miércoles, 21 de septiembre de 2016

JACINTO: Asesino Cansino.


JACINTO: ASESINO CANSINO


 -¡Ya te lo dije yo Jacinto, en estos tiempos que corren estudiar psicología es igual que no estudiar; eso es ir directo al paro!-

Esas palabras resonaban cada mañana a la hora del desayuno en casa de los Jiménez. Jacinto, que hacía dos años que había acabado la carrera y aún no le había salido nada, (esa frase implicaría que Jacinto estaba haciendo una búsqueda activa de empleo, y nada más lejos de la realidad), agachaba la cabeza y resoplaba.
-Ya te lo dije a inicios de año, papá, este año me pongo las pilas y consigo algo de lo mío sí o sí.-
JJ, como lo llamaban en la facultad a modo de mofa sus amigos, se pasaba las mañanas mirando al techo, con un par de folios en blanco en el escritorio que pegaba a su cama y algunos libros de la facultad abiertos y varios bolígrafos mascados de arriba a abajo mil veces. Él sabía que la idea estaba ahí, flotando en ese espacio absurdo entre su bigote ochentero y el techo de la habitación, el caso es que ésta decidiera compartirse con él.
Hasta que una mañana de finales de junio de1987, escuchando en las noticias de Radio Nacional la conmoción que causó en todo el país: el atentado a Hipercor en Barcelona, y sobre todo el malestar de las familias y demás afectados por el supuesto previo aviso de los terroristas y el no desalojo de la policía. Lo vio todo claro. -¡Futuro resuelto!- se dijo Jacinto dando un salto de la cama. Si el trabajo no venía a él (o por lo menos el trabajo que el pensaba que tendría) él ofrecería ese trabajo.
Vivía en tierra de campo, de labranza; olivar y sudor en la camisa desde muy temprano hasta altas horas de la tarde. Eso solo para unos pocos privilegiados a los que el señorito de turno (sí, desgraciadamente a finales de los 80, en estas tierras jiennenses aún quedaban un buen puñado de señoritos con tierras, como por aquí les llamaban) confiaba en ti y te decía en la cafetería mañanera de turno que te fueras con él a trabajar. Para el resto no quedaba otra que esperar al día siguiente o echar una ojeada en la oficina de empleo para ver qué se demandaba. Ahí es donde olió la sangre Jacinto.
Se dedicó varias mañanas a visitar los dos o tres bares clásicos donde se ejercía todavía esta práctica de contratación propia de los coliseos romanos, y tras irse el patrón de turno, acercaba con disimulo su café al descartado con peor cara y comenzaba a tejer su telaraña.
-¡Es inútil, es inútil!- se repetía Jacinto. - Algunos es que parece que llevamos la cruz negra marcada en la frente. Jamás nos cogen ni jamás nos cogerán, está en nuestra sangre el morir esperando. ¡Maldita sea!-
El sujeto en cuestión, aún removiendo un café solo, tratando de alargar aquella consumición lo máximo posible, desde el acecho de los cabrones patrones hasta el momento del mediodía en el que ya das por hecho que te vas a tu casa en blanco a dar explicaciones a tu familia un día más. Asiente con la cabeza escuchando a aquel nuevo descartado, otro que se une a los de las mañanas en blanco, con la autoestima guillotinada por el dedo del que paga.
A la mañana siguiente, y por suerte para el plan laboral a largo plazo de Jacinto, aquel sujeto volvió a no ser elegido para ir a trabajar al campo, y eso que esta vez era otro patrón el que andaba buscando brazos para sus campos.
-¡Ayer se me venía el mundo encima, llevo días sin poder mirar a mi familia a la cara para que no vean lo inútil que me siento, el estorbo de padre que tienen!- se decía Jacinto, bien pegado a aquel hombre al que aún ni se habían cruzado presentaciones.
-¡Yo ya no aguanto más!- dijo el secucho de ojos saltones al que Jacinto había elegido como presa. -¡No puedo soportar más ese silencio en casa, esa sopa llena de soledad; esa mujer que resopla pensando cada noche que eligió mal hombre, y ese niño que ve a algunos vecinos de lo hondo de la calle cómo juegan con monopatines nuevos, bicicletas de paseo y lo felices que se les ve. No puedo más con esto, o me cogen pronto para algo, o apagaré esta mierda de luz en la que vivo para siempre!-. Ahí, ahí es donde Jacinto quería llevar aquella partida de ajedrez, el jaque estaba ya servido; el mate se olía ya a la vuelta de la esquina.
-A mí se me pasa ya por la cabeza de todo, incluso he llegado a pensar en la solución más rápida, y seguro que sería la que menos importaría a la gente. Uno menos- le dijo Jacinto sin levantar la mirada de ese aguachirri oscuro en lo que se había convertido ya su café.   -La verdad que sí, no se puede meter a una familia entera en la mierda por la propia mierda de uno.- Le dijo aquel hombre de ojos ya con brillo de un casi llanto. Esto lo soluciono yo rápido, pero que muy rápido.- Le dijo.
Pasaron tres mañanas más desde aquella conversación y aquel hombre no volvió a aquella esquina de la barra. Jacinto sí, y moviéndose entre los quejosos del bar; regalando desaliento y sumisión sin esperanza alguna. Estaba ya saliendo Jacinto por la puerta, cuando entró Tomás, el de las pompas fúnebres, pidiendo una manzanilla, y lo segundo que dijo fue. -¿Os habéis enterado de lo de Juan? ¡Sí, hombre el secucho de todas las mañanas, el nieto de José el que vendía carbón! Por lo visto no ha aguantado más el tiempo que llevaba sin trabajar, sin llevar dinero a su casa y ha cogido el atajo más rápido. Allí en la entrada del que fue el cortijo de su abuelo, que también tuvieron que vender por estar tan entrampados, se lo han encontrado ahorcado. Dicen que llevaba ya unos dos días llegando a su casa peor que nunca, como anunciando su muerte.-
Jacinto, que se había quedado en la misma entrada del bar para escuchar bien aquello. Dijo, en voz alta para que todos los oyeran. -¡Madre mía, si es que no nos queda otra, estos cabrones si no les entras por los ojos desde el primer día, no te van a dar trabajo nunca!- Y vamos a estar siendo una mierda en nuestra propia familia, un estorbo. ¡Yo llevo ya unos días que ni sé para qué estamos en este mundo! - Se lo tenía Jacinto, el discurso, bien ensayado delante del espejo. -¡Pobre familia!- añadió. - ¡Tiene que haber quedado para el arrastre tras este palo!-. -La mujer lleva todo el día que como ida, no quiere hablar con nadie, le va a costar muchísimo volver a la realidad.- ¿Dónde van a velar al muerto?- Preguntó Jacinto.- He estado varios días tomando café a su lado y me gustaría dar el pésame. En la primera habitación de su casa han querido que esté el ataúd. Hemos limpiado como hemos podido uno viejo y se lo hemos prestado, espero que puedan pagarme mis servicios algún día. Aunque no se hablen con su hija desde que se casó con aquel inútil, los padres de la viuda sé que tienen alguna tierra y ahorros de muchos años.
Jacinto, de camino a su casa, ya tenía todos los pasos hilados. Iría directamente a los padres de la viuda, a venderles un cambio a mejor de su hija tras esta desgracia. Él, como buen psicólogo que era, de los mejores de su promoción, haría entrar en cabeza a su hija; la convencería de que aún puede rehacer su vida, buscar una vida mucho mejor con otro hombre, formar otra familia, vivir por fin.
El negocio estaba hecho. Los padres aquella mujer, que parecía que se había quedado muda de pronto, comprendieron que necesitaban a alguien que ayudara a su hija a dar nuevos pasos; a salir de aquel fango en el que ese vago capaz de nada la había metido. Y así, Jacinto comenzó a ganar sus primeras ocho mil pesetas mensuales, en silencio, claro está, el tema no era para ir aireándose por ahí, insistía la familia de la desgraciada viuda, y tampoco es que Jacinto quisiera que se supiera que era psicólogo. Mes a mes, bar a bar; desgraciado a desgraciado, Jacinto se fue haciendo con una cartera de trágicas viudas y las familias de éstas que pagaban lo que fuera con tal de reconducir a sus hijas a reemprender sus vidas tras esas tragedias/alivio.


Han pasado ya muchos años desde que Jacinto, escuchara aquella trágica noticia en la radio y comprendiera que en la muerte estaba el negocio. Actualmente, como jefe del gabinete provincial de psicólogos en el Hospital Universitario Ciudad De Jaén, experto en el estudio de la tendencia al suicido en esta provincia, Jacinto, suele hacer un alto, de vez en cuando, por algunos caminos, y carreteras secundarias que se encuentra dirección a la capital. Sabe que algunas de aquellas cruces blancas, con sus respectivos ramos de flores y velones rojos desgastados, son fruto de su trabajo a pie de barra, de sus años de quemar la sangre de aquellos sujetos en bares llenos de rechazo y humillación para luego jugar con la esperanza y las ganas de vivir que les quedaran al resto de sus familias.

1 comentario:

pacomartin dijo...

Un relato muy sureño.

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