sábado, 27 de abril de 2013

El enemigo II: En el otro lado


Hoy hace treinta y dos años que me casé con Marieta. No es que me arrepienta, no, pero tampoco es que me sienta orgulloso de mi vida.

Después de pasar un entre aburrido y algo más que predecible noviazgo, nos casamos un cuatro de agosto, bajo una ola sofocante de calor procedente del Sahara.

Todo  transcurrió como la seda, ningún sobresalto, ningún incidente digno de recordar. Todo fue como debía hacerlo. Viaje de novios, trabajo, días tranquilos e hijos. Dos, son dos chavales que durante unos años nos hicieron olvidar que eramos personas y nos convirtieron en exclusivamente sus siervos. De sus llantos, de sus ritmos y necesidades, de sus enfermedades. Unos años después, de sus horarios, de sus actividades, de sus tareas escolares, de su agenda social, y de sus demandas constantes, de dinero, para  satisfacer caprichos, también de aquellas actividades familiares que para ellos eran vitales para poder sobrevivir, y no diferenciarse lo más mínimo de algún que otro amigo más adinerado. Felizmente, aquella etapa pasó. Aunque después solo ha quedado el silencio. Un silencio aplastante provocado quizás por el cansancio. El cansancio de una vida monótona, rutinaria, sin alicientes; una vida en la que cada día es igual a otro. No es que me arrepienta, no, pero hay mañanas en las que me despierto antes que suene el despertador y me paso largo rato imaginándome una vida distinta mientras memorizo cada rasgo particular del techo sobre mí. De niño siempre quise ser astronauta. Cosas de críos. Quién no ha deseado serlo alguna vez. Y ahora ya de mayor, con una familia a mi cargo, me veo pasando largos ratos fantaseando de nuevo con una vida emocionante y llena de aventuras. Me invento que llego a convertirme en miembro de una élite superior. Y que tras varios intentos fallidos de colonización de un planeta lejano, me convierto en pieza clave, con una nueva estrategia para llevarla a cabo, al ser el último de esa estirpe de triunfadores. Y allí estoy yo, en pie frente a la puerta de mi nave, esperando que se abra, digno, vencedor, valiente, y preparado para comenzar una misión que no solo me elevará a la gloria a mí, sino que de mi mano llevaré a la perpetuación de la especie a toda la humanidad. Y allí me veo yo, frente a esa puerta automática abriéndose mientras toda la estancia se llena de una luz cegadora aunque cálida tras el chasquido de la puerta, emocionado y dispuesto para la acción.

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