domingo, 21 de abril de 2013

El enemigo I


La fantasía abandonada de la razón
produce monstruos imposibles:
unida con ella es madre de las artes
y origen de las maravillas.
Se puso en pie y se colocó justo delante de la puerta automática que estaba a unos segundos de abrirse.

Respiró profundamente y estiró aún más su espalda, elevando su barbilla, casi mirando hacia arriba. No era más que la emoción del momento, los nervios y la expectación. Toda su vida había soñado con ser uno de los Elegidos, un especial los solían llamar. No sabía muy bien si había perseguido su sueño o su sueño lo había perseguido a él. Había pasado toda su vida preparándose para este momento y allí estaba en el lugar donde siempre había deseado estar. Es tanta la ilusión, el anhelo y el deseo cuando se lleva tanto tiempo esperando, que llegado el momento, el anhelo se transforma en incertidumbre y la incertidumbre en miedo.

Sentía miedo y un estremecimiento que lo incitaba casi a desvanecerse, a desaparecer. Sabía que tras él, ya no habría nadie. Él era el último, y esa idea aún le ahogaba más el pecho. Notaba el circular de la sangre por sus venas, la sintió cómo por toda su cabeza, la punta de los dedos de sus manos, la yugular de su cuello, bombeaba con tal fuerza que muy fácilmente podría causarle una apoplejía. El corazón bombardeaba sus oídos. Lo oía en su frenética carrera a no se sabe dónde. Una carrera sin destino ni propósito. Empezó a notar cómo su pecho se agitaba desmesuradamente. Le faltaba el aire. Tanta prisa tenía su corazón en llegar a ningún lugar que el tomar aire se convirtió en un acto tan preciso y frenético como la excitación que sentía. Si la puerta tardaba un microsegundo más en abrirse sabía que solo tenía dos opciones, en el mejor de los casos, sería un simple desmayo. Y entonces fue cuando se apercibió. La tensión en sus músculos era tal que a duras penas era dueño de su cuerpo. Las piernas se habían quedado clavadas en el suelo. Apenas se sentía con fuerza para mover sus pies un milímetro de donde se hallaban, y sus manos temblaban como una hoja empujada por el viento en una tarde otoñal. Comenzaron las dudas: quizás no debí haber venido, debí elegir una vida sencilla, casarme con Marieta, tener hijos con ella y fichar cada día de nueve a dos. Volver a casa. Volver a un lugar tranquilo, limpio, claro, lleno de amor y juguetes tirados por el suelo. Hijos. Educarlos y ayudarles a hacer las tareas diarias que les mandarían sus maestros. Lo recibirían en la puerta de su casa cada día, con una amplia sonrisa, mientras lo llaman ¡Papi, Papi! elevando sus brazos hacia él, reclamando su atención, su contacto físico. Cada día sería igual a otro. Y Marieta. Sólo por ver su sonrisa cada día merecería la pena vivir esa vida tranquila. Una ligera caricia, como un tenue soplido por su nuca lo sacó de aquel letargo sentimental, y un escalofrío le recorrió todo su cuerpo. Empezando con un suave hormigueo por la misma zona de la cabeza para ir bajando y repartiéndose por las extremidades superiores, columna abajo y piernas. Por un momento, le invadió el presentimiento de que detrás de él había alguien más. Alguna fuerza quizás, energía propia de aquel lugar extraño, sin posibilidad alguna de moverse, cayó en la cuenta de que no era más que una gota de su propio sudor que resbalaba tímida y fría por su piel, cada vez más tensa dentro de aquella escafandra, la cual veía empañarse progresivamente con el vapor de agua de su propio aliento. Su respiración había alcanzado ya la categoría de jadeo. Estaba al límite del colapso y decidido a renunciar en ese mismo momento. No estaba dispuesto a dejarse, en el más seguro de los casos, allí su vida. No. Ya no quería. Pensó: -si consigo llegar al panel de la izquierda justo detrás de mí, y pulsar el botón Abortar Misión, en un suspiro estaría de vuelta en casa. Empezó a girarse lentamente, aquel maldito traje pesaba como nunca antes. Recordó que sus piernas no le obedecían, pero cuando dispuso de ellas comprobó que se movían con gran celeridad. Ahora ya no era el miedo lo que lo atenazaba sino la prisa. Debía pulsar el botón antes que se abriera la puerta. Rápido, más deprisa, he dado un paso, dos, alargo mi brazo, abro la tapa que protege ese mando, ya, al fin, lo tengo...
Lentamente, la estancia comenzó a iluminarse con una luz cegadora aunque cálida tras el chasquido de la puerta automática. Nunca volvería a ver a Marieta, daba igual, no sabía ni dónde debía buscarla.

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