martes, 13 de mayo de 2014

El buscador

Relato de Francisco José Ruiz

PRIMER PREMIO

...no es más que un trozo de metal pardo...
Un año más, las maderas que conformaban las puertas del anfiteatro crujieron a nuestra llegada. Lo habían decorado con magnificas telas y banderas que colgaban de sus cuatro torres. En el palco estaba el maestre, vigilando los siete altares dispuestos para nuestra llegada. Y en las gradas, nuestro pueblo esperaba a sus siete hijos con expectación.


Cruzamos el umbral de la puerta. La gente comenzó a gritar, y aplaudía como nunca en los últimos diez años. La euforia estaba justificada. Tras muchos años, ninguno de los siete había abandonado o caído en su misión.

Avanzamos en paralelo hacia los altares. Éramos la viva imagen de un solitario aventurero; ropa sucia, pelo descuidado, mochila llena de objetos atados y el calzado destrozado.  Toda la cara, menos lo tapado por las gafas, estaba llena de ceniza y barro; eso nos otorgaba una mirada poderosa que resaltaba el color de nuestros ojos.

El maestre levantó la mano y el silencio se hizo en las gradas. Llegó el momento de la ofrenda. Los siete buscadores depositamos nuestro k´aam  en los altares a los pies del atrio. El silencio quedó roto de pronto por un gran murmullo.

Hace noventa y cuatro años que los primeros buscadores salieron de nuestro poblado para encontrar los restos de una humanidad extinta, un nexo con nuestro pasado, o k´aam. Y cada año resultaba más difícil cumplir con nuestro cometido. Antaño, las cenizas lo cubrieron todo, o al menos todo lo que quedó en pie tras los grandes terremotos y múltiples catástrofes que siguieron al colapso terrestre. De eso han pasado ya más de tres siglos. Y aun hoy, el color gris cubre las grandes extensiones de tierra.

Año tras año era más complicado encontrar restos de civilización donde hallar  algún nexo humano. Los restos más cercanos se encontraban a más de quinientos kilómetros. Pero poco quedaba allí que nos fuese útil. La mayoría preferíamos explorar nuevas zonas desconocidas aun sabiendo el riesgo que podíamos correr. No pocos han quedado atrapados en ruinas o perdidos para siempre.

Uno a uno mostramos al maestre el objeto rescatado, y dimos nuestra razón. Los k´aam deben ser una representación de lo mejor del ser humano ancestral; del ser humano extinto.

No todos los buscadores llegábamos a comprender el significado del nexo. Por eso debíamos elegir muy bien qué traer de vuelta a casa. Yo creí encontrar el mío.

Os muestro señor mi k´aam, que no es más que un trozo de metal pardo, quizá de bronce. En él se puede ver a una persona corriendo. Tiene una pequeña inscripción alrededor… Citius, Altius, fortius, 1992. No entiendo su significado Maestre, pero si entiendo que para esta persona debió ser importante, pues lo encontré envuelto en seda con una nota manuscrita que decía: Lo que sin esfuerzo se gana, nada vale. Yo te lo entrego todo hijo mío.

El maestre me miró y sonrió. No fue necesario decir nada más. La historia de la humanidad se repetía una vez más.

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