viernes, 12 de marzo de 2010

Aquel maldito despertador

Empezaba un nuevo curso, el verano había quedado atrás y una vez más los dos estudiantes volvían a encontrarse en la ciudad, en busca de un piso para compartir. Ambos se conocieron en primero de una de esas carreras extrañas y desde entonces se habían convertido en uña y carne. "El Patazas" era un joven alto, enjuto, rubio y de cara lívida, y como su propio apodo indicaba, de unas prominentes "habas" o "Patazas" del 48, nada menos. Su mirada perspicaz y algo traviesa era bañada por un profuso azul heredado de su madre. "El  Hurón" de la misma edad de El Patazas, era mucho más bajo que su compañero, tenía el pelo castaño y rizado, su semblante era indolente y flemático, no era habitual verlo sonreír, lo que no significaba que estuviera triste o de mal humor, sino que su testuzo asemejaba a ese roedor tan buscado. Ambos estudiantes estaban frente a la puerta de un piso, habían leído un anuncio en el periódico en el que se ofrecía el alquiler de aquella vivienda a estudiantes a un módico precio.
–Bueno, ya estamos aquí –dijo El Patazas, quien pulsó el botón del timbre del portal.
–Espero que esté bien este piso, estoy cansado de dar vueltas y de ver cuchitriles infectos –comentó El Huron, haciendo un mohín de disgusto.
La puerta se abrió y apareció una anciana bajita y rechoncha, de pelo blanco, vestida de negro y con el rostro arrugado por el paso de los años.
–Buenos días señora, ayer hablamos por teléfono, venimos por lo del alquiler–informó El Patazas.
–Sí, claro, entrad, os enseñaré el piso, espero que os agrade –respondió la anciana franqueando la entrada a los jóvenes.
La mujer, con sus pasos renqueantes, recorrió todo el piso, mostrando a los estudiantes el amplio comedor, la cocina estrecha pero funcional, el sencillo y bien conservado lavabo, y dos habitaciones; grandes y bien iluminadas.
–¿Y aquí qué hay? –preguntó El Hurón, señalando una puerta cerrada que estaba en el pasillo, próxima a las habitaciones.
–Ahí está la habitación del antiguo propietario. Cuando compré el piso, hace ya muchos años, el señor  Lucas, que así se llamaba el propietario, me puso la siguiente condición para venderme el piso; “esta habitación no será utilizada por nadie y se conservará su contenido tal como lo dejo”. Yo acepté, el precio que me pedía era muy bajo y le di mi palabra de cumplir su petición.
–Extraña petición –apuntó El Hurón, mirando con curiosidad la puerta cerrada de la habitación.
–¿Y se puede ver? –preguntó El Patazas
–Eso sí, pero no debemos tocar nada, no quiero faltar a mí palabra. Lo único que hago en esta habitación es pasar una vez al mes y limpiarla. Le dije al señor Lucas que no permitiría que fuera un nido de ratas –respondió la anciana, abriendo la puerta de la habitación–. Entrad, no tiene nada especial, como podéis ver –agregó la mujer, subiendo la persiana para dejar entrar la luz del día.
Los estudiantes observaron la habitación, era parecida a las otras dos, sólo que esta tenía los muebles antiguos. Por lo demás, no se diferenciaba al resto. Ambos se miraron y encogieron los hombros.
Finalmente la anciana y los dos estudiantes llegaron a un acuerdo y se quedaron con el piso.
–No está nada mal, me ha gustado, hemos tenido suerte –dijo El Patazas a El Hurón, cuando salían del edificio.
–Sí, y muy barato, genial. ¡Ya tenemos piso! Vamos a tomar algo para celebrarlo, tengo la garganta seca –sugirió El Hurón.

Eran casi los nueve de la noche, cuando los dos estudiantes acabaron de colocar sus pertenencias en el piso. Las clases empezaban al día siguiente, ambos colegas sentían cierta ansiedad; tenían un nuevo curso por delante, y sabían que en el camino se encontrarían con dificultades a las que tendrían que enfrentarse.
–Si no fuera porque hay que estudiar, esto de la universidad sería genial –dijo El Patazas, tumbado en el sofá, pulsando compulsivamente el mando a distancia de la Tele.
–¡Deja de tocar los huevos y decídete por un canal! ¡Pero para ya! ¡Me estás poniendo nervioso! –exclamó El Hurón, desde la mesa del comedor, mientras comía unas patatas fritas.
–Tranquilo chaval, no te alteres ¿Vale? Mira, lo dejo aquí que dan “Un día de Furia” por enésima vez. El cabrón se parece a ti. ¿Te has fijado? –apuntó El Patazas con sorna, señalando al protagonista de la película que en aquél momento aparecía en la pantalla, embutido en un coche–. Si llevaras el pelo corto como Michael Douglas, y te pusieras unas gafas como esas, serías idéntico –agregó con una estrepitosa carcajada.
Los dos estudiantes vieron la película y después de hablar sobre mil temas banales, decidieron acostarse. La primera clase empezaba a las ocho de la mañana, por lo que habían decidido levantarse a las siete. El campus estaba cerca del piso, un paseo de quince minutos andando era suficiente para llegar a las aulas.
  El Patazas miró a través de los cristales de la ventana de su habitación las farolas que, erguidas y majestuosas, iluminaban la calle solitaria que, a partir de ahora, recorrería cada día para dirigirse al campus. Observó el panel luminoso de la farmacia, que al otro lado de la calle, indicaba que eran las dos de la mañana. El joven bajó la persiana, puso el despertador a las siete y se acostó.
Por el pasillo, procedente del lavabo, El Hurón se detuvo frente a la habitación que una vez fuera del señor Lucas. Se quedó pensativo, recorriendo con la vista la madera de la puerta. La petición que había formulado el antiguo propietario a la anciana, le parecía extraña y misteriosa. Le había dado vueltas al asunto, pero no había llegado a ninguna conclusión satisfactoria. Quizás el tipo sufría algún tipo de enfermedad mental, o era un supersticioso recalcitrante. El muchacho acarició la superficie de madera y sintió un escalofrío que le recorrió el espinazo. El pulso se le aceleró y dio unos pasos atrás para separarse de la puerta. Perplejo y aturdido, se quedó mirando, de hito en hito, la puerta sin poder moverse. Tragó saliva y cuando se repuso de aquella extraña sensación, continuó sus pasos hacia su habitación y se metió en la cama, meditando lo sucedido.
A la mañana siguiente, a las siete, los dos compañeros de piso se levantaron y prepararon sus cosas para asistir al primer día de clase.
–Esta madrugada me pasó algo raro frente a la habitación del señor Lucas–dijo El Hurón, apurando un café con leche.
–¿Qué hacías frente a esa habitación? –inquirió El Patazas, mirando la hora en el reloj de la cocina.
–Pensaba en la historia que nos explicó la vieja, y mientras le daba vueltas al asunto, acaricié la puerta. Tuve una sensación muy rara, me asustó –respondió El Hurón, dejando la taza en la fregadera.
–¿Te asustó? Tú estás fatal, lo que necesitas es un  cubalibre y dejar de pensar en tonterías. Siempre estás igual, cavilas demasiado colega. A ver si conoces una titi en la facultad y te espabilas un poco. Y hazme un favor, de vez en cuando sonríe, con esa cara de inspector de seguros, no va a haber tía que se te acerque –dijo El Patazas sonriente–. Venga, vayámonos, que sino llegaremos tarde a nuestra primera clase –agregó, empujando a su amigo.

Pasaron varias semanas y los dos estudiantes estaban ya sumergidos en la rutina diaria del curso. El profesor Matías era un hombre cincuentón, de bigote “daliniano”, alto y huesudo. Sus clases eran soporíferas y aburridas, su voz lineal provocaba habitualmente una modorra generalizada entre el alumnado. Ambos colegas, sentados uno al lado del otro, junto al resto de alumnos, intentaban mantenerse despiertos pese al monótono soliloquio del profesor. El Patazas miró la hora y un destello luminoso brilló en sus ojos azules.
–Ahora verás como la cosa se anima –dijo, dando un codazo al Hurón.
–¿Qué? ¿A qué te refieres? –preguntó el compañero, rascándose la cabeza y observando la sonrisa del Patazas.
Riiiiiiiiiiiiiiiiing Riiiiiiiiiiiiiiiiing Riiiiiiiiiiiiiiiiing Riiiiiiiiiiiiiiiiing
–¿Qué es esto? Pero….¿Qué mierda….? –Murmuró el profesor, mirando hacia su mesa, de dónde procedía el sonido fuerte e incesante de un timbre.
Los alumnos empezaron a hablar y reírse, el jaleo fue en aumento mientras el profesor, desconcertado, buscaba entre los cajones de la mesa, la causa de aquel estridente sonido.
–¿Qué has hecho? Parece el timbre de un despertador –dijo el Hurón
–¡Sí señor! ¡Un despertador! ¡Era necesario! ¡Aquí todo Díos se duerme con este profesor! ¡jajaja! –respondió El Patazas entre risotadas.
El jolgorio estaba servido, los alumnos observaban, entre risas y comentarios, al Profesor Matías intentando parar el timbre de un reloj despertador de campanas que sujetaba torpemente  en sus manos.
–¿De dónde has sacado el despertador? –preguntó El Hurón
–De la habitación del Señor Lucas, entré para curiosear y cuando vi el despertador encima de la mesita, se me ocurrió la idea –respondió El Patazas, sin quitar ojo de encima del profesor, que en vano intentaba detener el martillo que repicaba una y otra vez sobre las campanas del reloj.
  El Hurón se quedó de piedra, aquello le desagradaba profundamente, sentía una especie de desazón inexplicable. Una mezcla de tristeza y de vergüenza se apoderó de su corazón al contemplar el despertador que no cesaba de sonar en manos del pobre profesor que no sabía que hacer para detener el escándalo que provocaba el artilugio.
–¡El dueño de este despertador que venga aquí y lo pare! –exclamó el profesor Matías, dejando el despertador encima de la mesa y sentándose en una silla, contemplando inquisitivamente al alumnado.
  Ambos colegas se levantaron y se dirigieron a la mesa del profesor.
–Es nuestro –dijo El Patazas–, pero mi compañero no ha participado en esta broma, él no sabía nada –agregó–.
–De eso ya hablaremos después, ahora quisiera que pararais este maldito despertador, me esta sacando de mis casillas –apuntó el profesor, secándose el sudor de la frente con un pañuelo.
  El Patazas intentó detenerlo, pero no encontró la forma de conseguirlo. Éste se lo pasó al Hurón pero él tampoco averiguó una forma de silenciar el despertador, que pese a los intentos de los dos estudiantes, seguía haciendo sonar sus campanas incesantemente.
¡Ya está bien! ¡Ahora mismo vamos a mi despacho! ¡Se acabó la clase por hoy! –ordenó el profesor con furia.
El profesor Matías, con el despertador sonando tercamente en sus manos, seguido de los dos alumnos, salió del aula maldiciendo. Dejó el reloj en secretaria para que se hicieran cargo y luego, acompañado de ambos se dirigió a su despacho.

El despacho era exiguo y bien iluminado por una gran ventana, desde la que se podía contemplar el campanario de una antigua iglesia que se alzaba elegantemente por encima de las edificaciones que le rodeaban. El profesor, repantigado en su sillón de piel, observaba inquisitivamente por encima de una mesa antigua de roble, a los dos alumnos que, sentados frente a él, esperaban expectantes sus palabras.
–Vamos a ver ¿Qué edad tenéis? ¿Os parece que estamos todavía en el instituto? ¿Acaso no os dais cuenta que estamos en la universidad? –inquirió el Profesor Matías.
–Sí, lo sabemos –repuso El Patazas–. Ante todo, quisiera dejar claro que esto del despertador ha sido cosa mía, y lo hice porque sus clases son aburridísimas y es imposible mantener la atención. Ya sé que he actuado mal, y que merezco una amonestación, pero debe usted reconocer también que, tal como da las clases, lo que consigue es que los alumnos deseemos salir cuanto antes del aula.
  El Hurón se quedó sorprendido por la respuesta de su compañero, no se esperaba algo así de  el.  Le pareció una respuesta franca y sin tapujos. Le gustaba.
–Bien…imagino que tienes razón –empezó el profesor–, veo vuestras caras cuando doy las clases, y quizás tendré que hacer algo para cambiar mi forma de darlas. Y desde luego, te mereces una amonestación –continuó El profesor Matías–, pero creo que lo pasaré por alto, ya que has sido muy claro y sincero en tu respuesta, y eso es de agradecer.
En ese momento sonó el teléfono que había encima de la mesa del despacho. El profesor Matías descolgó.
–¿Cómo? ¿Qué no lo puedes parar? ¿Qué has hecho qué? ¡Pero hombre! ¡Eso es imposible! ¿Cómo que ningún rasguño? ¿Me tomas el pelo? ¡Déjalo, déjalo, ahora iré!
El profesor colgó bruscamente y se quedó mirando a los dos alumnos con expresión de idiotez absoluta, a la vez que volvía a secarse el sudor de la frente con un pañuelo.
–Vamos a ver,…me han llamado desde mantenimiento, y me han dicho que no son capaces de detener el despertador. Lo han golpeado, han intentado plancharlo con una prensa, pero nada, dicen que es indestructible. Que no consiguen hacerle ni un rasguño. Esto me parece increíble –el profesor se acariciaba los bigotes “dalinianos” nerviosamente–. ¿De dónde cojones habéis sacado ese cacharro? –inquirió el profesor en el colmo de su asombro.
Los dos compañeros se observaron con cara de sorpresa. El Patazas iba a responder, pero entonces El Hurón tomó la palabra:
–Verá, el despertador forma parte de una habitación algo peculiar. Me explicaré; estamos en un piso de alquiler desde que ha empezado el curso y de las tres habitaciones de la vivienda, hay una que no se puede utilizar. La propietaria nos contó que cuando el antiguo dueño le vendió el piso, éste le puso como condición que esa habitación no debería ser usada nunca. A mí me pareció muy extraño, y sentí muchas ganas de averiguar el motivo. Además, cada vez que me acercaba a esa habitación, notaba, sentía…algo raro, como una fuerza que me asustaba o que no entendía. En fin, seguramente le parecerá una tontería, lo sé. Bueno, pues pasaron los días y mi curiosidad fue en aumento. Así que un día llamé a la propietaria, una anciana llamada Julia, y le pregunté si conocía el motivo de la petición del antiguo propietario. Y sí, lo sabía. La señora Julia me contó que en esa habitación, una mañana, cuando sonó el despertador, el antiguo propietario, de nombre Lucas, encontró a su mujer que yacía muerta junto a él. Fue una extraña muerte, ya que la mujer no estaba enferma ni se había encontrado mal. La autopsia no desveló el motivo del fallecimiento, y El Señor Lucas, presa de una profunda tristeza, decidió vender el piso, con la condición de que la habitación donde había muerto su mujer, no fuera utilizada ni alterada.
–¡No me habías dicho nada! –dijo El Patazas indignado.
–Te lo iba a contar –respondió El Hurón lacónicamente.

En el taller de mantenimiento, el reloj, ante la mirada atónita de los presentes, seguía con su incesante retumbar de campanas. Uno de los mecánicos estaba enzarzado a golpes de martillo con el despertador cuando llegó el profesor Matías acompañado de los dos alumnos.
–¡Pero hombre! ¡Te has vuelto loco! ¡Déjalo ya! –exclamó el profesor al mecánico, quitándole el martillo de las manos.
–¡Es imposible detenerlo! ¡Es increíble! –dijo el mecánico con los ojos enloquecidos, mirando con furia al reloj que sin ningún rasguño, parecía burlarse de él.
En aquél preciso momento, un anciano con gafas oscuras, delgado y enjuto, pelo largo y blanco, entró en el taller. Sin mediar palabra con nadie, se dirigió hacia donde se encontraba el despertador y lo asió con sus arrugadas manos y lo acarició. El reloj dejó de sonar y un silencio estremecedor invadió el lugar.
–¿Quién es usted? –preguntó el profesor Matías.
El anciano, con los ojos ocultos tras sus gafas oscuras, con semblante pétreo y esquivo, avanzó unos pasos hacia el profesor, sin dejar de acariciar el reloj.
–Me llamo Lucas y he venido a por el despertador, este no es su lugar –respondió el anciano–. Y vosotros dos; espero que no me volváis a defraudar, dejad la habitación en paz –agregó, dirigiéndose a El Patazas.
  Este, se quedó tieso como un palo y El Hurón se puso lívido. T
Tuvieron claro desde ese momento que no iban a defraudar al anciano Señor Lucas, quien salió del taller, dejando a los presentes en silencio y con los ojos abiertos como platos. 

En el banco de trabajo del mecánico las hojas del periodico que había encima se movieron cuando una ráfaga de viento gélido cruzó la estancia. Se abrió por la página de sucesos. En la sección inferior derecha podia leerse un pequeño titular:
" En la tarde de ayer falleció en extrañas circunstancias el conocido profesor D. Lucas Serrano y Martin, a la edad de 82 años. El cadaver fue encontrado por la policía en su domicilio, en el dormitorio junto a la cama, en sus manos sujetaba un extraño reloj despertador...."  

2 comentarios:

ruyelcid dijo...

Muy muy buena Alfredo;
La espera ha merecido la pena...
Eres un maquillador de palabras excelente!

Nono V. dijo...

Muy bueno, monstruo. Las descripciones de los lugares, lo mejor, y la espiral de la resolución magnífica.

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