domingo, 28 de septiembre de 2014

La estrella (L'Etoil)

Relato de Alfredo Luque

Cuando aquella mañana Jacques Etoil se levantó de la cama y partió hacia su pequeño taller de la plaza de La Chaux-de-Fonds, en su Suiza natal, nunca imaginó que sus pequeños trabajos recorrerían el mundo entero. Manos a la obra, se ajustó la lupa de aumento en la cuenca del ojo izquierdo, y con quirúrgica precisión y la ayuda de unas pequeñas pinzas, movió el minúsculo engranaje en un suave y único gesto. La pequeña obra del ingenio humano que cuantificaba el tiempo, había comenzado a girar, motivada por el pulso humano. Una vez ajustado el delicado mecanismo, limpió ambas piezas de coleccionista, como así le gustaba denominarlas, y las limpió con un fino paño de algodón hasta que quedaron impolutas y relucientes.
 
Las introdujo cuidadosamente en una pequeña cajita de madera barnizada, decorada con un discreto adorno y rematada con el nombre de la casa en letras doradas. Las envolvió en idénticas bolsas de un color marrón aterciopelado y estas, a su vez, en un grueso papel, que ató con cordel, en forma de hatillo. Se las guardó en el bolsillo del raído gabán y corrió veloz hacia la estafeta de correos, mientras sujetaba el sombrero, que amenazaba con volar sobre los tejados de enfrente, ante una repentina ráfaga de viento que soplaba en aquella fresca mañana de finales de Agosto de 1939.

Bastaron tan solo un par de sellos para cada paquete y el funcionario taciturno, los mató con un golpe seco sobre el mostrador.  
- ¿A donde, Monsieur?
- Uno para Berlín, Alemania, y otro para Massachussets, Estados Unidos de América, por favor
-concluyó finalmente Monsieur Etoile, ante la mirada de estupor del  funcionario, que parecía haber despertado de repente de un letargo sombrío y se afanaba en deletrear mentalmente el nombre de aquella ciudad estadounidense, antes de anotarla en el resguardo.
Para Alan Woodrow, la mañana también amaneció fresca. Abrió los ojos, y aún amodorrado en su catre de campaña, miro en torno suyo. Había estado soñando, sin duda, o tal vez no, pero estaba seguro de algo: Todo lo que le quedaba de aquella chica, era el viejo L'etoil adosado a su muñeca como la pintura resquebrajada de aquellas viejas caravanas desconchadas de Worcester City, en el Massachussets de su niñez. El frío de aquella mañana le calaba hasta los huesos. Y más aún, si cabe, con la ropa empapada. Navidad en Bastogne. Bélgica. Menuda aventura a los 19. Y para comer, las rancias alubias del viejo Joe. Y eso, era el día que tocaba caliente. Nunca había visto un cielo tan estrellado como cuando dejó de nevar, aunque eso no era del todo cierto. Si que lo había visto antes. Fué en Tobruk. En mitad de la noche del desierto, entre la Depresión de Qattara y El Alamein, en aquel verano de 1942, cuando al fín pudo tumbarse en la arena, tras interminables días y horas de marcha a través del Norte de Africa.
 
Pero ahora, en este instante, sólo podía pensar en algo cálido. No había mantas ni penicilina y su bronquitis, que comenzaba a ser crónica, se acentuaba a medida que iba dando cuenta de su ración diaria de Lucky Strike. Tampoco quedaba café ni aquellas galletas de mantequilla inglesas, que de vez en cuando, intercambiaba con los pilotos de la RAF, por un puñado de cigarrillos...
 
Hans Hoch todavía dormitaba aún a aquellas horas, apoyando la cabeza entre los sacos terreros y las cajas grises de munición de los Sturmgewehr 44. Se agitó en sueños dando unos cuantos vaivenes a su cabeza, hasta que se la golpeó bruscamente con una de ellas, dandose un estrepitoso cabezazo.
- So Ein Mist! (¡Maldita sea!) -masculló entre dientes.
Se incorporó de un salto. Le dolía un poco el estómago. No había comido nada desde el martes. Tal sólo había tomado algo de café de cebada aguado y un poco de strudel rancio y agusanado. No era lo que un berlinés de buena familia, como él, y siendo Obersturmfürher, Teniente para los amigos, habría esperado por navidad. Por mucho que le hubieran ascendido, hace dos días. El L'etoil de su muñeca marcaba las dos menos cinco. Era la hora de dar las ordenes...
 
Alan agitó un poco su muñeca, sacudiendose la nieve que cubría la esfera de su L'etoil. No se había movido ni siquiera un milímetro de su posición, en todo el tiempo de guardia,  oteando en cluclillas, el horizonte. Le pareció oír voces confusas entre la niebla e incluso acertar a distinguir unas siluetas grisáceas. Miró la hora. Las dos en punto. Como un rayo de tormenta, un fulgor eléctrico iluminó de repente el cielo justo por encima de su cabeza, seguido del estruendo típico del fuego de mortero. Finalmente había comenzado el asedio. Se agazapó tam bruscamente que vomitó la ración de  alubias del viejo Joe, en aquel estrecho pozo de tirador. Los arboles volaban a su alrededor, en una oleada imposible de ramas, piñas, astillas y trozos de pierna de algún desgraciado del primer batallón...
 
Hans estaba agotado. El sudor le brotaba de las sienes y no tenía fuerzas para seguir cargando aquellos pesados obuses del 88. No tenía ni las más mínimas ganas de armar el cañon flak y menos aún de dispararlo de nuevo, a sabiendas de que podrían formarle un consejo de guerra si lo descubría, su superiór, un tal Jöffel, aquel capitan gordo, que olia a colonia barata, oriundo de Munich, y aficionado a las salchicas, que ahora correteaba jadeante entre la trinchera, dando ordenes a diestro y siniestro, embutido en aquella gabardina de cuero negro.
- ¿Quien se cree que es? ¿De las SS? -masculló Hans entre dientes, mientras le miraba de reojo, a través de la mira del cañón.
No se alistó para esto. Era Navidad, por el amor de dios. A esas horas ya debería estar bebiendo Schnapps en las tabernas de la Herbert-Bayerstrasse, su barrio berlinés, junto al SeBe Gaststätten, su restaurante favorito, con Ruddiger y Herschell, sus compañeros de fatigas de los felices tiempos de academia...
 
El impacto del obús sacó violentamente a Alan de su pozo. Sólo pudo acertar a ver entre el humo unas lágrimas en el rostro desdibujado del sanitario Jacobs y en el del Teniente Capellán Peters. Afuera en la línea del frente, caía la noche, y multitud de bengalas, iluminaban el cielo nocturno.
- ¡Parece el cuatro de julio! ¿Verdad, Jim? -exclamó mientras caía en un extraño sueño  profundo...
Hans Hoch sólo tuvo tiempo de arrodillarse junto al cañon y balbucear una plegaria entrecortada, mientras su mano, temblorosa, buscaba algo a tientas en el bolsillo del abrigo gris de la wehrmacht. Todo se le volvió súbitamente de un color negro amoratado. Se aferró al crucifijo plateado que al final acabó encontrando en el forro. La sangre le brotaba a borbotones de su frente límpia. El disparo del francotirador le había arrebado el casco con violencia, y su cuerpo ahora, flácido, se precipitó sobre la nieve, como un saco de kartoffeln.
 
El tiempo se detuvo en aquellos dos relojes de pulsera. Había dejado de nevar y el viento gélido de las Ardenas se llevó de un plumazo todo rastro de nubes, dejando entrever un cielo limpio como el cristal y plagado de estrellas, a través de los claros del bosque. Eran innumerables los puntos de luz en la inmensidad de la noche, alumbrada de vez en cuando, por el fulgor de los cañonazos. Sin embargo, había una oscuridad en todo aquello que parecía algo sobrenatural. Era imposible, pero las estrellas se movían y se agolpaban arremolinandose como si estuvieran enlatadas en la negrura del cielo. Allí arriba, a unos cuantos millones de kilómetros y cientos de miles de mundos de distancia, ambos contendientes se encontraron contemplando ese espectáculo.
 
Al principio, no se distinguieron bien en la distancia, pero al acercarse, sus rostros cruzaron las miradas, aún con el reflejo del fantasma del miedo, pero tras unos segundos mirándose fíjamente, comenzaron a apreciarlo. Era una sensación única. Se vieron extasiados y dueños absolutos de todo lo que les rodeaba. Amos de aquellos extensos dominios que ahora constituían su propio imperio, como ocurría en los legendarios cuentos del Rey Arturo y en las aventuras de Lohengrin. Ahora tenían para sí, todo lo que habían estado buscando durante tanto tiempo. Rodeados de galaxias, cúmulos y estrellas, compartirían juntos el auténtico sentido de su existencia: sólo los muertos ven el final de las guerras, y en el extenso horizonte, tras el sol, oculto, pero no invisible a sus ojos, pudieron contemplar el verdadero camino hacia la libertad.

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