sábado, 19 de febrero de 2011

MUSAS DE CIUDAD


Desde Eva Nasarre, hasta Kim la azafata rubia de Un, Dos, Tres. Desde Dulcineas literarias hasta Penélopes que esperan al final de una inmensa Odisea. La historia siempre ha estado llena de musas que han inspirado y marcado los designios de la humanidad. La suya se llamó, se llama y se llamará SOFÍA.
El amor, la geografía, y tal vez el destino, habían querido que Sofía y yo fuéramos vecinos durante casi toda la vida, pero que hasta mi despertar sexual (si es que he despertado ya), no hubiera levantado en mi una atracción física, psíquica, química y mental por ella. Su soltura al andar por las calles, su pelo negro intenso, su estatura norteña, su descarada vestimenta, y su conocimientos culturales que le rebosaban por la boca... y descendían hasta sus pechos, jugando a crear tirabuzones entre ellos, y escondiéndose luego en su ombligo, hacían que mi sangre hirviese sin importar la época del año en la que estuviéramos.

Con el tiempo, y dado que era asidua cliente de la farmacia que mi familia regentaba desde hace años, fuimos tomando confianza y hablando entre minutos y minutos de libros, cine, pensadores, y en general, de temas que el resto de clientes no solían tratar por no llevar en ellos nombres como Belen Esteban o Ana Rosa Quintana o Kiko Matamoros. Así, día a día, nuestros minutos se iban alargando y cada vez nos adentrábamos con más intensidad en el fondo de nuestras conversaciones, hasta el punto de que ella llegó a ser un referente intelectual, y de gran apoyo académico en el final de mis estudios de secundaria. Me ayudaba con la filosofía y con la literatura, merendaba, y cenaba junto a ella, dos ojos puestos en Platón, y cuatro posados sobre su pelo, sus hombros , su pecho y su sonrisa. Fueron unos años demasiado cortos para lo mucho que había por aprender de mi entorno.
Acabé la secundaria y, como todo estudiante, comienzas a moverte donde tus gustos académicos te lleven, y así el lazo que envuelve tu deseos adolescentes, se suelta y todas esas miradas, sonrisas compartidas, minutos convertidos en tardes enteras, quedan en recuerdos, recuerdos y recuerdos.
Han pasado los años, y aún se cruza conmigo en la antigua botica, ya farmacia, de mis padres. Sus hijos, ya adultos, hablan conmigo porque me conocen de siempre, como alguien cercano; y en mi tan solo, que ya es mucho, quedará el recuerdo de la mujer descarada y segura de sí misma con pelo negro que cruzaba la calle y se paraba a hablar de Nietzche, Platón, Allan Poe, la cual hacía que la mañana más gélida de un enero cualquiera se transformase en unos minutos de un soleado día de agosto. Y así por y para siempre perduran entre nosotros nuestras musas urbanas.

2 comentarios:

Begoña dijo...

Ese musa, se hizó realidad, y esas conversaciones se perpetuarán. Siempre soñando con aquellos tizabuzones... Disfrutá de esas fantasias (o quizá realidades) y plásmalas con tan buen gusto como está.

Juan Alfredo Luque dijo...

Como dijo Galindo: Tetas, tetas, tetas, Señor Sardá...

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