domingo, 21 de noviembre de 2010

La Calle de los Extraños

Cada vez que salgo de casa y miro hacia la calle la veo en el balcón. Es una anciana huesuda, de cabellos blancos hirsutos, llena de arrugas, de ojos pequeños y profundos. Siempre está ahí. Haga sol o llueva, haga frío o calor. Sentada en su silla, de aquellas antiguas de "escay", envuelta en una "toquilla" grisácea de lana. Nunca dice nada ni manifiesta expresión alguna, ya fuera de sorpresa o desasosiego, de alegría o melancolía. Simplemente está ahí viendo pasar el tiempo, como decia aquella canción de Victor Manuel y Ana Belén, refiriéndose a la Puerta de Alcalá. Bajo la calle pensado en como habría sido su vida y como ha llegado hasta ahí. Si está enferma, o sus familiares la han relegado a ese espacio, a esa especie de segundo plano, para que no estorbe y no moleste. Supongo que entrará para satisfacer sus necesidades básicas, como todo hijo de vecino. Pero el caso es que nunca vi a nadie asomarse, ni a  ella levantarse del sillón. Hay algo atemporal en esta situación, me digo a mi mismo, mientras la anciana rúmia para si sus pensamientos desde arriba mirándome...
Hay extraños que parecen vecinos y otros vecinos que parecen extraños. Antes se tomaba el fresco en las puertas de las casas y se charlaba en los veranos tórridos. Mientras tanto los niños nos alegrábamos porque así podiamos disfrutar de unas pocas horas más de juegos, con nocturnidad y alevosía. Podias estar un poco más con aquella vecinilla que te gustaba, antes de que la voz azorada de su madre la llamasé al cubíl familiar.  Jugar en la calle de noche tenía su misterio.  Aún recuerdo yo aquellos años felices; tendría 7 u 8 años cuando una tarde al salir del colegio tuve que ir a casa de un amigo para hacer unos deberes que eran cosa de dos, llámense aquellos trabajos compartidos de principios de curso. Al regresar a casa, no serían más de las nueve pero era invierno, ya habia anochecido. Caminabas despacio y en silencio. Había algo de mágico y misterioso en aquellas calles húmedas y casi vacias, vistas de noche. Años despues, yo me marchaba a la Universidad y me pasaría algo similar cuando me tropecé por vez primera con el neón de la ciudad. Brillaba como nunca había imaginado y yo andaba como extasiado de un lado para otro por las aceras mirando escaparates y la gente pasaba rauda de largo. Sus rostros se asemejaban al de la anciana del balcón difuminandose, indescriptiblemente  en aquella larga "calle de los extraños".

1 comentario:

ruyelcid dijo...

"...mi calle tiene un oscuro bar con húmedas paredes..."

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