miércoles, 2 de marzo de 2011

DENTRO



En el lateral de la plaza del pueblo, donde el sol hacía que los viejos adoquines brillaran con más fuerza, siempre ubicaban su pequeño "refugio".
El viejo aro, ya oxidado, que su abuelo les regaló aún en sus primeros años de vida, se había convertido en su templete físico y en su retiro psicológico.
Allí, ellos siempre jugaban a que su escudo protector era infranqueable, y ya se habían organizado su pequeño submundo sentados sobre el suelo en el interior del aro.
Se hablaban al oído, era imprescindible para salvaguardar la independencia de su circular espacio. La gente, las primeras veces que los veían, movían la cabeza sorprendidos de su locura imaginativa; pero así pasaban ellos las cuatro estaciones del año con al menos una o dos horas mínimo en su pequeña nación infranqueable.
Fueron creciendo y cada vez la situación se hacía más ridícula; los demás niños de nueve o diez años ya se reían de ellos al pasar, y los mayores empezaban a regañarles para sacarles ese capricho de la cabeza.
Al salir del colegio quedaban allí, uno ayudaba al otro con sus deberes y viceversa, uno dominaba las matemáticas, otro el inglés y así la simbiosis entre sus carencias era perfecta.
El aro era ya ridículamente pequeño, y por fin decidieron trasladar su diminuto planeta a su propia casa; al patio trasero, junto al pequeño pilar blanco que daba vida al centro del patio.
Merendaban allí, se corregían sus tareas y cuchicheaban largo y tendido sobre sus compañeros de clase o sobre los entresijos de los vecinos del barrio.
Pasaron los años, y a finales de la Secundaria, el mayor de los dos decidió que no quería seguir estudiando, que él quería alistarse en el ejercito para defender a sus país. Eso, pilló un poco por sorpresa a su hermano menor, que admiraba al primogénito y alababa la entereza en sus decisiones y razonamientos.
Él había decidido estudiar magisterio de inglés. Y así, a inicios de un nuevo curso, sus vidas, sus vínculos, sus historias, sus diámetros y sus áreas de la circunferencia se desharían para siempre. Los últimos días del verano, no podían casi ni cruzarse las miradas en el pasillo de casa sin provocar alguna lágrima contenida. Y así, la mañana que el mayor de los dos hermanos partía hacía Zaragoza para ingresar en la academia militar, encontró un trozo de papel amarillo sobre el escritorio de su habitación, le dio la vuelta y había una circunferencia pintada, con una inscripción que decía: "NOSOTROS".




Y el futuro militar rompió toda su hombría, cogió el trozo de papel y lloró durante unos minutos sentado en el patio sobre el viejo aro de siempre, sobre su pequeño planeta infranqueable.








3 comentarios:

Lenmelon dijo...

¿Basado en hechos reales?

ruyelcid dijo...

Nooo!!!

El_Rafa dijo...

Me ha gustado, si señor. Te lo diría si algún día salieras a tomar café ;-)
La canción de "Dentro" de Aute me encanta, aunque no va precisamente de estar en compañía...

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