jueves, 16 de mayo de 2013

Allí donde estaba...


Contaba con dieciocho años aún por cumplir cuando emprendí la partida de la casa paternal para comenzar una de las épocas más significativas de la mayoría de las personas, los años universitarios, significativa porque representa un chute de libertad e independencia, una época en la que el mundo amplía sus fronteras hasta límites insospechados, viviendo unas experiencias, en algunas ocasiones, cuanto menos pintorescas, por llamarlas de alguna manera y conociendo a toda una fauna de personas distintas; aspirantes eternos a notarios vestidos con camisa a cuadros y pantalón de tergal, cuya única conversación se reduce a recitar una y otra vez el temario de la oposición; personajes de aspecto rockero y heavy, pelo largo y barba, grande, gordo, y con el atuendo propio a base de camisetas negras de distintos grupos de este estilo musical y de vida; buscando bronca en cualquier lado, y pegando en alguna ocasión con sus huesos y sus carnes en la cárcel tras una pelea de bareto nocturno, y sin embargo, contando con el mejor expediente académico en la facultad de Sociología y Ciencias Políticas. Excéntricos estudiantes de arte al más puro estilo de Dalí, provocando en alguna ocasión situaciones bastantes tensas con la casera de la residencia de estudiantes en la que me había hospedado en este primer año de carrera, al pintar una de las paredes de la terraza, recién encalada por la dueña, con pisadas de colores. La obra la llevó a cabo tumbado boca arriba en el suelo, desnudo, y pisando con sus pies en la pared..., toda una obra de arte multicolor. En medio de este, podíamos llamarlo circo pero sin enanos, me hallaba yo, estudiante de primer curso de Derecho, disfrutando de una casa antigua pero muy digna, de estas casas que poseen una personalidad propia forjada a base de años en pie y un gran número de inquilinos diferentes viviendo sus vidas en aquellas habitaciones.
Tengo que decir que me encantaba mi habitación. Tenía un pequeño balcón, de estos que se les llama de entrepecho que daba a una de las calles estrechas del casco antiguo de la ciudad, y justo enfrente había un parque, siempre verde y muy bien cuidado, por lo que mi habitación siempre tenía mucha luz. No podemos decir lo mismo del pequeño cuarto de baño que compartía con mis vecinos de planta. Estaba justo enfrente de mi habitación y daba a un patio interior, y que al constar la casa de cuatro plantas y estar situado en la segunda, la luz que recibía a esta altura era más bien poca. Era pequeño, las tuberías a la vista, el suelo de cemento, estaba pintado de un color rojizo oscuro, y de vez en cuando, la pintura se descascarillaba por lo que había que volverlo a repasar. También contaba este pequeño cuarto de baño con una bañera de patas, y una triste cortinilla sujeta a una raquítica barra por medio de unas arandelas. Cada vez que entraba al baño un escalofrío recorría mi cuerpo, y cuando alguno de mis compañeros de planta se dejaba la puerta abierta, tenía que dejar lo que estuviera haciendo e ir a cerrarla. En un principio, yo lo atribuía a lo poco que me gustaba el aspecto en general del baño aunque más adelante descubrí que había otras razones.

Como ya he dicho anteriormente, la casa constaba de cuatro plantas. En cada una de ellas había dos dormitorios y un baño, excepto en la primera que también se hallaba la cocina y en el ático que sólo había uno. En total eramos siete los especímenes que allí nos cobijábamos, aunque en el momento de mi llegada, uno de los dormitorios del primer piso estaba sin ocupar.

El curso comenzó como empiezan todos los cursos, con muchas expectativas y muchas ganas, aunque al final, como siempre sucede con las expectativas, se acaban diluyendo convirtiéndose en rutina, triste y vulgar rutina. De no ser por los hechos que acontecieron que transformaron parte de nuestros días en todo menos en vulgares.

Un día, al volver de clase a mediodía, vimos que había nuevo inquilino. Fede, mi compañero de planta, exclamó, entre la ironía y la guasa, como haciéndole notar que éramos gente guay y que podía acercarse a nosotros libremente:

-¡Ya estamos tós! -  provocando una sonora carcajada por parte de todos los que allí estábamos.

Y entonces fue cuando nos dimos cuenta de que aquella persona que acababa de llegar no era como nosotros. Su habitación estaba justo enfrente de la cocina, tenía la puerta entreabierta, por lo que escuchó claramente el comentario y nuestras risas. Vimos cómo nos observó ligeramente por la raja de la puerta con cara de pocos amigos, y la cerró de un portazo, dejando claro que no eramos más que personas que habitaban bajo el mismo techo que él. La cosa estaba bien clara, así que si eso era lo que quería, pues eso sería lo que tendría.

Salvo Javier, el estudiante de arte que ocupaba el ático, y que aunque la relación con él era excelente, y perduró años después de aquello y dado que su excentricidad no le permitía llevar una relación de amistad y camaradería normal con los demás, el resto estábamos bastante unidos. Salíamos juntos de fiesta, y en alguna ocasión, nos reuníamos en cualquier habitación por las noches, para jugar a las cartas, escuchar música o cualquier otra cosa propia de este momento en la vida.

No nos habíamos percatado antes, pero se convirtió en algo muy normal, que a altas horas de la madrugada se escuchasen golpes y, a veces, rítmicos e intermitentes sonidos metálicos, como producidos al golpear las tuberías del baño. No les dábamos demasiada importancia, puesto que el edificio era antiguo, y solo era cuestión de tiempo que nos acostumbrásemos a estos ruidos.

Fue una noche de finales de enero mientras estaba estudiando para mi primer examen universitario. Debían de ser las tres y media de la madrugada. El turno de tarde al que asistía a las clases me permitía aprovechar bien las noches, pero aquel día el sueño me venció y me quedé dormido encima del libro, literalmente, con el flexo y la radio encendidos. Me desperté de un brinco medio atontado por las voces que se escuchaban  seguidas de un tremendo portazo.
Acto y seguido escuché como mi compañero de planta, me llamaba suavemente a través de la pared.

- ¡Alberto!
- ¡Qué! - contesté sin apenas poder hablar del sueño y el desconcierto que sentía.
- ¿Lo has oído?, preguntó en un suspiro.
- ¡Sí!, ¿qué ha pasado?
- Ni idea, pero si tú sales conmigo a ver salgo yo también, porque yo solo no me atrevo.

Salimos sigilosamente los dos a la vez. Nos quedamos en silencio en mitad del pasillo a ver si oíamos algo más, y poder determinar dónde habían sido las voces, cuando empezamos a escuchar pasos en la planta de arriba. Nos dirigimos a la escalera  y vimos como del mismo talante que estábamos nosotros, aparecieron nuestros compañeros al final de la escalera. Ya nos envalentonamos todos un poco.
Ninguno de nosotros fue capaz de determinar la procedencia de la discusión. Nos quedamos un rato reunidos en mi habitación, y estando allí todos se volvieron a escuchar los golpes metálicos y rítmicos.
Aquello empezaba a tomar un color que a ninguno de nosotros nos gustaba demasiado. Pero la vida sigue y la mayoría a la mañana siguiente tenía que madrugar.

Al mediodía, estábamos reunidos casi todos en la cocina, cuando Salva,el inquilino del primero, salió. No hablábamos mucho pero las normas de cortesía y educación si que las contemplábamos. Entró en la cocina para prepararse su comida, y aprovechamos para preguntarle:

- Oye Salva, ¿tú no escuchaste anoche nada de la que se lió?
- ¿Qué se lió anoche?
- Tío, ¿no digas que no te enteraste de nada?
- ¿Pero nada de qué?
- Pues que anoche hubo una tremenda discusión aquí en la casa y luego se oyeron portazos.
- Yo no me enteré de nada.
- Pues sí que tienes el sueño profundo, porque menudo jolgorio se formó.

A lo que ya no contestó nada.

Nadie sabe si los ruidos durante el día se escuchaban, porque la mayor parte de este lo pasábamos unos y otros en la calle, entre clases, estudiar en la biblioteca y demás, pero era llegar las nueve de la noche y los golpes iban en aumento. Había veces que se escuchaban durante un tiempo, luego paraban para volver a empezar pasado un rato, y tras varias semanas comenzó también a escucharse a distintas horas de la madrugada el llanto de una mujer que procedía del baño justo enfrente de mi dormitorio. Hasta que una noche, volvió a repetirse la escena de la discusión, aunque esta vez, sí que estaba despierto, y mis compañeros también.  En cuanto empezaron a escucharse las voces, salimos todos al encuentro. Las seguimos y nos llevaron a la primera planta. Una vez allí, se detuvieron de golpe, y de repente, un viento helado nos atravesó a todos y tras él el mismo portazo de la vez anterior. Resultaba imposible deducir qué puerta se había cerrado, no obstante, una cosa era clara, que allí no había nadie. El sonido no pareció de este mundo ni tampoco de este tiempo.

Salva no salió. El silencio era lo único que se podía escuchar desde el otro lado de su puerta.

El miedo que sentíamos no nos dejó dormir en toda la noche. Eso y los golpes incesantes en las tuberías del baño junto con el llanto desconsolado. Reunidos en mi habitación tomamos una decisión, al día siguiente haríamos psicofonías, no sabíamos muy bien qué sacaríamos en claro, pero teníamos que averiguar de qué se trataba aquello, y si estaba en nuestra mano, tratar de solucionarlo, porque resultaba francamente imposible hacer una vida normal, estudiar o dormir, con el golpeteo incesante y el llanto, por no hablar del terror que sentíamos.

Hicimos las psicofonías, aunque no sacamos nada en claro, salvo varias voces indefinidas que gritaban:

- ¡Déjame en paz!, ¡lárgate de aquí!

Y otras que parecían suplicar por su vida:

- Por favor, no me haga nada.

Decidimos que mientras solo fuesen los golpes y el llanto procuraríamos no prestar atención. Y en caso de volver a suceder la discusión o algo más extraordinario, tomaríamos cartas o simplemente nos mudaríamos.
Aunque lo más extraño de todo era la actitud de Salva. Le contábamos lo sucedido pero apenas prestaba atención e insistía en que no escuchaba nada. No sabíamos nada de su vida. Era una persona oscura y cerrada, al igual que su habitación, siempre cerrada, en la que nunca entraba la luz del sol. No sabría decir qué me inquietaba más, si la situación extraña que vivíamos o esta persona. Un día recibió una llamada telefónica y desapareció de la casa y, curiosamente, se hizo la calma.

Había pasado un mes desde todo el alboroto. Estábamos en las puertas de la primavera y casi habíamos olvidado todo lo vivido.  De nuevo estábamos en la cocina preparando el almuerzo cuando Salva volvió. Al parecer solo regresaba para organizar y recoger sus cosas. Se marchaba para siempre.

Esa noche, estaba preparando un trabajo de Derecho Romano que debía presentar en unos días cuando sentí una necesidad imperiosa de ir al baño. Salí de forma distraída de la habitación y allí estaba ella.
Era una figura femenina, vestida con una túnica blanca, aunque sucia y rasgada, levitaba en medio del pasillo. Su semblante era sereno, incluso parecía que sonreía. En menos de una décima de segundo se dirigió hacia mí y me traspasó. Sentí el mismo viento helado de la primera vez. Y ahí terminó todo.

Pasados unos años, a punto de terminar mis estudios, conocí a una chica, Ana, una noche en un bar de la ciudad, donde acompañaba con la guitarra a otro músico. Ambos dábamos conciertos en locales para ganarnos un dinero. Congeniamos de maravilla y nos vimos varias veces más. Hasta que un día me invitó a ir a su casa después del concierto. Ella era estudiante también y compartía piso con un par de chicas y un chico, que hacía poco que se había mudado con ellas.Tras hacer el amor, ella se durmió pero yo no podía conciliar el sueño. Sólo se escuchaba el sonido de su respiración junto a mí, y de forma paulatina y en aumento empecé a escuchar los mismos golpes en las tuberías de mi baño de mi primer año de estudiante y el llanto desconsolado de aquella mujer que pasara a través de mí años atrás. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y dí un salto de la cama absolutamente aterrorizado. Desperté a Ana a voces mientras le hacía de forma desesperada una única pregunta:

- ¿Cómo se llama el chico que ha ocupado la habitación?- mientras la zarandeaba por los hombros, fuera de mí.

Ella, aterrorizada también, me contestó, sin saber que no era yo la persona de la que debía tener miedo:

- ¡Salva, se llama Salva!

(Relato basado en los hechos que me contara un buen amigo, acontecidos en su primer año de estudios universitarios).

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