domingo, 24 de febrero de 2013

Hiperdaltonismo Selectivo Temporal

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Hiperdaltonismo selectivo temporal. A simple vista esta “enfermedad” no os sonará. O quizás si: hiper es “la leche”, daltonismo confundir los colores, selectivo es... eso, selectivo, y temporal pues también eso, temporal. Es decir: un daltonismo selectivo y temporal de la leche.

Cuando se lo diagnosticaron a Patricio Antonelli (Pantone para los amigos) se quedó de lava. Que es como quedarse de piedra, pero rojo. Esto le hacía feliz y se estuvo descojonando en la consulta del médico hasta que el doctor dudó entre tratarlo o ingresarlo en el sanatorio de Los Prados.
Realmente no era malo, no era nada grave. Además tenía la ventaja de poder usarlo a voluntad. Viviendo en un barrio de las afueras, donde los únicos que prosperaban eran los camellos y los chulos, cualquier forma de evasión era, no sólo necesaria, sino imprescindible para sobrevivir el día a día.

Como era habitual en su entorno, había pasado ya varias veces por la cárcel. No por nada malo, o si, según se mire. Todo empezó en un control rutinario de la guardia civil. Las risas de Pantone desde la furgoneta obligó al agente a sacarlo para la identificación. “Claro que sí, reinona” acertaba a decir casi ahogado por la risa “todo un agente de la benemérita vestido de rosa, ¡¡¡Esto parece una despedida de soltera!!! Venga, quítese ya los pantalones que le veamos la porra, pirata.” Una semana después estaba en la calle con varias costillas rotas y un ojo celeste.

Luego volvió al trullo varias veces por intento de fraude. “¡Claro que es un billete de 500€! ¿No ve que es morado?” le dijo al tendero enseñando un billete de 5 con dos ceros dibujados a rotulador. Circunstancias parecidas le llevaron a pasar un par de meses al año entre rejas. Al él no le importaba. Pasó un invierno a menos nosecuantos grados disfrutando de un azul y anaranjado cielo perpetuamente nublado. En verano, cuando pasaba de cuarenta, lo ponía grisáceo para que le diera un poco de frío.
Pero un día, harto de verlo siempre de buen humor, un grupo se le acercó y le propinó una brutal paliza. Envuelto en verde sangre lo encontró el guardia y más de seis meses pasó ingresado. Algo cambió. Seríán tal vez los golpes en la cabeza, o simplemente el hastío de verlo todo gris durante ese tiempo. Pero el caso es que ya no quería ver más colores. Puso su mundo en blanco y negro,en escala de grises.

Nada le alegraba, nada le llamaba la atención. A la hora de comer todo era gris, ni el verde del tomate, ni el rojo de la lechuga, o el indescriptible tono del restaurante chino le producían efecto alguno. Todo era más o menos negro, más o menos blanco. Más o menos normal.

Aunque un buen día algo llamó su atención, como si mil megáfonos a una cuarta del oído se sincronizaran al grito de “¡Mírala, mírala. Allí, la de rojo!”. Y como si de una foto hortera de los '80 se tratase, en el centro de una manifestación con miles de personas en blanco y negro sobresalía ella: roja de los pies a la cabeza. Vaqueros rojos, camiseta roja, zapatillas rojas. Se giró para no verla, no quería que su mundo volviera a confundirle ni quería más palizas ni más meses de hospital. Pero al bajar los párpados seguía viendo su silueta en verde, complementando la imagen grabada a fuego en la retina.

Cuando las lecheras de la policía entraron en tropel, todo fue caos y carreras. Ella corrió como guiada por una mano invisible directamente hacia él, en línea recta, hasta que justo a su lado Pantone la agarró del brazo y la puso a salvo en un portal cercano. Estaba callada, asustada y con el corazón y los pulmones trabajando a mil por hora. Pero no podían retirarse la mirada. Tenía los ojos... ¿Eso era un color o eran cientos? Como si toda la gama cromática girara en círculos alrededor de su pupila los tenía verdes, rojos, negros, azules y amarillos a la vez. Ahora morados, ahora celestes... Todo estaba ahí, en esos ojos.

Pasados unos segundos ella, bastante abrumada y tímida le contestó “Y yo a tí. No te conzoco, no se quien eres, pero también siento que te amo”. Pero... ¿Había dicho algo? ¡Nada! Estaba en un silencio absoluto. “Perdona, no quería asustarte. Tengo una extraña enfermedad, HipoSorderaCreativaRefleja. Más o menos viene a ser que escucho lo que me sale del pepe, aunque con los años lo he ido controlando y ahora oigo lo que la gente quiere decir, que te sorprenderías de lo que dista de lo que realmente dicen.”

Los ojos de Pantone se abrieron hasta que las cejas prácticamente taparon sus entradas. “¡¡Yo también!! Bueno no, no tengo esa enfermedad. Lo mío es hiperdaltonismo selectivo temporal. Veo los colores que quiero ver. Si tengo frío lo pongo todo anaranjado y me caliento, al revés con el azul. Ahora lo veía todo en blanco y negro excepto a tí, que estás completamente roja.”

Y así pasaron los siguientes años. Él le contaba de qué color eran “realmente” las cosas. Aquel perro callejero y comido por las pulgas tenía un color castaño que ni Lassie, era un animal precioso. Y las notificaciones de desahucio no tenían ese sello rojo tan dañino, sino un precioso rosado que más que una carta parecía una invitación de boda. Ella, por su lado, le comentó que el juez les tenía envidia por lo enamorados que estaba y como prácticamente eran una sóla persona. Así que le costó sudor y lágrimas firmar la orden que les arrebataría el piso. El policía que los sacó a la fuerza estaba aguantando las ganas de llorar mientras maldecía su trabajo. Cualquier oido profano y vulgar hubiera escuchado del agente palabras como “venga, a la puta calle y no me calienten que tengo la porra con ganas de fiesta”, pero nada más lejos.

Lejos de la ciudad, entre las piedras del tajo, encontraron una pequeña cueva natural. Pantone decoró el techo de oro, con grandes columnas de mármol blanco y una puerta de madera de ébano. Ella por su lado transformó el rugido permanente de las máquinas del vertedero cercano en un hilo musical donde Bach, Mozart y Beethoven amenizaban sus días.

“Mira, mi vida”, dijo ella, “vienen a recogernos en limusina para una fiesta”. “Si, que cochazo. Grande y negro, como los del presidente. Espero que pare en la puerta, por que parece que no sabe exactamente donde estamos” le contestó Pantone mientras la excavadora naranja aceleraba y se revolucionaba.

La gran pala delantera derribó la cueva por detrás, para alisar el terreno y preparar un nuevo carril de acceso al vertedero.

4 comentarios:

ruyelcid dijo...

Madre mía Rafa... ME HAS PUESTO LOS PELOS DE PUNTA. Si el precio que tengo que pagar por leer joyas como esta es el tiempo... lo espero con resignación y agrado..

Muy buena. ¡Enhorabuena!

Alfredo Luque dijo...

No siempre encuentras un genio barbudo detrás de un mostrador...por eso habrá que regalarle bolígrafos de colores, para que su daltonismo no le impida ver el bosque...
Gachón!

Antonio Vázquez dijo...

Sencillamente extraordinario. Felicidades, Rafael. Un exquisito trabajo.

Pilar Gámez dijo...

Muy bueno Rafa, ¡genial!

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