miércoles, 22 de mayo de 2013

Encadenados


Él siempre quiso ser libre.

Libre para andar por donde quisiera, libre para gritar si la emoción le rebosaba el pecho, libre para agarrar, libre para experimentar, libre para no estar solo, libre para cantar, libre para soñar, libre para disponer de su tiempo, libre para no pedir permiso, libre para besar, libre para llorar, libre para amar a los demás, libre para ser libre y esclavizarse a aquello que le viniera en gana.


Pero todo se truncó con su propio nacimiento.

Horario para comer, horario para dormir, horario para el baño, horario para el paseo. No se permite llorar: "cuando el niño llore le pones en el chupete un poco de miel y se calma", no se permite andurrear: "mételo en el parque y así no te trastea por ahí y no te rompe nada", no se permite no comer: "si no te comes todo no vamos al parque"... Y todos esos libres se convirtieron en " no se puede...", y poco a poco, fue agachando la cabeza y metiendo el rabo entre las piernas, dócil, sumiso, convencido de que las normas son necesarias para un buen funcionamiento de la sociedad. Horarios en casa, horarios en la escuela, horarios en el trabajo, horarios en el gimnasio, horarios de autobuses, horario para dormir, horario para despertar, horario para hablar, horario para estudiar, horario para llegar a tiempo... Se convirtió en esclavo. Esclavo del tiempo, de dimes y diretes, esclavo del dinero, de la conveniencia, esclavo de la comodidad, esclavo de la mezquindad.

Su historia es parecida a la de muchos otros. Y si vas caminando por la calle y te fijas bien las puedes ver. Son esas cadenas sujetas al cuello de cada persona, y según la hora del día, época del año o estado actual de la economía nacional, unas tiran de un lado más que otras, y si todavía te fijas aún mejor, puedes ver como las personas se van poniendo de color morado, y su frente se va arrugando, y sus labios apretando, y los ves dar bocanadas en busca del ansiado aire que les refresque y que perdieron hace tiempo, y es entonces cuando su propia asfixia no les deja mirar alrededor, en realidad, es que no pueden, las cadenas les tapan la visión. Y dejan de ver, dejan de entender, dejan de amar, dejan de dar importancia a lo que la tiene, y se vuelven hurañas, interesadas, indecisas, egoístas y amargadas. Fanáticos de juegos de balón, de vírgenes de palo y de fenómenos televisivos que nada les exigen, que no les incitan a pensar, ni a esforzarse, ni a dar, ni a amar, quizás solo a gritar y dejarse llevar de un fervor pasional con el que olvidar un poco la presión de las cadenas que les oprimen.

Siempre quisieron ser libres, pero dejaron que las cadenas les asfixiaran cada día un poco más, puede que por desconocimiento o puede que por comodidad. 

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