lunes, 27 de marzo de 2017

El punto de inflexión

por Mari Carmen Arenas

Puedo afirmar que me encanta la filosofía
Se acercaba la primavera. Era un día cálido y soleado de principios de marzo. Recuerdo que estaba sentado en la última fila de pupitres en la clase de filosofía y que los martes (ese día en concreto era martes), tenía lugar a última hora. Yo era de los que prefería quedarse mirando a través de las ventanas a los gorriones que revoloteaban por los árboles del patio delantero del instituto mientras, el profesor de turno, vomitaba de forma autómata conceptos e ideas que casi nadie escuchaba, pero que todos oían. Ese día nos tocaba hacer una exposición sobre las obras de Platón. Para mí todo aquello era un rollo. Yo sentía que las horas que invertíamos en filosofía eran horas que perdía de mi vida adolescente. Ese día se ausentaron la mitad de mis compañeros. En condiciones normales yo también habría faltado a esa clase. Sin embargo, yo tenía un pie escayolado. Me hice una fractura de peroné jugando a fútbol un recreo. Pero esta historia, no tiene nada que ver con mi peroné y tampoco con el fútbol. Es una alegoría a los cambios. Para mí, aquél día fue el punto de inflexión que cambió el rumbo de mi vida.
- Federico, ¿Te has preparado la exposición o has pasado como siempre? -me preguntó la profesora.
- Lo de siempre, maestra. No he hecho nada- le contesté.
- He aquí el problema de la juventud: el desinterés por el conocimiento -dijo en tono satírico, dirigiéndose al resto de la clase.
- Los diálogos de Platón no son conocimiento, la filosofía en particular es una auténtica chorrada que no nos sirve para nada, profesora. Igual que las matemáticas -le solté sin anestesia.
- Tu ignorancia me produce un profundo sentimiento de lástima hacia a ti ¡Ni siquiera sabes lo que es la Filosofía! ¡ Ni si quiera sabes lo que son las matemáticas! -dijo enfurecida.
- Tampoco me interesa saberlo, la verdad -le dije en tono chulesco, el típico de los diecisiete años.
- ¿Sabéis lo que ocurre? Ocurre que sois la generación perdida. Tenéis el conocimiento a golpe de click gracias a las nuevas tecnologías y vosotros preferís gastar vuestro tiempo en mirar a youtubers e influencers, que lo único que hacen es llenaros la cabeza de paja. Os diré algo, el teléfono inteligente que tenéis escondido debajo de la mesa ha necesitado de la implicación de matemáticos, ingenieros, físicos y hasta filólogos y traductores para poder existir. Son el resultado de gente que ha ido más allá, que ha sido inconformista y que se ha salido del molde de la mediocridad -nos dijo.
- ¿Nos está llamando mediocres, profesora? -sugirió una de mis compañeras.
- Sí, sois unos mediocres. Sin ambiciones. Y me da rabia, porque yo en cada clase que estoy con vosotros intento despertar esa chispa, esas ganas -sus ojos comenzaron a humedecerse y antes de romper definitivamente a llorar salió disparada de clase. 
En ese preciso instante me sentí muy mediocre. Mi profesora llevaba razón. Éramos unos adolescentes mediocres y consentidos. La generación perdida que acabaría frustrada por no conseguir ser tan popular como esa blogger de moda o ese gamer al que seguía en Youtube. Porque vivíamos en una nube. Estábamos en la caverna y nos negábamos a salir por miedo al calor de los rayos del sol.

Sonó el timbre que indicaba el final de la clase y la profesora no había vuelto. Como llevaba muletas me quedé el último. Me di cuenta que había unos papeles en la mesa que eran de la profesora. Algo me empujó a cogerlos y meterlos en mi mochila.

Pasaron los días y yo olvidé que tenía aquellos folios dentro de la mochila. Cuando llegó el fin de semana mi madre me pidió que la vaciara para lavarla. Mientras sacaba mis cosas, encontré unos papeles al fondo un poco arrugados. Me detuve a hojearlos. Eran los diálogos de Platón. En concreto, el fragmento que hace alusión a la Atlántida. Entonces me enganché. Navegando por internet encontré un documental sobre el tema. Empecé a buscar información sobre la civilización perdida y todo lo que se había descubierto o investigado hasta la fecha. Empezó la inflexión. La pasión por el tema se apoderó de mí y mi vida dió un vuelco inesperado. Pasé de ser una simple estrella mediocre a una supernova. Hoy, diez años después estoy aquí escribiendo estas memorias desde el campamento que tenemos en Doñana, donde estoy trabajando con un equipo internacional, para averiguar dónde está la puñetera civilización perdida. ¿La encontraremos? Quién sabe. Lo importante es que la simple utopía de querer encontrarla ha hecho que sea yo el que me encuentre a mí mismo. Su posible existencia me abrió las puertas al conocimiento. Y a día de hoy, en este precioso atardecer en las marismas, puedo afirmar que me encanta la filosofía.

No puedo enseñar nada a nadie, solo puedo hacerles pensar
Sócrates

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