domingo, 3 de noviembre de 2013

Mi amado Alejandro

Relato de Eva Zamora (leer en su blog)

...me resulta casi imposible moverme...
¿Dónde estoy? Sólo consigo ver un haz de luz a lo lejos, tras la densa oscuridad forjada piedra a piedra. Jamás lograré llegar hasta ella, me resulta casi imposible moverme. Estoy muy débil. Unas voces distorsionadas se burlan de mí:

- ¡Alejandro nunca fue tuyo!

No consigo averiguar de dónde proceden. Tal vez, de mi cabeza. Estoy tan confundida.

Un fuerte ruido me hace estremecer mientras la luz se apaga sin darme apenas cuenta. Siento mi cuerpo más pesado que nunca, de nuevo me mareo... y caigo.

- ¡Alejandro nunca fue tuyo!

Vuelvo a oírlas. Pero ¿tengo los ojos cerrados o acaso es la oscuridad tan impenetrable? No entiendo nada, ni siquiera sé cómo llegué hasta aquí. Siento agudas punzadas de dolor por todo el cuerpo. Puedo sentir los latidos del corazón en mis sienes. Necesito levantarme, reaccionar. No tengo fuerzas. ¿Qué sucede? Los bloques de piedra parecen estar cada vez más juntos ¡No puedo moverme! No consigo doblar la cintura ¡Estoy atascada! Pero ¿dónde, Dios mío? Y... ¿cómo?

Trato inútilmente de concentrar mis fuerzas para mover las piedras. Imposible, es demasiado fuerte y estoy cada vez más débil. No puedo ver nada.

Esto es muy estrecho pero, ¿qué es esto? ¿dónde estoy? ¿cuánto tiempo llevo aquí? Hace frío, un frío terrible que congela los huesos y hace aún más difícil respirar. Quiero gritar, pedir ayuda. Tampoco lo consigo. Tal vez huir... Sospechan mi intención y responden con una carcajada diabólica y malvada.

- ¡Alejandro nunca fue tuyo! -repetían.

El terror se apodera de mí. Ni siquiera sé si estoy viva. Estoy a punto de enloquecer. Los escalofríos me hacen reaccionar, siento que la sangre me hierve en las venas y un sudor frío recorre mi frente. No hay salida.

- ¡Maldita seas, sácame de aquí!

De nuevo la carcajada responde, aún más sonora y cercana. Parece disfrutar con mi padecimiento. Oigo pasos que se alejan. 

- ¡No te vayas, hija de puta, vuelve!
- ¡Alejandro nunca fue tuyo!

El pánico y la ira encienden mis nervios. Oleadas de electricidad recorren mi cuerpo. Se hace el silencio. Estoy encerrada y... sola. Enterrada en la oscuridad, enterrada viva. No puedo evitar que unas lágrimas desesperadas acudan a mis ojos. ¡Dios, mío, no dejes que muera, no de este modo! Me retuerzo agónicamente. Casi no hay aire. La claustrofobia es insoportable.

...una mano suave, fría, inerte...
En uno de mis vagos movimientos logro tocar algo. Ese algo... es una parte de alguien. Concretamente una mano. Una mano suave, fría... inerte. La agarro con fuerza, con la poca que me queda. De nuevo, un rayo de luz a lo lejos. ¡Puedo ver! Tras esa mano, un rostro desencajado por la más cruel de las torturas, la misma cara que me sonreía feliz y enamorada hacía unos años cuando puse el anillo en la cálida mano de mi amado, Alejandro.

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