martes, 29 de enero de 2013

La extraña soledad de los parques



Estaba obsesionado con aquel libro. No sabía como, pero desde siempre, lo había imaginado entre sus manos. Y ahora que al fin lo había encontrado, no estaba dispuesto, ni por asomo, a perderlo. La sala permanecía en penumbra a aquellas horas de la tarde. Era finales de enero, y aunque por las mañanas estaba plagada de jóvenes estudiantes consultando los vetustos ejemplares, ancianos hojeando periódicos y niños chateando en los ordenadores públicos, a aquellas horas, los libros permanecían en la penumbra, como en silencio, aguardando a ser sacados de sus estantes y releídos una vez más.
Desde muy niño, aquel viejo libro de Geografía Física, del profesor Strahler, le había intrigado. Todas aquellas páginas amarillentas y llenas de gráficos, de nubes, de diagramas de valles y montañas, causaron en él una fuerte impresión. Acostumbrado como estaba, a una vida monótona, entre las estrechas cuatro paredes de su cubículo, a una vida de disciplina y orden, a esas cuatro paredes que el llamaba cariñosamente,  su cuarto, todo lleno de mapas y posters en las paredes, que le fueron acompañando día tras día, desde los felices tiempos del instituto, no pudo imaginarse sin aquel ejemplar entre sus manos.  Colgadas en las paredes de ese cuarto, había viejas tablas periódicas y diagramas de ecuaciones parduzcos y ennegrecidos por el tiempo, con sus esquinas llenas de tachuelas, que reposaban allí, agujereando las paredes junto a un viejo pizarrín, plagado de inscripciones, que tan sólo él entendía.
La puerta de la Biblioteca estaba a punto de cerrarse hasta otra nueva jornada, y él, ensimismado en la lectura del libro del profesor, no había reparado en que aquel reloj Collins que fervientemente abrazaba su muñeca, de correa de piel desgastada, marcaba en las manecillas doradas, la proximidad de la hora de cierre de la sala.
Afuera, resoplaba un fuerte ventarrón del norte, arrastrando tras de si las hojas, como pesadas plomadas de papel. Las farolas comenzaron a iluminar tenuemente el parque, reflejando su lividez mortecina en las grises baldosas, mientras él bajaba las escaleras, taciturno, ajustándose las mangas de un roído gabán. Había devuelto el viejo libro a su estante. A su origen, tal vez maldito. A esa especie de prisión silenciosa en la que están los libros, como aguardando su destino, encerrados para siempre entre paredes de piedra y altos muros de cristal.
Mientras salía hacia la entrada que daba al parque, bajando la escalinata de piedra, pensaba que aquella estrecha franja de mundo, quizás no le correspondía a su libro como debiera. Como había imaginado tiempo atrás.
El libro de Strahler no debía ser relegado a un oscuro rincón de aquella sala. Ni tener que ver sus páginas enmohecerse por el transcurso del tiempo, ni ser manipuladas por inexpertas manos.
Tal era su contrariedad, que pensaba que aquel libro no merecía ser leído por cualquiera. Guardaba en su interior, ciertos tesoros en forma de palabras y expresiones. Pequeños diamantes en bruto que no podían ser producto de una devolución ni tan siquiera de una ficha de préstamo que redactase cualquier bibliotecario de turno.
No lo pensó dos veces. No estaría dispuesto a que permaneciera allí por más tiempo, oculto para siempre entre las sombras, ajeno a la mirada y al tacto de unos dedos que sabrían cuidarlo y mimarlo convenientemente. Unos dedos que pasaran para siempre sus páginas delicadamente y con guantes blancos.
Pero él no era el único que lo deseaba.
Las puertas de acero y cristal se cerraron tras de él con un estruendoso chirrido y las luces del interior se apagaron. El conserje, giró la llave con precisión quirúrgica y todo un mundo de tinieblas enterró por completo en la penumbra a la sala de los libros, y estos yacerían como durmiendo, en un plácido sueño hasta la mañana siguiente.
Apenas había avanzado unos pasos desde la escalinata, para  aproximarse a los bancos de piedra  que había junto a los carcomidos álamos del parque, cuando notó en la distancia que un leve ruido de pasos le seguía. No estaba seguro del todo, pero no se atrevió a mirar atrás, y embutido en su gabán, tan viejo como él mismo, aligeró levemente el paso. A su espalda sonó un leve click y un embriagante olor a almizcle, creyó percibir por momentos. Tal vez si pudiera llegar al bar de Manolo podría despistarlo, pensó.
Dio de nuevo un pequeño acelerón a sus pasos y, cambiando de acera, se ocultó entre las sombras y los coches aparcados de la esquina de la calle, que daba a la Oficina de Correos. La sombra, perseguidora e infatigable, en seguida se detuvo, y se alzó de puntillas como oteando el ambiente, y al no encontrar a su presa, dió media vuelta en redondo y desapareció, calle abajo perdiéndose de vista entre el Callejón del Zacatín y el Parking.
Respiró aliviado y se encaminó esta vez sin detenerse hacia el bar de Manolo. Entró, y sudoroso, pidió una cerveza, yendo a sentarse en una de las mesas del fondo, sin quitarse el gabán. Manolo, hombre templado en mil y una lides, le sonrió de soslayo y no dijo nada, como si comprendiera realmente lo que estaba sucediendo, y siguió limpiando los impolutos vasos con su paño de algodón.
Apuró de un trago la cerveza. Eran las once y media de la noche. Estaba decidido a hacerlo. No podía dejarlo caer en esas oscuras manos. Debía salvaguardar el secreto del profesor Strahler, que tan bien, él conocía. Contenía en su mayor parte, multitud de páginas llenas de anotaciones, y extraños símbolos en los márgenes, y también en los gráficos e ilustraciones. Se preguntó de repente, como lo habrían sabido. Como esos garabatos ininteligibles podrían guardar un secreto tan añorado. Tanto, que hasta esa misma noche, no había sido consciente. No se había percatado. Aunque de un modo u otro siempre lo supo. Quizás desde el principio.

Salió del bar encaminando sus pasos de nuevo hacia el parque, y este, apareció al fondo de la calle, como en un reposo tardío. Como de siesta. Dormido ya aquellas horas. Vibrando en un tranquilo discurrir del tiempo. Con la respiración entrecortada, se acercó a la verja que rodeaba el antiguo convento, ahora Biblioteca. A ojo no mediría más de metro ochenta. La verja guardaba todo el perímetro con una solidez a prueba de bombas, o al menos eso parecía. Estaba enclaustrada por una gran puerta automática, de las que se activaban con un mando a distancia. No tendría mas remedio que saltarla. Por un instante volvió la vista atrás como medida de precaución, y de nuevo no dudó: estaba siendo observado, o quizás en su increíble odisea se estaba volviendo paranoico. Le daba exactamente igual. Estaba tan decidido a hacerlo que no habría vuelta atrás. Aquella misma noche. No podía esperar. Era el momento.
Saltó raudo sobre la verja, rezando por que las cámaras de seguridad no lo hubieran visto, y disparasen la alarma, dando al traste con sus pretensiones. Agazapado, se aproximó al ventanuco enrejado que había bajo la balaustrada de piedra, a la izquierda, junto a la puerta que daba acceso a la Biblioteca, que en otra época fuera antiguo convento de frailes capuchinos, y que ahora restaurado, resurgía con todo su esplendor, como una perfecta cárcel para libros. En cuclillas, acertó a palpar la cerradura de la ventana y trasteó hasta encontrar el punto que le separaba de las frías baldosas de la entrada, a la confortable quietud de la sala de lectura. Consiguió abrirla a la primera usando un viejo y oxidado clip de oficina. De un salto, se coló dentro entornando tras de sí la pesada ventana como si tal cosa y se dirigió, agazapado como estaba, a la sala intermedia, donde los etiquetados estantes rezaban sobre libros de la Historia del Cine.
"Si, para películas estoy yo ahora" - masculló mentalmente, mientras un leve click y un extraño olor a almizcle se dejaba oir a su espalda por momentos o eso había creido.
"No ha saltado ninguna alarma, pensó". Quizás nadie del personal de la biblioteca, habría pensado en tener visitantes nocturnos a través de la ventana de ordenanza. Suerte para él, rió entre dientes.
De nuevo el click a su espada se repitió con un leve eco, pero no se atrevió a mirar. El olor a almizcle pareció rozarle la nariz. Quizás fueran los crujidos típicos de los viejos edificios, en la oscuridad, pensó para sí. Aquella sala había pertenecido al claustro de un antiguo convento, así que, ¿que cabria esperar? Quizás sus sentidos empezaban a jugarle malas pasadas, con la excitación del momento...
De la sección de Cine saltó a la de Historia Antigua, quedándo ya a un sólo paso de la de Geografía. Solo tenía que subir los tres peldaños restantes y abrir la puerta de cristales. No podía dejar que sus sentidos lo engañaran ahora. No podía permitir que le arrebataran lo que era suyo tras tantos años de espera.
Se incorporó sigilosamente, permaneciendo pegado a la pared de piedra, fría como el hielo, mientras subía despacio los peldaños uno a uno. De nuevo rezó por que no estuviera echada la llave de la sala superior. Nunca lo estaba. Tampoco la cámara de vigilancia parecía estar activada. Aunque nunca había pensado realmente, hasta ahora, en la utilidad que tendría un poco de chicle masticado para bloquear ciertos mecanismos, y que hábilmente colocara entre esta y su eje, la mañana anterior.
Abrió muy despacio la puerta y avanzó unos pasos en la oscuridad. De inmediato el estante de los libros de Geografía apareció ante él, tras encender la triste lucecita de su boligrafo-linterna, desvelando el título añorado: "Geografía Física, por Arthur N. Strahler, y un mundo de infinitas posibilidades acudió a su mente.
Estaba tan extasiado con el hallazgo, que no oyó otra vez el leve click ni se percató del extraño olor a almizcle a su espalda. De repente, el pequeño bolígrafo-linterna se le apagó y en la oscuridad de la sala, tropezó con algo. Asió con fuerza el libro, mientras intentaba incorporarse rápidamente y dando un traspiés, se precipitó como un rayo empujando la puerta con el hombro, escaleras abajo, con el libro sujeto al pecho. Tenia que llegar a la ventana de ordenanza. El click a su espalda, se tornó más intenso, al igual que el indescriptible olor a almizcle, convirtiéndose de repente en algo doloroso y caliente. 
Tan doloroso como una punzada en la columna vertebral. Una punzada tan afilada, que por un momento llegó a ver chisporrotazos en sus ojos y una especie de extraño resplandor convertido ahora, en un par de ojos que le miraban fijamente entre las sombras. Su mano se desplomó entre el ventanuco abierto, ensangrentada y el libro cayó al suelo húmedo. Afuera había empezado a llover y un resto de página arrancada a toda prisa, se mojaba, dejando entrever unas letras a modo de inscripción, en lápiz, que se disolvían lentamente entre las gotas de lluvia y sangre: "U.S. Government. Your eyes only. 37º63' N, 3º 74'E. Park. 23:30"
El silencio era tan pesado que no se oía nada en el ambiente, a excepción de las gotas de lluvia que martilleaban una y otra vez el tejado gris del antiguo convento.
A veces es así, la extraña soledad de los parques...

1 comentario:

Pilar Gámez dijo...

Yo lo tengo claro. ¿Quiénes son los grandes escritores? Los que me hablan, quienes son capaces de comunicarse conmigo y decirme con sus palabras lo que yo ya tengo o siento en mi interior. Los que te transportan sin esfuerzo y con una fluidez de lenguaje y pensamiento que ni cuenta te das de que estás leyendo. Y no hace falta publicar ni ser reconocido. Escribir es transmitir, y de eso vas sobrao.
Eres bueno, muy bueno y, creo que ya no tengo que decir nada más. Bueno sí, ¡qué haya segunda parte por dios!

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