martes, 16 de octubre de 2012

El aprendiz desértico

Aquellas horas habían pasado, interminables, entre las cervezas y los aperitivos picantes, mientras  la gran pantalla escupía escenas de vampiros apuñalándose por la espalda, entre rescoldos y pavesas. Antonio me miró y tomando su chaqueta de soslayo, me dijo: mañana más. Y marchose escaleras abajo en busca, tal vez, del frescor de la noche con la que acompañar un penúltimo cigarillo. Y allí entre las penumbras del lugar y el rótulo de Heineken, le dije adios, entre la distancia que separaba el taburete del mostrador. ¿Que conversaciones ajenas a la mentira y el recuerdo de aquellos maravillosos años, me traerían consigo los recuerdos de un aprendiz desértico? Como si fuera la estepa siberiana en las postrimerias del invierno gélido, ya era hora de apagar la luz y desconectar aquella maldita alarma, que,  se disparaba a las primeras de cambio, trepando por una escalera, lisa y cementada recordandome que era hora de partir al reino de los sueños y las calles herméticas. Júpiter brillaba allí arriba, justo, un instante, donde antes, el pasado fin de semana, intentara subir un hombre, con tanto éxito, que va y lo consigue, para luego bajar, raudo como flecha recien extraida de un carcaj, incandescente y temblorosa, y cuyo pie logró tomar la tierra de sus antepasados, con tanto acierto, que yo, apretándo el paso, me adentré en mis dominios, en mi propio mar adentro, a eutanasiarme, ensimismado, tal y como estaba previsto en aquel cuento...

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