martes, 28 de diciembre de 2010

Desde La Oscuridad (relato de Gloria Cobo Pérez)


DESDE LA OSCURIDAD

No sé aún si mi percepción de estar inmersa en el ritmo matutino viene condicionada por la profusión de contactos que ejercen sobre mi cuerpo y sobre los elementos que, ajenos a mi persona, entran y salen de mí, o más bien se trata de esa pequeña diferencia que, a través de mis párpados, acuso en la luz.

Después de todo, tengo suerte. Soy una de las pocas residentes en una unidad de cuidados intensivos que cuenta con luz natural. No sé si este detalle, que muchos gestores de la antigua escuela pudieran pasar por alto, es determinante en una mejoría y acortamiento de la estancia de sus usuarios (lamentable uso del término; ¿qué persona en su sano juicio querría usar un respirador de última generación, que abrasa la garganta, estira los pulmones y limita la voluntad más primaria?). No tengo datos comparativos. En mi limitada experiencia profesional nunca pasé por una unidad de críticos y hoy por hoy lo único que tengo como referencia para hacerme una idea de si se funciona bien o mal son los comentarios de Marta, la compañera que está fija de mañanas, cuando exclama que ya tiene otro fiambre que amortajar, o cuando tras varias semanas de tensa espera, la evolución de otro de los sufridos usuarios no es ni positiva ni negativa, pero ya no requiere un consumo de recursos materiales y humanos tan abusivo y se puede conformar con un poco menos en una unidad de crónicos, o “vivero”; me permito usar este cruel término, al que en ocasiones me he podido referir con hilaridad cuando he tratado de suavizar la tensión del a veces ingrato quehacer del profesional de la salud.

En los mejores momentos, sin embargo, puedo escuchar la voz del resucitado, aún débil y temblorosa porque acaba de salir de la cueva, deshaciéndose en elogios por el trato percibido, del que ha sido consciente sólo en una parte. Conocedor de su alta en la unidad, pasará a un sitio en el que le invadirán menos y le cuidarán menos, porque será menos vulnerable.

Entonces siento tristeza, porque yo aún estoy aquí, pero también alegría, porque esa persona está más cerca de la luz.

Luz que la madre del candil, la cuidadora nata, ofrecía a los pobres soldados de Crimea como quien aplica hoy el remedio más novedoso, condensador de las últimas esperanzas en la curación. Algo tan simple como el aire puro, como el agua limpia, como la luz natural. Poner los remedios al servicio de la naturaleza, para que sea ella la que impulse la autocuración.

Luz, tamizada por la red de capilares de mis párpados. Luz roja, luz cálida que me induce a sentir una cierta templanza que se extiende por mis sienes, mejillas, frente y labios. Como si estuviera tendida en una playa de fina arena, bajo un sol otoñal que aún conserva el rescoldo de su explosión veraniega y va colonizando todo mi cuerpo. Mi cuerpo, porque en este momento mi cuerpo es mío, y no es objeto de cuidados, ni sujeto a una máquina. En un “deja vü” de la mente, alcanzo a captar el aroma de la brisa, que viene a traerme partículas de sal y esencias de los árboles no muy lejanos. El sonido de las olas me acuna en un vaivén ritual que me induce al estado de trance. Aire, luz, agua… Va y viene. Interrumpido por el aleteo y el graznido lejano de gaviotas. Viene y va. Ahora quiero sentir en la piel el contacto de la lengua espumosa del mar. Viene y se va, y ese sonido que me subyuga, esa música de dioses que…

Peep, peep.

Peep, peep.

Otra vez la alarma. Se entiende que estoy más rebelde de la cuenta y lucho contra el respirador. Consideran que no es conveniente y me meten un chute de químicos que me sume en la oscuridad, en el olvido, de mí, de todo…

Pero esa brecha que se abre en el alma es como la herida en la piel que, más o menos grave, termina por cicatrizar. Deja su señal, queda en el recuerdo, pero nos indica la admirable capacidad de regeneración y de superación que tenemos las personas.

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- Carmen, ¿le hacemos ya la higiene a Teresa?

- Termino en un segundo con la medicación de Andrés. Tengo que reprogramar la bomba y colocar una nueva perfusión de dopamina. ¡Ah!, recuerdo que la madre de Teresa no puede participar hoy de su higiene, dijo que tenía que arreglar unos papeles.

- ¿Cómo la ves?

- En la última sesión clínica el intensivista fue optimista con su evolución. Muestra muchos signos esperanzadores.

- La verdad es que tiene otra luz en la cara. Admiro el coraje de los que luchan tan fiero contra la muerte.

- Venga, Marta, no te pongas sentimental y prepárate para hacer uno de esos masajes sólo tú sabes dar. Tenemos en la UCI un muestrario de pieles de melocotón lustrosas como no se ven en muchos de nuestros compañeros…

(Susurrándome Marta en el oído, mientras se dispone a trabajar conmigo)

- Venga, Teresa que ya mismo estás de vuelta.


Gloria Cobo Pérez



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