domingo, 3 de noviembre de 2013

La pesadilla

Relato de Elba Galdeano

...otra vez esa pesadilla de las bestias...
Lanzó el despertador contra la pared, salió de la cama sudando. Puso la cafetera al fuego y entró en la ducha.

- ¡Argh! ¡agua fría!
Una sensación horrible le recorría todo el cuerpo, una desazón; un peso entre las costillas. Había vuelto a tener la misma pesadilla. Envuelto en una toalla amarillenta se sentó frente al desayuno, las ojeras  le llegaban al café, la cabeza le iba a explotar, otra vez esa pesadilla de las bestias que llevaba persiguiéndole desde hacía varios meses.

Besó a su mujer y llevó los niños a la escuela, los besó en la frente  y se dirigió al supermercado, se sentó en su puesto pero no podía parar de darle vueltas a aquella pesadilla...
Todo comenzaba una noche de luna llena. Se dirigía a casa sobre las once, después de haber cerrado el supermercado. Volvía cargado con las bolsas de comida. Su mujer, Sandra, lo esperaba apoyada en la puerta de madera, con aquel delantal de flores que había hecho reciclando un vestido que le quedaba pequeño. Le sonreía, pero con preocupación.

Había preparado arroz para cenar, los niños ya estaban durmiendo. Sandra y él se sentaron en el colchón. Charlaban sobre el futuro, cuando una ráfaga de viento abrió la ventana, dejando entrar el fuerte ulular y haciendo mover las desvencijadas ventanas de madera de un lado a otro. El viento comenzó a ser más fuerte. Aquellas telas puestas a modo de cortinas volaban fantasmagóricamente hacia fuera y hacia dentro de la estancia. Una de las ventanas golpeó con fuerza en la pared y el cristal se rompió.

- Rápido Sandra cierra las ventanas! 

Él corría a por unas maderas viejas y tapaba la ventana con el cristal roto, y comenzaba a poner travesaños en las demás. ¿Qué era eso? ¿Un huracán? ¿En Jaén? ¿Desde cuándo había huracanes en Jaén? Al menos el dormitorio donde estaban los niños era interior.  De todos modos, Sandra iba a comprobar que todo estaba bien; probablemente se habrían despertado y estarían atemorizados por tanto ruido.

El seguía tapando las ventanas cuando un grito ahogado llegaba desde las habitaciones interiores.

- ¡Sandra! ¿Estás bien?

Corría hacia dentro y veía a su mujer gritando frente a las camas vacías de sus hijos. La ventana estaba abierta. De repente, un trueno sacudía la casa y al segundo comenzaba una lluvia intensa como jamás había visto en su vida.

Iba corriendo hacia la puerta, tenía que buscar a los niños. ¿Por dónde empezar? Abría la puerta sólo para ver como una riada llevaba su coche calle abajo. Era imposible salir a la calle. Volvía al dormitorio. Sandra gritaba, estaba pálida y su cabeza daba vueltas mientras vomitaba, salía corriendo hacia él  y le arañaba la cara, intentaba morderle. Rápidamente, él se zafaba de ella y cerraba la puerta del dormitorio.

¿Qué era todo eso? ¿Qué estaba pasando?

De repente cesaba la lluvia, se asomaba por la ventana para comprobar si ya era posible salir, y...

- ¡Oh dios mio!

La calle estaba llena de zombies. El poder encontrar a sus hijos era prioritario. Cogía un cuchillo de la cocina y se dirigía a la puerta

Abría la puerta y... ¡zas! cerraba corriendo. La casa estaba rodeada de bestias. Al cerrarse la puerta comenzaban a aullar; ya amanecía. Las bestias no cesaban de emitir alaridos, sonidos guturales, gruñidos... tan fuerte que dejaba de oír los gritos de su mujer poseída, encerrada en el dormitorio de sus hijos… 

De repente, fuego y, entonces… despertaba. Era la pesadilla que había tenido repetidamente desde hace meses.

No había podido pensar en otra cosa en todo día. Se había hecho de noche. Se levantó dolorido de aquella esquina, miró la gorra y, en total, habría unos dos euros. Sólo pudo coger un par de yogures caducados y un melón un poco chafado. Cada día había más gente buscando en los contenedores.

...hablando por el móvil… como zombies
Llegó a casa, su mujer lloraba. 

- He dejado a los niños con mi madre.

Se sentaron y comenzó a llover, ella lloraba y lloraba. Así llegó la mañana del fatídico día.  Miró por la ventana, las personas pasaban ajenas, mirando el móvil, hablando por el móvil, caminando deprisa… como zombies.

Abrió la puerta y allí estaban las bestias: habían venido a desahuciarlos. No pudo soportarlo, abrió la puerta, el olor era muy fuerte. Se había rociado de gasolina, encendió una cerilla... fuego. La pesadilla había terminado para él; continuaba para los demás.

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