miércoles, 25 de junio de 2014

Almas de metal

Yul Brynner en el film "Almas de Metal" de 1973
El pub permanecía casi vacio a esas horas de la noche a pesar del partido Rusia-Corea, en este junio insomne para los amantes de los campos de fútbol.  En el fondo, Junio, siempre había sido difícil de sobrellevar por aquello de los calores tempraneros y se había resistido, como no, a soportar cabizbajo, estas tardes más bien frías y lluviosas de corte casi invernal, como si los mojados y resbaladizos adoquines, estuvieran buscando el calor de una sala de estar. Sumido en tales pensamientos, apuré mientras tanto, y de un trago, aquel esplendido Bourbon con hielo, casi helado, y me puse a recordar, entresacando de  los viejos anaqueles de mi memoria traicionera  y con precisa exactitud, un puñado de vivencias acerca de la primera vez que entré a un pub.

Fué en la localidad natal de mis padres, hace ya de esto muchos años. Entré allí deslumbrado por las luces brillantes como si las de una feria se tratase, atraido cual polilla nocturna, buscando a tientas entre los taburetes entre los reservados y la barra, con las manos palpitantes dando manotazos a la oscuridad. Y, claro,  alli estaba ella. Sentada. Con las manos en el regazo, sonriendo.  La había visto muchas tardes mientras paseaba por el barrio, feliz, translúcida e inocente, como si fuera la más dulce de las criaturas. Y ahora estaba alli, ante mis ojos como platos de incrédulos. Leve perfume a jazmines. Pura. Celeste. Creo que se apellidaba Bonilla, según oí en cierta ocasión a sus amigas. Fijé mi atención en ella hasta tal punto de considerarla la más linda de las muchachas que había visto en mi vida. Con aquel pelo corto, jovial y castaño claro, había suficiente para apagar las luces de la tarde y ya no necesitabas ver nada más. Pensando en ella, sin querer, me puse triste, pues nunca acerté a recordar su nombre de pila. Quizás fuera la juventud de mis nervios o tal vez fue, que ella nunca lo mencionó. Tan solo se que me tenia como loco a mis aquellos felices quince años. Yo iba y venía todo el rato como deambulando en un atontamiento sentimental mayúsculo. De allá para acá, tropezando incluso, contra los bordillos de las aceras y los escalones de las casas, desde aquel sábado de invierno. Recuerdo que tenia un examen al lunes siguiente y ni me acordé, pues solo podía pensar en ella. 
Y así fue como por ella, meses después, fui capaz de surcar aquellos mares de olivos de mi infancia, y saltar por encima de aquellos exámenes, a travesando oscuros valles y laderas, carreteras y caminos, cruces y fuentes todos los fines de semana. Lamentablemente, escasas veces me la volví a encontrar y para mi desgracia, ella jamás supo de mi, ni de mi mísera existencia. Pero yo me conformaba para mis adentros. Yo si sabia de ella, o al menos así lo creía; a pesar mio, aunque fuera a fuerza de aquellos encuentros casuales de los sábados. Y si no la veía, sentía su presencia palpitando en mi joven pecho como el corazón de un caballo desbocado. Tonto de mí, nunca me acerque siquiera a hablarle, o a preguntarle alguna cosa, tal vez por exceso miedo o respeto. La consideraba tan inaccesible...

Sin embargo, estaba convencido de que ella también sentía algo. Algo que se manifiesto, quizás en aquel leve y fugaz cruzar de miradas. Miradas de una dulzura sin igual que leía en sus ojos canela. Pero nunca se lo dijo a nadie. Ni a la mejor de sus amigas.  Desde aquel día, mi alma así, se fue consumiendo, como paja seca, avivada por el viento, que ardiendo viva, se volvió entonces de metal, hasta el punto de llegar a considerar lo suficientemente estrecha la campiña, como para no querer volver nunca jamás, mientras en mi cabeza y mente, a lomos de aquel Simca Mil color azul conducido mi padre, bullía cuando surcabamos los campos, carriles y cortijos en el más absoluto de los silencios, y aquella luna enorme de verano como único testigo,  reflejandose en la ventanilla trasera, en aquel pequeño asiento trasero rojo al que llegue a considerar, como mi pequeño espacio en el mundo, apartado de todos y de todo.

Desde aquel suceso y a día de hoy, como decía, ya han pasado muchos años. Estoy fumando una pipa en la oscuridad de mi terraza, con la luz apagada y flanqueado por enormes volutas de humo denso. Ahora, esas nubes de humo, se aclaran en mi mente y veo, que ella aparece de nuevo allí, grácil, sobre la luz de la tarde, y yo, la sigo contemplando y amando en silencio, tal y como aquel día; su recuerdo devanea, sobrevolando en mi cabeza todo el tiempo. Es un recuerdo que regresa aún con más fuerza si cabe, en las solitarias y frías noches del invierno. Pero es reconfortante. Hoy quizás solo me reste desearte buenas noches, como la las bellas princesas de los cuentos, como fuiste tan mía por aquellos días, que, cuando alcanzaba a iluminarte la luz de las farolas y aquellos neones verdes junto a las escalinatas de la Fuente, me parecías tan increíble con tu sola presencia.  Te amaré, hoy y siempre donde quiera que estés, pues te llevaste contigo, aquella mi alma de metal, que lavada ahora con la lluvia y el viento de esta tormentosa tarde de junio, se desvanece entre los tejados, la campiña y la mar de olivos.

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