jueves, 30 de mayo de 2013

La espera

La tarde se presenta tormentosa. Con el paraguas, bien recogido, colgado de mi antebrazo, me subo el cuello del abrigo y acomodo sobre mi cabeza el sombrero. Es el bombín que me regaló en mi cumpleaños. Habíamos estado bromeando sobre el regalo que nos haríamos cuando llegaran estas fechas. Esa conversación, pasado el tiempo, había desaparecido de mi memoria, hasta que abrí mi regalo y lo vi. Desde entonces forma parte de mi indumentaria diaria dando un giro por completo al estilo con el que antes solía vestir. Soy consciente de que cualquier persona que me vea por la calle dará por sentado mi origen inglés. Esto a mí me hace mucha gracia. 
Llevo ya rato esperando a que llegue, a pesar de que siempre llego tarde, solo por crear una paradoja entre mi vestir y mis costumbres. Supongo que será por ese rasgo de mi personalidad que me impide querer quedar en primer lugar en nada, no destacar. Hay muchas personas que esto no lo entienden, no obstante, de este modo, la tranquilidad se instaura en tu vida, no generando expectativas en nadie. Nada se espera de ti, y así, nada debes a nadie. De esta manera, los triunfos que alcanzas son solo para ti. 
Se está levantando un aire bastante desagradable. Si es que la tormenta se está acercando y el cielo se empieza a mostrar gris aunque aún no muy oscuro. Se pueden percibir por detrás de las nubes los candilazos* que todavía a estas horas, da el sol. Entre el ruido del tráfico y el ir y venir de la gente que inunda la avenida, identifico un sonido que se acerca por la derecha, un rugir que cada vez se hace más cercano hasta que por la otra acera veo llegar una pequeña moto de ciudad, ocupada por dos personas. Justo enfrente, pero al otro lado de la extensa avenida, que se bifurca en dos calles menores en tamaño cuatro pasos más atrás de donde estoy yo, la motocicleta se para. La persona que va atrás, se baja, se quita el casco, y veo que es una chica de melena larga rubia, me embeleso contemplando como se aproxima a darle un beso al que identifico como su novio. Pequeño instante hermoso de despedida interrumpido por el pitar insistente del guardia urbano que desde lejos le hace señas para que siga circulando. Y me apeno por un momento. Qué breve es el espacio de tiempo dedicado a cosas grandes en la gran ciudad. Un sonido conocido me saca de mi ensimismamiento. Otro rugido, pero este menos mundano. La tormenta se acerca por mi derecha. Miro al cielo y observo que ahora  sí se muestra más amenazante. Como si de un reflejo involuntario se tratara, despego mi interés de la calle y lo fijo en el cielo, en espera de aquel relámpago que me dará la situación exacta de la tormenta. Rescato de mi memoria aquellas noches de tormenta estivales, en las que muertos de miedo los niños más pequeños, eran consolados por los mayores, haciéndoles contar los segundos que transcurrían entre relámpago y trueno, tranquilizándolos si conseguían contar más de cinco y elaborando estrategias de cambios de viento si la cuenta era menor. El trueno aún se ha oído vago y lejano, pero tal y como se va poniendo el cielo, creo que poco tardará en llegar. ¡Ahí está! y entonces me pongo a contar: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, et voilá, el trueno. Entonces, si el sonido viaja a la velocidad de trescientos cuarenta metros por segundo y he contado hasta ocho, hago mis cálculos y está a dos mil setecientos veinte metros. Bueno, dos kilómetros y medio, me parece que me voy a poner sopa esperando. Pasa por mi lado un perro callejero. Va deprisa, cabizbajo y con el rabo a medio bajar. Intuye la tormenta y va con prisa en busca de un buen cobijo. Justo en ese momento, pasa una señora con su perro sujeto por una correa, ambos perros se miran, parece como si el labrador de la señora se apiadara de aquel pobre callejero, y entonces siento una profunda tristeza por él, que no ha conocido el amor ni el calor del hogar. Otro trueno. Vaya, ahora no he visto el relámpago, ya no sé cuánto ha tardado. Una furgoneta se para justo a mi lado. Veo las letras que la identifican como la del reparto de medicamentos, viene a dejar los encargos en la farmacia. El chaval se baja de la furgoneta y se me queda mirando. A la gente le llama la atención el sombrero. Me vuelvo a subir el cuello del abrigo, y es que cada vez hace más frío. Abre las puertas traseras y desaparece dentro. Al cabo de unos minutos sale con un cajón lleno de medicamentos. Me vuelve a mirar, aunque ahora más disimuladamente. Suena mi teléfono. Descuelgo:

- ¿Si?- pregunto con agrado.

Pasados unos segundos la conversación ha finalizado. Guardo mi teléfono y vuelvo a echar un vistazo al cielo. Finalmente, parece que no habrá tormenta. 

Una ráfaga de viento cruza la calle y yo acomodo de nuevo mi sombrero. Con paso firme avanzo y me pierdo entre la gente que con prisa se mueve por la calle.

* Candilazo: 1. Arrebol crepuscular. (RAE). 2. Breves instantes de tiempo en que aparece el sol para esconderse triste en días nublados. ( Acepción  oriunda  de mi pueblo y muy utilizada por mi madre).

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