viernes, 11 de octubre de 2013

Brujas



VI. El alumbramiento 

Un presentimiento oscuro la embargó y un tenue ahogo le impedía la respiración. No era la inquietud por su nueva maternidad, no. Miró a su alrededor, y vio a Don Sebastián feliz con su hijo, Tomás, entre los brazos, mientras que su esposa, tendida y sudorosa en cama, musitaba entre sollozos que por qué, por qué no los dejaban morir. Y como una pesada sombra sobre Brigitte cayó el manto de la parca, que siempre se cobra lo que es suyo. Una bruja puede cambiar, modificar, rectificar, enmendar con suma facilidad. 
Tiene en sí misma el poder de cambiar hados, pero sabe que siempre hay un precio que pagar. 

Brigitte tocó el hilo del destino y premió con la vida a un niño que no estaba llamado a vivir.

Recogió a su hija, Dana, y se marchó sin mirar atrás. La enseño a dominar la magia, pero no a usarla. Debían pagar un precio muy alto por su insensatez. Una bruja sabe que llevar a cabo ciertos actos tiene consecuencias, y ella, guiada por la buenas intenciones, lo había obviado. La buenas intenciones son un reclamo para justificar los errores que cometemos, pero no dejan de ser excusas con las que explicar el por qué nos metemos en donde no nos llaman. Y ahora estaban condenadas... 

                                                                * * * * *


El día que Rafael pasó por aquel pueblucho insignificante, no sabía que llevaba en sí mismo el germén de la curación de aquel maleficio. Cuando vio a Dana en el porche de aquella cabaña en mitad de ninguna parte, pensó que había quedado preso de algún hechizo, aunque aquella no era tierra de magia ni océano para sucumbir a un encantamiento o al mismo canto de sirenas, pero allí mismo en aquel momento, cuando ella lo miró, su vida dio un vuelco y allí permaneció con ella, hasta que su verdadera naturaleza resurgió del olvido. Él sabía de magia, de encantamientos, hechizos y brujería. Sus abuelos y antes que estos sus bisabuelos y tatarabuelos habían dominado esas artes en una tierra que no era esta. Pero un desgraciado incidente con una hermana de su madre, siendo niña, llevó a su familia a alejarse de aquellas tierras. Y aunque seguían dominando dicha disciplina, lo hacían con mucha cautela y de un modo subrepticio. La magia no era mala en sí misma, sino el uso que se hacía de ella, por ello, su familia había tomado la decisión de esconderla. Rafael no había heredado el don. Este es sabio y como tal, sabe donde debe manifestarse, y él no era la persona idónea para ello. Pero cuando su tercer hijo, Marcelo, nació, supo de inmediato que sí había venido al mundo con la gracia, pero su avaricia, egoísmo y excesivo apego por los efímeros placeres de lo material y mundano, le impidieron mostrarle el camino que debía seguir y, darle a conocer a las personas que sí podrían ayudarle, las personas con las que debía haber crecido, Dana y su hija, también hermana de Marcelo, Virginia, su verdadera familia. De esta manera, ambos se criaron solos, ella sintiendo un dolor irreal como el dolor que siente el cuerpo por un miembro amputado, como un fantasma, y él, siempre con la apremiante sensación de que se acababa el tiempo, de que llegaría tarde. 


                                                               * * * * *



Ellos tenían su lugar en el mundo. Aparte, en una línea paralela que la magia les había otorgado por un breve espacio de tiempo. Virginia pertenecía a ese mundo, Marcelo había tenido que aprender, pero ambos entraron a formar parte de un mismo caminar, de un mismo latir. Todo era correcto. Todo, ahora, estaba en su lugar. 

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