domingo, 3 de noviembre de 2013

Sentencias

Relato de Alberto Ruiz
 
siempre había odiado los ruidos repetitivos; parecían el eco de una carcajada artificial
Lunes 20 de noviembre, o quizás no. He despertado entre el olor a sudor típico de quién descuida su higiene y la resaca de quien se hubiera bebido más de un cubo de gin-tonic la pasada noche. Sin embargo, llevo más de un mes sobrio y el agua gélida corrió por mi ser durante diez minutos la pasada tarde. La puerta entreabierta deja pasar una luz blanca, la de las barras fluorescentes del pasillo. Clic, clic... un relámpago leve y artificial me recuerda que, aunque es de día, la luz del sol no llega hasta mi escritorio. Tanteando la superficie de contrachapado llego hasta el interruptor de mi flexo. Tenue y cálida la luz me muestra trozos de papel, garabateados, mal escritos y borrosos; jeroglíficos dispuestos frente a mí que buscan respuesta, que buscan la respuesta.

Clic, clic... de nuevo el sonido tintineante de la barra.

- ¿Pero cuando diablos la arreglarán? cada día me vuelve más paranoico, voy a acabar por volverme loco.

Reviso mis notas. Nota número 13: ... fue justo después del primero y no antes del segundo cuando... 

- Nada, así no hay manera ¿qué estoy tratando de buscar? 

Nota número 2: ...ya no podía más, se lo había ganado. No hacía más de un mes que me había trasladado a esta habitación, o al menos eso recordaba, y solo tenía fragmentos inacabados que no conducían a ninguna historia.

- ¿Has visto a Lucy? 
- ¿Quién es Lucy? -le respondí a mi vecino de habitación, que asomaba su blanca tez por la puerta de mi dormitorio.
- Ya sabes, mi puta perra -me contestó exaltado.
- No, creo que no. De hecho juraría que no la he visto en todo el mes. Pero pregúntale a Tom, creo que ayer escuché aullidos en su cuarto -le respondí intentando finalizar la conversación y volver a mi labor.
- No creo que Tom tuviera ningún interés por ella, ya sabes que él es vegetariano -interpeló mi pesado vecino, prorrogando más su conversación y por ende su estancia.
- Entonces pregunta a el Encargado. Él siempre sabe dónde está todo. 

Esta respuesta pareció complacerle más y cerró la puerta, no sin antes maldecir a Lucy por su huida con un ¡maldita y escurridiza hija de Lucifer!
Tengo que concentrarme, dejar de pensar para poder escribir. Recordar qué pasó. Mi mente necesita café, o algo más fuerte. Abro el cajón y encuentro un par de pastillas de cafeína, me las tomo. Ahora no hay excusas, es el momento de ponernos a trabajar. 

- Pero ¿qué mierda de pastillas son estas? Me he quedado dormido. 

Sí, creo que fue aquí: sangre por todos lados, vasos rotos, platos en el suelo, y aquella niña en el rincón del paragüero mirando con cara de no saber de qué va el tema.

- Sabes bien por qué lo he hecho -no tenía escapatoria, me lo había prometido a mi mismo-. Ni una vez más, Alberto. Ni una vez más -lo dijó, él lo dijó. Podría haber dicho cualquier cosa, pero no.

Despierto de nuevo sudoroso, los ojos abiertos de par en par, aunque quiero seguir durmiendo, quiero recordar. ¿Qué fue exactamente lo que él dijo? ¿Por qué se lo merecía?

Nota número 29: todo conduce a que fue allí, no parecía un antro de mala muerte, solo un bar familiar. Mil pedazos de cristales en el suelo, claramente hubo una pelea, un cliente se postraba ante un taburete con un tercio de refrescante cerveza introducido por su enorme bocaza. La ira se apodera de mí, no puedo recordar que pasó y por qué yo recuerdo este acontecimiento de forma tan fidedigna. 

Una mano empuja la puerta, es el Encargado. Me indica que coja mi ropa de aseo y le acompañe. No me fio de este tío. Camino a la ducha veo a mi vecino dialogar con Tom, el que jura no haber visto tampoco nunca a su perrita.

- Ya está otra vez con esa jodida perra -comenta en voz alta el encargado. Durante el camino no puedo dejar de pensar cuál fue el detonante de la pelea, pero sí que realmente estuve en ese lugar y quizás hasta trabajé allí. 

Duchas, agua fría, un hombre de uno noventa me mira y me manda entrar antes de que se cabree. Hoy no estoy de humor, no me apetece ducharme y menos con agua fría.

- Cuando puedas Alberto, ahora, cuando puedas... 

me llegué a acostumbrar a aquel líquido helado, pero nunca a su cara
Un pie y después otro, agua helada y jabón genérico. En la etiqueta del jabón se puede leer, con dificultad por los numerosos rellenados del bote, Centro de Salud Mental Las Cuatro Esquinas. Un momento, suena el clic, clic, pero ahora es mi mente y no las barras fluorescentes. Ahora recuerdo perfectamente el origen de todo. Por qué aquel centro había sido mi hogar durante todo este mes y seguro lo sería para siempre. Aquellas palabras... 

El agua del grifo corre y se une al plasma sanguíneo de un guardia conocido como el Encargado. El sumidero se lo traga todo.  Aún respira, aún escucha. Al fondo del pasillo, se escucha el aullido de mi compañero de prisión reencontrándose con su juguetona perrita Lucy. Yo, en pelota picada me aproximo a su mugrienta oreja y cómo ya hice con aquél cliente irrespetuoso y con prisas le susurro:

-Muérase señor, muérase. Cuando pueda, ahora, cuando pueda...

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