Si ni siquiera se ve usado”- Le dijo al tendero andrajoso que se agazapaba tras el puesto - “Señor, es lo único que hay, no queda más. Tiene restos de yeso, escayola y está rociado para oler como si no se hubiera lavado en un mes. Tal y como están las cosas es lo mejor que puedo ofrecerle.”

Allí mismo Javier se puso el mono sobre la ropa, justo cuando los vigilantes de “La Agencia”  pasaron por la calle. “Oiga usted, ahí quieto ¿Qué hace aquí?” -”Caramba, pues acabo de salir del curro, estaba parando para el bocadillo y me he pasado por los puestos a ver si encontraba algo para mi mujer”- Uno de los vigilantes se sacó de la cazadora (que más bien parecía una casaca del ejército) un artilugio que le pasó por la frente: “¿De currar, no? Según La Agencia usted no ha tenido ingresos en los últimos catorce meses. ¿Está usted en el paro? Si nos miente será mucho peor para usted y su familia” - “No, no, claro que no”- se apresuró Javier sudando como un pollo -”es que cobro todo en negro, para no declararlo. Mi familia es pobre, a mi padre lo reubicaron por hacerse pasar por trabajador hace dos años y tengo que mantener a mi madre, mis hermanas y mi mujer”.

Con alivio e ira a partes iguales se encaminó hacia su casa. “Me cago en sus putas calaveras” pensaba mientras bajaba la cuesta “antes al menos se esperaban a que uno pidiera algún tipo de subsidio para “reubicarlo”. Reubicarlo en camposanto, menudos burócratas de mierda. Pero ahora ni siquiera esperan a que aparezca la necesidad. Como se enteren de que estoy en el paro tardarán poco en darme el puesto de criador de malvas y a mi mujer... joder, prefiero no pensarlo.”

Al girar la última esquina vio como se cerraba violentamente la cortina de la ventana. Lucía le abrió corriendo para arrojarse a sus brazos “Javi, mi Javi, dicen las vecinas que los matones de La Agencia han estado dando vueltas por el barrio. Y tu has salido de limpio, sin pinta de currante. No sabes el miedo que he pasado.”

“Esto es una mierda, Lucía. Una mierda humillante, rastrera y elitista. Cinco años estudiando derecho para terminar justo cuando La Agencia tomó el control de los juzgados. Y ahora no puedo ejercer ni en eso ni en nada. Junto a las oficinas de empleo hay furgonetas de La Agencia para detener a los que han cometido uno de los mayores delitos del código actual: estar en el paro. ¿Y la bonanza económica? Lees los periódicos y parece que seamos los putos amos del mundo. Esta mañana, sin ir más lejos, había cincuenta personas barriendo las calles desde aquí hasta los puestos. Y gratis, claro está. Prefieren hacer como que trabajan para no ser reubicados que buscarse un trabajo de verdad y meter dinero en sus casas. Pero hasta aquí hemos llegado. A mi padre lo mataron, si, mataron, por ir a la agencia a pedirles un trabajo. Llegó con sus manos callosas abiertas ofreciéndose para lo que hiciera falta. Y vaya si lo contrataron, como pasto para los gusanos”.

Esa noche no durmió, como tantas otras. Sin embargo se levantó una hora antes de lo habitual, dejó una nota escrita para su Lucía y vistiendo sus mejores galas y el maletín de cuero de fin de carrera salió con la certeza de que nunca más volvería a esa casa.

La sede central de La Agencia tenía el aspecto de una pirámide, pero con vidrieras en lugar de piedra. Parecía la Tyrell Corporation pero a lo grande. Entró por la puerta y dejando el maletín en la cinta del detector gritó “Mi nombre es Javier Montoya. Matásteis a mi padre por venir a buscar trabajo, preparaos para darme a mi uno”.

Un centenar de agentes aparecieron de la nada y lo redujeron en cuestión de segundos. Antes de que pudiera alzar los ojos para que lo que se le venía encima se encontró en una silla frente a una inmensa mesa de madera con un letrero que decía “Sub-director de revisión de escándalos, atropellos y fugados”.

La entrevista se prometía corta. “¿Sabe usted que es delito estar en el paro? Eso afea la imagen de nuestra nación y merma su economía. Y es más, ¿Sabe usted que es delito provocar un escándalo como que el ha provocado en el hall de mi oficina? Por mucho menos de eso he reubicado gente. Ahora, y para que vea que en el fondo soy una gran persona, le doy catorce segundos para que me de una sóla razón para no reubicarlo aquí mismo”.

Javier miró su reloj con una parsimonia impropia de quien se sabe en la cuerda floja. Contó los segundos hasta el número doce y susurró tranquilamente 'orden 454/85'.

La cara del sub-director se deshizo en un segundo. Tardó algo en recuperar el aliento y mientras miraba su ordenador mascullaba a media voz al comunicador que había sobre su mesa “Ramirez, por tu puta madre, Ramirez, presentese ahora mismo en mi despacho o lo despellejo vivo”. Cuando Ramirez entró por la puerta se extrañó al ver aún a Javier con vida. Normalmente lo llamaban para reubicar (y ahora si en el sentido estricto de la palabra) el cuerpo del entrevistado en cualquier punto a las afueras. “Ramirez, ¿Puede usted decirme por qué cojones no aparece en mi ordenador de medio millón de euros la orden 454/85 que quiero buscar?” - Tragó saliba como si acabara de llegar de hacer el Paris-Dakar a pié “Señor, no soy digno de corregir a un subdirector como usted, y que el gran presidente me libre de hacerlo. Pero, y esto no es más que una recomendación, tal vez el proceso se aceleraría si pulsara dos veces sobre el buscador, que es ese icono verde, y tecleara o me dictara a mi tan vulgar labor la palabra 'orden 454/85'. Gustosamente me encargaré de pulsar enter para aliviar su trabajo.”

Una vez Ramirez cerró la puerta al salir, el sub-director leyó con avidez cuando aparecía en su monitor y tras veinte minutos retomó su pose de sub-director “Evidentemente conozco esa orden, mi joven amigo, y si realmente usted quiere hacer uso del 'consulta a un agente de mayor rango en caso de discrepancias con el que le está atendiendo' no tendré problema en remitirlo al gerente de subdirecciones de revisión de escándalos, atropellos y fugados”.

La confianza que tenía Javier en sus conocimientos de la legislación preAgencia y postAgencia le permitieron sacarse de la manga una orden tras otra y pasar de un vicegerente al gerente, del delegado de gerencias al encargado de delegaciones, y todo eso subiendo de planta en planta. Así para cinco días después llegar al presidente de La Agencia. El gran jefe, el mandamás, el que dominaba el país desde que lo comprara tras las privatizaciones del año '75. El que convirtió un país próspero pero con altibajos en una fábrica de nada donde los empleados tenía que cantar el himno cada mañana antes de comenzar la jornada y a los que no trabajaban se les consideraba traidores a la patria.

“Bien, bien, bien. No se como se las ha ingeniado, pequeño Javier, pero es la primera persona ajena a la alta dirección de La Agencia que pisa este despacho. ¿En qué puedo ayudarle?”- “Es muy simple, don presidente. Quiero que me de un trabajo. Desde que acabé la carrera no he podido ejercer por que su legislación cambiaba de un día para otro y sólo accedía a ella los hijos de directivos de La Agencia. Llevo años matándome en las calles, haciendo cuatro chapuzas y gastándome el poco sueldo que tenía en herramientas para aparentar que tenía un oficio. Pero hasta aquí hemos llegado. Exijo que me de un trabajo, ¡Y ya!”

Las carcajadas se escucharon desde el piso 56 hasta más allá del parking subterráneo. “¿Que me exige, usted a mi? No me haga reir. Si ha llegado hasta aquí, pasando de gerente en gerente, de subdirector en subdirector y de delegado en delegado sin que nadie le solucione su problema, ¿Como osa exigirme algo a mi tras habérselo negado mis consejeros?”

Entonces se le encendió la bombilla, y el cerebro de Javier empezó a girar a millones de revoluciones por segundo. Joder, pensaba, ¿Podía ser tan fácil, tan sencillo? ¿Sería posible que un mindungui como él acabara de encontrar el resquicio que tiraría abajo toda esa muralla construida sobre el lomo de los trabajores? “Cierto es, señor presidente. Y como a usted no le falta razón, le pido por favor que llame a los vigilantes y todo el equipo de reubicación de La Agencia”.

Pocos segundos tardaron en aparecer. Un ejército de policías llenó la sala, y los que no cabían se repartía por las escaleras y descansillos del edificio.

Antes de que el presidente pudiera abrir la boca Javier gritó “¡Detengan a este hombre! Acaba de afirmar que no tiene trabajo. Insiste en que son sus consejeros quienes lo realizan por él, por lo tanto es una lacra para la sociedad y merece ser reubicacdo cuanto antes para no mermar la salud económico-financiera del estado”

Aquel ejército se quedó completamente congelado. Ni un ruido, ni un gesto, ni un susurro. De fondo se escuchó la voz de Ramirez que subía las escaleras a empujones entre tanto hombre armado. “Me temo que este hombre tiene razón. Según la orden 617/84 cualquier ciudadano puede denunciar a otro por estar sin empleo siempre y cuando el primero si que lo tenga y también las pruebas suficientes para su demostración. Y aquí tenemos a un señor abogado ejerciendo su oficio y denunciando al señor presidente que, y perdóneme usted la expresión, no ha dado un palo al agua en su puta vida.”

Los agentes redujeron al presidente, y este en su histeria comenzó a gritar “¡¡¡A mi no podéis tocarme, cabrones de mierda, id a por Marquez y Antolín que son mis consejeros delegados!!!”

Y vaya si lo hicieron los agentes. Con Ramirez a la cabeza, y Javier indicándole qué orden usar en cada caso bajaron desde el piso 56 hasta el recibidor con más de trescientos detenidos. En efecto ningún delegado ni subdirector ni encargado ni vice... hacía nada en La Agencia. Todos ellos delegaban en sus “ramirez”. 300 encorbatados, gordos como curas y con unas manos impolutas que jamás había usado”.

Una vez cayó La Agencia, el anterior gobierno se hizo cargo del país convocando unas elecciones para los posteriores meses, con la intención de empezar de nuevo. El presidente del gobierno en funciones se acercó a Javier y le dijo “Mi querido Javier, ha hecho usted mucho por la democracia de este país. Si no hubiera sido por usted estaríamos ahora siendo esclavos del yugo opresor de una Agencia que nunca debió de haber existido. Dígame qué puesto quiere que yo personalmente tendré el honor de entregarle el nombramiento”.

Javier no tuvo que pensarse nada. Encendió un cigarro y acercándose al oído del presidente le susurró “nombre un sólo cargo a dedo, y yo personalmente tendré el honor de tirarlo de su puesto y entregarlo a las masas.”

Dicho esto cogió del brazo a Ramirez “te invito a una caña” -  “Eso esta hecho, pero en el cachas, que ponen mejores tapas” y se perdieron calle abajo.

6 comentarios:

ruyelcid dijo...

¡ Por Dios.... con las lágrimas saltadas me tienes !!!!
¡ Es sublime, buenísimo, increible..!

¡ENHORABUENA RAFA; DE NUEVO LO HAS VUELTO A HACER !!

Begoña dijo...

Buenísimo Rafa, ¡Que imaginación!, me tienes que mandar a tus musas para que me inspiren un poco porque estoy seca. Muy muy bueno.

El_Rafa dijo...

Sonrojado me he :_)

Unknown dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Unknown dijo...

Muy bueno, me ha encantado!! ¿Para cuándo el próximo?. ;-) Soy erreuve, tu hermana (no se por qué no sale mi nombre, arrrgggg)

Anónimo dijo...

Hemos descubierto al nuevo Dumas... una ficción dentro de la puta realidad.
Me parece buenísimo.
MADTS.

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