martes, 12 de marzo de 2013

El caballero que no podía llorar

Era un reino normal. Había muchos reinos dispersados por aquel lugar. Adventicia sólo era uno más. Allí nació Rolod, y desde pequeño aprendió que su casa era aquella, que su tierra era su legado y que lucharía con uñas y dientes por ella. Jugaba a caballeros y a doncellas, y tanto llamaban la atención sus correrías que hasta el propio príncipe heredero, el también pequeño Éretit, quiso acercarse a participar en los juegos. El reino estaba en paz y los nobles compartían lugar con los campesinos, comían juntos y hasta participaban en comunidad en los bailes reales, que eran verdaderas verbenas populares, dicha sea la verdad.

Adventicia sólo era un reino más...
Pasó el tiempo. Rolod creció y pronto quiso marchar a mejorar su destreza con la espada. Quería ser caballero, y que su gente lo respetara por eso. Era feliz y siempre sonreía. Éretit acababa de ser coronado rey, y prometió a Rolod que a su vuelta lo convertiría en jefe de su guardia. Con un fuerte abrazo el todavía casi niño rey acompañó al futuro caballero Rolod hasta los propios límites del reino y le recordó su promesa.

Pasaron unos años y Rolod volvió. Lo hizo convertido en un extraordinario caballero. Su cuerpo se había vuelto visiblemente fuerte y sus rasgos eran los de un apuesto joven. En su cara brillaba aquella todavía infantil sonrisa que fue acogida con felicidad por todos. Lo que ninguno podía imaginar es que además de una destreza especial con las armas y para el combate, Rolod había adquirido un don: no era capaz de demostrar el sufrimiento.

No había nada en el mundo capaz de mudar la sonrisa del jefe de la guardia. Sus sentimientos siempre iban por dentro, porque a su cara afloraba una confiada sonrisa que al principio fue toda una bendición para el reino de Adventicia. Todo el mundo quería estar cerca de Rolod, porque parecía como si su sola presencia espantara los males. Era como si le rodeara un halo mágico que espantaba los malos presagios y los convertía en optimismo.

Pero la paz no duró mucho en Adventicia y pronto entró en guerra con reinos vecinos. Las continuas escaramuzas habían mermado la población y Rolod se tuvo que multiplicar para ahora ser él quien adiestrara a los hombres del reino. A muchos ya no les gustaba que Rolod afrontara aquella situación con una sonrisa. La guerra no estaba siendo generosa con Adventicia y sus recursos se iban agotando. La gente pedía más contundencia y el odio se había apoderado de sus corazones.

Mientras tanto Rolod comandaba los ejércitos con su imborrable sonrisa, y nunca se veía en él una mueca de disgusto. Más bien al contrario; cuanto mayor era la contrariedad era mayor también el gesto alegre de Rolod, que ya desesperaba en todos los confines del reino. Los propios súbditos de Adventicia saquearon la casa y las propiedades de Rolod, con el único fin de instigarlo; de sacar su rabia. Querían sembrar en él también el odio y la desesperación, pero no consiguieron más que agrandar la sonrisa del valiente caballero. Parecía como si aquel hombre se hubiera empeñado en llevar la contraria a todos, y el rey Éretit se vio obligado a tomar cartas en el asunto.

Presionado por su pueblo, Éretit dictó una orden de destierro contra Rolod, y este se vio obligado a abandonar todas sus posesiones y abandonar Adventicia. Si se negaba, el castigo era la pena de muerte. Rolod escuchó la sentencia sin mudar el gesto, volviendo la cara y mostrando una pacífica sonrisa a todos sus vecinos. Muchos pensaron que estaba poseído por algún demonio cuando sin decir una palabra tomó su caballo y algunos efectos personales y franqueó las murallas de la ciudad… sonriendo. El rey Éretit y algunos súbditos más, se ofrecieron a escoltar al desterrado hasta la frontera. Esta vez la despedida fue amarga y de los labios de Éretit sólo salió una disculpa:

- Perdóname, Rolod. No he podido hacer nada. Ellos me han obligado a… 
- No digáis nada, Majestad -respondió Rolod con su invariable gesto sonriente-. Vuestra labor es reinar para vuestro pueblo. Yo sólo se luchar.

Abrazó a su amigo, esta vez aún con más fuerza que la primera, y se marchó. En la cara de Rolod sólo se advertía calma, como si nada hubiera ocurrido, como si no hubiera sido expulsado como un delincuente. Abandonó Adventicia y al traspasar sus fronteras volvió la cabeza y agitó el brazo para despedirse. Al darse la vuelta, cientos de lágrimas brotaron de sus ojos pero ni el terrible puñal en el corazón de su destierro consiguió cambiar su rostro. Continuó su camino, sonriendo, como siempre había hecho.

Siguió luchando por otros reyes y en otros reinos. Nunca, aunque la mismísima muerte acechara sobre su cabeza, perdió su sonrisa; la sonrisa que fue su mejor don y su peor desdicha.

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