sábado, 4 de mayo de 2013

La mujer que sabía demasiado (o eso creían)


Mi nombre es Rebeca. Me educaron para ser una mujer formal, seria, respetuosa y, por encima de todas las cosas, responsable en mi trabajo.

No tenía todavía cumplidos los veinticuatro años cuando comencé a trabajar como secretaría en el despacho de un importante e ilustre abogado. Su reputación trascendía las fronteras del estado, y, sin embargo, era yo la que estaba llevando el timón, tan joven, tan ingenua, pero resultó que era muy capaz de cargar con todo el peso de su agenda, de sus horarios, de lidiar con la prensa en casos famosos, y hasta con sus secretos. Y todo ello, con la más absoluta discreción, de palabra, de imagen y hasta de pensamiento. Está feo que yo lo diga, pero era eficaz y muy buena en mi trabajo. Jamás de su despecho salió una filtración a la prensa cuando llevaba el caso de algún importante político, salpicado por algún escándalo económico o, que también los hubo, de faldas. Mis labios siempre han estado sellados y los cajones donde se guardan ciertos secretos también. Con una única llave que sólo yo tengo, y que guardo en un lugar fuera del despacho, y al que nadie le he revelado su ubicación, ni siquiera a él.

Él es una persona de una moralidad intachable. Si, en algunas ocasiones, se ha visto envuelto en situaciones de dudosa ética, ha sido provocado por un cúmulo de circunstancias a las que algunos de sus clientes lo han abocado por sus situaciones al límite, o más allá, de la legalidad. Porque Él se debe a su trabajo y a sus clientes y, si eso implica tener que ensuciarse un poco las manos, lo hace. Pero sólo por llevar a buen término su trabajo.

Hace ya mucho tiempo que mi vida se ha convertido en un cliché de película. Pero no me importa. Me siento realizada con ella. Cada mañana sé el sentido que tiene nada más abrir los ojos. Y no es, nada más y nada menos, que mantener en orden y a raya los pequeños detalles que hacen que los grandes funcionen. Esa es mi misión en la vida y, como no, esperar de su boca el elogio que, casi a diario, me profiere, al tiempo que me guiña un ojo.

- ¡Ay, Rebeca, no sé que haría yo sin usted!

Una vez, cuando evitó que el secretario del Ministro de Exteriores revelara ciertos datos que ponían en entredicho la política que llevaba el gobierno en un país de Asia, nunca aprendí a pronunciar bien su nombre, incluso me invitó a brindar con champán con todo el equipo. Aquello realmente fue un poco extraño, porque no es que realmente evitara nada, ni consiguió que las palabras de aquel hombre no tuvieran credibilidad alguna por medio de su trabajo, fue de la forma más cómoda y conveniente posible, y es que un día antes de la declaración de este hombre ante el juez tuvo un accidente de tráfico en el que murió. Nunca vi tanta alegría por la muerte de una persona. Pero bueno, así son las cosas en esta vida, unos ganan y otros pierden.

Hace un par de meses, más o menos, comenzó a trabajar en el despacho un nuevo pasante, Elías, es joven aún, no obstante, ya empieza a peinar canas. Tiene una simpatía que me tiene totalmente absorta. A veces, a la hora del café, se nos pasa el rato charlando y riendo, y es que tiene una alegría en su persona que lo rebasa y nos salpica a los demás, y eso hace que en algunas ocasiones, volvamos tarde al trabajo, aunque parece que a Él no le importa porque se hace el despistado y no dice nada. Para mí esto es algo nuevo. Llevo treinta y dos años trabajando aquí y nunca había hablado con nadie de otra cosa que no fuese algo relacionado con el trabajo, y tengo que decir que me resulta muy gratificante y, cada mañana afronto el día con mucha más alegría que de costumbre. Se podría decir que Elías es lo más parecido a un amigo que he tenido nunca. 

Ayer concerté una cita con unos hombres que suelen venir de vez en cuando. No sé exactamente a qué. Son muy reservados y tienen un aspecto hosco y desagradable. A Él, en apariencia, tampoco le gustan mucho, porque cuando se concierta cita con ellos el gesto le cambia, y se muestra serio y preocupado. Esta mañana cuando he llegado al despacho me ha pedido muy amablemente que va a necesitar ciertos papeles que hay guardados en un cajón de la mesa que hay justo a la entrada de su despacho. Yo no suelo ocupar esa mesa normalmente, es muy grande e incómoda. Elegí, sin decir palabra, una que hay en la sala de la entrada, normalita, como la de los otros miembros del equipo de menos categoría y,  a Él le debió de parecer bien, porque nunca dijo nada.

He salido en busca de la llave, hoy no he tenido que disimular, porque todos los demás están en el juzgado. Cuando he regresado con la llave he preferido entrar por la segunda puerta que da directamente al despacho que debería ser el mío, por donde suelen entrar aquellas personas que buscan sus servicios pero evitando en la medida de lo posible, ser vistos. Y mientras abría con diligencia los cajones cerrados me he apercibido de que los extraños hombres ya habían llegado. He oído, ya en el interior de su despacho a puerta cerrada, que Él musitaba algo con temor, al tiempo que se oía un golpe seco y el sonido de botellas caer al suelo. He supuesto que son del botellero que tiene en su despacho. Es aficionado al buen vino y buen bebedor. Tengo que reconocer que me he asustado, y justo cuando estaba abriendo el último cajón, ha entrado Elías, y me ha hecho un gesto con el dedo poniéndoselo en la boca en señal de que guardara silencio. Me he puesto muy nerviosa. Sin hacer ningún ruido, hemos salido de puntillas del despacho, y confiando plenamente en él, he hecho todo lo que él hacía, con tanto miedo que casi no podía ni respirar. Al pasar por delante de la pequeña cocina he visto que uno de los hombres, con gabardina larga, estaba allí, de espaldas, bebiendo algo, Elías ha podido pasar de un salto, pero el miedo a mí me ha paralizado, y me he deslizado dentro el pequeño cuarto de la limpieza que está enfrente y que tenía la puerta entreabierta. No sé como no me ha visto, juraría que me había descubierto, pero no. Me he quedado un rato callada, y firme como un palo tras la puerta, casi sin respirar y con miedo de que escuchara mi corazón latir. No sé el tiempo que ha pasado, yo oigo pasos de aquí para allá, algún carraspeo, y voces que llegan del despacho de Él, pero me siento tan confusa que no alcanzo a entender nada.

Elías ha venido en mi busca al pequeño cuarto, me ha agarrado fuertemente del brazo y sin darme cuenta, mis pies han volado junto con los suyos, y ya estamos en la calle en lo que a mí me han parecido dos segundos. Es curioso, mientras les estoy contando todo esto me doy cuenta de que llevo puesto el abrigo. No puedo entender cómo me ha dado tiempo a semejante frivolidad, sin embargo, a pesar de ir abrigada tengo mucho frío.

Sin poder moverme desde una esquina de la calle, he visto como Elias se alejaba de mí con paso ligero y subiéndose el cuello de la gabardina, mirando a un lado y a otro con aspecto nervioso. Luego he visto como salían los otros dos hombres con algunos papeles en la mano, y levantando un poco más la cabeza, he podido ver que se reunían con Elías al final de la calle, y los tres se montaban en un coche y se iban. 

Han pasado así como treinta minutos de aquello cuando han empezado a sonar sirenas a mi alrededor, ambulancias, coches de policía. He visto como personal sanitario viene corriendo hacia mí con todo el  instrumental necesario. Intento hablar con ellos pero no me entienden, les digo que estoy bien, que suban al despacho a ver como se encuentra Él, pero parece que no me oyen. Entonces presto atención a lo que con tanto afán hacen, y me doy cuenta de todo.

Me veo tirada en la calle con el cuello rebanado, mientras mi sangre rodea todo mi cuerpo. Y en ese momento, sale Él, con aire compungido y triste, mira hacia donde estoy yo, y, por un momento, he creido ver en su rostro un gesto de alivio y una mirada de infamia.

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