lunes, 21 de febrero de 2011

Treinta Años (por Marino Aguilera)

Treinta Años
(relato de Marino Aguilera)


Tras treinta años las mañanas se habían acabado convirtiendo en un ritual de olvido y frialdad entre ellos. Ya ni tan siquiera se miraban a la cara ni se daban los buenos días al levantarse. Sin quererlo se habían convertido en autómatas de la convivencia y de la rutina, acrecentada aun más desde el momento en que sus dos hijos habían abandonado el hogar por iniciar estudios en la universidad.

Todos los días se repetía la misma escena. Él se levantaba con aspecto cansado y hacía el intento de estirazarse mientras ella enchufaba la radio para conocer las noticias del día y evitar así cualquier conato de conversación. Con cierto hastío y paso cadente, sus pies lo dirigían hacia el baño para situarlo frente al espejo, el mismo que instalara con la ilusión de un joven propietario días antes de su boda y que había sido testigo, día a día, del nacimiento de cada arruga, de cada cana, de todos y cada uno de los silencios y de las verdades a medias. Ya ni tan siquiera desayunaba en casa con tal de escapar en cuanto antes de aquella cárcel de frío y soledad compartida.

Para ella la historia era diferente. Se sentía culpable de la deriva del matrimonio y de haber olvidado preguntarle por las banalidades del día: ¿Qué tal te ha ido el día? ¿Vienes muy cansado? Las conversaciones eran simple cuestión de diplomacia y con suerte podían alargarse cuando alguno de los niños visitaba la casa. Era una mujer abnegada y poco optimista, acostumbrada a cargar sobre sus hombros el peso de todo cuanto aconteciera en el hogar con la resignación que sólo las mujeres de otros tiempos eran capaces de asumir. En ocasiones permanecía asomada a la ventada a la espera de que él llegara, y lo veía en la distancia hablando con unos y con otros, jovial y alegre como el que conoció a los quince años de edad, pero por algún motivo que desconocía aquella persona de amplia sonrisa desaparecía al cruzar el umbral de la puerta de la casa.

De esta forma, el hogar familiar pasaba por ser un hotel para ambos, un lugar donde él cubría las necesidades básicas de alimentación, aseo y ropa, y ella la de sentirse útil y protegida. Entendió entonces que era la comodidad lo que les mantenía unidos, que era inútil hallar la felicidad del matrimonio en el amor mutuo porque no existía el amor sino el afecto y no existía la felicidad sino una convivencia pacífica.

Al entrar a casa dejó las llaves sobre el taquillón y se dirigió a la salita. Allí estaba ella, sentada en el sofá, adormilada, con la mesa puesta y la comida recalentándose en el horno. Al abrir los ojos vio cómo su marido se sentaba a su lado, la cogía de la mano y comenzaba a besarla. La extrañeza fue tan fuerte que parecía que la estuviera besando otro hombre y hasta llegó a rechazarlo por unos segundos, pero al instante lo recordó en sus besos de juventud y volvió a sentir el pálpito de la adolescencia y la emoción de la noche de bodas. El beso se prolongó durante varios minutos hasta que el sonido de una campanilla la devolvió al mundo. Sobresaltada, encontró a su marido sentado en el sillón de al lado dormido y la alarma del horno le avisaba de que el salmón ya estaba listo.

Recordar lo que fue su relación, pensar lo que podría ser y advertir lo que se había convertido le hizo dudar por un momento: ¿Habré tenido un sueño o una pesadilla? Mientras sacaba la bandeja del horno y preparaba los platos hizo lo posible por olvidar la imagen de su marido besándola.

Al salir de la cocina lo encontró también sobresaltado, cogiendo la chaqueta y abriendo la puerta de la casa.

- ¿A dónde vas? Tengo la comida preparada. - Le dijo ella sorprendida.
- No tengo ganas de comer. Me voy a dar una vuelta. - Respondió sin mirarla a la cara.
- ¿Te pasa algo?
- Acabo de tener un sueño muy raro y se me ha ido el hambre.

En el momento de salir cruzaron sus miradas. El corazón de ambos se mantenía acelerado.
- ¿Has soñado lo mismo que yo? Preguntó la mujer, algo nerviosa.
- Supongo que sí.

Los dos se miraron durante varios segundos en los que pasó por su mente a toda velocidad los treinta años de relación. Por un instante ambos volvieron a sentir el deseo con el que se conocieron y enamoraron.

Cabizbajo, derrotado por el momento, acabó por cruzar la puerta y salir a la calle. Ella volvió a la cocina en señal de resignación.

Tal vez sea mejor así, pensó mientras cubría el plato sobrante.

1 comentario:

Juan Alfredo Luque dijo...

A veces los sueños, sueños son, que decía Don Calderón...

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