viernes, 1 de febrero de 2013

El Deshacedor Personal


No sabía muy bien de donde podría había salido. Lo encontró por casualidad, ordenando unas cajas de archivo en el trastero del Departamento. Una especie de libreta o cuaderno muy antiguo, como de uso escolar de hace al menos cien años. Estaba escrito a lápiz con trazos rápidos. Y sobre sus tapas verdes tenia escrito a grandes caracteres: "Dsh'a Ze'h Dhor”. Hojeó con atención su contenido. Todas las páginas estaban llenas de anotaciones con una caligrafía incomprensible. Posiblemente se tratase de otro idioma, no estaba seguro, pero le recordó vagamente a alguna antigua lengua, ya en desuso. Algo que había visto en algunas inscripciones antiguas en los libros de historia. Hojeándolo por encima, descubrió unos cuantos esquemas y gráficos que pudo entender con mayor facilidad a pesar de su anacronismo. Parecían ecuaciones. Fórmulas matemáticas... 
Curiosamente la inscripción de la portada parecía estar escrita con la letra de otra persona. No quiso dar parte del hallazgo al director de su departamento, y aunque conocía al catedrático, sabía que si aquello que acababa de encontrar tenía alguna importancia se lo arrebataría apropiándose de cualquier mérito. De lo contrario sólo le serviría para ganarse una reprimenda por hacerle perder su valioso y escasisimo tiempo. Así es que lo llevó a su casa y pasó toda la noche estudiándolo. Era Difícil. Apenas conseguía entender nada. Pero a él le gustaban las cosas difíciles, así que no desfalleció en su empeño. Le dedicó todo su esfuerzo durante algunos meses, compaginándolo con sus horas de clase. Con la ayuda de algunos colegas expertos en lenguas antiguas, consiguió realizar una traducción de todos los textos. Supo que tenía ante sí un estudio teórico y los esquemas necesarios para fabricar algo que, una vez traducido, sus autores habían dado en llamar “Deshacedor Personal"”. Su próximo objetivo sería construir un prototipo de dicha máquina. El primer paso fue hacer acopio de todos los materiales necesarios. La mayor parte de los componentes que se describían en el extraño cuaderno verde, se habían dejado de fabricar hacía ya muchos años, así es que dedicó muchos fines de semana a recorrer los mercadillos y las tiendas de segunda mano en busca de lo necesario. 

Buscó todo tipo de aparatos eléctricos y mecánicos Antiguas radios, televisores, motores, instrumental de todo tipo. Cualquier cosa con cables, constituía una fuente inapreciable de material: las delicadas válvulas, los relés, las baterías, los condensadores y demás artefactos que iba a necesitar para llevar adelante el curioso proyecto. Continuó su labor con la paciencia y meticulosidad de un coleccionista. En el pequeño taller de un conocido,  fabricó, con la ayuda de este,  las piezas imposibles de conseguir. Hasta que un día terminó por tenerlo todo a punto y se lanzó con avidez al montaje del prototipo. Lo había imaginado tantas veces que se sorprendió de su extraordinaria simplicidad. Al poco tiempo había conseguido montarlo. El artefacto, tenía el aspecto de un pequeño robot de color rojo. En sus pequeños brazos sostenía una bandeja metálica sobre la que, según se indicaba en el cuaderno, se debía depositar la información necesaria para deshacer aquello que se deseara. 
Pasó el resto de la tarde reajustando la pequeña máquina, pero llegada noche le fue imposible conciliar el sueño, incapaz de dominar su impaciencia. En su casa tenía varias publicaciones que trataban sobre la aplicación de elipsoides nanodinámicos. Ese odioso invento por el que había tenido que oír una y mil veces los mismos elogios en primera persona al catedrático (aunque probablemente se lo hubiese robado a algún becario incauto). 
Dispuso sobre la bandeja todas las publicaciones y accionó el conmutador de la máquina. Poco a poco las lámparas se encendieron despidiendo una luz rojiza al tiempo que desde el interior se escuchaban una serie de zumbidos y siseos. De acuerdo a las instrucciones del cuaderno, dejó la máquina funcionando toda la noche. A la mañana siguiente recogió de la bandeja las publicaciones. En ninguna de ellas se podía leer nada. Se habían transformado en un mero conjunto de hojas en blanco encuadernadas. Con impaciencia tomó el autobús y se encaminó al laboratorio de la facultad.  Revolvió en todos los archivos y estanterías. Todas las referencias a los elipsoides nanondinámicos habían desaparecido de los libros. En ningún sitio logró encontrar ni una sola palabra. Al final de la mañana, cuando se cruzó con el catedrático, dejó caer las palabras elipsoides nanodinámicos en una conversación, y éste le devolvió una mirada alucinada. Como si hubiera estado hablando con un marciano. Al llegar la tarde, él mismo olvidó de qué se trataba el asunto que había depositado en la bandeja. Tan solo era capaz de recordar que había hecho desaparecer completamente del conocimiento humano alguna invención y que nadie, de ninguna manera, era capaz de recordarla. Como si jamás hubiera existido. 

Se dio cuenta entonces de que era dueño de un secreto de un alcance inimaginable. Tenía en su casa una máquina capaz de hacer desaparecer en una noche todas las malas ideas, toda la inteligencia perversa que lastraba el discurrir de la humanidad. Ahora podría apartar el pensamiento de la guerra y la ambición de poder y corrupción de los poderosos. Así es que, para reflexionar sobre lo que debía hacer, pidió unos días de vacaciones. Necesitaba un tiempo para hacerse con los planos y documentos de todo tipo de armamento. Empezaría por librar a la humanidad de la pesadilla de las armas atómicas y seguiría por el resto de las armas y luego por los documentos políticos comprometedores,  Iría añadiendo a su inventario todo tipo de inventos inútiles y malévolos terminando por una serie de cosas que le fastiaban especialmente,  como las monedas de un céntimo, los peajes, los "abrefácil", los contestadores automáticos de atención al cliente, las instrucciones de los juegos de mesa y los mapas de carretera imposibles de volver a plegar. 
Dejó las llaves a su casera para que vigilara el piso durante su ausencia y viajó a la capital. Allí pasó horas y más horas recorriendo bibliotecas y entrevistándose con colegas de otras universidades. Cuando tuvo lista su colección de horrores volvió a su casa. Abrió con impaciencia la puerta y se dirigió al desván. No podía dar crédito a sus ojos. Allí no había nada. Tanto la máquina como la libreta y todo lo que había escrito había desaparecido. Alguien debía haber entrado a robar. Bajó corriendo a preguntar a la casera si había visto a alguien en su piso. La casera le contestó que nadie excepto ella misma había entrado. Le preguntó si se había fijado especialmente en una gran máquina con aspecto de robot roja, así como una libreta antigua con tapas verdes. La casera recordó enseguida y le contestó: - Sí. Está en el desván. Además le dejé todos los papeles que tenia usted ahí, desparramados por el suelo,  ordenados. en la bandeja que tenía el robot en las manos...

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