lunes, 15 de noviembre de 2010

LENGUA DE GUSANO




Él le acercó los tacos rojos y amarillos de madera de uno de los mecanos que andaban siempre desparramados por todo la alfombra verde de su primera guardería, ella giró la cabeza muy despacio abrió bien los ojos y le dedico una sincera sonrisa de aprobación perpetua. Desde ese día, él siempre cuidaría de ella. Al tercer día de guardería, la maestra ya les había comunicado a las madres que era muy llamativo y sorprendente el sentimiento de apego y protección que Pablito había desarrollado hacía con Ana, la rubita más extrovertida de su grupo de preescolares.
Las madres siempre les permitieron jugar juntos y ya eran inseparables. Tenían su rinconcito en la habitación azul cielo de la guardería, su pequeña nube, por encima de ese parquet color esperanza. Se paraba el tiempo, hacía sus pequeñas mini-ciudades con los tacos más coloridos del amplio surtido del que disponían, y ellos quedaban siempre dentro de la construcción; como si ya conocieran su propio destino y asumieran que serían el uno para el otro y el mundo fluiría alrededor de ellos.

Entraron en los primeros años de Enseñanza Primaria, sentados juntos, leyendo uno tras otro, encubriendo el uno al otro, mismos deberes, mismos resultados, mismos amigos (ninguno, eran ellos dos viendo como el resto de cosas simplemente "existían"). Los padres de ambos, que sin más remedio, ya se habían hecho muy amigos, comenzaron a preocuparse del apego supremo del uno para con la otra y viceversa. Ella era algo más volátil, tan solo una pizca insignificante, y pillaba las cosas un par de segundos más tarde que él, pero eso nunca importó puesto que Pablito le explicaba luego las cosas a su manera, de forma que Ana las comprendiera perfectamente. Eran uno, siendo dos. Los psicólogos del colegio, cada 15 días o menos, se reunían con ellos dos, ya que por separado no habían tenido narices de que hablaran el uno sobre el otro, y los bombardeaban a preguntas insignificantes para ellos, y a test que ya se les repetían y hacían como un juego de velocidad. Pero ni un especialista que vino de la capital de provincia, acertó con un diagnostico comprensible sobre el por qué de tan increíble vinculo, por encima del propio vinculo que une a dos hermanos gemelos.

Para las propias familias, lo que siempre había sido como algo bonito y un ejemplo de amistad y respeto, comenzó a convertirse en un pequeño problema a la hora de planear vacaciones, fines de semana y otros compromisos sociales que implicaran separar más de un día (incluso unas horas) a Pablito (Pablo ya) y a Ana. Separarlos era también sufrir ellos al ver que Ana, se quedaba quieta todo el día, medio llorosa con la piel blanca enfermiza y mirando un cuaderno de dibujos y anotaciones que siempre se intercambiaba con Pablo, y éste hacía lo mismo con el cuaderno de ella, dibujos, y juegos de palabras, así las compararían una vez de nuevo juntos y se reirían de su increíble afinidad.

Llegaron a los 13 años y la inseparabilidad e instinto de protección del uno para con la otra y viceversa comenzó a ser ya algo "peligroso". No había quien le dijera una palabra bonita o se le acercará más de la cuenta a Ana, sin que Pablo no estuviera ya con la mirada torcida acechando, y lo mismo le ocurría a Ana, o incluso más, ya que en su clase de segundo de ESO había más niñas que niños, y Pablo era ya un jovencito de pelo marrón y ojos verde azulados muy guapo.

Estaban llegando ya a finales de mayo del que sería su último curso en aquel colegio, pues los dos habían decidido acabar la secundaria en un instituto mayor, el viejo instituto de siempre del pueblo, cuando al salir de la clase, por el pasillo que daba a la fachada principal del colegio, Pablo notó que Ana no iba a su lado, miró hacía atrás y vio como Juan Carlos Pérez, el delegado de su clase, tenía cogida por la palma de la mano a Ana, e intentó darle un fugaz beso. Pablo retrocedió dos pasos, apartó de un empujón a Juan Carlos y cogió del brazo a Ana, que estaba aún un poco ruborizada y sorprendida por el arrebato del delegado de clase, ya que éste, nunca había tenido ningún tipo de acercamiento anterior hacia con ella (tal vez sabedor del fuerte inexpugnable que Pablo y Ana se habían construido con el paso de los años).

Pablo estaba tocándole las puntas del pelo a Ana, cosa que hacía últimamente mucho cuando los dos se quedaban en silencio durante unos minutos. Los dos estaban esperando junto al municipal que paraba el tráfico para que los colegiales pasaran sin peligro a la hora punta de salida del colegio, y Pablo miraba continuamente hacía atrás como esperando a alguien. Y, efectivamente, llegó de nuevo Juan Carlos, algo cabreado, para pedirle explicaciones a su agresor por el airado empujón de antes. Y Pablo, esperando a que se acercase y casi sin pensarlo, cogió del brazo a Juan Carlos y lo lanzó a la carretera justo cuando una furgoneta estaba empezando a frenar en la cola del paso de peatones. El golpe con la furgoneta no fue mortal pero, desafortunadamente, el impacto de la cabeza de Juan Carlos contra el suelo fue fulminante. Dio como dos pequeños retemblidos y ya quedó muerto tumbado en mitad del paso de peatones, con los consiguientes gritos de alumnos, madres y todo el que por aquella concurrida acera pasaba. La ambulancia tardó poco en llegar, pero fue todo un viaje en vano, aquel inocente delegado de clase llevaba ya varios minutos muerto.

Habían pasado ya dos años desde que el juzgado de menores decidió internar a Pablito en un centro psiquiatrico. Los padres de éste vendieron unas tierras que tenían heredadas para pagar la indemnización impuesta por el juez a la familia de Juan Carlos y a Ana la siguió educando una psicóloga especialista, la cual iba todos los días 4 horas para seguir formándola en sus asignaturas habituales y tratar de sacarla del pozo en el que nadaba día tras día tras lo sucedido y su consecuente alejamiento de su alma gemela.

Una mañana de diciembre, aún sin salir el sol, sonó el teléfono en casa de los padres de Pablo, la madre extrañada por la hora de la llamada corrió en ropa interior por el pasillo hacía la cocina, sabedora por eso de "la intuición materna" de que algo pasaba con su hijo. Efectivamente, Pablo no había amanecido esa mañana en su habitación del centro psiquiatrico. Todos los cuidadores e incluso el director del centro habían estado buscando a Pablo, sin fortuna, antes de llamar a sus padres. Éstos llegaron al centro en unos 45 minutos, y la guardia civil ya estaba allí con un equipo especial de rastreo y con perros adiestrados. Era un centro privado con internos de familiares de gran potencial económico y peso político, así que no podían permitir que la noticia trascendiera demasiado.
Pasaron los días y Pablo nunca apareció. A Ana, por supuesto, no le dijeron nada, es más, hacía tiempo que le habían dejado de hablar de Pablo, por más que esta lo recordaba todos los días y le hacía preguntas a la psicóloga sobre su paradero. Aunque si que, tras la, supuesta fuga, de Pablo del centro psiquiatrico, habían incrementado la vigilancia por el barrio de la casa de Ana, creyendo que Pablo, acudiría a encontrarse con la otra mitad de su personalidad.

Dos largos y fríos años pasaron para la familia de Pablo desde que este desapareció, y angustiosos fueron también para la familia de Ana, pensando que Pablo pudiera venir algún día a buscarla, sabedores de que ella se iría con él encantada. Cuando una mañana, en la gran noguera que adornaba el fondo de la parte trasera de la gran casa de Ana, ésta vio lo que al principio creyó que era un mono, y, al contrario que cualquier reacción de cualquier niña normal de su edad ante aquel repentino encontronazo totalmente atípico, Ana cogió la escalera que había tirada al fondo del jardín, y con total entereza subió y cogió a aquel extraño animal (en seguida comprendió que no era un mono) entre sus brazos, y se sentó tranquilamente en el jardín, sobre el cesped, a jugar con el.
La madre de Ana salió corriendo desde la cocina con un cepillo en la mano, dispuesta a echar a golpes a aquel extraño animal que estaba junto a su hija, pero Ana lo cogió rapidamente entre sus brazos y lo protegió con su cuerpo. No hubo manera de desprenderla de aquel "lo que fuera".
Al llegar el padre de Ana, tan rápido como pudo tras la llamada escandalizadora de su mujer, vio a ésta medio llorando en la cocina, y a su hijita del alma, jugando tranquilamente y medio conversando con una especie de osito hocicudo. Salió al encuentro su hija y le preguntó que donde había salido aquel animal, a lo que esta contestó con total templanza:- "Es Pablo, ha vuelto para nunca dejar de cuidarme"-. Las palabras, y la serenidad con las que su hija las dijo, dejaron pasmado al padre de ésta, quien cogió una silla y se sentó junto a ella, viendo como su hija de nuevo volvía a sonreír, le brillaba de nuevo la cara y los ojos de felicidad, y bromeaba enseñándole una gorda libreta llena de frases y dibujos que había ido escribiendo durante todo este tiempo, en ausencia de su gran Pablo.
La cosa no fue a más. Una vez calmada la mujer, llevaron el animal, sin separarlo de Ana, por supuesto al veterinario, determinando éste que, efectivamente era un vermilinguo (conocido vulgarmente como oso hormiguero) naturales de Sudamérica y de América central. Pero que estaba extrañamente cuidado a la perfección, limpio y domesticado.
El padre de Ana, que trabajaba en una gestoría, hizo varias llamadas a gente que, según el, le debían favores y consiguió papeles legales para la nueva y "milagrosa" mascota de su hija.
A partir de entonces, todo fue mucho más rápido. El aprendizaje de Ana, recobró su ritmo vital y fresco, su dinamismo, alegría, crecimiento e ilusión por la vida de nuevo contagiaron a todos los que la rodeaban, y por fin Ana y Pablo, crecieron juntos e inseparables de nuevo.


(¡Gracias)










5 comentarios:

JuanMa dijo...

Gracias!! :)
mancantao



P.D: Te lo puse difícil con el dibujo eh?

oicor dijo...

Tocando la fibra sensible, mientras lo leía me ha venido a la mente esa canción que habla de un "loquito" que se escapó para ir a ver a la Cibeles...
Por cierto muy buena la idea de utilizar imágenes inspiradoras, y muy buena la imagen también.

ruyelcid dijo...

Si juanma si..jajajaja...jajaja...


Un día (se dice día pero es por decir algo) te haré que lo hagas al revés que pintes algo que te sugiera un relato que escriba..jejeje

Begoña dijo...

Una semana ha faltado a clase el mayor, y su amiga Lucía, me han dicho, que ha estado toda la semana triste en el cole, así empiezan las historias de amor. Me gusta que haya ternura en tus relatos.

Alfredo Luque dijo...

Un buen relato, sensible y duro a la vez...jeje

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