domingo, 8 de abril de 2018

Game Over

por Rafa Vera

Afar el’Arev, gran gobernante, apaciguó las tierras de esta comarca dándoles la paz y prosperidad que se merecían. Poco tardó Hacha del Norte, el invasor, en tratar de hacerse con ellas, con sus riquezas y con sus gentes.

Así comenzaba el juego que diseñó Rafa. Con el tiempo tenía más de diez mil millones de usuarios únicos conectados entre un bando y otro tratando de defender o conquistar, según su clase. Tras diez años en activo había comunidades enteras, gremios, toda una sociedad montada en torno a aquel juego. Era su vida. Horas, días y semanas sin despegarse de las cuatro pantallas que tenía delante para controlarlo todo. Era como Ed Harris en el Show de Truman: dejaba hacer pero siempre que todo estuviera bajo su control.

El monitor izquierdo mostraba los logs maratonianos que se iban sucediendo. El siguiente el código pendiente de modificar. El central derecho a su personaje, el gran Afar el’Arev y el de más a la derecha a cada usuario conectado a la plataforma. Para cualquier criatura que entrara a su despacho, su mujer y sus hijas, por ejemplo, aquello no era más que una réplica doméstica de la Nebuchadnezzar de Matrix. Realmente era mucho más: era su vida, su obra, su control, su fin, su objetivo, su razón. Lamentablemente toda esa vida, obra, control, fin, objetivo y razón dependía de un pequeño y humilde cable que lo conectaba a la red eléctrica.

Se apagaron las pantallas. Un mal día todo se quedó completamente a oscuras. Todo no, eran las cuatro de la tarde y al subir las persianas los rayos de sol entraron achicharrándole las retinas.

Una vez se hizo a la luz natural caminó como un zombi por el pasillo de casa. Ahí estaba su mujer.
- Caramba Paquita -le dijo-; te estás quedando en las guías.
La mujer lo miró detenidamente y, tras resoplar, contestó:
- Soy Lucía, papá. Mamá ha salido a comprar y yo me voy a la biblioteca a hacer unos trabajos. Tú sigue con lo tuyo, anda, vaya a ser que te de algo.
Cuando Paquita volvió estuvieron hablando largo y tendido. Parece ser que durante los diez años que llevaba desarrollando su juego estuvo un poquitín ausente de los vaivenes de su hogar. La pequeña Lucía tenía ya diecisiete años, al siguiente iría a la universidad. Antonio, al que Rafa juraría no haber visto nunca, estaba a punto de cumplir los cuatro añazos ya. El programador no recordaba su nacimiento y, la verdad, tampoco Paquita quiso hacer mucho hincapié en el tema.

Avergonzado, organizó una cena para toda la familia. Se encargó de todo: desde poner la mesa hasta situar la barra de pan y el paté. Resulta que Lucía era celíaca, así que improvisó unas piezas de fruta para que no se quedara mirándolos comer. La sobremesa transcurrió de lo más amena y entretenida hasta que de repente todo se encendió de nuevo. La luz había vuelto y con ella el trabajo de Afar el’Arev.

Sólo dijo un escueto "ahora vuelvo, es nada más que mirar el estado de los servidores". Volvió a plantarse los auriculares enormes y sentarse frente a sus cuatro pantallas. 

Todo era un desastre. Las hordas invasoras de Hacha del Norte, el invasor, habían aniquilado prácticamente a toda su aldea. Los pocos jugadores que quedaban con vida se habían cambiado de bando tras dejarle mil mensajes a Araf sin obtener contestación. Desolado, tecleó rápidamente en la consola el mensaje: "Lamento haberos fallado. Por un corte del suministro eléctrico me ha sido imposible seguir online las veinticuatro horas  del día. He aprendido mucho, sin embargo, en este tiempo. Las cosas importantes de la vida, el valor que tienen, lo que realmente le da sentido a la existencia. Lamentablemente he de daros una mala noticia: durante el próximo mes se incrementará en un euro la cuota para hacer frente a una aparatosa inversión, en grupos electrógenos, que garanticen el suministro continuo incluso en caso de accidente nuclear. He destrozado mi aldea, y lo siento. No se cómo de mal lo habréis pasado, pero no se volverá a repetir".

Cinco semanas más tarde Afar el’Arev falleció de inanición. Paquita volvió a casarse, con el padre biológico de su Antonio. Lucía terminó psicología y trabaja en una clínica de ciberadicción. Antonio es cabrero en el monte. Es el más feliz de la familia y sólo se le va la luz cuando sopla las velas en cada cumpleaños.

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