martes, 1 de noviembre de 2011

El atajo

Era un escocés, de veinticinco años nada menos...
Sacó su mejor botella de whisky para brindar por ella. Era un escocés, de veinticinco años nada menos… el whisky. Él era un pobre hombre, sin patria ni domicilio, al que la fortuna no había sonreído jamás, y cuya imagen se deterioraba día a día, cumpliendo días como años y años como siglos mientras el alcohol diluía las escasas penas que ya le quedaban por tramitar. 

Pero aquel día era especial. Quería brindar por ella… Quería brindar por aquella mujer a la que nunca habló ni saludó por la calle, y que en un desgraciado infortunio fue a morir bajo las ruedas de su tartana en plena Avenida Principal. Es curioso -pensó-. La ocasión en que la tuve más cerca la he matado. Salud. Y alzó su vaso al cielo. El cristal pareció quebrarse desde dentro hacia fuera y estalló en su mano en mil pedazos. 

No le dio importancia. Un día entero en el calabozo, la declaración ante la policía y la posterior paliza dialéctica en el juzgado bien podían haberle trastornado hasta el punto de no controlar su fuerza y haber hecho añicos un vaso de roca con la fuerza de sus dedos. O también puede ser el hielo -dijo-. Se quedó claro: el movimiento de aquel torpe brindis lo provocó todo o se estaba volviendo loco. Después de todo, pronto iría a la cárcel. Iba borracho cuando conducía y el juez había decretado libertad condicional hasta la celebración del juicio, por lo que no le preocupó en exceso lo ocurrido. 

Empezó a ponerle nombres. El primero, normal, María. A partir de ahí toda una suerte de retorcidos nombres extranjeros, bíblicos y hasta alguno inventado, que pudiera casar perfectamente con aquella cara, que ya se ocultaba para siempre en la oscuridad de un nicho del cementerio. Entonces una ventana se abrió de golpe y el viento le susurró en el oído: ¡Blanca! Se levantó de golpe y soltó una carcajada, exclamando: Definitivamente mi madre tiene razón: tengo que dejar de beber. Su rostro se tornó serio y corrió al ordenador, buscó en las noticias de sucesos y vio que la mujer muerta, atropellada por un conductor imprudente un día antes, en efecto, respondía a las iniciales B.D. Un sudor frío recorrió su cuerpo y volvió a llenar su vaso de whisky, bebiendo después frenéticamente. 

Se sintió mal y se desparramó en el sofá, pero lejos de detenerse volvió a tomar la botella y a ponerse una copa y otra más, que casi iba tragando de manera compulsiva, sin controlar la cantidad que ya acumulaba en su cuerpo. Vomitó una vez, y sin apenas limpiarse sino con la manga de su camisa, tomó la botella y bebió a morro, mientras el líquido se le caía por las mejillas y el cuello. Un charco se formo a su alrededor, y en él un caprichoso dibujo, como si un dedo invisible lo hubiera escrito, se hizo visible. Eran palabras, y decían: ¿Por qué tuviste que conducir borracho? 

Se levantó y lanzó la botella hacia la pared, pero esta se detuvo justo antes de impactar con ella, y regresó, flotando, a su mano. Entonces aparecieron en el lugar donde debía haberse estrellado otras palabras, que claramente decían: Hoy beberemos juntos los dos… Sus ojos quedaron abiertos y la mano en la que tenía la botella se movió sin control hacia su cara. Se introdujo todo el cuello de la botella hasta la garganta y se echó hacia atrás. Cuando la respiración ya le faltaba se le hizo visible la figura de la mujer, que con voz muy suave le dijo al oído: No debiste ser tan imprudente. Ahora vendrás conmigo y podremos brindar en otro lugar, a diario, por toda la eternidad. Cerró los ojos y se dejó llevar. 

La policía registró a los dos días todo el piso. Todo apuntaba a un suicidio, tras lo ocurrido y analizados los indicios. Había facturas sin pagar, reclamaciones de proveedores y un aviso de corte del suministro eléctrico. La nevera estaba vacía y encima de la mesa sólo había dos vasos, en el suelo cristales y whisky desparramado. El aún tenía la botella vacía insertada en la garganta. Las huellas dactilares de uno de los vasos coincidían con las suyas, pero el otro, al parecer, había sido usado con guantes, porque no tenía indicios de haber sido manipulado a pesar de que unos labios se adivinaban claramente en el borde. Todos coincidieron en decir lo mismo: El infeliz, viendo lo que se le avecinaba, ha elegido un atajo. Caso cerrado… A falta de analizar el ADN de aquellos labios, que darían la pista sobre la última persona, viva o muerta, tal vez con anterioridad, que bebió con él aquella tarde.

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