domingo, 1 de noviembre de 2015

La guerrera burdeos

- Quemar la ropa de un muerto es una costumbre que corresponde a la familia, señora Willow –se lamentaba Joseph Colligan, el gobernador–. Carter ha muerto solo y nuestra obligación…
- ¡Nuestra obligación es actuar en el nombre de Dios, Joseph! Y evitar que su alma maldita regrese de entre los muertos –respondió ella dando por zanjado el tema.
...es una costumbre que corresponde a la familia...
Era el 6 de octubre de 1723 y la noticia corrió como un reguero de pólvora por Rotthil Ville. El viejo Carter había muerto. Algunos decían que llegó a aquellas tierras con los primeros colonos. Era famoso en su pequeño pueblo olvidado de Pennsylvania. Sus actividades relacionadas con la magia negra no pasaron desapercibidas a las autoridades que, no obstante, siempre hicieron la vista gorda.

Hasta aquel día. Colligan no quería problemas. Ya sentía suficiente remordimiento porque nadie quiso atender a Carter en sus últimos días, y tuvo que ver cómo moría solo y maldiciendo a sus vecinos, así que ordenó a Al Vance, un buscavidas, que enterrara el cuerpo en algún lugar alejado mientras ellos llevaban un ataúd vacío al cementerio. Y que quemara toda su ropa.

Mientras lo hacía, Al Vance entendió que no era necesario cumplir todo el trabajo, y que aquella estupenda guerrera de color burdeos podría tener un final mejor que la hoguera, y de paso generarle a él unos dólares si sabía venderla bien. Retiró una de las tablas de la pared y la guardó allí hasta su vuelta.

Al Vance acompañó esa misma noche al viejo Carter. Nadie supo explicar muy bien el motivo por el que su cuerpo apareció sin vida por la mañana junto a una empalizada del jardín exterior.

El 9 de septiembre de 1991 los Harper compraron la casa que había pertenecido a la familia de Carter. Era una casa colonial, muy del gusto de la época, y Robert Harper creía haber hecho un buen negocio.
- Ya está hecho, Wilma –le dijo a su mujer por teléfono mientras desde el Rotthil Café observaba su flamante adquisición–. Te encantará, y también a Roxanne.
- Llegaremos la semana que viene –respondió ella–. ¿Dónde vas a pasar estos días?
- Ya tengo las llaves y los muebles están dentro, así que podré dormir en nuestra nueva casa –explicó él sin dejar de mirarla–. Te echaré de menos.
Robert se encaminó al que sería su hogar, y que le permitía vivir a escasos diez minutos de la ciudad en la que empezaba su nuevo trabajo como asesor urbanístico. Al cruzar la cancela del jardín, Robert sintió como un escalofrío, justo al tocar una empalizada que necesitaba una mano de pintura. No le hizo caso y continuó su camino. Ya dentro de la casa, intentó sin éxito servirse un poco de agua, pero los grifos no funcionaban, a pesar de haberse asegurado que la llave de paso estaba abierta.

Se fue a la dormir, pero antes apretó una tabla suelta de la pared. Apenas había terminado de meterse en la cama cuando vio cómo todo el dormitorio empezaba a arder. Quiso levantarse, pero algo se lo impidió, y empezó a notar el fuerte olor a madera quemada y a sentir un calor inaguantable. Entonces la cama se levantó del suelo, y llegó hasta el techo. Robert luchaba por salir de aquella pesadilla, pero estaba perfectamente despierto. Aunque lo peor es que estaba inmóvil.

Desde arriba, vio como una figura de un anciano recorría el dormitorio. Entraba y salía de los armarios sin abrir las puertas, como si fuera de humo, y separó la tabla que él había colocado. Robert estaba aterrado y aunque gritaba la voz no le salía de la boca. De un salto el fantasma que había revisado toda la habitación subió encima de la cama también y entonces fue cuando el horror se apoderó de Robert Harper.

La aparición no tenía facciones, sus ojos estaban vacíos y casi se podía ver todo a través de él. Levantó su mano huesuda y con el dedo índice señaló a Robert, que casi llegó a sentir la uña ennegrecida en la punta de su nariz. Estaba a punto de desmayarse cuando con un gesto el espectro lanzó la cama por el gran ventanal del dormitorio. Robert viajaba en ella, y se llevó un buen golpe cuando esta aterrizó en el jardín. Miró hacia la casa y no había llamas; todo parecía tranquilo. Pero aquel ente seguía allí, de pie, junto a la empalizada mal pintada. Cuando Robert miró hacia él, desapareció, pero lo hizo de una forma extraña, de abajo hacia arriba, como si se lo hubiera tragado la tierra.

...esperando lo peor...
Esperando lo peor, Robert excavó con sus propias manos en el lugar y no tuvo que hacer mucho esfuerzo para encontrar lo que no quería encontrar. Empezó a sacar huesos; todos eran humanos. Ningún resto de ropas, solo los huesos blanquecinos. Escuchó entonces un fuerte alarido y salió corriendo sin mirar hacia atrás. 

Rechazó el trato de la casa, explicando lo sucedido. El agente de la inmobiliaria confesó que hasta en cinco ocasiones había ocurrido algo extraño que había asustado a los compradores, y que la aparición de un cadáver no iba a arreglar las cosas. Era una propiedad invendible desde hacía casi tres siglos, y ahora mucho más.

A la semana, Robert Harper vio en el periódico una noticia relacionada con la casa en la que vivió aquel horror. Había sido demolida, pero lo más curioso de todo fue que entre los restos había aparecido una antigua guerrera de color burdeos que debió pertenecer a algún propietario, y que iba a ser subastada. La crónica especulaba; tal vez era del hombre cuyos restos habían sido descubiertos por casualidad días antes de la demolición... Robert cerró el periódico y levantó la cabeza, para mirar la nueva casa que había comprado, de reciente construcción y en pleno centro de la ciudad. Pagó al camarero y salió hacia el aeropuerto, donde su mujer y su hija aterrizarían esa misma mañana.

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