viernes, 14 de enero de 2011

AL-KURTUBÍ (por Emilio Sánchez)



Al-Kurtubí, el mendigo de Granada.

(Por Emilio Sánchez; alcalaino afincado en Melilla autor de "El Escudo Nazarí" y "Cuentos del Condestable")


Aquel viernes le había ido bien, muy bien; cuando la mezquita mayor de Granada se quedó vacía, su desportillado cuenco estaba lleno de monedas. El portero echó una ojeada al tazón, luego lo miró a él, y, con algo de envidia, se preguntó cómo diablos aquel mendigo conseguía muchas más limosnas que los demás. No era un anciano decrépito, tampoco una criatura desvalida, ni estaba tullido, ni ciego y ni tan siquiera tosía. Sus ropas, aunque viejas y con algunos remiendos, solían estar bastante limpias, lo que indicaba que podía valerse por sí y que no malvivía entre la inmundicia. Tampoco era de los que recitaba oraciones, cantaba coplillas o atosigaba a los fieles con sus miserias. No, él simplemente se sentaba en el suelo y esperaba, y sin embargo todo el que pasaba por su lado sentía el impulso de meter la mano en la faltriquera. No le encontraba explicación.
¿Qué era lo que movía a los fieles a ser más compasivos con él? -volvió a preguntarse. Lo supo en cuanto, entre la maraña de aquella melena lacia que le caía por los hombros y las mejillas, se encontró con su mirada. Aparte de una pronunciada nariz semítica, era casi lo único que se podía ver de su rostro, los ojos, pues, entre las guedejas de cabello negro y la poblada barba, el resto permanecía oculto. Pero fue suficiente; era una mirada muy extraña pero tan limpia, sincera y, sin embargo, tan inquietante que nadie podía resistirse y pasar de largo sin darle su limosna.
El imán y el muecín, cuando unas semanas antes le descubrieron sentado en las gradas de la entrada, inmediatamente sintieron curiosidad por saber quién era aquel nuevo pedigüeño y enviaron a sus subalternos a indagar. Según les explicó, había llegado huyendo de Córdoba, donde la vida se le había hecho insoportable; los cristianos cada vez eran más intolerantes y tan ladrones que le habían atosigado con impuestos y sus rapiñas hasta que le habían desposeído de lo poco que tenía. Sin familia ni amigos, en Granada no había tenido otro remedio que mendigar para sobrevivir.
Durante las horas de rezo pedía a entrada de la mezquita y luego se trasladaba a la cercana Alcaicería o a Bab al-Ramla, donde esperaba la llegada de las caravanas. Comía en algún funduq barato o en los puestos callejeros y por la noche dormía en los soportales del templo. Hablaba poco, con un tono pausado y no se quejaba, al contrario, mostraba mucha resignación. “Si Alá lo había castigado”, decía, “era por haber confraternizado demasiado tiempo con los infieles rumis”.
Llegaron a la conclusión de que era un buen creyente, participaba devotamente en los rezos, pero se situaba muy atrás, donde pasar desapercibido para no ofender con su presencia a los orantes acomodados. Tanto impresionaba su piedad y resignación que hasta el propio sultán, que sólo asistía a la más importante oración de la semana, se fijó en él.
- ¿Quién es ese? – preguntó al imán cuando éste le acompañaba hasta su caballo.
- Un refugiado de Córdoba, emir de los creyentes. Un pobre hombre al que la suerte le ha dado la espalda.
- ¿Hablará romance castellano, supongo?
- Tan bien como el árabe; es instruido.
- Bien. Obsérvalo y me informas. Hemos de ser prudentes con los que nos vienen de Castilla, pueden estar contaminados de herejía.
El imán asintió obedientemente mientras sujetaba por la brida el maravilloso corcel blanco del rey nazarí que se disponía a montar y después, ya éste sobre la silla, recamada de filigrana de oro y plata, besó la punta de su borceguí.
Nada más volver a la mezquita, llamó a los porteros y cuidadores de las luminarias, y les dio instrucciones. Aquel mendigo sería observado y vigilado día y noche.
Al siguiente viernes, el propio sultán lo estuvo estudiando antes de ocupar su puesto en la maxura, frente mihrab, y al terminar el rezo recibió el informe del imán. La vigilancia duró todavía varias semanas, hasta que finalmente el emir se dio por satisfecho. Se le había seguido, discretamente interrogado, tomado la opinión de todos cuantos trataban de alguna manera con él y la conclusión fue que Hamad el-cordobés, como le conocían, había sido uno de los pocos mudéjares que quedaban en Córdoba, donde había tenido un pequeño puesto de escribanía, junto al mercado y que, arruinado y harto de las continuas humillaciones, se había decidido a emigrar.
- Que se le autorice a ejercer su oficio –dispuso el soberano, magnánimo.
Al día siguiente, al-Kurtubí, ya tenía su tenderete instalado a la entrada de la mezquita y recibió los primeros encargos: una carta de un anciano para su hijo que vivía en Málaga, la petición de gracia de un soldado por las heridas sufridas en combate, la contabilidad de un tendero. Eran trabajos impecables, bien redactados, con una excelente caligrafía, que pronto atrajeron a otros clientes.
Pasado un tiempo, recibió la orden de presentarse ante el visir y Hamad por primera vez subió a la Alhambra.
- El palacio tiene noticia de tu valía –comenzó el ministro- ¿Quieres servir al sultán que te ha recibido como uno más de sus súbditos?
- Si Alá, el Misericordioso, así lo quiere me sentiré muy honrado de hacerlo. Estoy presto a servir al emir de los creyentes.
- Pues entonces volverás a Córdoba y discretamente espiarás los preparativos que el rey de los rumís hace para combatirnos.
Hamad, a partir de aquel momento viajó a Córdoba y a otros muchos lugares de Andalucía y de Castilla y siempre regresaba con importantes informes. De hecho se convirtió en el mejor de los espías del rey de Granada, lo que le valió ser recompensado con una casa en el Albaicín y unos buenos puñados de doblas.

Años más tarde, el alcalde mayor de Córdoba, don Alonso de Aguilar, salía de misa mayor en la Catedral, la antigua mezquita de los califas, con uno de sus criados más queridos, uno en el que confiaba plenamente.
- ¿Sospechan algo? ¿Corréis peligro, don Lope, o preferís que os llame Hamad al-Kurtubí?
El enaciado se echó a reír.
- Al contrario, cada día confían más en mí.
Gracias a los informes del espía las tropas cristianas estaban consiguiendo importantes victorias sobre los granadinos.

Nota: Entra los muchos cristianos que se encontraban en el reino nazarí de Granada (refugiados políticos, renegados o esclavos), los enaciados eran aquellos que se desnaturalizaban temporalmente de su patria, Castilla, y fingían abrazar el Islam, con el propósito, generalmente, de espiar. También se daban casos a la inversa.

2 comentarios:

elrove dijo...

Una joya!!!

J.A.Luque dijo...

Brillante y cautivador relato hasta el final! Ríase usted de James Bond al servicio secreto de su majestad...
Enhorabuena amigo!

Archivo del Blog