martes, 4 de enero de 2011

Corazón de Reyes

Adrián sintió un escalofrío al despertarse aquella mañana de invierno. Sin saber muy bien por qué, una sonrisa se dibujó en su carita de diez años arrebatada por el frío seco que se dejaba caer aquella Navidad cuando, como cada día en los últimos ocho meses, montaba en el asiento de atrás con su madre y se encaminaban al hospital.
Su hermana Leire había nacido con un problema en su corazón. Sólo una opción se mantenía como viable para mantener la vida de la pequeña: un transplante. Adrián no sabía mucho de cirugía ni medicina, pero entendió perfectamente las palabras de su madre cuando recibieron la noticia:
- Hijo; lo que necesita Leire no se puede conseguir ni con todo el dinero del mundo.
Adrián ni siquiera quiso echar su imaginación a volar para saber qué cantidad sería esa. Sólo tomó un papel, lápiz y escribió, con toda su alma, una carta a los Reyes Magos pidiendo un corazón para su hermanita. Con las cantinelas de los niños de San Ildefonso de fondo, Adrián explicó a tan altas autoridades reales el problema de su hermanita de seis años, y solicitó, sin más, su curación.
La mañana del primero de enero, Adrián tuvo la sensación de que había llegado a buen término su carta. Con la alegría e impaciencia lógicas del momento, se fue sin rechistar para el hospital, para contárselo a Leire y decirle que, quizá, su regalo estaba cerca. Pero ya en el hospital su madre entró rápido al despacho del médico. Al salir, su rostro expresaba todo lo contrario que había imaginado Adrián, la buena sensación de la mañana se esfumó de su imaginación, y pudo además escuchar las palabras del doctor:
- Hasta el último momento, tendremos que tener esperanzas. Pero entiendan que no es fácil encontrar un donante, y menos que sea compatible con su hija.
Adrián reflexionó en silencio, sentado junto a su madre y los dos al lado de su hermana. Como un valiente, intentó no llorar, pero no podía evitar un sollozo de vez en cuando. Salió fuera, y lejos de su madre y su hermana, lloró de tristeza y de impotencia, al ver que su carta no había hecho efecto alguno para la curación de Leire. Tras un par de minutos en los que pareció olvidarse de todo y centrarse en su hermanita, levantó los ojos. Tras secarse las lágrimas pudo ver claramente que un hombre, un anciano, de larga barba rojiza, lo miraba en silencio.
- Adrián; ¿sabes que para conseguir el regalo para tu hermana otra familia, quizá otro hermano como tú y otros padres tendrán que sufrir y llorar mucho?
- Yo no quiero que eso ocurra, pero los Reyes Magos hacen milagros.
- No es una consola, una bici o un portátil lo que pides. Espero que lo entiendas…
No le dio tiempo a responder, porque el hombre se levantó de su lado y salió de la sala de espera, desapareciendo entre la gente como se desvanece un fantasma.
Pasaron los días y llegó la tarde del 5 de enero. La madre de Adrián le preparó su ropa y se dispusieron para ir juntos a ver la Cabalgata de Reyes. Adrián no estaba demasiado ilusionado aquella vez, pero sólo por ver a su madre feliz, por cómo lo había estado por la tarde preparándolo todo, se colocó su mejor sonrisa, abrigo, bufanda y guantes, y fueron a ver a los Reyes Magos. Al pasar a su lado, en una amplia avenida, una carroza quedó a su altura, en ella estaba el Rey Gaspar, que se quedó mirando a Adrián, como si lo conociera y al que Adrián observó con familiaridad, como si no fuera la primera vez que lo veía. El Rey Mago sonrió ampliamente y le hizo señas. El niño no pudo resistir un último intento.
- ¡No quiero ninguno de los regalos que os pedí! ¡Sólo quiero que mi hermana se cure! ¡Sólo eso!
Anduvo unos metros junto a la carroza. El Rey Gaspar se llevó el dedo a los labios, como pidiendo a Adrián que no siguiera hablando, levantó el pulgar de la mano derecha y le hizo el gesto de ir a dormir.
Por la mañana sonó el teléfono. Al colgar su madre se acercó a la cama de Adrián y le dijo que tenía que ir al hospital; había aparecido un donante y parecía compatible. Adrián recordó las palabras del hombre del hospital y la tristeza que ahora tendría otra familia, y así se lo dijo a su madre. Ella le respondió:
- Estarán tristes, Adrián… pero también a la vez contentos, porque gracias a su pena puede llegar nuestra alegría, y eso les compensará.
Adrián no lo entendió demasiado bien, pero marchó al hospital. Al llegar, todo estaba listo y su hermana entraba al quirófano. Le dio tiempo a darle un beso, y decirle que todo iría bien. Al abrirse la puerta, vio dentro del área quirúrgica una figura que le era familiar, muy conocida. Al fijar mejor la vista percibió que era el hombre del otro día, y entonces cayó en la cuenta que aquel desconocido era también el Rey Gaspar de la Cabalgata, pero esta vez estaba vestido con una bata azul y guantes. Adrián se quedó muy asombrado mirándolo fijamente. El hombre le sonrió asintiendo y levantó el pulgar de su mano derecha, mientras las puertas se cerraban...

1 comentario:

silviaram dijo...

Acabo de descubriros por un anuncio en prensa, he tecleado la dirección de vuestro blog y he leído las últimas entradas en él, ésta última ha erizado mi sensibilidad y ha puesto mis ojos vidriosos.
Seguiré por aquí siempre que me lo permita eso tan preciado que llamamos tiempo, por el momento "Entre Aldonzas y Alonsos" ya está en mi listado de favoritos y seguramente sus letras volverán a emocionarme en más de una ocasión como ha ocurrido en esta fría mañana de enero.

Enhorabuena por vuestra hazaña.

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