martes, 17 de junio de 2014

Amadeo y el tiempo

Amadeo se había propuesto detener el tiempo en 1974. La razón, que a primera vista podía ser simple, no lo era tanto: La chica de sus sueños de Instituto que conocia, se enamoraría de él en 2013. Era demasiado tiempo. Sin duda pensó que debía haberselo propuesto mucho antes. Incluso antes de casarse diez años atrás. Y claro, ella no lo sabía, no podría siquiera imaginarlo. ¿Como iba a ser? ¿Como se lo explicaría?. La atracción que sentía por ella, se remontaba más de 35 años atrás. No recordaba bien, Ni siquiera estuvieron juntos en una clase de Matemáticas. Solo recordaba su rebeca rosa de punto, ondeando en el viento junto a sus cabellos negros, en aquella mañana tormentosa de febrero. Sabía que habían vivido en el mismo barrio, pero Amadeo se mudó al sur de la ciudad en aquellos días. Sin embargo, nunca dejó de pensar en ella. Pequeña, menuda y frágil, pero muy guapa. De ojos profundos. Cálidos. Tanto, que al mismo tiempo parecieran esconder un misterioso secreto. Casi siniestro. Pero le encantaban. Hubiera dado todo lo que tenía por mirarlos fijamente. Detenidamente. Mirarlos como lo hacía cuando volvían de la escuela. Sin pestañear. Con una inocencia casi mística…
El invierno de 2013 nunca sería el mismo. Habría buscado esa misma mirada en los más recónditos rincones de la memoria, y si la hubiera encontrado, quizás no sería la misma, pero estaba allí mismo. Tan cerca, que no se atrevía a mirar. Fue en ese instante, en el que quiso detener el tiempo: La tierra dejaría de girar sobre su eje. Los mares y ríos detendrían su curso. El viento no soplaría de nuevo hasta encontrarla de cara, frente a frente, despejando de una vez por todas la niebla y la bruma que los había envuelto durante tanto tiempo…
Afuera comenzaba a llover y el frío entrecortaba las siluetas de los negros edificios de la plazoleta, que se adivinaban tras los cristales del pequeño utilitario rojo, recien matriculado. El agua se filtraba rauda entre los adoquines mientras la musica de fondo hacía concesiones a ese pasado vivido en sueños. Dicen que las tormentas siempre terminan en calma, pero Amadeo no quería parar. Esta vez no.
No queria detener ese tiempo vivido segundo a segundo. No quería desguazar el quejido de los árboles desnudos y vibrantes que temblorosos se movían al son del viento en aquella plazoleta. No quería detener el timbre de su voz ni tampoco  aquellas palabras susurrantes pendientes de aquel hilo imaginario…
Amadeo se despertó de repente, como sucedía casi todos los días, antes de que su madre lo llamara para desayunar. Como siempre había preparado los libros y cuadernos la tarde anterior y los había metido apresuradamente en la desgastada cartera de cuero sin abrochar. Se tomo de un trago el vaso de leche despidiendose de su madre con un sonoro beso en la mejilla, y partío como un rayo en dirección al colegio. Afuera el día amaneció gris y ratos entrecortando pequeños rayos de sol. El calendario del conserje clavado en la portería de la entrada, batió sus hojas al viento mostrando un Febrero de 1974. Parecía un día de invierno de lo mas normal. Salvo que algo que había clavado en la verja de la entrada a  la escuela le llamó poderosamente la atención: enganchada en uno de los adornos de forja, lucía una vieja rebeca rosa de punto, que ondeaba libremente, jironeada por el sol…

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