jueves, 3 de octubre de 2013

Dios, la patria, los fueros y el Rey

Sabe ayudar a misa, le dijo al soldado...
Ramón no sabía por qué ni por quién combatía. Sólo sabía que un día llegaron los tercios requetés a su casa cuando contaba dieciséis años. De eso hacía ya dos. Reclutaban gente que luchara contra el gobierno republicano. ¡Hay que devolver a España su integridad, por Dios, la patria, los fueros y el Rey! gritaba en su puerta uno de aquellos muchachos, poco mayor que él. El padre de Ramón los miró atónito y les dijo que su chico estaba preparado para luchar. Sabe ayudar a misa, le dijo al soldado. Este lo miró y con un enérgico ¡Vamos! le apremió a coger un hatillo y seguirlos.

Dos años de una trinchera a otra no le hicieron más valiente. Ramón asistía escondido a todas las escaramuzas, porque en su vida no había empuñado más arma que el cuchillo de matarife de su padre. Sólo era útil en las misas de campaña, en las que ayudaba al capellán del batallón al que fue destinado al llegar a Pamplona. El Padre Blas, como lo llamaban, era un guerrero. Después de matar y acuchillar a cuatro rojos no tenía ningún reparo en ocupar el altar improvisado y predicar la Palabra de Dios. Ramón, de reojo, siempre desconfiaba de aquel cura cuya destreza con el fusil parecía más propia de sayones que de un servidor de Dios.

Una tarde, mientras recogían tras el servicio religioso, Ramón inició con el capellán una conversación:

- Padre Blas, ¿puedo preguntarle algo?
- Claro.
- ¿Los rojos son los malos de la guerra
- Los rojos son nuestros enemigos, porque son enemigos de Dios. Y Dios quiere que nosotros ganemos esta guerra.
- ¿Pero son los malos?
- Teniendo en cuenta que son enemigos de Dios… son los malos.
- Y si llegaran ahora los rojos… ¿nos matarían?

El Padre Blas se detuvo un instante, para mirar fijamente a Ramón. Abrió su maletín y despegó un doble fondo, del que salieron documentos, identidades y todos los carnets habidos y por haber. El cura tenía a su nombre ficha del partido comunista, de las comisiones obreras y también del partido socialista. Ramón abrió unos ojos como platos y el sacerdote siguió por donde quedó interrumpido:

- A ti seguro que sí te matarían, Ramón. Eres un pobre infeliz. Te llevarían a empujones junto a un árbol, te pondrían de rodillas y te meterían una bala en la cabeza. A mí no; porque me tomarían por uno de ellos en misión de camuflaje, o les juraría que estaba secuestrado, o haciéndome pasar por cura. Les cantaría la Internacional y no me pasaría nada.

Ramón se sintió humillado, por el lujo de detalles que se había permitido aquel hombre de Dios con su más que previsible muerte a manos del enemigo. Mientras el de la sotana terminaba de guardar sus tesoros, Ramón pensó en todo lo que le había dicho y un escalofrío recorrió su cuerpo. Decidió no pensar en ello y seguir con lo suyo.

Pasaron dos meses más, y ocurrió lo que Ramón temía. Un grupo de milicianos acechó al batallón y esperó a que comenzara la misa de campaña para descargar un fuerte ataque sobre ellos. Los soldados tuvieron que rápidamente dispersarse y buscar refugio, pero una de las balas había alcanzado al Padre Blas. Aún con vida, el cura gritaba a Ramón, pidiéndole su maletín con urgencia. Entonces él recordó la escena que el Padre Blas le relató, y se imaginó de rodillas, junto a un árbol, recibiendo el disparo que acabaría con su vida y decidió que no sería hoy el día.

Agarró el fusil del cura y, recordando las matanzas de su pueblo con su padre, y también como al dueño del arma había visto hacer decenas de veces, le hundió la bayoneta en el cuello. El Padre Blas murió ahogado en su propia sangre, mientras Ramón le arrancaba la sotana y se la ponía, y a la vez que se hacía con el maletín. Cuando llegaron los milicianos, Ramón torpemente explicó que él era el capellán, que se había hecho pasar por cura y que en verdad no era uno de ellos; que era un rojo.

- Vas listo si crees que me voy a tragar eso, fascista -le espetó el miliciano mientras le arrancaba el maletín de las manos-. Ahora me vas a contar quién eres y qué haces aquí.

Ramón entonces le explicó cómo fue reclutado por los requetés y enviado a Pamplona, donde fue asignado a un batallón que iba al frente. Uno de los que se lo llevaron de su casa explicó que no era soldado, y que lo único que sabía hacer según su padre era ayudar a misa. Como en este batallón el cura precisaba ayuda lo asignaron a él.

...siguió preguntándose por qué y por quién luchaba…
- Ni eres soldado, ni facha. Solo eres un monaguillo -musitó en voz alta el miliciano.
- Yo trabajaba con mi padre, que es matarife
-respondió él.
- Y seguro que el verdadero cura es ese. Y me juego dos duros a que tú lo has dejado seco
-Ramón bajó la cabeza y asintió-. Te vienes con nosotros, con que sepas hacer eso nos vale.

Menos de un año después, Ramón fue fusilado junto a un cementerio en la provincia de Burgos. Sus nuevos compañeros fueron hechos prisioneros y él entró en el camión como uno más. De camino hacia su muerte, tal como le había explicado el cura, pero no a manos de los rojos, Ramón siguió preguntándose por qué y por quién luchaba… El ruido atronador del fusil junto a su cabeza puso punto final a su dilema.

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