lunes, 14 de junio de 2010

El diablo en el pozo




Una noche de tormenta, en la lúgubre taberna del puerto, un viejo lobo de mar, me contó una historia acerca del lugar donde nació: un pequeño pueblo minero, en una cuenca cobriza, rodeada de montañas. Un lugar maldito, dijo, del cual tardaría poco en marchar para ver el mar. Pero algunas noches de insomnio y tormenta como esta, le asaltaban oscuros recuerdos, como salidos de un pozo infernal. Allí en el rincón del mostrador me atravesó una mirada afilada. Me acerqué, con un par de vasos. La mirada se iluminó y el viejo comenzó a hablar:
Según recordaba, los mineros más viejos del lugar cuentan que hay un Diablo que baja al oscuro pozo de la mina de cobre y se cuela por el ojo de la cerradura del cuarto de las mujeres. Según dicen, las seduce con sus poderes sobrenaturales sin que ellas lo noten, pues este personaje feroz, temido y respetado por los mineros, tiene la facultad de transformarse en cualquier elemento.
Así fue como una noche, mientras bailaba disfrazado de Lucifer en el Carnaval del pueblo, dejó embarazada a una muchacha inocente, joven y bella, a quien los hombres  tenían por mujer digna y trabajadora, porque se levantaba con el canto de los gallos para bajar a aquel pozo, y se acostaba apenas sus energías menguaban al caer la noche, tras la dura jornada en la mina.
Cuando nació el bebé, rápidamente fue señalado por las viejas del pueblo como el hijo del diablo, pues su cuerpecillo parecía adornarse con una especie de cola de sierpe, unas extremidades contrahechas, orejas puntiagudas y un cuerpo visiblemente escamoso. Esto causó tal espanto entre los vecinos del lugar, que, al verlo tendido sobre la cama del paritorio lo confundieron con una especie de extraño lagarto y se desdijeron un mil y una maldiciones e improperios, mientras se hacían la señal de la cruz.
El cura del pueblo, al enterarse que era el “hijo del diablo”, decidió quemarlo vivo junto a su madre, quien, según los sermones que el cura oficiaba, merecía el castigo de arder en la hoguera por haber copulado con el demonio. La gente acudió en procesión al espectáculo, como cuando acudía a la iglesia el domingo. Madre e hijo fueron conducidos a la plaza principal, ubicada en lo alto de una desértica loma. Allí los desnudaron y ataron de pies y manos a un poste. El cura pidió calma, pues la chusma comenzaba ya a arremolinarse nerviosa y murmulleante en torno a la gran pira.  Leyó la sentencia parsimoniosamente y, mostrando un gran crucifijo de plata, dio orden de encender el fuego. Madre e hijo ardieron como hojarasca seca en aquella hoguera. Al apaciguarse las llamas, los hombres redujeron los cuerpos carbonizados a cenizas y las mujeres las esparcieron al viento gélido que resoplaba con fuerza en lo alto de la loma.
Esa misma noche, el diablo salió de su guarida, oculta en aquel negro pozo, con los ojos encendidos y el rostro baboso, blasfemando. Una nube de fuego y azufre invadió el pueblo tornándose en una especie venganza ciega. Desvió el curso del arroyo, que en aquella época discurría caudaloso entre los riscos, he hizo fundir los filones de cobre de la vieja mina condenando al ostracismo a los pocos lugareños que huían despavoridos en cualquier dirección y vivirían para contarlo. Por si esto fuera poco, desató una tormenta de tal magnitud, que en poco tiempo y con la virulencia más grande que imaginarse pueda, arrasó la iglesia y los edificios adyacentes dejándolos reducidas a un montón de escombros humeantes. Los techos volaron por los aires y los árboles fueron arrancados de cuajo. Las aguas del desbordado arroyo abrieron enormes torrentes a través de lo que quedaba del pueblo mientras la noche se iluminaba con terribles relámpagos.
Los habitantes, presa del pánico, huyeron hacia las galerías de la mina y a las inmediaciones de aquel pozo negro, donde se encomendaron a Dios y suplicaron el perdón del Diablo, quien, látigo en mano y con la mirada furiosa decidió hacerse dueño de la mina y de aquel pueblo asolado y maldito, perdonándoles a cambio la vida a sus cabizbajos habitantes.
Cuando todo volvió a la normalidad, los mineros retomaron sus quehaceres y la reconstrucción del lugar. Cada cierto tiempo bajaban a aquel pozo profundo y oscuro, que, por temor al Diablo, seguían manteniendo. Le ofrecían manjares, le obsequiaban con todo tipo de objetos, e incluso hasta botellas de licor, cuando sus economías se lo permitían, Lo dejaban todo allí, con exquisito cuidado, en un rincón del cuarto de las mujeres. Habían hecho reformas en la mina, nuevos pozos y nuevas galerías. Incluso una oficina, que ahora aguardaba su apertura para la contratación de jornaleros con impacientes colas de gente esperando ante la entrada. Una mañana, un vetusto autobús se detuvo junto a la puerta del recinto con un quejumbroso chirriar de frenos y levantando una nube de polvo. Los pasajeros descendieron lentamente por la escalerilla entornando los ojos ante el abrasador sol que se cernía en aquellos momentos sobre ellos. Todos eran mujeres jóvenes, quizás en busca de una oportunidad para trabajar en la recién inaugurada mina. Había otros pozos nuevos, si, pero según los encargados, aquel pozo número 66 siempre estaba algo falto de personal…

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