sábado, 19 de octubre de 2013

Brujas

Imagen de Alain-Laboile


VII. El llanto


-¿Adónde?, respondió Virginia suavemente entre sueños, desperezándose.
- Hace un día espléndido, salgamos fuera a tomar un rato el sol.

Virginia entreabrió los ojos con un medio guiño, lo miró y le sonrió. Lentamente se fue incorporando de la cama en silencio. Ambos salieron al porche. Allí permanecieron largo rato, no se sabe si pasaron dos, tres, cuatro horas, el día entero quizás, ya no necesitaban del tiempo. Este ya los había abandonado, al menos a ella. Virginia lo sabía, Marcelo aún no.

Cuando su necesidad de mostrarse físicamente juntos al mundo se hubo satisfecho, Virginia lo tomó de la mano y entraron a la cabaña. Virginia se agachó y levantó un fragmento de uno de los tablones del suelo justo en mitad de la habitación. Marcelo la miró con fascinación infantil:

- ¡Un tesoro!, exclamó con la cara iluminada. ¿Todo este tiempo ha estado ahí? ¡Qué emocionante!

Ella lo miró brevemente y le lanzó una sonrisa rápida sin prestar mucha atención a sus palabras porque con máximo respeto y ceremonia sacaba del pequeño hueco que había bajo la madera, lo que parecía un caja envuelta en un paño de color violeta.

- ¿Qué es eso?, y de un brinco Marcelo estaba de rodillas a su lado, con la misma emoción de un niño.

Virginia con extrema delicadeza, quitó el paño y abrió la caja. Era una caja simple y tosca de madera. En su interior había dos pequeños fragmentos de algo que parecía piel seca. Ambos llevaban liada una cinta fina de tela en la que había escrita una palabra en un alfabeto que Marcelo no reconoció. Pero como la claridad con la que nace la mañana en un día de verano, su entendimiento se iluminó con el conocimiento de aquel desconocido alfabeto, y las letras se fueron transformando, retorciéndose, sobrescribiéndose a sí mismas, dando lugar a otras conocidas para él. Era el alfabeto usado desde antaño por los druidas y los herederos de sus enseñanzas, entre los cuales estaban ellos. En una cinta ponía Dana, y en la otra Virginia.

- Estas son nuestras raíces Marcelo. Cuando yo no esté tú deberás cuidar de ellas. Cuando un hijo tuyo venga con la gracia, deberás hacer lo mismo que aquí ves con su cordón umbilical. Esta tierra no nos pertenece pero estamos llamados a permanecer en ella y cuidarla, pertenece a la magia, y aquí quiere ella raíces a través de las nuestras. Yo me fui un tiempo, pero solo para hacerte el sitio que necesitabas hasta llegar aquí.

El semblante de Marcelo se fue ensombreciendo a medida que su hermana hablaba. Las palabras de Virginia eran solemnes, pero a pesar del respeto inmenso que le tenía le protestó.

- ¿Cuándo ya no estés?, eso qué significa, dónde vas a ir. Tú estarás aquí conmigo para siempre. No quiero hijos, no quiero a nadie más que no seas tú, Virginia.

Sin embargo, a medida que hablaba y el rostro de Virginia pasaba de la solemnidad a la ternura, sus palabras iban siendo engullidas por la tristeza y la zozobra de ser consciente de que los días de Virginia estaban contados. Desde que Brigitte arrebatara a la Muerte la vida de aquel niño, los días de su linaje eran solo un tiempo prestado por aquella, que las condenó a morir tempranamente, devolviéndole así los años de vida que aquella fatídica noche le habían sido robados.

- Marcelo, es importante que entiendas que es una deuda que debe ser pagada y conmigo quedará la cuenta zanjada. No te aflijas, pues contigo comienzan momentos jubilosos para la magia, limpios, sin deudas, y sabes que yo siempre estaré contigo de un modo u otro.

Mientras trataba de confortarlo con sus palabras veía como una oscuridad se cernía sobre sus ojos y tuvo miedo.

- Marcelo, esto es muy importante, lo sabes. Escúchame, no puedes, no debes hacer nada. Nada de lo que hagas variará el rumbo de lo que ya está escrito. No cometas el mismo error de Brigitte, no trates de rectificar tú el destino que ya está decidido. Es mi culpa, la llevo en mí, y he de cumplir la condena. Por favor, Marcelo...

Él la miró y esbozó una sonrisa. La besó tiernamente, dejándole la mejilla impregnada de su tristeza. Se levantó del suelo y salió fuera, al porche. Y así pasó toda la noche, sentado en el suelo bajo una bóveda celeste que se mostraba negra a pesar del plenilunio. Mientras, Virginia lo miraba tremendamente preocupada a través de los cristales de la ventana. Sabía que estaba luchando consigo mismo y dudaba sobre quién ganaría la batalla, si la responsabilidad que ahora tenía frente a la magia o el amor. Aunque ambos van de la mano, es muy fácil saltarse una en nombre del otro.


                                                           * * * * *

Cuando Abraham, el nieto de Don Sebastián, hijo de Tomás, abrió los ojos a medianoche, no tuvo tiempo de pestañear siquiera, ni de comprender lo que aquella sombra que se postraba sobre él venía a arrebatarle, una vida que había entrado a ser protagonista en la mesa de juegos. Todo su cuerpo quedó paralizado, como si aquella sombra se le hubiese metido dentro, convirtiendo todo su ser en cemento, tan pesado como el plomo. Sin poder moverse, una suave asfixia lo fue sumiendo en un profundo y eterno sueño.

- Ya tienes lo que desde el principio debiste llevarte, a ellos. Y ahora déjanos en paz, proclamó Marcelo amenazante.

                                                             * * * * *

Marcelo se puso en camino de nuevo a la cabaña. Andaba trastornado, había perdido la noción del tiempo y del espacio, dando pasos totalmente desconcertado, jadeante y sudoroso vagó por el bosque largo tiempo. Observó luces en la lejanía. Era la cabaña. Aliviado ya sabía hacia donde dirigirse. Las hojas secas crujían  bajo sus pies. De repente, se levantó un fuerte viento, tan fuerte que apenas podía seguir avanzando, debía asegurar bien cada paso que daba en el suelo para no salir volando. Todo a su alrededor estaba repleto de las hojas que levantaban su vuelo y le golpeaban por todos lados. Las copas de los árboles se movían violentamente y el estruendo era ensordecedor. El hallarse en medio de aquel viento enfurecido le hizo sentirse insignificante y temió por su vida. El viento cesó de golpe, los árboles descansaron de su frenesí y las hojas suavemente fueron cayendo al suelo, él también cayó abatido de rodillas. 

Despuntaban los primeros rayos del sol cuando Marcelo encontró el cuerpo sin vida de Virginia. Se hallaba recostada sobre un lecho de hojas y flores azules. A su alrededor zumbaban decenas de abejas afanadas en su quehacer diario. La estampa era realmente hermosa, como Virginia. 

Dibujo de Ihnma

Epílogo

Existe un lugar, antaño lleno de vida, cubierto de verdes y frondosos árboles en cuyas ramas y cobijados bajo ellas vivían multitud de formas de vida, no solo animal, también vegetal. Un caudaloso río cruzaba esos parajes, con abundante pesca que los lugareños solían aprovechar. Existía una misteriosa cabaña que parecía dotada de vida propia y también, leyendas, cuentos de ancianas que narraban cómo unas personas llegadas de otras tierras, y que pudiendo tener el mundo a sus pies, se labraron su propia desgracia. 

Ese lugar hoy es un lugar inhóspito. Dicen que quien se ha atrevido a entrar en él ha perdido la cordura, muriendo sumido en una profunda tristeza y culpabilidad. Y también dicen que si eres lo suficientemente valiente para acercarte un poco, puedes observar un paisaje de lo más extraño, y aún así, cautivador y bello. Los suelos y toda la vegetación que lo cubre son de color rojo sangre y, si eres más atrevido aún para acercarte un poco más sin sumirte en su melancolía, podrás ver bajar el agua del río, lenta y mansamente, roja incandescente, como una lengua de lava, mientras en su orilla una figura masculina, a los pies de lo que fue un arce negundo, casi mimetizada con el paisaje de alrededor, cabizbaja y de rodillas, vela, día y noche, un montón de hojas rojas secas mezcladas con pétalos de flores de color azul.

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