martes, 16 de marzo de 2010

AVACAY Y EL ÁNGEL




Publicado por nuestro amigo y colaborador Antonio Vázquez (Nono)

Relato dividido en tres partes (para su mayor deleite)

Capítulo I

Una Navidad como otra cualquiera

El pequeño Avacay era un niño normal. Tan normal que a veces asustaba. A sus diez años, en casa no se portaba mal, y fuera tampoco. Apenas se advertía su presencia, y las pocas veces que salía de su anonimato lo hacía a instancias de su madre, a la que atendía como un soldado en instrucción a su sargento. Avacay pasaba así su tiempo, entre el colegio y su casa, donde pasaba largas horas en aquellos largos y fríos inviernos de su pueblo del sur de España, ya que hasta muchos años después no contó con un verdadero grupo de amigos con los que jugar en los charcos, que la generosa lluvia de entonces dejaba tras de si. En definitiva; un niño, al que le gustaba jugar, pero que había aprendido a gustar la soledad y que, ni bien ni mal, sino todo lo contrario, vivía con su tiempo y hacía su vida.

Fue en uno de esos inviernos cuando descubrió que el mundo está lleno de cosas bellas, acaso mucho más cerca de lo que podemos imaginar al principio. Las Navidades siempre eran muy íntimas para Avacay y su familia... su pequeña familia. En casa sólo vivían él, sus padres, su hermano pequeño y su abuela. Las Nochebuenas se limitaban a una cena más o menos especial, y la esporádica visita de algún familiar, pero siempre de manera muy breve y, por supuesto, sin que ello supusiera un cambio sustancial del guión previamente establecido. Avacay siempre fue un apasionado de los Reyes Magos, y creía que Santa Claus, o Papa Noel, como él lo llamaba, era un impostor; un fraude, un advenedizo llegado de sepa usted donde. Los Reyes, sin embargo, aparecían en los Evangelios y siempre habían acudido a su cita. Lo de Papa Noel... era menos creíble; era un aprovechado. De todas maneras, la Nochebuena siempre dormía con un ojo abierto y otro cerrado, porque de vez en cuando aquel rechoncho personaje de barbas blancas y mofletes rojos pasaba por los pies de su cama y dejaba algo. Aquella vez, entre otras cosas, fue un juego de construcción Tente, y Avacay lo disfrutó en silencio y con mucha cautela, como siempre hizo con todos sus juguetes y regalos.

La mañana de Navidad el sol resplandecía en el cielo de su pueblo, y Avacay madrugó, como de hecho solía hacer cada día, independientemente de la época del año que fuera. Normalmente siempre era el primero en abandonar la cama y a veces la televisión era su primera compañera, sobre todo en vacaciones, única época del año en que tenía programación a esas horas. Avacay reía con los personajes más estrambóticos del Cuento de Navidad de Charles Dickens y se entristecía por la penalidades de los más desafortunados, mientras su juego de construcción estaba encima de la mesa y él se afanaba por dar forma a aquella nave espacial, y no dejando de asistir al desfile de los tres fantasmas de la película que la televisión mostraba.

Un chocolate caliente y galletas; un desayuno típico de la Navidad. Su madre lo preparó para todos; él y su hermano pequeño lo tomaron delante de la televisión y ella empezó a marcar los turnos del baño antes de acudir a la misa de Navidad. Avacay pensaba que era un tostón(1). Ni siquiera era domingo, y le molestaba desaprovechar una bonita mañana, con regalos nuevos y programación en la tele, en escuchar una misa, que al fin y al cabo siempre es lo mismo; cada día igual. De todas maneras, volvió a ser el niño obediente del que presumían sus padres, tomó la ropa que su madre le había preparado, unos zapatos preocupantemente nuevos, su abrigo, sus guantes de lana y se dispuso a acompañar a sus padres y su hermano, mientras la abuela quedaba en casa preparando la comida. No podía imaginar que sería testigo de una visión que le marcaría para el resto de su vida.

(1)Aburrido o pesado, difícil de digerir.

1 comentario:

nonovazqυez™ dijo...

No se si para mayor o menor deleite, pero lo cierto es que se hacía necesario hacerlo tres trozos para adaptarlo al formato del blog, ya que se escribió en 2008 con otra idea diferente, aunque me parece medio como para compartirlo con vosotros. Se queda un poco inconexo y falto de contenido el primer capítulo, la verdad, pero en la segunda entrega ya va cogiendo cuerpo la cosa.

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