domingo, 3 de noviembre de 2013

Incomodidad


Relato de Jesús Lens

...intenté centrarme nuevamente en el periódico...
Miré alrededor y no vi a ningún minusválido. Ni a ninguna señora mayor. O embarazada. De hecho, la gente que iba de pie en aquel vagón era porque le daba la gana ya que, sitios vacíos, había. No muchos, pero algunos quedaban.

Entonces, ¿por qué me miraba la gente de aquella manera?

Intenté centrarme nuevamente en el periódico, pero no hubo forma.

Alcé la vista y allí estaban, sus ojos, taladrándome. Los de ellos y los de ellas. Los de los chavales más jóvenes y, también, los de un par de adultos, mayores que yo.

Me miraban, fijamente, con una mezcla de odio y desprecio. Blancos, negros y amarillos. Todos. O sea que tampoco parecía ser cuestión de raza o color.

Comprobé mi camiseta. No era ni la de Negra y Criminal, que alguna vez me había obligado a explicar que no se trataba de un prejuicio, sino una librería de género policíaco; ni la de Clint con la pregunta ¿Qué tramáis, morenos?

Traté de convencerme de que me estaba emparanoiando y volví a la crónica de Boyero del Festival de Cine de San Sebastián donde, para variar, parecía estar sufriendo de lo lindo.

Cuando la voz grabada anunció por megafonía que llegábamos a la siguiente estación y que los pasajeros tuvieran cuidado al salir, ya que la misma estaba en curva; el joven sentado a mi lado se levantó y, al ir a colgarse la mochila en la espalda, me dio con ella en la cara. De lleno.

Pero no se inmutó. Ni se disculpó.   

Vale que esa mañana no me había afeitado, pero llevaba el pelo razonablemente bien peinado y estaba duchado. No olía mal. ¡Joder! No creía que hubiera nada especial, nada raro en mí. Y, desde luego, nada que justificara que las ocho o diez personas que se habían subido en esa parada, también me estuvieran mirando de aquella manera. Dura. Cruel. Acerada. Con odio. 

Decidí bajarme en la siguiente estación, pero me quedé sentado en mi asiento, tratando de pasar lo más inadvertido posible. Volví a sumergirme en el periódico aunque, en realidad, ya no intentaba leer. Solo disimular. De hecho, únicamente estaba concentrado en el ruido que hacían los vagones, tratando de anticipar el frenazo previo a la entrada en la estación.

Justo cuando me disponía levantarme, un manotazo me arrancó el periódico de las manos. Se trataba de una mujer. Normal. De mediana edad. Rubia. Y con gafas. De concha. Arrugó el papel con virulencia, gesticulando, mirándome fijamente; hasta que el diario quedó convertido en una bola informe. La tiró al suelo, con asco. Y, en cuanto se abrieron las puertas del vagón, alguien la arrojó fuera, de una patada.

Antes de salir del vagón, volví a mirar a mi alrededor. 

Ya nadie se fijaba en mí.

Todos los pasajeros se encontraban nuevamente concentrados en sus móviles, tablets e eBooks. Todos, menos la señora. La señora rubia. La señora con gafas de concha, que solo tenía ojos para sus propias manos, mientras se las frotaba con una toallita, húmeda y perfumada.

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