miércoles, 22 de diciembre de 2010

El bus de la risa (Por Alfredo Luque)

La gente reía mientras esperaba el autobús. Era dificil de imaginar, pero ahi estaban. Riendo. Como si pasaran el tiempo. La música iba y venia en bucles navideños anunciando las fiestas del consumo humano y divino. ¿Se reian quizas de si mismos? o era del Conductor... Nunca lo supe a ciencia cierta. Ahora, yo yacía en aquel callejón con un tiro en el abdomen, desangrándome, mientras las ambulancias pasaban de largo con sus sirenas locas, perturbando al vecindario en un eterno devenir. Hasta Lucas, el perro lanudo del indigente aquel, pasó a lamerme las heridas, cabizbajo y taciturno, entre los cubos de basura, más bien, buscando algún que otro hueso que roer. Me pregunto como pudo pasarme esto a mi, y sobre todo, el dia de Navidad. Yo solo pretendía subirme a aquel autobús que iba a Coney Island, y os juro, que no me iba a reir, por grotesco que pareciera. Pero, fallé y arrojé mis maletas en el autobus y lo hice, si. Me rei. Y a carcajada limpia. Y, aunque no eran maletas, sino bártulos convencionales, de aquellos que te sobran cuando te acabas de divorciar, los arrojé dentro de aquel autobús. Nueva York era una ciudad grande y oscura a aquellas horas. Quizás demasiado grande para los propósitos de un Gigoló como yo, con un tiro en el abdomen, que confundia Limousinas con souvenirs en Central Park. Y todo ello para acabar en este sucio y maloliente callejón, desde el cual podía ver la parada del autobus, con gente en su interior, riendo...

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