miércoles, 13 de enero de 2010

El Bar

Por fin un puente, unos días de quimérica libranza e ilusión de pequeñas vacaciones. ¿Qué haremos hoy? Obvio es, ir al bar a echar unas cañas y comer de tapas, que para eso es fiesta. Se ve que la originalidad de la idea no era de nuestra exclusividad, cien mil personas se agolpaban en la barra del pequeño antro de madera gritando ¡¡¡Más cerveza, es la guerra!!!


A eso de las tres y media de la tarde la cosa estaba más relajada. En la barra apenas quedaba nuestro grupo, tres solteronas con los cuarenta bien pasados, un grupo de pijos que nos miraba de reojo cada vez que cantábamos algo de Siniestro Total (efectos colaterales de la ingesta alcohólica masiva), tres chavales en chándal con un balón de baloncesto junto a la mesa y junto a la entrada dos matrimonios mayores y muy bien vestidos.


El comedor era otro cantar. Centenares de personas gritaban, comían, se tiraban migas de pan y servilletas mientras se podía entreoir de vez en cuando palabras como “cerveza”, “pan” y “solomillo”. Era festivo, si, pero jueves. Se ve que los del bar no estaban preparados para la marabunta que se le avecinaba y apenas tenían dos camareros repartidos para todo el mundo. Tocábamos aproximadamente a camarero por cada doscientas mil criaturas.


A partir de la sexta ronda la cosa empezó a ponerse fea. El camarero entraba en la barra y antes de que nadie pudiera pedirle algo volvía al comedor con la bandeja llena de bebidas. “Es que tiene lío” pensábamos todos. Total, nos quedaban un par de dedos en el tubo así que podíamos esperar un poco más.


No así los pijos, que comenzaban cada frase con un repipi “Pues en Granada esto no pasa”, “pues en Granada hay mil quinientos camareros por cada mesa”. Pues que se vuelvan.


Las solteronas estaban ya con una risilla floja de esas contagiosas intercambiando miradas con los del baloncesto que deberían pensar “¡Qué carajo!” y tonteaban haciendo descender sus edades hasta los 13 años.


Volvió a pasar el camarero, “Oye, perdona, oiga, por aquí, unas rondas, anda, porfi, maestro, jefe, aquí...” pero nada ocurrió, volvió a darse la vuelta y desapareció tras la puerta que daba al comedor con una bandeja a rebosar de sabrosa y fresca cerveza.


Las cuarentonas y los del baloncesto ni se dieron cuenta. Habían acercado sus taburetes y estaban charlando emparejados, hablándose al oído y con la misma risa floja de antes, solo que más escandalosa si cabe.


Cuando los pijos dijeron por quincuagésima vez lo de “Pues en Granada” mi colega Juan no pudo evitarlo: “Pues vete a Granada, gilipollas, y deja ya de dar por culo”, -”Por culo dais vosotros, so macarras, que tenéis una liada con las coplas esas de mierda que cantáis...”-. “Hijo mío”, interrumpí para que la sangre no llegara al río, “estamos cantando la gloriosa historia del Punk español: Siniestro, mamá ladilla... así que en lugar de quejarte puedes o bien irte a tomar por culo, como sabiamente ha dicho mi colega o por el contrario unirte, escuchar y aprender un poquito de música, que seguro te hace falta”.


El repijo se dió la vuelta y cuchicheó con sus colegas. Pringaos.


Ya sólo nos quedaba un dedo de cerveza, y espuma reseca en el resto del tubo. Las cuarentonas seguían a su rollo, cada vez más cerca y emparejadas con los del baloncesto. Estos parecían encantados de la vida. No es que fueran unas sex simbols, pero a ver, por charlar y tontear un rato no pasa nada. Además se veían majas y sobre todo graciosas.


Los pijos ya se habían levantado para pagar. Pero si el camarero no venía a poner copas tampoco lo haría para cobrar.


Eran ya las doce de la noche, el comedor seguía igual de lleno y jaleoso. Intentamos entrar para llamar al camarero, pero fue imposible. Alguna fuerza o ley no escrita impedía el paso a la otra sala. Igual que en los arcades de toda la vida: o matas al master del nivel o no se puede pasar.


Con la llegada de la noche y el frío sólo tuvimos problema nosotros y los pijos. Las cuarentonas y los del baloncesto se acurrucaron de dos en dos y pasaron la noche bastante calientes (en todos los sentidos).


Los pijos por otro lado intentaron irse sin pagar. No señor, eso si que no. Llevábamos viniendo a esta bar por lo menos cinco años y no íbamos a dejar que unos repijos le dejaran un descubierto. Así que nos enfrentamos a ellos, como tiene que ser. Primero verbalmente, luego a empujones, algún puñetazo, y finalmente con los taburetes, sillas, servilleteros, ceniceros, … Evidentemente ganamos nosotros, aunque ligeramente jodidos nos quedamos.


Las doce servilletas que quedaban con vida nos sirvieron para limpiarnos la sangre. Sobre el rojizo suelo yacían los cadáveres de los cinco niñatos, con ayuda del palo para tender los toldos empalamos a uno junto a la puerta, para avisar a futuros pijos morosos. Mientras enterramos el cuerpo de los dos caídos de nuestro bando con toda la dignidad que pueden dar los periódicos del día anterior.


Los del baloncesto salieron del brazo de las cuarentonas dejando en la barra un flamante billete de cien euros, más que suficiente para pagar sus consumiciones y dejar una generosa propina.


De mi grupo quedábamos sólo dos, Juan y yo. Cansados, ensangrentados y con las camisetas hechas jirones dejamos caer nuestros cabezones sobre la barra, cansados y sedientos nos dormidos.


Lo siguiente que recuerdo es al camarero echándonos a escobazos al grito de “¡Joder, no consumís nada y encima me dejáis esto perdido de sangre, idos a buscar trabajo, gandules, y dejad de joderme el negocio!”

1 comentario:

ruyelcid dijo...

jajaja....jajaja...

Qué bueno..que bueno....

Gandules... gastad..y consumid!!!!

Archivo del Blog