miércoles, 20 de marzo de 2013

Claudia



Claudia nació el mismo día en que la primavera hizo su equinoccial aparición.

Y es que cuando sus padres la concibieron su madre se lamentaba y lloraba por la primavera, que recién había terminado, y sabía el largo camino que quedaba de nuevo ante sí, hasta volver a poder deleitarse con los largos paseos que daba por los verdes prados, con los pies descalzos, frescos y húmedos por el rocío matutino sobre la alfombra multicolor de flores rojas, amarillas y malvas, que adornaban el paisaje, sus ojos y su espíritu, que se regocijaba ante tanta belleza. Amaba la primavera, y como no podía ser de otro modo, en ese mismo momento, floreció también Claudia.

Tan intensamente sentía y añoraba la madre el fulgor primaveral, y tan feliz se sentía al recordarlo, que Claudia confundió esa felicidad con el deseo y el anhelo de su madre por tenerla y ya, desde el vientre materno quiso ser flor.

Pasó cierto tiempo hasta que sus padres comprendieron que algo no andaba bien en Claudia. Al principio estaban encantados, porque la niña siempre sonreía, jamás la oyeron llorar. Pero pronto, esa sonrisa se convirtió en el peor de los presagios.

Con los años, la casa se acostumbró a su silencio y a su sonrisa. Sus hermanos la acompañaban en su habitación con sus juegos, sus cantos y sus llantos, sus padres le contaban cuentos..., todos la adoraban como a la más hermosa de las flores del jardín. Y como su madre lo supo desde el principio, llenó de flores su pequeño rincón en el mundo. Empapeló las paredes, los techos, con lienzos de amapolas y margaritas, lavanda y madreselvas, rosas y orquídeas, tulipanes, pensamientos, caléndulas. Todo a su alrededor y sus ropas se transformaron en un mundo multicolor que jamás se marchitaba y ella allí, era feliz, sintiéndose flor y rodeada del amor y atenciones de todos a los que ella también amaba.

Pero un día, de pronto, todo aquello se le hizo pequeño. Se sintió encerrada en aquellas cuatro paredes que tanto amor le habían dado. Le faltaba la frescura que sintieran los pies de su madre sobre la hierba, y deseó el aire y la caricia de todas aquellas flores, que la rodeaban, sobre su piel. Lo deseaba de día y de noche, a cada minuto, a cada segundo de su pausada y sosegada vida. Se concentraba y trataba de visualizar a todas aquellas flores que la rodeaban cayendo como lluvia sobre su frágil cuerpo. Otras veces se veía a ella misma, corriendo por aquel prado, levitando sobre aquella alfombra para luego dejarse posar suavemente sobre ella y fundirse ambas en un abrazo fraternal. Añoraba el aire, la luz y la tersura de la libertad.

Aquella mañana, cuando su madre entró en la habitación para asearla, le llamó la atención la pequeña florecita azul que había junto a su niña.

- Te la habrá dejado aquí alguno de tus hermanos, - interpretó su madre.

Pero Claudia, se sonrió.

A la mañana siguiente, no fue una florecita azul lo que encontrara su madre, sino un ramillete de flores silvestres, amarillas y violetas.

Se extrañó sobremanera, preguntó por la casa pero nadie sabía nada. No era tiempo de flores, aún no había llegado la primavera, faltaba poco pero aún no estaba aquí. Pero como eran tan bonitas, las colocó en un jarrón frente a la vista de la niña.

Y así se fueron sucediendo los días. Según se iba aproximando el día en que llegaba la nueva estación, las flores que aparecían en la cama de Claudia se multiplicaban y ya no bastaba con un jarrón, ni dos, ni tres, sino un jarrón en cada esquina de la casa.

La madre se acostumbró a aquellos regalos matinales, pero en el fondo, no le gustaban. No sabía de su procedencia y eso la inquietaba mucho. Se conformaba a sí misma con observar a la niña. Su gesto, aparentemente no cambiaba,  pero ella podía ver más allá de su simple gesto, y comprobaba día a día, que su hija era feliz.

Claudia, ajena a las inquietudes de su madre, le daba en silencio la razón; no solo era cada día más feliz sino también más libre. 

Llegó la mañana del equinoccio. La madre estaba radiante y había podido contemplar estos días atrás que su primogénita también. Acudió a toda velocidad a su cuarto, para besarla y compartir con ella su regocijo, la única que parecía comprenderlo, y organizar en ramos las flores que, con toda seguridad, cubrían su cuerpo. Abrió la puerta y no pudo ver el rostro de su hija. Toda estaba cubierta de un espeso manto de flores. Angustiada las sacudió a un lado y al otro, tratando de que la niña no se asfixiara. Removió y sacudió, sacudió y removió, pero en la cama no había nada más que centenares de flores.

La primavera había llegado y con ella, Claudia, se convirtió en lo que siempre debió haber sido, se había convertido en flor.

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