miércoles, 13 de enero de 2010

El tipo que queria ser un jarrón


Basilio era un pacífico jardinero que trabajaba en unos jardines cuyo final nunca veía. Trabajaba y trabajaba, cortaba la mala hierba y arreglaba las zarzas para que las flores del estrecho caminillo de arena fueran siempre visibles. Las regaba suavemente para que se mantuvieran bien bellas. Cada día, al levantarse, veía como las zarzas, querían engullirlas; crecían rápidas, como si la sátira tierra diera sobrenaturales ánimos a su diabólica y burlesca simiente. Harto de trabajar en vano, decidió tumbarse en su cama para luego darse un paseo por el camino de arena y fumarse un cigarrillo. Aquella mañana, Basilio no trabajó, se paseó por el camino viendo como las zarzas escondían las flores tras su rotundo verde. Todas observaban sus pasos tras su enzarzada jaula. Todas, menos una. Unos pasos más allá del margen izquierdo del camino, divisó una inmensa y atractiva rosa roja que brillaba por el rocío con el sol de la media mañana. Al acercarse, la rosa le habló. "¿Por qué no trabajas hoy, Basilio?" "Es inútil, por mucho que haga, las zarzas engullen a las amapolas, tulipanes y crisantemos de este jardín. Toda mi vida la he gastado recorriendo este camino sin fin, durmiendo con manta en suelo raso, o en alguna de las casitas que a veces encuentro en mi trayecto, arrastrando tras mi espalda mi bolsa de herramientas. Pero estoy seguro de que, si echara marcha atrás, vería como trabajé para nada, pues seguro que las zarzas se han tragado ya todo a su paso." "Las zarzas siempre están ahí...Las flores que logran darse cuenta, ven por sí mismas cómo pueden crecer por encima de ese implacable verdugo. Las que no quieren darse cuenta, perecen en la amarillenta e inmutable caricia del tiempo." "¿Y por qué eres la primera rosa que veo en todo el camino?" "Porque soy la que da fuerza a las zarzas, la que con el agua del rocío las mantiene crueles e insensibles, creciendo día a día, llevándose bajo sí a toda flor débil, carente de brillo, poco segura de la estabilidad de sus fuertes raíces. Aquella que planta cara crece por encima de la horda de espinas, jactándose de su no demasiado hábil opresor. Es ley de vida, es el inevitable proceso natural." "¿Y...las que permanecen bajo la zarza?" "Ahí se quedan, amarillentas y despreocupadas...Sin pensamiento alguno, al borde del destino que les podría haber deparado el crecer y esquivar al elíptico y verdoso torturador. Ahí quedan para siempre, conservadas, pero descoloridas...Frías..." "¿Qué hay al final del camino?" "Puede que algo, puede que nada." "¿Así pues, no se si mis esfuerzos son inútiles?¿No se si alguien al final del camino recompensará mi lineal y cansino esfuerzo?" "Tus esfuerzos son útiles, pues haces que las flores vean que no son tan frágiles como ellas piensan, tú las liberas de la verde sombra. Algunas de ellas ven que hay algo fuera del techo de espinas que las envuelve, ven cielo azul, respiran aire puro, crecen y..." "Crecen y la vida las marchita en cuestión de días. Es inútil. ¡Llévame contigo, abrázame con tus espinas. Alivia mi cansancio y deja que me tumbe aquí a tu lado, abrazado por las zarzas, para sólo ver el salvador y reconfortante verde que tú puedes ofrecerme!" "No es algo, que un jardinero deba hacer, pues si no...¿Quién cuidará del jardín? ¿Quién hará que las flores logren verse a ellas mismas como lo que son?" "Al diablo con ellas, que se den cuenta por su propio pie. Yo sólo quiero que me lleves contigo..." "No lo haré..." "Sí lo harás, pues si no lo haces, te arrancaré de éste suelo con la pala más grande que lleve en mi bolsa de herramientas." La rosa dudó durante unos instantes, tras los cuales volvió a hablar al jardinero. "Ve a la casa donde has dormido hoy. Esta noche haré que las zarzas lleguen a tu cama para así aliviar tu inquietud" Pero la rosa lo había engañado, no podía hacerle eso al jardinero, al eterno cuidador de aquel jardín sin final. Para evitar otro encuentro como el de aquella mañana, dirigió sus zarzas contra sus propias raíces, haciendo que éstas fueran arrancadas de la fértil tierra que las albergaba. Las zarzas llevaron a la rosa al interior de la pequeña casa donde Basilio estaba durmiendo y la depositaron dentro de un jarrón con agua fría que había en una mesa situada en frente de la cama donde se hallaba descansando Basilio. Cuando éste despertó por la mañana, vio la flor semimarchita dentro del recipiente. El hombre le habló al jarrón en una retórica conversación entre un desasosegado humano y un inánime utensilio: "Me das tanta envidia...Tú, frío y eterno jarrón de cristal. Tú, transparente objeto sin alma que el tiempo no logra dañar...Tras tu acuosa mirada ves como el tiempo pasa, pensando "qué frágiles son, los seres vivos"...Maldito seas, qué suerte tienes." Basilio, desesperado y a la vez colérico, cogió su machete, una pala y un pequeño rastrillo; salió raudo de la casa y plantó de nuevo la rosa, ahora amarronada y mortecina, allí donde la encontró la mañana anterior. Corrió no muy lejos, un par de yardas quizá. Cortó un tulipán del camino y cavó un hoyo con la pala. Tras esto, rajó su pecho con el machete y colocó al lado de su corazón el fresco tulipán blanco. Con las fuerzas que le quedaban, cerró su pecho y se enterró en el hoyo que minutos antes había cavado, sellándolo para siempre con sus propias manos. Allí esperó a que la rosa resucitara y se llevara con sus enzarzados brazos aquel tulipán que en pocos segundos se tornó rojo oscuro...rojo sangre. Pero la rosa nunca vino a por él. Al lado de la marchita reina que un día gobernó sobre aquel jardín, dejó algo escrito en un papel viejo, sobre el cual fueron cayendo los arrugados pétalos de la muerta flor, bajo el implacable paso de los segundos...de los minutos...de las horas...de los días: "Ven, y abrázame con tu perfume, quiero acariciar tus hojas, y notar la suavidad de tus pétalos mientras de mi dolor me despojas. Ven, líame entre tus zarzas, fija tu color en mis ojos, desnúdame con tu tropismo, borra mis pensamientos rotos. Deslízate por mi cuerpo y clávame tus espinas. Llévate mi sangre, dame tu rocío, que cada clavo tuyo se ensarte en mis venas cada vez más finas. Sentado aquí te espero; haz de mí un ser nuevo, llévate de mí el rojo néctar, no lo quiero quiero en mí sentir tu agua, fría, como la lluvia de enero. Sentado aquí yo te anhelo, te reclamo, te ansío, te quiero, ¡oh, perdición y salvación a la vez, unidas por el desespero! Enfríame súbitamente con tu golpe constrictor y certero. Quédate mi calor, para mantener rojos tus pétalos, y no tengas remordimientos; congela mis huesos, sédalos, pues ya no quiero ser pasión hirviendo, tan sólo, un frío jarrón."

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