domingo, 19 de mayo de 2013

Sombras

La Cabaña, junto al Arroyuelo Smitty...

El bosque rezumaba silencio y oscuridad aún en la hora crepuscular, pues era tal la espesura de los arboles en aquel lugar, que no dejaba entrar ni el más mínimo rayo del sol del atardecer.
Bruce Wyland había aparcado el flamante Ford en el camino empedrado de la parte trasera, junto al poste de la cerca ennegrecida por el paso del tiempo. Las hojas del otoño se esparcieron con un revoloteo ante la racha helada de un viento del norte quizás demasiado prematuro. Avanzando unos pasos, carraspeo junto a la puerta de la empalizada mientras esta chillaba quejumbrosa al abrirse rompiendo aquel silencio casi malévolo de las primeras sombras del atardecer. 
Tal vez el Señor Perkins, el viejo Bob Perkins habría dejado la oxidada llave en el buzón de la entrada, pero tras abrir la puerta herrumbrosa de la estafeta, comprobó con una mueca de desagrado, que no había sido así. Tendría que saltar la cerca y tal vez eso disgustara al viejo Bob. No querría por nada del mundo que Betty, que celosamente guardaba el porche se le disparase a Bob el testarudo, por error. Las tablas rechinaron y sus pasos crujieron estrepitosamente ante la entrada. Demasiado silencio y demasiadas sombras. 

Adentro, no se vislumbraba luz alguna, y a juzgar por el tenue reflejo en el cristal de la ventana delantera, sólo pudo apreciar un leve resplandor candente, procedente de los restos de rescoldo de la chimenea del salón. Miró a derecha e izquierda, pero no halló rastro alguno de la vieja hamaca, ni de Betty. Una sensación extraña le subió por la espina dorsal, pues nunca el viejo Bob había movido mueble alguno de aquel porche ni mucho menos a su inseparable Betty. Aguzó un poco el oído tratando de percibir algo en el silencio de la noche recién entrada, pero no percibió nada. Ni un ruido. Ni tan siquiera el viento, que parecía haber cesado repentinamente. Ni un animal. Ni tan siquiera el sonido acuático del golpeteo entre las rocas, del arroyuelo Smitty, que discurría casi paralelo al camino principal que salía a la carretera 46. Demasiado oscuro. De nuevo demasiadas sombras y silencios. 

Avanzó despacio hacia la puerta y abriendo la mosquitera golpeo levemente el vidrio 
- Señor Perkins - ¿Esta usted ahí? - Soy Bruce Wayland, de Maryland. Habíamos quedado esta tarde para ver su propiedad, pero me he perdido y... - 
Un leve crujido a su espalda interrumpió su explicación, haciéndole volverse sobresaltado. No había nadie. Al menos no pudo vislumbrar nada en la oscuridad que ahora parecía tan impenetrable que a duras penas podía distinguir sus propios dedos de la mano. Miró de nuevo hacia la ventana y se acercó, pero esta vez no pudo distinguir el leve resplandor rojizo de las ascuas. Acarició el marco con los dedos, por si no estaba cerrada del todo, pero lo estaba. A cal y canto. Todo aquello se le antojaba raro. ¿Donde estaría el viejo a aquellas horas? Quizás debería volver al coche, pensó. Al menos podría buscar una linterna o esperarle sentado dentro por si aparecía. Le daba pánico pensar en servir de cena a alguna criatura salvaje que merodeara por el bosque. Si. Quizás le esperaría sentado dentro echando una cabezadita.

El viaje había sido largo. Unos trescientos kilómetros desde Maryland, y otros treinta más dando rodeos por carreteras secundarias y caminos impracticables hasta llegar aquí. Y ahora resulta que el viejo Bob no estaba en casa. Bajó los carcomidos escalones del porche hacia el camino empedrado donde había aparcado, pero apenas dio dos pasos cuando de nuevo oyó el leve crujido. Parecía como si alguien o algo estuviese pisando la hojarasca seca o alguna rama, pero apreció algo más entre el desmesurado silencio. Una especie de chasquido... - ¿Es usted Señor Perkins? - balbuceo débilmente. Tenia la garganta seca. Espero unos segundos.- ¿Esta ahí, Bob?- dijo llamando de nuevo. Pero no hubo respuesta. 

Una pequeña gota de sudor le perló la sien y aceleró el paso por el camino empedrado. ¿Donde diablos estaba el coche? - se dijo - No podía ver nada en aquella oscuridad. Dio un par de zancadas tratando de poner distancia entre el sonido anterior y él, pero su pie izquierdo golpeó de repente contra algo duro y afilado -!Mierda! -gritó- en una punzada de dolor que le recorrió la pierna. Se había golpeado el pie con una piedra suelta. Tanto o casi más que el dolor que sentía lamentaba el haberse estropeado sus caros zapatos McHuges de 200 dolares. - ¡Malditos paletos! Debería estar ya de vuelta en Maryland y ni siquiera se que hora es! - esgrimió para si mismo mientras hurgaba el fondo de los bolsillos de su chaqueta buscando las llaves del coche. La oscuridad era tan espesa que casi podía tocarla. El silencio parecía rezumar de entre los troncos oscuros de los arboles. Tanteo a ciegas buscando la valla y el poste del buzón. Le dolía el pié. Tal vez si conseguía llegar al coche y se sentaba se le calmaría el dolor, pero -¿Donde estaba el maldito coche ?- Habría jurado que no lo había aparcado tan lejos, pues calculaba que habría andado por lo menos hasta la curva empedrada de la entrada. De allí hasta la casa habría quizás al menos diez o quince metros. 

Distraído con los cálculos, giró sobre sus pies de repente, pues pareció apreciar el mismo crujido y el chasquido que le acompañaba, pero esta vez algo más cercano. -¡Señor Perkins no tiene gracia !- masculló. El crujido sonó otra vez más intenso. - ¡Maldita sea, quien anda ahí! - ¡Tengo un arma y voy a usarla!- ¡Salga de una vez!- gritó en un intento de amedrentar a quienquiera que fuese es que le estaba tomando el pelo. Pero el pequeño calibre 38 plateado que Ann le había regalado por su aniversario, estaba en la guantera del flamante Ford... 

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